Loan: todos hablan, nadie pide perdón
En el juicio por la desaparición de Loan Danilo Peña todos los involucrados parecen tener una explicación. Algunas resultan difíciles de conciliar entre sí y otras todavía carecen de corroboración objetiva. Se justifican decisiones, se reivindican intervenciones, se corrigen versiones, se acusa a otros y algunos hasta aseguran que volverían a hacer lo mismo. Pero después de más de dos años de errores, sospechas, hipótesis abandonadas, apariciones mediáticas y una investigación que todavía no consiguió responder dónde está Loan, hay una palabra que casi nadie pronuncia: perdón. Pedirlo no significa confesar un delito. Significa algo anterior al Derecho penal y quizá mucho más difícil: recuperar una cuota de humildad y aceptar la posibilidad de haberse equivocado.
¿Está prohibido pedir perdón?
Hay una palabra extrañamente ausente en el caso Loan. No pertenece al Código Penal, no modifica una calificación jurídica, no reemplaza una pericia ni determina responsabilidad alguna y probablemente nunca aparecerá entre los considerandos de una sentencia de Casación o de la Corte Suprema. Es una palabra mucho más antigua que el Derecho y quizá por eso resulte tan difícil pronunciarla: perdón. Durante más de dos años escuchamos explicaciones, acusaciones, desmentidas, rectificaciones, entrevistas, conferencias, hipótesis y justificaciones. Escuchamos hasta el cansancio “todo es por Loan”, “lo hacemos por Loan”, “lo importante es Loan”, “queremos encontrar a Loan”. Por supuesto que debería ser así. Loan es y siempre debió ser el centro de esta historia. Pero precisamente por eso sorprende que su nombre sea pronunciado tantas veces mientras casi nadie parece dispuesto a decir algo mucho más sencillo: me equivoqué, no debí hacer aquello, hablé sin saber lo suficiente, creí tener una certeza que no tenía, pude haber causado daño, perdón. Aunque crean que nombrar a Loan pueda transformarse en una indulgencia automática, no será así. Decir “Loan” no equivale a mostrar a Loan; y pronunciar el nombre de un niño desaparecido no borra aquello que cada persona efectivamente hizo.
El espejo
Hay una pregunta que no requiere jueces, fiscales ni abogados. Tampoco necesita una audiencia oral. ¿Nadie, después de más de dos años, se quedó alguna noche solo frente al espejo y se preguntó qué hizo? ¿Nadie descubrió un error propio? ¿Nadie habló cuando hubiera sido mejor escuchar? ¿Nadie afirmó como certeza algo que apenas era una sospecha? ¿Nadie se apresuró? ¿Nadie ocupó un lugar que quizá no le correspondía? ¿Nadie lastimó, aun involuntariamente, a María Noguera, José Peña o a los hermanos de Loan? Sería extraordinario que en una causa de semejante dimensión, atravesada por centenares de personas, instituciones, fuerzas de seguridad, funcionarios, abogados, peritos, investigadores, periodistas y personajes que aparecieron alrededor del expediente, todos hubieran actuado perfectamente. Y sin embargo la autocrítica es difícil de encontrar. A veces ocurre exactamente lo contrario: se reivindican las propias conductas, se recuerdan los supuestos aciertos y se explica por qué aquello que salió mal habría sido responsabilidad de otro: los culpables siempre son los demás y hasta el propio procesamiento aparece explicado como consecuencia de conductas ajenas. Durante el juicio llegó a escucharse que alguien volvería a hacer aquello que hizo. La frase puede formar parte de una explicación o de una estrategia defensiva y no constituye confesión de delito alguno, pero resulta inevitable contrastarla con el paisaje humano de una causa en la que un niño continúa desaparecido.
Pedir perdón no es confesar un delito
Conviene establecer una frontera porque en Derecho penal las palabras pesan. Pedir perdón no significa reconocer responsabilidad criminal y negarse a pedirlo tampoco demuestra culpabilidad. La responsabilidad penal se determina individualmente, sobre hechos concretos, mediante prueba legítimamente incorporada y sometida a contradicción, con pleno ejercicio del derecho de defensa. No estamos hablando de eso. Estamos hablando de una dimensión anterior al expediente: la responsabilidad humana frente al propio error. Se puede haber cometido una torpeza sin cometer un delito. Se puede haber difundido una versión equivocada de buena fe. Se puede haber creído sinceramente en una pista que después resultó falsa. Se puede haber intervenido pensando que se ayudaba y descubrir después que aquella intervención produjo confusión. Incluso puede haberse actuado correctamente y lamentar el dolor que una decisión produjo. Para ninguna de esas cosas hace falta esperar una sentencia. Hace falta humildad.
Todos dicen hacerlo por Loan
Existe algo particularmente doloroso en escuchar el nombre de Loan convertido en explicación universal. Se actuó por Loan, se viajó por Loan, se investigó por Loan, se habló por Loan, se apareció en televisión por Loan y se formularon las hipótesis más diversas por Loan. Seguramente muchas personas lo hicieron sinceramente y sería injusto negar indiscriminadamente la buena fe de quienes intentaron ayudar. Pero precisamente por respeto al chico habría que separar la intención del resultado. Decir que algo se hizo por Loan no demuestra que haya ayudado a Loan. El Derecho conoce perfectamente esa diferencia: la finalidad proclamada de una conducta no sustituye el examen de aquello que efectivamente ocurrió. Y en una investigación penal mucho menos. Cada intervención debe poder reconstruirse: quién hizo qué, cuándo lo hizo, por indicación de quién, con qué información disponible y cuáles fueron sus consecuencias.
La investigación que también debe investigarse
El expediente terminó generando una segunda historia alrededor de la primera. Una cosa es determinar qué ocurrió el 13 de junio de 2024, quién pudo haber intervenido en la sustracción, retención u ocultamiento del niño y dónde se encuentra. Otra, diferente, es establecer qué ocurrió durante los días y meses posteriores: versiones falsas, supuestos accidentes, investigadores improvisados, personas llegadas desde otras provincias, organizaciones invocadas, contactos con testigos, alojamientos, comunicaciones y las conductas que dieron origen a investigaciones por presunto entorpecimiento. Confundir ambos universos sería jurídicamente peligroso. Una conducta posterior no convierte automáticamente a nadie en partícipe de la desaparición anterior. Pero tampoco puede considerarse irrelevante si produjo una desviación concreta de la investigación. El juicio deberá individualizar responsabilidades y separar cuidadosamente sospecha, comportamiento extravagante, error, mentira y delito. El Derecho penal no condena ambientes ni grupos; condena, cuando la prueba alcanza el estándar exigible, conductas individuales.
Dupuy y las preguntas que todavía faltan
Por eso la declaración pendiente de Ramón Dupuy adquirió una importancia particular. Personas que estuvieron en 9 de Julio aparecieron vinculadas, se presentaron o fueron mencionadas en relación con la organización que lleva su apellido, mientras alrededor de algunas de ellas se desarrolló posteriormente una investigación por supuesto entorpecimiento. La cuestión no necesita adjetivos sino respuestas: ¿quién estaba verdaderamente autorizado?, ¿quién convocó a quién?, ¿quién pagó viajes o alojamientos?, ¿qué misión tenía cada persona?, ¿con quiénes mantuvieron comunicaciones y qué hicieron una vez llegados a Corrientes? La familia de Loan le pidió públicamente a Dupuy que cuente todo lo que sepa y que lo haga sin miedo y sin proteger a nadie, aclarando al mismo tiempo que lo considera ajeno a los hechos atribuidos a quienes habrían utilizado su nombre. La declaración podrá confirmar relaciones, descartarlas o introducir precisiones. Después vendrá la valoración jurídica. Antes deben venir los hechos.
Mientras todos hablan, la Justicia vuelve a la tierra
Quizá la paradoja más brutal de estos últimos días sea que mientras continúan las discusiones entre adultos, la búsqueda tuvo que regresar al lugar más elemental: el territorio. La Justicia Federal avanzó sobre medidas destinadas a determinar la factibilidad técnica de intervenir dos lagunas ubicadas dentro del radio de interés de la investigación y también trascendió el análisis mediante imágenes satelitales y herramientas tecnológicas capaces de comparar modificaciones producidas en el terreno. Hay que decir exactamente lo que esto significa y también aquello que no significa. No demuestra que Loan haya estado allí ni que exista evidencia dentro de esas lagunas. Significa que más de dos años después todavía existen lugares respecto de los cuales se pretende establecer, mediante métodos científicos, si queda algo por buscar. Y entonces aparece una pregunta inevitable: si esas medidas podían ser relevantes, ¿por qué se realizan ahora? Puede haber razones técnicas, científicas o procesales perfectamente atendibles. Habrá que escucharlas. Pero en la investigación de la desaparición de un niño el tiempo nunca es una variable neutra.
Juicio oral del caso Loan: cementerio de mitómanos
La tierra no necesita justificarse
Hay algo casi poético, aunque terriblemente triste, en esa vuelta al territorio. Las personas recuerdan, olvidan, rectifican, explican, se defienden y algunas veces mienten. La tierra no concede entrevistas, no cambia de abogado, no modifica su declaración y no necesita justificarse. Si conserva un rastro habrá que encontrarlo. Si no conserva nada habrá que establecerlo con la mayor seriedad científica disponible. Después de tanta palabra, la investigación vuelve al agua, a la tierra, a las imágenes, a los teléfonos y a aquello que pueda medirse. Tal vez sea allí donde el expediente empiece a recuperar una virtud que perdió demasiadas veces durante estos dos años: permitir que la evidencia hable antes que quienes dicen interpretarla.
La Casación no revisará relatos
El Tribunal Oral Federal de Corrientes tendrá algún día que dictar sentencia y entonces terminará la época de las impresiones. Una condena no podrá sostenerse porque determinada historia resulte convincente ni una absolución porque otra resulte tranquilizadora. Habrá que reconstruir hechos y valorar prueba conforme a las reglas de la sana crítica racional. Después podrá llegar la Cámara Federal de Casación Penal y eventualmente la Corte Suprema, y allí ya no importará quién habló mejor frente a una cámara, quién consiguió más adhesiones públicas ni quién repitió más veces que todo lo hizo por Loan. Se examinará si la sentencia constituye una derivación razonada del derecho vigente respecto de las circunstancias comprobadas de la causa, si la valoración probatoria fue racional y si fueron respetadas las garantías constitucionales. Por eso este juicio necesita menos certezas declamadas y más hechos comprobables: teléfonos, antenas, desplazamientos, vehículos, rastros, horarios, mensajes, pericias y testimonios corroborados. La verdad judicial no puede construirse por acumulación de voces.
El derecho al error y el deber de reconocerlo
Nadie debería ser condenado públicamente por equivocarse. Una sociedad incapaz de admitir el error termina fabricando personas incapaces de reconocerlo. Pero precisamente porque todos tenemos derecho a equivocarnos existe una dignidad particular en admitirlo. “Me equivoqué” no destruye necesariamente una trayectoria. Algunas veces la engrandece. “No lo sabía”, “me apresuré”, “creí algo que después descubrí que no era cierto”, “pude haber causado daño”: ninguna de esas frases debería avergonzar a una persona honesta. Mucho más difícil resulta sostener que después de más de dos años de desconcierto, hipótesis enfrentadas y una investigación que todavía busca a Loan, nadie tenga nada que revisar en su propia conducta.
La humildad que falta
Tal vez el problema no sea solamente que nadie pide perdón. Tal vez antes del perdón falte algo todavía más elemental: una cuota de humildad. La humildad de aceptar que nadie fue elegido para ser dueño de esta verdad, que ninguna persona conoce por sí sola todo lo que ocurrió, que haber llegado a Corrientes con buenas intenciones no convierte cada decisión posterior en correcta y que haber repetido cien veces “lo hice por Loan” tampoco vuelve infalible a quien lo dice. La humildad no exige arrodillarse ante nadie ni renunciar a una defensa. Mucho menos significa confesarse culpable de un delito. Es simplemente reconocer una condición que nos alcanza a todos: podemos equivocarnos.
Quizá eso sea lo verdaderamente extraño después de más de dos años. Hay personas que explican, justifican, reivindican, acusan, recuerdan sus aciertos y encuentran responsables para sus errores. Algunas parecen convencidas de que volverían a recorrer exactamente el mismo camino. Pero si todos hicieron todo bien, si nadie se equivocó, si nadie habló de más, si nadie aseguró aquello que no sabía, si nadie confundió una sospecha con una certeza, si nadie desvió involuntariamente una búsqueda y si nadie utilizó una exposición pública que después descubrió excesiva, aparece una paradoja difícil de explicar: ¿cómo puede haber tantas certezas personales alrededor de una causa que todavía no pudo responder su pregunta fundamental?
El tribunal de la conciencia
La humildad permitiría algo distinto. Permitiría mirarse al espejo sin fiscales, jueces, periodistas, abogados ni cámaras y preguntarse en silencio: ¿qué hice yo?, ¿en qué pude equivocarme?, ¿a quién pude haber lastimado?, ¿qué haría diferente si pudiera regresar al primer día? No hace falta que todas las respuestas sean incriminatorias. Quizá muchas sean tranquilizadoras. Pero resulta difícil imaginar que después de semejante tragedia ninguna persona encuentre una sola conducta propia que hubiera preferido hacer de otra manera. Y recién entonces aparece el perdón. No el perdón como estrategia procesal, no el perdón calculado por un abogado, no el perdón frente a una cámara y mucho menos el perdón como sustituto de la responsabilidad penal. Si existieron delitos deberán investigarse, probarse y juzgarse. Hablamos de algo infinitamente más sencillo: poder acercarse algún día a María Noguera, José Peña y los hermanos de Loan y decirles, si corresponde, me equivoqué; creí que estaba ayudando y no ayudé; hablé cuando debía escuchar; pude haberles causado más dolor; perdón.
Después seguirán el Tribunal, la sentencia, la Casación y, eventualmente, la Corte. Allí se discutirán pruebas, responsabilidades y garantías. Pero existe un tribunal al que nadie necesita ser citado y ante el cual no existen recursos extraordinarios: la propia conciencia.
Loan: Si todos saben, ¿quién miente?
Todos hablan de Loan
Loan no necesita que nadie se proclame héroe. No necesita elegidos, iluminados ni propietarios de la verdad. Necesita Justicia. Necesita que quien sabe hable, que quien tenga una prueba la entregue, que quien haya mentido diga la verdad y que quien se haya equivocado tenga la grandeza de reconocerlo. Todos pueden seguir diciendo que lo hicieron por Loan. Pueden repetir su nombre frente a cada micrófono y asegurar que Loan fue siempre lo más importante. Pero decir “Loan” no equivale a mostrar a Loan, y pronunciar su nombre tampoco convierte automáticamente en correcto todo aquello que se hizo invocándolo.
Loan tenía cinco años cuando salió de la casa de su abuela y no volvió. Todo lo demás ocurrió después. Todavía falta Loan.
Y mientras la Justicia continúa buscándolo, quizá haya llegado también el momento de recuperar una virtud bastante más silenciosa que todas las voces que rodearon esta causa: un poco de humildad.
Porque algunas veces, para ayudar a encontrar la verdad, primero hay que ser capaz de reconocer que uno pudo haberse equivocado.
DCQ