Alejo Moguillansky

Alejo Moguillansky: “Algo se termina y empieza el adiós”

Un film atravesado por despedidas íntimas y políticas llega a la pantalla del Malba. Entre Suiza y Buenos Aires, la historia mezcla humor delicado y melancolía para retratar un tiempo de cierre de ciclos: familiares, personales y también históricos.

Autor. Cineasta y fundador de El Pampero, construyó una obra singular dentro del cine argentino con títulos como Castro, La vendedora de fósforos y La Edad Media. Foto: NESTOR GRASSI

“En Pin de Fartie hay personajes melancólicos y hay personajes cómicos. Pero lo que persiste es cierta tristeza. Creo que es una película sobre el adiós, una película de despedida –dice Alejo Moguillansky sobre el singular largometraje que se podrá ver todos los viernes de marzo a las 20 en el Malba (Avenida Presidente Figueroa Alcorta 3415, CABA)–. Se van sumando las despedidas: de un padre, de la infancia de una hija, de una madre, del mundo visible –en el caso de los personajes ciegos del film– y de la democracia o la patria tal cual las conocimos –añade–. Es una película que advierte que algo se está terminando. Lo que filmamos es ese momento dramático en el que algo se acaba y nos despedimos, aunque de alguna manera sea imposible hacerlo”. 

Moguillansky es uno de los fundadores de la productora independiente El Pampero, siempre muy activa, incluso en un momento de profunda crisis para el cine argentino como el actual, generado directamente por un ataque artero de la administración de Javier Milei que paralizó la actividad al quitarle inopinadamente los fondos públicos necesarios para la producción asignados por una ley que costó mucho crear y aprobar en el Congreso en la primera mitad de la década del 90. En poco tiempo, Milei congeló una industria en pleno funcionamiento porque sí. 

En ese marco dramático e insospechado filmó Moguillansky, ganador del premio principal de la competencia argentina del Bafici con Castro (2009), su segundo largometraje. Después llegaron películas como El loro y el cisne (2013), La vendedora de fósforos (2017) y La Edad Media (2022), todas rodadas con un mismo sistema de producción de bajo presupuesto y un estilo muy propio, indiscutiblemente personal. Se ha hablado bastante de la “voluntad lúdica” de su cine, un humor refinado y sutil que siempre aparece, aún en películas como Pin de Fartie, atravesadas de punta a punta por la melancolía.  

“Hace poco hablábamos con Matías Piñeiro de eso –apunta Moguillansky–. En 2009, cuando se estrenaron Castro y su película Todos mienten, ya se hablaba de ‘voluntad lúdica’, de cineastas que hacían de la forma un espesor cómico o erótico. Más allá del peligro de las etiquetas, es algo que está en mis películas, es cierto. Y es consciente, claro. Deriva de la obsesión que tuve en mi época de estudiante de cine con directores como Godard o Hal Hartley, cineastas que todo el tiempo están haciendo del lenguaje un terreno y que, al mismo tiempo, no son formalistas puros que se separan de lo real. Yo creo que hay una falsa dicotomía. Es falso que el formalismo no implica una relación con lo real. En todo caso, implica un distanciamiento del naturalismo. Cuando nació el nuevo cine argentino, una parte de la crítica trazó una línea divisoria entre las películas de directores como Pablo Trapero y Bruno Stagnaro y las de Martín Rejtman, por citar algunos casos emblemáticos. Se supuso que había un cine preocupado por lo real y otro preocupado por la forma. Y eso es falso. Es falso que Stagnaro no sea un director preocupado por la forma y es falso que Rejtman no sea un director preocupado por lo real. Esa rivalidad, al estilo del enfrentamiento Florida-Boedo en el campo de la literatura, no sobrevive en el cine. Hay que reinventar esas categorías. Es cierto que hay una voluntad lúdica en mi cine, que hay un gusto por la comedia, una intención de que la comedia ingrese en el espesor del lenguaje. Y al mismo tiempo no recuerdo ninguna película de las que dirigí que no tenga una relación específica con el presente”.  

Exhibida en la última edición de la Mostra de Venecia y en el Festival de Nueva York, Pin de Fartie fue escrita por Moguillansky, Luciana Acuña (también codirectora y parte del elenco del film) y Mariano Llinás. En el reparto aparecen, entre otros, Cleo Moguillansky (hija de los directores), Santiago Gobernori, Laura Paredes, Marcos Ferrante, la pianista Margarita Fernández, Laura López Moyano, Fernando Tur y Maxi Prietto, líder de la celebrada banda indie Los Espíritus y autor de la música del film. 

Moguillansky la define como “una película triste y crepuscular”, pero también remarca que hay un humor que la atraviesa y contradice ese espíritu melancólico. “Siempre me interesa que haya algo que traicione ese clima general de un film –resalta–. Que haga contraste. Esta película funciona como una sucesión de cantos de un largo poema. Hay un tema que está todo el tiempo sobrevolando, y van emergiendo variaciones a su alrededor”. 

También asegura que el proyecto nació casi por casualidad y a partir de la necesidad que le generó una imagen: “No es una película que partió de un guión –explica Moguillansky–. Lo que la hizo nacer fue el hecho de estar viviendo un tiempo al borde del lago Léman, en Suiza. Yo estaba allí por varios meses por cuestiones de trabajo, como profesor de cine en la Escuela Cantonal de Arte de Lausanne. En invierno hay en esa zona una luz muy particular. Y pasó lo que le podría pasar a un pintor al que se le viene una imagen encima y tiene que ponerse a pintar. Empecé a trabajar a partir de esa imagen tan poderosa del lago y después fueron emergiendo otras ideas: la de los personajes que parecen extraídos de una obra de Beckett, o el Claro de luna de Beethoven, la música de Maxi Prietto, la interminable noche en Buenos Aires, el Congreso de la Nación enfrentado al cine Gaumont, la gente durmiendo en la calle o en la plaza, filmar todo eso como motivos cinematográficos de la misma forma que filmamos la luna o los trenes...”. 

Pin de Fartie se rodó con un esquema de producción mínimo, como es habitual en el caso de las películas de El Pampero. Para la parte hecha en Suiza estaban a mano Cleo, hija de la pareja de directores, y Santiago Gobernori, de gira por Alemania con Hielo negro, la última obra creada por Luciana Acuña y Luis Biasotto, fallecido en 2021. “También viajó desde Alemania un director de fotografía amigo, Tebbe Schöningh, y filmamos en Suiza entre él, Luciana y yo. Yo mismo me encargué del sonido directo en ese tramo del rodaje. Después, en Buenos Aires, se sumaron Inés Duacastella (fotografía), Marcos Canosa (sonido), Laura Citarella y Ezequiel Pierri (producción). Es un proyecto llevado a cabo a partir de una posibilidad de producción muy modesta. Habremos gastado diez mil dólares en total. Todo nació por la necesidad de filmar allí a esas personas (Cleo Moguillansky y Santiago Gobernori), proyectadas hacia la ficción de esa luz enceguecedora de ese lago en aquel invierno –revela Moguillansky–. El lugar tiene algo especial, sin dudas En Vevey, ciudad que está pegada al Léman, está la tumba de Chaplin, o el cine al que iba Chaplin con sus hijos. Muy cerca está Rolle, el pueblo en el que vivió (y donde se quitó la vida) Godard. Por otro lado, yo llegué a Suiza el 15 de noviembre de 2023, día en el que fue electo Milei. La perplejidad que se respira en toda la película tiene que ver con la sensación de ser un extranjero tanto allí como aquí. Para parafrasear a Lennon-McCartney, un ‘Nowhere Man’: ‘un hombre de ninguna parte, viviendo en ninguna parte, haciendo planes de ninguna parte para nadie ¿No es un poco como vos y yo?’”. 

Tras aquel triunfo electoral de 2023, el gobierno libertario alimentó un inédito clima hostil contra el cine argentino que provocó la reacción de El Pampero a través de varias apariciones públicas de Mariano Llinás. “Siempre produjimos por carriles muy periféricos, pero que no trabajemos con el modelo de producción industrial no significa que tengamos problemas con eso –sostiene Moguillansky, en línea con la postura de su socio en la productora que también integran Citarella y Agustín Mendilaharzu–. Al contrario, creemos que las películas industriales son las que, evidentemente, permiten la circulación de películas más chicas como las nuestras. Yo le estoy tan agradecido a Belén como a Tortuga persigue tortuga, dos películas con esquemas de producción prácticamente opuestos, pero igual de valiosas en términos de honestidad artística. El cine industrial genera trabajo, movimiento, discusiones... Una cosa es proponer un Incaa que funcione distinto y otra muy diferente es condenarlo a su de-saparición”.