POLICIA
OPINION

Juicio oral del caso Loan: cementerio de mitómanos

En 29 audiencias se fueron enterrando versiones y mentiras del tema.

monica chirivin juicio loan
Mónica Chirivin descartó un careo de su clienta con el ex comisario. | Noticiero 9.

Cementerio no significa tumba: significa dormitorio. Y eso es exactamente lo que ocurre en el Escuadrón 48 de Gendarmería, donde las versiones no mueren nunca del todo. Alguien siempre vuelve a despertarlas. Hay cementerios donde se entierran muertos y otros donde se entierran mentiras. Pero las mentiras tienen una ventaja miserable: pueden resucitar cada vez que alguien necesita que la verdad siga desaparecida. Desde hace más de dos años, alrededor de Loan se levantan versiones, se contradicen, se derrumban y vuelven con otro nombre, mientras la única ausencia que nunca cambia es la de un niño. Tal vez haya llegado la hora de dejar morir las versiones, mirar el fondo y volver a la única pregunta que ninguna mentira consiguió sepultar: ¿dónde está Loan?

Dos palabras que mienten sobre sí mismas

Antes de entrar al Escuadrón 48 conviene desenterrar dos palabras, porque ninguna de las dos significa lo que parece.

Cementerio no quiere decir sepultura. Viene del griego κοιμητήριον, koimeterion, y su traducción exacta es dormitorio. Deriva del verbo κοιμάω, acostarse, dormir, reposar con tranquilidad, y descansa sobre la misma raíz indoeuropea que nos dio cuna y ciudad: estar tendido, echar raíces, quedarse. Los griegos clásicos jamás la aplicaron a sus muertos. Para eso tenían una palabra honesta y terminal: necrópolis, la ciudad de los muertos. Fueron los primeros cristianos quienes empezaron a llamar dormitorio al lugar de los enterramientos, porque no creían estar sepultando a nadie: creían estar acostándolo. Sebastián de Covarrubias lo explicó en 1611, en su Tesoro de la lengua castellana, con una claridad que no envejeció: “A la muerte llamamos sueño y al reposar los cuerpos en las sepulturas, dormir”. Gonzalo de Berceo escribió cimiterio y ciminterio. La forma que hoy usamos, con esa ene intrusa que nadie sabe bien de dónde salió, ya aparece hacia 1400 en las Glosas de Toledo y se atribuye a una asociación falsa con caementa, la piedra labrada, pese a que en la Edad Media las tumbas no se cementaban. Dicho de otro modo: la palabra cementerio contiene un error de interpretación que nadie corrigió en seiscientos años y que todos repetimos sin advertirlo.

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Al caso Loan le queda cómoda.

Porque un cementerio, entendido en su sentido original, no es el sitio donde algo termina. Es el sitio donde algo duerme. Esperando que alguien venga a despertarlo.

Mitómano es una palabra mucho más joven y bastante más incómoda. En 1891, el psiquiatra suizo Anton Delbrück aisló por primera vez en la literatura médica una forma autónoma de mentira que no perseguía ningún beneficio proporcionado al esfuerzo de sostenerla, y la llamó pseudologia phantastica: discurso falso fantástico. Catorce años más tarde, en 1905, el alienista francés Ernest Dupré acuñó el término que finalmente quedó mitomanía, de mythos, relato, y manía, compulsión y, sobre todo, hizo algo más útil que bautizarla. La clasificó.

Distinguió tres formas. La vanidosa, que comprende la jactancia fantástica, la simulación de enfermedades y conviene subrayarlo la autoacusación criminal. La maligna, que abarca la mistificación, la carta anónima y la acusación calumniosa dirigida contra otro. Y la perversa, la del estafador y la del seductor de oficio.

Dupré tenía en la cabeza a las falsas Juanas de Arco y a los falsos Luises XVII, esos personajes que durante todo el siglo XIX reaparecían en Europa reclamando un trono ajeno con una convicción que desarmaba a los tribunales. No escribía sobre Corrientes. Pero dejó, sin proponérselo, la taxonomía más precisa de lo que viene ocurriendo desde hace más de dos años alrededor de un chico de cinco años que fue a buscar naranjas.

Una aclaración que no es una formalidad

Nada de lo que sigue diagnostica a nadie. La mitomanía es una categoría clínica y ninguna redacción puede atribuirla a personas concretas sometidas a un proceso penal en trámite. Los diecisiete acusados conservan íntegramente su estado constitucional de inocencia, y los imputados tienen además un derecho que conviene recordar porque suele olvidarse cuando el relato se vuelve indignante: nadie está obligado a declarar contra sí mismo, y la declaración indagatoria es un acto de defensa, no un testimonio bajo juramento. Un imputado puede callar. También puede mentir. Eso no es una anomalía del sistema: es el sistema.

Por eso lo que se entierra en esta nota no son personas. Son versiones. Los autores de esas versiones están vivos, presentes en la sala y amparados por todas las garantías. Es una distinción que además resulta más filosa: afirmar que alguien miente es una imputación moral que exige prueba; demostrar que su relato murió, con fecha y causa de defunción, es una constatación procesal que ya está en el acta.

La mentira necesita personal; la verdad no

Existe entre la mentira y la verdad una asimetría estructural que este expediente vuelve más visible que cualquier tratado de epistemología.

La verdad es una. Es total, porque no admite fragmentos que la contradigan sin dejar de ser ella misma. Es serena, porque no necesita defenderse de nada. Es eficaz, porque explica todos los hechos a la vez y no sólo los que le convienen. Y es unánime, porque quien la dice no necesita coordinarse con nadie antes de decirla. La verdad no exige memoria: exige haber estado.

La mentira es exactamente lo contrario en cada uno de esos rasgos. Es plural por naturaleza, porque nace sola pero no sobrevive sola: cada mentira abre un hueco que otra mentira deberá tapar. Exige memoria minuciosa, porque hay que recordar qué se dijo, a quién y en qué fecha. Exige cómplices, y todo cómplice es un acreedor que algún día cobra. Exige mantenimiento permanente, como una casa tomada. Y, sobre todo, caduca: tiene fecha de vencimiento, y esa fecha la fija la primera prueba que la toque.

Obsérvese la cadena de este caso, porque es de manual. La versión del accidente necesitó un botín que la volviera verosímil. El botín necesitó a alguien que lo plantara. Quien lo plantó necesitó después explicar por qué lo había hecho, y dijo que la habían amenazado. Más tarde necesitó explicar por qué había dicho todo aquello, y dijo que la había inducido su abogado. Ese abogado se encuentra actualmente privado de su libertad en otra causa penal: está imputado por encubrimiento agravado y participación necesaria en la sustracción de un menor y cumple prisión domiciliaria con tobillera electrónica, mientras el expediente avanza hacia el juicio oral.

Ésa es la diferencia técnica, y no es retórica. La verdad se sostiene sola. La mentira es una estructura que requiere personal permanente. Y el personal se cansa, se pelea, se detiene, cambia de abogado y, tarde o temprano, declara.

Las lápidas

El debate que se desarrolla en el predio del Escuadrón 48 de Gendarmería Nacional lleva veintinueve audiencias. En ese tiempo no apareció Loan, pero se enterraron versiones a un ritmo notable. Cada una tiene fecha y tiene autor.

La primera murió a las pocas horas de nacer, en la madrugada del 14 de junio de 2024, y durante dos años fue un rumor sin dueño: la noticia de que Loan había aparecido. Esta semana, por primera vez, esa versión adquirió una escena concreta. José Manuel Ojeda, jefe de Bomberos Voluntarios de 9 de Julio, declaró el jueves que estaban rastrillando cuando se les cayó el dron y que en ese momento un hombre salió desde adentro del campo anunciando que a Loan lo habían encontrado y que estaba en la casa de su abuela. Ojeda tuvo que destinar personal propio a verificar un dato falso. Se rastrillaron, dijo, treinta y cinco mil hectáreas.

La segunda lápida es el botín hallado en el lodazal el 14 de junio de 2024. Nació como prueba, fue reclasificado como siembra, resucitó en julio de aquel año convertido en confesión y volvió a morir el 8 de septiembre de 2026, cuando su presunta autora declaró ante el Tribunal que no tuvo nada que ver ni con el accidente ni con el botín.

La tercera es la más transitada. La versión del accidente ingresó al expediente en junio de 2024 y organizó semanas enteras de investigación. El martes 8 de septiembre de 2026 Laudelina Peña la enterró personalmente: se quebró, pidió perdón por las mentiras y atribuyó su construcción a su entonces abogado. Cuarenta y ocho horas después, el jueves 10, el excomisario Walter Maciel la exhumó ante el mismo tribunal y sostuvo que el atropellamiento existió, que hubo un levantamiento posterior y que los responsables del ocultamiento fueron Carlos Pérez, María Victoria Caillava y la propia Laudelina.

Dos días de sepultura. Ese es el récord del cementerio.

La cuarta lápida casi no tuvo velorio. Mientras se desarrollaba este debate oral, ocho imputados fueron sobreseídos en la investigación por el delito de trata de personas. La hipótesis que durante dos años organizó la cobertura nacional del caso, la que puso a Loan en la tapa de todos los diarios y en la boca de todos los paneles, murió por resolución judicial casi en silencio, sin que nadie que la hubiera proclamado saliera a explicar de dónde la había sacado.

Y hay una quinta sección del cementerio, la más poblada, que ni siquiera está en la causa principal. Son los relatos de quienes siempre supieron qué había pasado con Loan: antes que los peritos, antes que los fiscales, antes que los jueces y, naturalmente, antes que las pruebas. Diez de esas personas están hoy sentadas en el mismo juicio, acusadas de haber obstaculizado y desviado diligencias judiciales y policiales mientras afirmaban colaborar con la búsqueda. Conservan su presunción de inocencia. Pero sus versiones fueron cayendo una por una, mientras la acusación atribuye a esas maniobras desvíos de recursos, diligencias y tiempo de investigación.

La semana en que dos versiones se negaron a encontrarse

Si la mentira caduca al contacto con la prueba, el careo es el instrumento diseñado exactamente para producir ese contacto: dos personas que afirman cosas incompatibles sobre un mismo hecho, sentadas frente a frente, obligadas a sostenerlas mirándose.

La defensa de Laudelina Peña lo pidió después de la declaración de Maciel del 10 de septiembre. El lunes 14 la defensa de Laudelina comunicó que desistía del careo y explicó públicamente que, por el tiempo transcurrido y razones de estrategia procesal, consideraba más adecuada una nueva ampliación de indagatoria. Maciel confirmó igualmente que continuaría con su declaración y, ya en la audiencia, dijo lamentar que ese cruce no se produjera y aclaró que él tampoco aceptaría otro.

Conviene detenerse en la escena, porque es perfecta. Las dos versiones centrales del expediente, incompatibles entre sí, se negaron a ocupar la misma habitación. En un dormitorio de versiones, los durmientes no quieren ser despertados de a dos.

El miércoles 16, en la audiencia 28, Maciel amplió durante horas. El tribunal había dejado sin efecto dos testimonios previstos para esa jornada los de la periodista Paula Bernini y la vecina Deisy Leonela Ávalos precisamente para darle lugar. Enumeró por qué sospechaba de la tía de Loan con una batería de indicios de fisonomía y conducta: que no lo miraba a la cara, que quería dirigirle la investigación, que estaba todo el tiempo pendiente del teléfono. Recordó que el padre de Loan declaró que Laudelina ya mencionaba el accidente el 14 de junio de 2024, un día después de la desaparición, y exigió que ella dijera si aquello había sido una más de sus mentiras. Es un movimiento notable y nadie lo señaló: Maciel utiliza la cronología de la mentira ajena como material probatorio. La fabulación dejó de ser un obstáculo de la investigación para convertirse en prueba de cargo dentro de ella.

Después disparó contra el Ministerio Público. Afirmó que pidió siete veces la detención de Laudelina y que el fiscal Juan Carlos Castillo no la detuvo porque iba a ser testigo de sus propias actuaciones; sostuvo que ese fiscal nunca se abocó ni dirigió la investigación y que es uno de los responsables del escándalo jurídico de la primera etapa. Y fijó su propia cronología con precisión de radio policial: 17.29, aviso a su jefe directo; 17.30, aviso al fiscal.

El pasaje más explosivo llegó al final. Maciel declaró que mientras estuvo detenido en Buenos Aires un preso le transmitió un saludo de la abogada defensora de Laudelina con una instrucción cifrada que hiciera lo que ya sabía, dijo que el detenido está identificado y pidió incorporar el episodio como prueba. La doctora Mónica Chirivín solicitó que quedara expresa constancia del hostigamiento recibido por ella y por su asistida durante toda la declaración, y pidió que se convocara al fiscal Castillo. Nadie puede verificar hoy ninguna de las dos afirmaciones. Es el caso químicamente puro del expediente: una afirmación imposible de probar y peligrosa de ignorar.

Antes de que empezara la audiencia, el fiscal general Carlos Schaefer había resumido la expectativa de la fiscalía en doce palabras: dos años y no nos dicen nada sobre qué pasó con Loan.

Los que dijeron “no lo vi”

Y entonces llegó el jueves 17, la audiencia 29, y ocurrió algo que ningún medio destacó porque no tenía título.

Declararon cinco testigos comunes. Un vecino, un enfermero, un hombre que salió a buscar a caballo, el jefe de bomberos y una mujer que volvía de almorzar en la casa de su madre. Ninguno dijo saber qué pasó con Loan. Y todos, sin excepción, midieron sus palabras con una prudencia que hacía semanas no se escuchaba en esa sala.

Jorge Alfredo Delgado encontró dos celulares dentro de una bolsa, en un cesto de basura cerca de su casa. Escuchó que uno sonaba. Se acercó. Uno estaba apagado; el otro sonaba y tenía la pantalla rayada, y en esa pantalla apareció la imagen de una enfermera. Delgado llamó a un amigo gendarme, que avisó a sus superiores, y después hizo lo que ninguno de los superhéroes que llegaron a 9 de Julio desde mil kilómetros de distancia hizo jamás: dejó todo como estaba. Aclaró además que no vio ningún número y que no vio quién arrojó los teléfonos.

Martín Antonio Robledo, enfermero del hospital de 9 de Julio, se enteró por su jefa y fue en ambulancia hasta la casa de Catalina Peña. Recorrió el naranjal con linternas porque ya era de noche. De todo aquello recordó un detalle mínimo, sin adornarlo ni interpretarlo: al preguntar qué había pasado, notó a María Victoria Caillava con un poco de tos. Durante el interrogatorio, la fiscalía confrontó ese recuerdo con su declaración anterior, en la que había referido haber visto a Caillava normal y sin síntomas. El testigo aclaró terminantemente que lo declarado ante el fiscal era la verdad.

Diego Axel Luque se enteró por el estado de WhatsApp de un amigo, salió a buscar al día siguiente y dijo cinco palabras que deberían enmarcarse en el frente del Escuadrón 48: “Entramos a buscar, no preguntamos, nos contaron”. Sobre la huella pequeña marcada en el barro húmedo, la que durante dos años alimentó titulares, fue todavía más exacto: su primo le contó que el padre de su primo la había encontrado, pero él no la vio.

Ojeda, el jefe de bomberos, reconstruyó la tarde del 13 de junio de 2024 y su relato se cruza frontalmente con la cronología de Maciel. Mariano Peña llegó al cuartel alrededor de las 16.30 a pedir ayuda; le dijo que ya había hablado con el oficial Torres. Ojeda cruzó a la comisaría a preguntar por qué no se activaba el operativo y por qué no salían. Torres respondió que estaban esperando el móvil. Maciel llegó y le informó que había un incendio de vivienda. Ojeda apagó el incendio, cambió la autobomba por una unidad liviana y recién entonces fue a buscar al chico. Al final de su declaración, un defensor le preguntó si la tarea de búsqueda había sido satisfactoria, y Ojeda contestó que no, porque es un servicio que no se termina.

La última fue Brisa de los Ángeles Contreras. El sábado 15 de junio de 2024, cerca de las 15.15, caminando frente a la casa de Caillava, vio dentro del predio una camioneta blanca, 4x4, con cúpula, y a una persona le pareció una mujer limpiando el sector de la rueda delantera del lado del conductor. Y dijo, con una honestidad que ninguna estrategia defensiva podría fabricar, que no le llamó la atención. Contó también que un exconcejal le hizo llegar un audio a su novio, y explicó por qué no fue a hablar con él: si venía la policía y le preguntaba si tenía algo para aportar, iba; pero un funcionario municipal, no.

Ahí está el contraste que ordena todo el juicio y que nadie escribió.

Las personas que estuvieron en el lugar dicen “no lo vi”, “me lo contaron”, “no me llamó la atención”, “no sé”. Las personas acusadas de sustraer y ocultar a un chico afirman con certeza absoluta cosas que reconocen no haber presenciado. El excomisario sostiene que hubo un atropellamiento, un levantamiento y un ocultamiento, y admite a la vez que llegó a esa conclusión analizando el expediente después de los hechos. Entre saber, escuchar, inferir y suponer hay una distancia enorme cuando una persona está sentada frente a un tribunal penal. En la audiencia 29, los únicos que respetaron esa distancia fueron un vecino, un enfermero, un jinete, un bombero y una mujer que volvía de almorzar.

Como dato complementario: entre los testigos citados para el martes 22 de septiembre figura Alicia Esther Axon. El teléfono que sonaba en el cesto de basura mostraba, según Delgado, la imagen de una enfermera llamada Alicia.

No hubo pacto de silencio. Hubo seguro mutuo.

Conviene jubilar de una vez la expresión que se repite desde hace dos años, porque además de ser un lugar común es descriptivamente falsa. No hubo pacto de silencio en el caso Loan.

Un pacto supone un acuerdo, partes, condiciones y alguna forma de palabra empeñada. Lo que hubo en el Escuadrón 48 es otra cosa, más vulgar y mucho más resistente: un seguro mutuo. Cada uno callaba mientras el silencio ajeno lo cubría, y habló exactamente en el momento en que dejó de cubrirlo. Por eso las tres declaraciones de la primera semana de septiembre no llegaron juntas ni se contradijeron por azar: llegaron escalonadas, cada una un día después de la anterior, y cada una fue construida sobre las ruinas de la que acababa de escucharse. Laudelina señala a unos. Antonio Benítez sospecha de otros y dice creer que ella sabe la verdad. Maciel acusa a tres y desvincula a tres.

Un pacto se rompe. Un seguro, simplemente, vence.

Y cuando vence, cada asegurado reclama por separado. Eso no es el fin del silencio: es su liquidación.

Lo único que nadie consiguió enterrar

La fiscal general subrogante Tamara Pourcel advirtió esta semana que, al ritmo de las audiencias, con más de un centenar de testimonios todavía pendientes y un calendario que originalmente contemplaba más de ciento sesenta declaraciones, el debate podría extenderse hasta 2027. Es decir: quedan por delante meses de versiones, y este cementerio tiene lugar de sobra.

Pero hay algo que en veintinueve audiencias permaneció en pie frente a todas las versiones: el 13 de junio de 2024, a las 13.52, alguien tomó la última fotografía conocida de Loan Danilo Peña.

Esa es la única afirmación del expediente que no necesitó mantenimiento, ni cómplices, ni memoria, ni abogado. No la sostiene nadie porque no necesita que nadie la sostenga. Está sola, y sigue de pie.

Dupré clasificó tres formas de mitomanía y describió con precisión clínica lo que hace cada una. Ninguna de las tres explica lo que ocurre acá, porque a todas les falta el elemento decisivo. El mitómano de Dupré fabula sobre un mundo que existe. En Corrientes, en cambio, dos años de relatos se construyeron alrededor de una ausencia, y cada versión nueva ocupó el lugar exacto donde debería estar un chico.

Por eso este cementerio tiene una particularidad que no tiene ningún otro, y que habría inquietado a Covarrubias. En él duermen decenas de versiones, prolijamente acostadas, esperando que alguien las despierte.

No hay un solo cuerpo.