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Del secundario a la UBA

Universidades: los alumnos usan IA, mucho

Que los estudiantes usan inteligencia artificial ya no es una novedad. Por eso, un estudio realizado por los autores explora una nueva pregunta: cómo los alumnos la utilizan.

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Popular entre los alumnos. El 97% de los estudiantes entre 17 a 19 años usa IA. | cedoc

El uso de la inteligencia artificial generativa (IAG) en el aprendizaje tiene tan solo 3 años de ocurrencia. Uno de sus mayores usos es el apoyo en la redacción, ofrecer tutorías, resolver problemas y personalizar el aprendizaje.

No todo uso de IAG es equivalente. En la práctica educativa actual conviven al menos tres modalidades: ausencia de uso de IA (o uso marginal); uso “espontáneo” o no pedagógico, que llamaremos “autodidacta”; y uso de IA diseñada con intencionalidad pedagógica con guía de tutores o docentes. La diferencia es central y ha sido poco comprendida: la efectividad de la inteligencia artificial para mejorar el aprendizaje depende del uso que se haga de la misma: el uso no guiado puede acelerar la resolución de tareas sin mejorar la comprensión (lo que genera una “ilusión de aprendizaje”), mientras que una IA pedagógica puede operar como tutor escalable, sostener práctica deliberada y producir evidencia de progreso manteniendo o potenciando el pensamiento crítico. Esta tensión entre adopción masiva y calidad pedagógica es hoy uno de los nudos del sistema educativo.

En un nuevo estudio realizado durante el mes de abril a partir de una muestra aleatoria de 1.059 alumnos ingresantes al Ciclo Básico Común de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA (sobre un total aproximado de 6.000) preguntamos a dichos alumnos: 1) si habían utilizado alguna herramienta de IAG en el último año del secundario, 2) con qué frecuencia, 3) bajo qué modalidad, es decir “autodidacta” o “pedagógica”, y 4) con qué tecnología contaban (celular, computadora portátil o PC, tablet).

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Cabe destacar que el estudio es el primero de su tipo en Argentina que dialoga con la primera generación nativa en el uso de la IA. La cohorte 2026 del primer año es la primera generación que ingresa a la UBA habiendo atravesado la totalidad de los últimos dos años de la escuela secundaria con IA generativa disponible. Que la usen no es la novedad: la usan. La novedad es que llegan a la universidad con un capital de formación previa heterogéneo, mayoritariamente autodidacta y construido por fuera de cualquier marco institucional. Este estudio se propuso medir ese capital con precisión: con qué frecuencia llegan usándola, bajo qué modalidad (autodidacta o mediada pedagógicamente), con qué nivel de acceso tecnológico, y cómo toda esa experiencia previa determina la lectura que hacen del rol de la IA en la universidad y en su empleabilidad futura. Todo ello, recogiendo además si el estudiante trabaja, con qué intensidad horaria, de qué tipo de gestión de escuela media proviene y cuál es el capital humano del hogar (escolaridad de los padres).

Tecnología, uso y propósito de la IA generativa al final de la secundaria. En primer lugar, encontramos que el acceso a la tecnología es mayoritario: 62% posee PC o notebook propia y 75% internet estable, aunque 47% sólo celular o tablet. Solo 23% responde depender de equipos compartidos en el hogar y uno de cada diez tiene los datos móviles como medio principal. En principio, el acceso a dispositivos que permitan un empleo adecuado de la IA no sería un obstáculo, aun cuando pudiera ser deseable un mayor acceso a PCs o notebooks propias para fortalecer el aprendizaje apoyado con la IAG.

Segundo, la adopción de IA generativa entre los ingresantes al primer año que encuestamos está consolidada. Solo el 27% nunca la usó. El 38% la usó al menos semanalmente, con lo que en total 73% la utilizó algunas veces al mes. La cohorte “nativa” de 17 a 19 años utilizó la IA generativa al menos semanalmente 55% y hasta 93% alguna vez al mes. Este porcentaje decrece con la edad, pero indica que en 4 años todos los estudiantes de la universidad serán nativos en IA generativa. Asimismo, el porcentaje de egresados de escuelas públicas que nunca la empleó es de 35%, comparado con un 23% en las escuelas privadas de cuotas intermedias y un 8% en aquellas con cuotas altas.

El hallazgo más relevante es la brecha estructural en el tipo de uso. Si comparamos la frecuencia con la que los estudiantes usaron IA por su cuenta con la frecuencia con la que la usaron acompañados por un docente, el 51% nunca tuvo una experiencia mediada pedagógicamente. Uno de cada tres usó IAG al menos algunas veces al mes y, en el mismo porcentaje, nunca tuvo una sola experiencia conducida pedagógicamente. El 16% reporta uso semanal con tutoría, contra casi el 40% por cuenta propia con la misma frecuencia. Esta brecha es la traducción operativa de una afirmación más general: el sistema educativo, en el último año de secundaria, no integró la IA al aprendizaje. La integró el alumno, solo, en su casa, sin secuencia, sin material institucional y sin medición. La brecha se reproduce entre egresados de escuelas públicas y privadas y según el nivel educativo del hogar, pero no varía según la orientación elegida en el secundario. En otras palabras, hay igual diferencia porcentual entre alumnos autodidactas de escuelas públicas y privadas según la frecuencia de uso, y también diferencias proporcionales de uso entre alumnos que usaron la IAG mediada con tutorías en ambos tipos de escuela respecto al total general.

Prohibir no funciona. Un dato ilumina la política institucional. Los estudiantes que provienen de escuelas que prohibieron o restringieron severamente la IA durante el último año del secundario mostraron el porcentaje más alto de uso diario (24%), por encima de aquellos que provienen de establecimientos que pusieron reglas claras y permisivas (15%). La prohibición no reduce el uso: lo intensifica y lo lleva a la clandestinidad, sin guía y sin medición. La universidad que reciba a esta cohorte y elija prohibir puede esperar el mismo resultado.

Finalmente, tres cuartas partes de los ingresantes reconocen que el uso competente de IA es condición de empleabilidad futura. Es un mandato que la universidad recibe sin haberlo pedido. En un contexto donde la tecnología transforma el contenido cotidiano del trabajo profesional y donde cada cohorte que ingresa es más nativa que la anterior, la universidad y sus docentes se enfrentan a uno de las mayores desafíos a uno de los activos históricos más importantes: la capacidad de formar profesionales a la altura del mercado laboral atravesado una nueva era de cambio tecnológico, introduciendo progresiva pero aceleradamente la IAG pedagógica y fomentando el desarrollo de sus capacidades cognitivas, el pensamiento crítico y la creatividad.

*IIEP-Facultad de Ciencias Económicas UBA y Conicet.