‘PARA NO CAER. VOL. 1’

“Este es un momento difícil para la cultura”

El dramaturgo y director Alejandro Tantanian canta, junto al pianista y compositor Diego Penelas, una selección ecléctica de textos y arreglos musicales. Advierten una baja en la cantidad de público, excepto en espectáculos gratuitos.

Pasado. Una sociedad artística que cruza música y teatro desde hace casi dos décadas. Foto: GZA. PRENSA TEATRO COLON

La dupla creativa de Alejandro Tantanian (actor, autor, director teatral, gestor) y Diego Penelas (pianista, compositor, director musical, docente) regresa con un nuevo espectáculo. Para no caer. Vol. 1, los reúne los jueves a las 21 en NÜN Teatro Bar (Juan Ramírez de Velasco 419), para hacer un recorrido por poemas y canciones, con Tantanian en la voz y Penelas en el piano. El repertorio es ecléctico –desde hits de Los miserables pasando por tangos y hasta letras de la argenmex Liliana Felipe– y responde a la intención que da título a la propuesta.

—¿Cómo se conocieron y qué les gusta de trabajar juntos?

PENELAS: Con Alejandro nos conocimos en 2007, para nuestro primer espectáculo en dúo: De noche, donde elegimos la intimidad de un piano y una voz. Ahora, siete años después de desde nuestra última presentación, nos propusimos canciones para probar y reversionar. Si algo del disfrute y amor por las canciones que elegimos logra conectar con la gente, podemos estar muy satisfechos.

TANTANIAN: Después hicimos varios espectáculos de este tipo y obras de teatro donde Diego compuso la música, las canciones, los arreglos. Coincidimos en muchas cosas y tenemos una manera similar de pensar qué significa la música en un espectáculo teatral. En este musical de canciones, claramente la música tiene una función totalizante, pero en los espectáculos de texto (Las islas, Almas ardientes, Blackbird, Todas las canciones de amor), hay un trabajo sobre lo musical que se ve precisa y fuertemente.

—¿Por qué decidieron el título “Para no caer”?

T: El título tiene que ver con canciones que permitan cierta resistencia. Este es un momento difícil para la cultura, dicho sin quejas, objetivamente. Entonces estas canciones, además de ayudarnos a nosotros a no caer, a decir cosas que queremos decir y escuchar a grandes poetas, también esperamos que sean una herramienta que le sirva al público. Nos han dicho que el espectáculo tiene una especie de efecto de remedio.

P: “Yo siento que mi fe se tambalea, que la gente mala vive, ¡Dios!, mejor que yo” dice Discépolo en su Tormenta. Si Para no caer logra que ese “tambaleo” pueda quedar suspendido en el aire por un ratito, misión cumplida. 

—¿Qué criterio guía la selección de textos y el trabajo musical?

T: Nuestros espectáculos suelen ser muy eclécticos, tanto en la selección de poemas y canciones, como en el capricho ecléctico de juntar Vivaldi con Liliana Felipe, Horacio Ferrer con Arjona, Piazzolla con Silvio Rodríguez. Se arma una suerte de mashup. Además, entiendo cada canción como una pequeña obra teatral de tres minutos.

P: Nos interesa llevar al escenario canciones que nos gustan, que nos interpelen, sin tener reparos en los géneros y las épocas. No hacemos covers. Una pata fundamental de nuestro trabajo son los arreglos, para explorar las canciones desde distintos ángulos y llevarlas a otros terrenos. Por ejemplo, en el tango Tormenta, de Discépolo, colamos acordes de la sonata La tempestad, de Beethoven. En Preludio para el año 3001, de Ferrer y Piazzolla, tocamos el arpa propia del piano, con los dedos, e incluso con monedas, para subrayar el paisaje onírico del texto.

—¿Podrían elegir un momento que les guste especialmente?

P: Para Todo es muy simple, de Idea Vilariño, y Viva la libertad, de Pier Paolo Pasolini, Alejandro me propuso: “¿Qué tal si les ponés música?” y ahí están. Escucharlo cantar esos textos tan poderosos con la música que compuse me emociona mucho.

T: Sí, Viva la libertad tiene unas resonancias muy poderosas no solamente en la Argentina sino en el mundo. También disfruto mucho cantar “Si no puedo amarla”, canción que pertenece al musical La bella y la bestia.

—Alejandro, en tu recorrido por tantos teatros y proyectos en Buenos Aires, ¿cómo describirías su cartelera en general y en la actualidad?

T: Las propuestas en teatro en Buenos Aires siempre son increíbles, por diversidad, cantidad, fuerza. La asistencia de público está siendo muy difícil este año, incluso más complicada que el año pasado. A la situación económica evidente, se suma cierta abulia, cierta falta de voluntad, algo de resignación, de vencimiento. En mitad de tanto fuego, de Alberto Conejero, después de que la dirigí en Dumont 4040, tuvo funciones en el Centro Cultural Borges: allí, al ser gratuito, el público accedió de manera muy increíble llenando la sala. Hay problemas económicos en todos lados, pero el teatro sigue buscando los huecos donde puede colarse y proponerle a la gente un espacio de entretenimiento, de reflexión.

—Diego, ¿cómo te definirías en tu formación y gustos por la música llamada culta y la música llamada popular?

P: Mi padre, Hugo Penelas, fue director creativo del sello discográfico CBS en los 70: diseñó y fotografió las tapas de muchos discos, hoy icónicos. Por eso, mi casa estuvo llena de discos de todos los géneros, material al cual le debo toda mi formación musical “no oficial”. Mis preferencias atraviesan lo académico y lo popular sin prejuicios. La música folklórica argentina es clave para mí. Aprendí a tocar la guitarra rasgueando zambas y chacareras. Tuve la suerte de estudiar folklore con el enorme Juan Falú en el Conservatorio Manuel de Falla. La pulsión “ternaria” de muchas danzas argentinas se infiltra en mis arreglos, aunque esté tocando otros géneros musicales.

—Alejandro, ¿cómo es tu recorrido para presentarte cantando?

T: La pasión por cantar me nace de adolescente. Me encerraba en mi cuarto y ponía los discos de Nacha Guevara, Marlene Dietrich, Édith Piaf, Barbra Streisand, Valeria Lynch, Ute Lemper, todas divas de la canción, y yo hacía los recitales como si fuera ellas. Ensayé silenciosamente casi todos los días. En 2002, cuando hice el primer espectáculo de canciones donde me presenté como cantante, De lágrimas, funcionó de una manera increíble y creí en eso. La música es un lugar expresivo de una enorme libertad, que no siento en otros canales de mi trabajo, en el teatro. Con la música, siento una libertad absoluta, falta de prejuicios, no miedo al ridículo. Parte de esa plenitud es la que termina convenciendo al público. Creo.