¿Prueba geológica? Un sismo en el Mar Muerto reaviva el debate sobre la muerte de Jesús
Un estudio detectó un fenómeno natural ocurrido entre los años 26 y 36 d.C. Los datos coinciden con el periodo en que Poncio Pilato gobernó Judea y con el relato bíblico sobre el momento de la crucifixión.
Un enigma de dos mil años volvió a la superficie a través de las redes sociales. Un equipo de geólogos encontró rastros de un terremoto en las profundidades del Mar Muerto que coincide cronológicamente con la crucifixión de Jesús. El hallazgo, que analizó capas de sedimentos acumuladas durante milenios, puso nuevamente sobre la mesa la discusión sobre la veracidad histórica de los relatos bíblicos y la precisión de los fenómenos naturales que se describen en los evangelios.
Los investigadores examinaron muestras extraídas de Ein Gedi, a pocos kilómetros de Jerusalén. Allí, la tierra guardó su historia en "varvas", es decir, láminas de barro muy finitas que se depositan año tras año en el fondo del lago. Al igual que los anillos de un árbol, estas capas permitieron a los científicos identificar eventos sísmicos específicos que deformaron el suelo mucho antes de que existieran los sismógrafos modernos.
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El análisis reveló dos sacudidas principales en la zona. La primera ocurrió alrededor del año 31 a.C., un evento masivo que alteró el sedimento de forma violenta. Sin embargo, el segundo hallazgo fue el que despertó el interés global: un movimiento sísmico menor detectado en algún punto entre los años 26 y 36 d.C., el periodo exacto en que Poncio Pilato sirvió como procurador de la provincia romana de Judea.
Según el Evangelio de Mateo, "la tierra tembló" justo después de que Jesús gritara antes de morir en la cruz. Muchos historiadores sitúan la crucifixión alrededor del año 33 d.C., una fecha que encaja perfectamente dentro del margen arrojado por el estudio geológico. Esta coincidencia geográfica y temporal alimentó la idea de que el relato bíblico describe un hecho físico real y no solo un “recurso narrativo o simbólico”.
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A pesar del entusiasmo que generó el tema en redes sociales, los geólogos mantuvieron cautela. El informe ofreció tres interpretaciones posibles: que el sismo fuera efectivamente el que menciona la Biblia, que se tratara de un evento ocurrido en una fecha cercana e incorporado después a la narrativa religiosa, o que fuera un terremoto no registrado en los libros de historia pero lo suficientemente fuerte como para marcar el lodo del Mar Muerto.
El resurgimiento de este estudio, publicado originalmente hace una década, provocó una ola de opiniones enfrentadas. Mientras algunos usuarios aseguraron que la ciencia confirmó definitivamente los textos sagrados, otros cuestionaron la exactitud de las fechas. No obstante, el uso de técnicas modernas como el radiocarbono brindó a los investigadores la confianza necesaria para sostener que la tierra, efectivamente, se movió en aquellos años críticos.
El archivo geológico del Mar Muerto
La región se asienta sobre una importante falla donde chocan las placas tectónicas de Arabia y el Sinaí, lo que la vuelve extremadamente propensa a los temblores. Esta grieta profunda en la corteza terrestre experimentó sismos constantes durante al menos 4.000 años. El movimiento de las placas creó las condiciones ideales para que el sedimento registrara cada sacudida, transformando el fondo del mar en un archivo histórico que los científicos ahora pueden leer año por año.
El gran terremoto del 31 a.C. detectado en el lodo coincidió con las descripciones del historiador judío Flavio Josefo sobre hambrunas y sequías en Judea. Los científicos notaron que las capas de sedimento de verano eran más delgadas en ese periodo, lo que confirmó que el suelo no solo guarda el registro de los sismos, sino también de las crisis climáticas que afectaron a las civilizaciones antiguas.
El equipo de geólogos comparó las muestras con otros sismos reportados en la zona durante los años 19, 37 y 47 d.C. Ninguno de esos eventos dejó marcas similares a las encontradas en el margen de tiempo de Poncio Pilato. Esto reforzó la hipótesis de que el temblor mencionado en el Evangelio corresponde a una perturbación geológica específica que la ciencia moderna logró identificar dos mil años después de ocurrida.
TC/DCQ