Frente a la crisis de los sistemas de representación y el avance de fuerzas rupturistas en Europa y América, el debate sobre cómo reconstruir el vínculo entre la política y la ciudadanía cobra especial importancia. En diálogo con Modo Fontevecchia , por +Perfil , Radio Perfil (AM 1190), la analista política española Cristina Monge evaluó el impacto de la revolución digital, la reconfiguración geopolítica y la crisis habitacional y sostuvo que líderes de ultraderecha como Donald Trump o Flavio Bolsonaro terminan siendo expulsados del poder por no tener respuestas al descontento social que los hizo emerger.

Cristina Monge es politóloga, socióloga y analista política española, especializada en movimientos sociales, calidad democrática, gobernanza y transición ecológica. Es doctora por la Universidad de Zaragoza, donde dicta clases de Sociología, y es profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid. Preside la asociación ciudadana Más Democracia y es asesora ejecutiva de la Fundación Ecología y Desarrollo (ECODES). Presenta su libro Contra el descontento. Por una alianza para construir futuros deseables, obra ganadora recientemente del Premio de Ensayo Paidós 2026, en la que analiza de frente las principales amenazas del siglo XXI: la precariedad económica, la soledad digital, el cambio climático y la desconfianza hacia los representantes políticos.

Cristina, un gusto tenerla en la Argentina, un gusto tenerla acá. Le vamos a pedir a la producción que nos coloque la tapa del libro, y tenemos 'Contra el descontento'. Por una alianza para construir futuros deseables. Entre que usted pensó este libro, lo escribió, gana el premio, ha pasado algunas aguas bajo el puente y hoy tenemos que pierde Trump, pierde Bolsonaro, Netanyahu termina quedando fuera de la posibilidad de construir gobierno. Aquí cerquita tenemos en Paraguay un presidente que acaba de renunciar, muy cercano también a estas ideas que han explotado el descontento. Me gustaría que compartiera con nuestra audiencia de una manera sintética la tesis de su libro y me la actualice a la realidad actual.

Contra el descontento - Libro de Cristina Monge

Bueno, en primer lugar, muchísimas gracias por la invitación. Es un placer volver aquí a la Argentina. Y me estoy encontrando con un país muy vivo, con un entorno de debate intelectual muy en boga en estos momentos y que está pensando mucho en cosas como las que se plantean en este libro. Yo aquí lo que estoy, de alguna forma, describiendo es el fruto de dos desasosiegos. Todos los libros se escriben por algo, ¿no? Bueno, pues yo escribí para, de alguna forma, hacerme la terapia yo misma sobre dos desasosiegos. Primero, ser consciente de que llevamos ya más de una década diagnosticando los descontentos y los malestares. Desde las ciencias sociales, desde la sociología, la ciencia política, pero también la filosofía, la antropología, la economía, llevamos ya desde el principio del siglo —en realidad, un poquito antes incluso— viendo cómo las democracias iban dando signos de descontento y de malestar. Tiene mucho que ver con cómo se articula la globalización a mitad de los noventa, tiene mucho que ver con el incremento de la desigualdad, con esa sensación que nos deja la globalización de que la política empieza a ser algo lejano, algo que se extirpa del ámbito de lo cercano, de lo cotidiano, y se va lejos. Y todo eso empieza a generar ciertos descontentos. Luego en cada país es distinto, lógicamente; por ejemplo, aquí tuvieron en 2001 un episodio muy importante. En Europa, y en concreto en España, mi país, la crisis de 2008 dejó una enorme brecha de desigualdad y de descontento que llevó a esas movilizaciones del 15-M, de los Indignados. En otros países también ocurrieron cosas parecidas. Y quince años después, que estamos ahora mismo ya, lo que vamos viendo es que ese descontento y ese malestar puede que haya mutado, puede que se hayan solucionado algunas cuestiones concretas, pero el descontento y el malestar sigue siendo el telón de fondo. Yo diferencio aquí dos ideas: la de malestar, que hace más referencia a cuestiones de carácter material —los problemas de acceso a la vivienda generan malestar, los bajos salarios, la precariedad laboral—; pero luego hay una cosa que a mí me preocupa más porque es más difícil de entender y es más difícil de analizar, que es ese descontento. El descontento es una cosa más etérea, más difusa, a veces muy contradictoria y que yo creo —esa es la tesis que defiendo— que tiene que ver con una ausencia de expectativas, con una ausencia de futuro. Vemos el futuro como algo apocalíptico adonde nadie quiere ir. Sabemos que estamos rodeados de enormes desafíos como pueden ser el cambio climático, la inteligencia artificial, todo lo que supone la nueva geopolítica y la nueva geoeconomía, todos estos elementos. Y cuando nos preguntamos a quién mirar para gestionar estos desafíos, lo que nos encontramos en todos estos países —en Europa nos lo dice el Eurobarómetro, aquí nos lo dice el Latinobarómetro— es que vivimos en un contexto de profunda desconfianza en las democracias. Desconfiamos de sus instituciones —ejecutivos, legislativos—, desconfiamos de los agentes de intermediación —de los partidos políticos, de la academia, de los medios de comunicación, lo siento—. Creo que incluso desconfiamos de que nosotros mismos, como sociedad, seamos capaces de poder afrontar esos retos. Y ante ese desafío, cuando esa incertidumbre que nos rodea ahora no tiene a nadie en quien confiar para gestionarla, la incertidumbre se convierte en miedo. Y ese es el miedo que explota yo creo que uno de esos líderes que ahora mismo estamos viendo ya, como en un cambio de ciclo, están empezando a caer. Lo vimos efectivamente con Bolsonaro, lo estamos viendo en Israel con la imposibilidad de formar gobierno , esta semana pasada con Trump, lo habíamos visto previamente en Hungría, en Polonia, en los Países Bajos, en otros sitios. ¿Qué nos está diciendo esto? Pues que aquellos que en un momento determinado se pueden beneficiar del descontento y llegan a ocupar posiciones de poder, tampoco tienen la solución para hacer frente a los descontentos y los malestares. Y en ese sentido, por mucho que intentan explotar su posición de outsiders, su posición de ser distintos al resto y estar fuera del sistema, a ese nivel se comportan, electoralmente al menos, igual que el resto de los partidos. Y es que cuando llegan al gobierno y no son capaces de dar respuesta a este descontento y a este malestar, las mismas urnas que les han dado el poder, se lo acaba quitando unos años después. Eso es donde creo que estamos ahora.

O sea, usted lo que está diciendo es que son víctimas del descontento que los hizo emerger.

Son víctimas de no tener respuesta a ese descontento que los aupó al poder. Porque efectivamente no tienen la solución, no tienen las respuestas. Ellos llegaron al poder intentando ver que eran algo distinto a los partidos tradicionales de cada país, por la derecha y por la izquierda. "Hay que ser conservador, hay que ser progresista", decían; pero ellos se situaban como algo diferente. Decían: "No, no, nosotros no somos eso, somos distintos y por lo tanto somos los que vamos a poder dar una respuesta a este descontento que se planteaba contra las elites, contra el sistema, contra todo lo que sonara a lo instituido". Ellos se situaban al margen de todo esto. ¿Qué ocurre cuando llegan al poder? Pues que se ve, primero, que no están al margen, sino que son un actor político más, y en segundo lugar, que no tienen la respuesta a ese descontento. Por lo tanto, efectivamente, la misma causa que los llevó al poder ahora los desaloja de él.

Cristina, ¿en algun momento sintió reminicencias de ese célebre texto de Freud: 'El malestar en la cultura'?

Totalmente, totalmente. De hecho, cuando yo llego a este título, en buena medida es porque tengo ese texto continuamente en la cabeza. Hay un malestar en la cultura, hay un malestar en la sociedad, hay un malestar con los ejes que nos ha tocado vivir y con los tiempos que nos ha tocado vivir. Tenemos que tener en cuenta que estamos en medio de muchas transiciones y las estamos haciendo todas a la vez. En mi país hay un dicho —no sé si aquí también se utiliza— que dice que esto es cambiar la rueda con el coche en marcha, con el auto en marcha. O sea, tienes que cambiar la rueda, pero mientras tanto el coche sigue avanzando. Pues es un poco esto lo que nos está pasando. Tenemos en marcha una enorme revolución tecnológica que nos introduce en un universo nuevo, donde todavía no sabemos muy bien desenvolvernos ni cómo vivir, cuáles son las reglas del juego, cómo comportarnos. Estamos en medio de una enorme revolución geopolítica que está dando al traste con el orden internacional que había surgido de la Segunda Guerra Mundial, nada menos, y vemos cómo todo esto ahora mismo se pone en cuestión. Estamos en medio de una gran transformación ecológica, con modelos energéticos nuevos, modelos de consumo y producción nuevos, que están generando también cambios profundos en los sistemas productivos y en sectores económicos muy importantes. El sector del automóvil en Europa ahora mismo está pasando por una crisis tremenda, entre otras cosas, porque la movilidad en estos momentos es eléctrica, tiende a ser eléctrica, y allí los que tienen todo el mercado y toda la tecnología son los chinos, no es Europa. Bueno, todas esas transformaciones se están haciendo a la vez. Y generan un montón de desencuentros, de desencantos, de descontentos. Las transiciones a lo largo de la historia siempre tienen víctimas. Siempre. Y todas estas que estamos viviendo ahora también las están teniendo. Entonces, yo creo que eso, de alguna manera, está en la base de ese enorme descontento que nos toca vivir hoy como sociedad y que también tiene mucho que ver con ese malestar en la cultura.

En España, Milei negó que sus aliados en campaña le rehúyan

Hábleme especialmente de su país. Tenemos elecciones, tenemos a nuestro Presidente que ha visitado dos veces ahora España con una pésima relación con el presidente del gobierno español, incluso podríamos decir hasta con cierta distancia de lo que eran antes sus aliados de la extrema derecha y de la derecha. ¿Cómo se tramita ese descontento, especialmente en España? Imagino que el caso de esta jubilada que terminó falleciendo, pero que había sido sacada de su departamento alquilado durante décadas, fue la mecha de parte de ese malestar. Pero, ¿cuánto más hay, cómo se tramita y qué consecuencias electorales puede tener?

Hay mucho más, hay mucho más. En efecto, el caso de Mari Carmen , que es esta anciana de 87 años desahuciada de su casa, en la que había vivido durante 70 años, dejó una imagen icónica que dio la vuelta al mundo. Esa imagen de una anciana que la desahuciaban de su casa en una camilla y que diez días después falleció en el hospital. Ese caso generó un movimiento muy importante de indignación y de solidaridad con las personas que lo estaban pasando mal. Tenemos tiendas de campaña en la Puerta del Sol, rememorando mucho lo que fue aquel 15-M de hace quince años. Y todo esto generó un enorme cambio en la conversación pública y un enorme cambio en la conciencia social. Los desahucios no son nuevos, no son de ahora. Los desahucios y el problema de la vivienda llevan instalados en España décadas. De hecho, tenemos que recordar que aquel 15-M que se produjo hace quince años también catalizó un montón de malestares y descontentos, pero uno de los más importantes fue precisamente el de la vivienda. Varios de los colectivos que empujaron aquella movilización tenían que ver con la vivienda: Stop Desahucios, Sindicato de Inquilinas, Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH)... Eran todos colectivos que ya ponían el acento en este descontento con la vivienda. Hay una diferencia, y es que en aquel momento, hace quince años, las protestas eran contra desahucios por impago de hipotecas; es decir, de gente que había comprado una casa y tenía una hipoteca, que eran propietarios, efectivamente. Ahora los desahucios son de inquilinos, porque comprar una vivienda es mucho más difícil quince años después. Entonces, eso genera una ola de indignación y genera una ola de protestas muy importante en España, con un malestar clarísimo social. Pero hay más malestares, lógicamente. Y yo diría que hay algunos malestares que se están proyectando y que los está recogiendo la ultraderecha: malestares que tienen que ver, por ejemplo, con la desigualdad territorial. Hay una brecha, una fractura muy importante entre el mundo urbano y el mundo rural; descontentos que tienen que ver también con aquellas zonas en las que hay mayor desigualdad y mayor pobreza. La ultraderecha utiliza el tema de la migración como un elemento arrojadizo en ese sentido y esos descontentos efectivamente ahora están situando el voto a la ultraderecha en España en torno al 17 o 18%, más o menos, en función de la encuesta que se consulte. Pero por otro lado tienen otros descontentos que los que están reclamando ahora mismo es más justicia social, más lucha contra la desigualdad, más democracia. En definitiva, eso es lo que intuyó el presidente del Gobierno, el presidente Sánchez, cuando adelantó las elecciones.

¿Y fue una intuición correcta o incorrecta desde su perspectiva?

Eso no lo sabremos nunca. Porque ni siquiera el próximo 29 de noviembre, que es cuando votamos, tampoco lo sabremos. Porque el presidente del Gobierno tenía que convocar elecciones...

Pero venía muy mal. Quiere decir que si le fuera bien podríamos conjeturar que tomó la decisión correcta.

Bueno, pero ¿en comparación con qué? Porque, claro, el presidente del Gobierno tenía que convocar elecciones, como muy tarde, en junio o julio del año 2027. O sea, en realidad las adelantó ocho meses pensando que era el mejor momento. Siempre se dice que cuando un presidente adelanta elecciones es porque piensa que las puede ganar. Pero, claro, aquí estamos en un período de tiempo acotado, que son ocho meses de margen. ¿Qué es lo que evaluó el Presidente? Que era el mejor momento dentro de esos ocho meses de margen que le quedaban. Por lo tanto, yo sí que creo que fue una decisión audaz, porque objetivamente hablando, creo que la conversación pública se situó en unos términos que le pueden beneficiar mucho más que otros que se pueden ir instalando de aquí a junio o que se podrían haber instalado de aquí a junio. Y creo que es el momento menos malo en ese sentido.

Cristina, también podríamos decir que Pedro Sánchez, de los presidentes europeos, fue uno de los emblemas anti-Trump. ¿El resultado de la elección en Estados Unidos beneficia? ¿Crea un clima distinto? ¿Influye en algo en la subjetividad?

Muchísimo. Y de hecho yo creo que, aunque la decisión de adelantar las elecciones no se tomó por esto, este elemento también estaba en la coctelera de factores a tener en cuenta para adelantarlas. El fundamental fue el problema de la vivienda y todo eso que estábamos hablando.

Era el disparador, pero detrás estaba todo lo demás.

Detrás estaba todo lo demás y el cálculo de que —salvo que todas las encuestas se equivocaran muchísimo, que hemos visto que no— Trump iba a perder. Y eso efectivamente a un líder que se ha ido erigiendo poco a poco en el "anti-Trump", en el opuesto al liderazgo, a la política, a la persona y a las formas de Trump, es algo que le favorece. De hecho, bueno, estamos viendo encuestas estos últimos días en los que la distancia entre bloques de izquierda y derecha efectivamente se empieza a cerrar. O sea, la izquierda partía de una posición mucho peor, una posición de salida muy desfavorable, y estamos viendo en algunas encuestas —no en todas, pero en algunas ya empieza a aparecer— que esa diferencia entre bloques se está estrechando. ¿Es imputable a la derrota de Trump anteayer? No. Es decir, eso sería muy frívolo. Pero ¿eso está influyendo? Desde luego que sí.

Sánchez se alegró mucho por la elección en Brasil. ¿Habría algo parecido entre esta victoria de Lula que todo el mundo imaginaba iba a perder y bueno todas las encuestas indicaban lo mismo, que Sánchez no iba a continuar como presidente del gobierno? ¿Hay algún punto de contacto también?

Sí. Bueno, hay dos, en realidad. Hay uno muy importante, y es que la victoria de Lula y la posible victoria de Sánchez dependen de un elemento fundamental, que es movilizar a los suyos. Los suyos no se han pasado en masa a otro espectro político, al ámbito conservador. Algunos sí, pero en masa desde luego no. Ahora bien, estaban en Lula en la primera vuelta y están en España todavía desmovilizados. Cuando Sánchez convoca las elecciones, se calcula que había en torno a 1.400.000 electores de la izquierda desmovilizados. Es decir, que decían que no iban a ir a votar o no lo tenían claro. Ese número ya se está reduciendo. El gran objetivo de la izquierda en estos momentos en España es que eso se reduzca hasta el día 29 de noviembre. Por lo tanto, ese es un elemento en común. Y el otro elemento en común es André Janones, que a los tres días de ganar las elecciones en Brasil, tomó un avión y aterrizó en España para ayudar al Partido Socialista a articular su campaña en redes sociales.

Y después vino a la Argentina.

Exacto. De hecho, yo estaba por acá diciendo que estaba en mi país y estaba aquí ya recibiéndolo.

El impacto político de la visita de André Janones a la Argentina

Cristina, si gana la izquierda y sea el fin de un ciclo de estos corrimientos a la derecha que inicia Trump en 2016, si el problema de fondo es que no pueden resolver el malestar, el péndulo va a estar nuevamente corriéndose dentro de 2, 3 o 4 años, la cuestión de fondo dentro del malestar, a su juicio, ¿cual es la solución que se va a tener? ¿Vamos a tener un "1917" dentro de una década? ¿Vamos a tener un cambio copernicano del sistema económico? ¿O la democracia y el capitalismo van a ser capaces de reestructurarse como lo hicieron después de la Segunda Guerra Mundial?

Bueno, pues depende de lo que hagamos. Y ese es otro de los mensajes clave que yo lanzo en este libro, porque efectivamente la pregunta de fondo más interesante es la que usted me plantea ahora. Hay algo más importante ahora que ganar unas elecciones, y es saber dar respuesta a ese descontento. Porque si ganas las elecciones y no das respuesta, a la siguiente las vas a perder. Por lo tanto, lo más importante es cómo hacerlo. Eso es lo que yo planteo aquí. Lo que estoy planteando es que tenemos que extirpar varios virus del sistema operativo de nuestras democracias. Uno de ellos es el del "fin de la historia", que en cierta medida ya lo extirpó su creador, Francis Fukuyama, cuando publicaba su último libro y dice que el capitalismo no es inmodificable y que no se acaba la historia. O sea, que la historia va a continuar en función de una serie de correlaciones de fuerzas que haya y de una serie de decisiones que se vayan tomando. Aquí no se acaba la historia. Entonces, ese es el primer virus que tenemos que extirpar. El segundo nos lo dejaron instalado en las democracias Reagan y Thatcher en los años 80, y es el famoso "TINA" (There Is No Alternative). Siempre hay alternativa. Decir que no hay alternativa es un ejercicio de antipolítica. De hecho, buena parte de la razón de ser de la política consiste en buscar alternativas a las cosas. Y en los momentos que estamos viviendo, yo creo que tenemos que saber poner bien el verbo adecuado: no podemos buscar las alternativas en manuales de historia ni en enciclopedias, tenemos que construirlas. Estamos enfrentándonos a desafíos nuevos. Nunca hemos hecho una revolución ecológica como la que estamos planteando ahora. Nunca hemos hecho una revolución digital. De carácter ontológico, la inteligencia artificial nos obliga a preguntarnos qué es lo humano y qué no lo es. Todo esto implica que tenemos que construir esas salidas. Entonces, segundo virus que tenemos que extirpar: el de que "no hay alternativas". Y el tercero, muy importante: que el futuro no está escrito. El futuro lo hacemos con nuestras decisiones. Entonces, lo que yo estoy viendo, y lo reflejo aquí también en este trabajo, es que hay unos cuantos grandes poderes, que en realidad son estos que llamamos los "tecnoligarcas" o los "señores tecnofeudales", en palabras de Yanis Varoufakis, que están construyendo un futuro. Lo están haciendo. Un futuro para todos nosotros, sin preguntarnos, en función de sus intereses y de cómo ellos consideran que tiene que ser. Y, mientras tanto, no veo que existan otras propuestas políticas, otras fuerzas sociales, otros ámbitos que estén trabajando en un futuro. Estamos diagnosticando muy bien los problemas que tenemos, y hay que seguir haciéndolo, es imprescindible, pero no estamos dedicando tiempo a decidir y a pensar entre todos y entre todas cuál es el sitio al que queremos llegar, qué papel queremos que cumpla la tecnología, para qué queremos que nos sirva, cuál es el rol que le queremos dar. Yo creo que eso tenemos que definirlo mediante grandes conversaciones lo más plurales posibles. No solamente de personas de distintas procedencias ideológicas, que por supuesto, sino también de actores distintos. Necesitamos empezar a trabajar en alianza, y por eso yo aquí no hablo de un nuevo contrato social, sino que hablo de una alianza. Una alianza entre lo público, lo privado, lo social y el mundo del conocimiento, donde diagnostiquemos juntos cuáles son los retos y también vayamos viendo juntos cuáles son las alternativas.

Se lo planteo de un modo bien simple: en los últimos 25 años—ya lo escribió hace quince años Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI, pero pasaron otros diez años—, dos tercios del crecimiento del producto bruto mundial quedaron en el 1% más rico. Y al 1% más rico no se lo puede taxar, porque la globalización y la tecnología han permitido que sea aún más etéreo el capital y se pueda mover rápidamente de un lugar a otro. No se puede hacer una revolución en un país, y el problema de coordinación es que no se puede hacer una revolución en todos los países juntos.

Bueno, un poquito más despacio. Porque el mismo razonamiento hacíamos con la tecnología. De hecho, asumíamos esa idea de que la tecnología pasaba por encima de países, de parlamentos, de legislativos, de ejecutivos y de tribunales. Pero el Brasil de Lula puso a X (Twitter) dos meses contra la pared por un problema de desinformación. El propio Donald Trump tuvo a TikTok cuatro meses sin funcionar en Estados Unidos mientras negociaba su compra. En estos momentos estamos viendo multas multimillonarias contra algunas empresas tecnológicas en Europa, entre otras cosas, por no proteger los derechos de los menores. Pensábamos que no se podía hacer nada, pero sí que se podían hacer cosas. Y es fundamental entender eso. Esa fiscalidad se puede articular a nivel de países o se puede articular a nivel de coaliciones de países. Ya sé que pensar en Naciones Unidas hoy suena ingenuo, y lo entiendo, pero quizás debamos empezar a pensar cuáles son esos ámbitos globales o esos ámbitos de coalición de países donde efectivamente se puede empezar a legislar y se puede empezar a poner las reglas del juego claras. Conocemos por la experiencia y por la historia que cosas que en un momento determinado parecen imposibles luego acaban siendo posibles, y el ejemplo de la tecnología es el más claro, pero podríamos poner más ejemplos. También era "imposible" acabar con el agujero de la capa de ozono, y también era una cuestión de todos los países. De repente ocurrieron dos cosas: el Protocolo de Montreal y una tecnología de sustitución, que hicieron hace ya muchos años que esos aerosoles que perjudicaban la capa de ozono dejaran de utilizarse y pasaran a tener una alternativa. Hoy ese agujero no está cerrado del todo, pero a más de un 90% sí. Es decir, ¿estamos en un momento de falta de imaginación política? Sí. ¿De falta de innovación política? Sí. ¿Pero eso quiere decir que no podemos tomar las decisiones que hay que tomar, por ejemplo, para luchar contra la desigualdad? En absoluto. Empecemos a abrir la conversación en esa línea. Empecemos a plantearnos que en determinados estados esa tributación va a tener un claro criterio de lucha contra la desigualdad y vamos a ver cómo se puede articular todo eso. El tema de la desigualdad que usted me plantea es fundamental, absolutamente fundamental, porque es la gran promesa de las democracias. La promesa de las democracias no es votar cada cuatro o cinco años, no es elegir representantes: la promesa de las democracias es luchar contra la desigualdad y tener una sociedad más igualitaria.

Quiero entusiasmarme con usted, Cristina, así que le pregunto con ánimo corrigente, no confrontativo. Ese 1% más rico que se quedó con dos tercios de la renta agregada en el último cuarto de siglo tiene que ver con industrias que están casi todas en Estados Unidos. Para lo cual, Estados Unidos considera una ventaja competitiva esa concentración de la riqueza. Entonces, en la medida en que un país que representa un tercio del producto bruto mundial lo considera una ventaja competitiva, es muy difícil coordinar... Estados Unidos, por ejemplo, no está en el Tribunal Penal Internacional de La Haya, por ejemplo, o se va de la Organización Mundial de la Salud. Es decir, yo lo que percibo es que uno de los problemas es que ese 1% más rico hasta se ha enrolado en el ejército norteamericano.

Claro. Pero ¿cuál ha sido la respuesta de las midterm el 3 de noviembre a esa política? ¿Dónde han venido los principales cambios de voto? ¿Entre los migrantes? Ahí está el estado de Texas, por ejemplo. ¿Entre personas del mundo agrícola, del mundo rural? Estamos hablando de colectivos que pensaban que el establishment norteamericano de republicanos y demócratas habitual los estaban expulsando del sistema, los estaban echando, estaban incrementando la desigualdad, y en su momento optaron por una propuesta que pensaban que era disruptiva, que era antisistema, que era mejor para ellos. ¿Qué han visto apenas dos años después? Que la desigualdad se ha incrementado, que el precio de los carburantes se ha disparado, entre otras cosas, por el absurdo de la guerra de Irán en la que Trump los ha metido; que todo lo que tiene que ver con políticas de migración está siendo un auténtico atentado a los derechos humanos, pero también están viendo los empresarios que carecen de mano de obra si los migrantes dejan de acudir. Es decir, en realidad, en apenas dos años, Trump ha sido capaz de poner encima de la mesa que sus recetas, que efectivamente son las de ese 1% más rico que acumula riqueza y que no la quiere repartir, son contraproducentes para el conjunto de la población.

Diario PERFIL publicará este domingo una edición especial de L'Osservatore Romano en español por la llegada del Papa

Pero ¿está clara esa identificación? Porque el tema de los migrantes, como usted dice, beneficia a unos y perjudica a otros, el tema de la guerra... ¿Usted cree que existe esa conciencia social de que el problema es el 1% más rico que no se puede taxar?

Bueno, probablemente esa conciencia solamente está en una parte muy concreta de la sociedad, y no es extensiva a todo el mundo. Pero es responsabilidad de las elites políticas el hacernos conscientes de eso y el dar soluciones. Una de las cuestiones más importantes que han pasado estos últimos años y que no sé si la hemos pensado suficiente, es que en realidad las elites políticas se habían distanciado de la sociedad. No es la sociedad la que abandona el sistema, no, no: son las elites las que lo abandonan y la sociedad reacciona ante eso. Pero eso iba pasando desde el principio del siglo.

Que seguían aceptando el "There is no alternative", o sea que ese fue el punto: las elites abdicaron.

Totalmente, abdicaron y se fueron de ese compromiso que tenían. El contrato social que surge de la Segunda Guerra Mundial, simplificando muchísimo —que me perdonen los economistas, pero simplificando mucho—, básicamente venía a decir:

 "Hay un temor que es la Unión Soviética". 

Sí, ante ese temor, los ricos asumimos pagar impuestos a cambio de que ustedes nos prometan paz social. Ese fue el primer contrato social, básicamente, ¿no? Y con eso se hizo el Estado de bienestar, con la URSS ahí en el otro lado, etcétera. Todo eso saltó por los aires con Reagan y Thatcher, con eso que luego hemos llamado neoliberalismo y con la idea del TINA, de que no hay alternativa.

Y por último, Cristina, usted me hablaba de la reminiscencia con El malestar en la cultura. Cuando Freud escribe eso, lo peor estaba por comenzar. Y la respuesta a ese miedo fue la extrema derecha. Usted me coloca el comienzo en Reagan y Thatcher en los años ochenta. Si estamos al final del ciclo y el malestar no logró convertirse, como en los años treinta, en un fascismo como el alemán o el italiano, sino que llegó solo a este punto, podríamos decir "de Reagan Thatcher y Trump" o viene lo peor?

No lo sé, no lo sé, y los politólogos no tenemos la bola de cristal, no somos adivinos. Pero sí que estoy viendo una Alemania que se conjuró para que eso no volviera a pasar, y en estos momentos un partido que se reclama heredero de aquello es la segunda fuerza en las encuestas. Estoy viendo a alguien que también se declara heredera o que recoge la tradición de Mussolini gobernando en Italia; y, por cierto, ya le ha salido un partido mucho más hacia su ultraderecha, que recoge, por ejemplo, propuestas como el voto por cabezas de familia, es decir, acabar con el sufragio universal y que solamente puedan votar los varones en función del número de hijos que tengan. Esa es una propuesta política de un partido que en estos momentos tiene ya reflejo en las encuestas en Italia. Estoy viendo una Francia que todavía no había digerido bien lo que supuso la Francia de Vichy, con la ultraderecha de Le Pen encabezando las encuestas. Y estoy viendo en mi país —que pensábamos que eso jamás iba a volver a pasar y que de hecho fuimos los últimos en incorporarnos a esta triste ola— cómo a día de hoy la ultraderecha roza el 18 o 20% de los votos, según las encuestas. Entonces, no sé lo que va a pasar. Los signos son muy preocupantes. Pero los cambios que estamos viendo hoy lo que nos dicen es que la ultraderecha no es imparable, que se le puede parar, como se le ha parado en Estados Unidos, en Brasil, recientemente en Polonia, en Hungría, etcétera. Y que lo importante, la cuestión de fondo, efectivamente, es ver cómo se hace frente a estos descontentos.

Es muy interesante. Muchas gracias. Me alegro que haya cruzado el charco del Atlántico.

Un placer. Gracias a usted.

LP