Hasta los 120 empezó como una idea de obra teatral. Empezó como un encuentro. Con Silvia Kanter veníamos de trabajar juntos en Instrucciones para ser una Idishe Mame. En ese camino aparece Nora Mercado. Ellas habían trabajado juntas a fines de los ’80, en el dúo Caladas y Coloradas. Ya había una historia previa, una memoria compartida que queríamos entrecruzar bajo el ala creativa de La Pausa Teatral, mi sala en Villa Crespo.
Y ahí apareció una primera intuición: antes que una obra, había un vínculo.
Los primeros encuentros fueron charlas. Bastante caóticas. La pregunta era simple: qué queremos hacer. Y bastante rápido apareció una palabra que ordenó todo: la amistad.
No solo como tema, sino como pregunta.
La amistad que dura muchos años tiene algo extraño. Es un anhelo, pero también una excepción. Los vínculos cambian, se desgastan, se interrumpen. Las personas a veces crecen juntas, a veces no. Y, sin embargo, hay algo de esa idea –dos personas que logran sostenerse en el tiempo– que sigue siendo potente.
En ese proceso, la dramaturgia apareció más como un recorte que como un texto prearmado. No partimos de una historia cerrada, sino de materiales que iban apareciendo en los ensayos: recuerdos, escenas, formas de hablar. El trabajo fue ir sacando, ordenando, ver qué quedaba de nuestras propias anécdotas.
Hasta los 120 se arma desde ahí. Dos amigas que deciden terminar sus días juntas. Fanny y Ruthy, las protagonistas, toman la decisión de escaparse del geriátrico donde sus hijos decidieron que era el mejor lugar para terminar sus días (“junto a tu mejor amiga…”). Deciden escaparse, no como un gesto romántico, sino como una decisión práctica. Y, en ese gesto, aparece una pequeña rebelión: contra los hijos, contra cierta idea de la vejez, contra el destino de terminar sus días encerradas.
La obra transcurre en un geriátrico, pero también intenta correrse de ese lugar y volverse algo más amplio: podría suceder en cualquier espacio donde el deseo, o el impulso vital de existir, queda de algún modo suspendido. Me interesa pensar que lo que pasa entre estas dos mujeres podría ser la historia de dos amigas cualquiera que llegan juntas a los 90.
En mis trabajos, muchas veces aparece lo identitario. No como algo a representar, sino como un material de investigación. Como dice Mauricio Kartun, “jugar con el propio barro”. En mi caso, ese barro tiene que ver con lo heredado, con los mandatos, con ciertas formas de vincularse, con lo que uno repite incluso sin proponérselo: modos de hablar, de reaccionar, de ocupar un lugar frente a otros. Pero ese material no me interesa en estado puro. Me interesa cuando se mueve, cuando se tensiona, cuando se mezcla con otras cosas, cuando pierde un poco de definición. Ahí es donde deja de ser una marca fija y empieza a volverse lenguaje. Y en ese corrimiento aparece algo que ya no pertenece del todo a un lugar específico, sino que puede ser apropiado por cualquiera.
Hasta los 120 va en esa dirección: como parte de un mundo, de un humor, de un ritmo. Al mismo tiempo, hacer esta obra implica sostener un equipo en el tiempo. Y una sala. Y sostener una sala implica algo bastante concreto: que funcione. En ese funcionamiento también aparece algo que no siempre se ve: el tiempo que lleva sostener un espacio. No solo en términos económicos, sino en la persistencia. En abrir, cerrar, volver a abrir. En probar, equivocarse, insistir. En armar una programación, en recibir a otros grupos, en convivir con lo que pasa alrededor.
Hasta los 120 se construye ahí. Entre el ensayo y la función. No intenta dar respuestas claras, pero deja una pregunta: qué hace que un vínculo dure. El espectáculo se presenta los sábados a las 20.30, desde el 4 de abril, en La Pausa Teatral, en Villa Crespo. La sala, en la zona del Cid Campeador, tiene además una programación variada y cursos para todas las edades y niveles. Una actividad que, como la obra, también se construye en el tiempo.
*Libro y dirección de Hasta los 120.