Día 1014: Suicidios como síntoma de un plan económico en problemas
Las cifras de suicidios superan a las de la crisis de 2001 y muestran la cara más trágica de la recesión. Un recorrido por el sufrimiento colectivo, la falta de contención estatal y el impacto del ajuste en la vida cotidiana.
Todos los países que han pasado por grandes ajustes y crisis económicas dejan una huella del dolor de sus sociedades en el aumento de distintas enfermedades e, incluso, suicidios. Hablar de suicidio es hablar también de la sociedad en la que vivimos. Las miles de muertes por esta causa registradas en Argentina durante los últimos años —un 23% más de suicidios el año pasado que el anterior— no pueden analizarse únicamente como tragedias individuales, porque ocurren en un contexto marcado por la crisis económica, la precarización, el aislamiento y el debilitamiento de las redes de contención, y son el síntoma más extremo de los costos del plan económico que, encima, tras más de dos años de su aplicación, no da esperanza de dejar de producir dolor.
Ayer se conoció que el PBI cayó 0,6% en el segundo trimestre respecto del período anterior, mientras el consumo privado se contrajo 2,4% y la inversión retrocedió 0,8% solo en un trimestre.
Esto abre una discusión en el Gobierno. Mientras empeoran las condiciones de vida, Milei y Karina plantean que hablar de “empatía” es “dejarse psicopatear por la oposición”. En ese sentido, le tienen prohibido a sus funcionarios usar la palabra “empatía”. Esto quedó de manifiesto ayer, cuando luego de los nuevos ajustes que se incluyeron en Discapacidad en la discusión del Presupuesto 2027, Patricia Bullrich dijo que se enteró por los diarios. En una entrevista con Eduardo Feinmann manifestó una línea distinta a la del Presidente y quedó en evidencia la prohibición del uso de la palabra empatía, aunque, fiel a su estilo, igualmente desafió a Milei. Veamos el clip.
Cuando una sociedad atraviesa períodos de incertidumbre y pérdida de oportunidades, el sufrimiento individual puede verse agravado por condiciones sociales que exceden a cada persona. Por eso, la discusión sobre el suicidio obliga también a preguntarnos qué está ocurriendo con nuestra forma de vivir, de vincularnos y de responder colectivamente frente a quienes atraviesan una situación de desesperación. El caso de Discapacidad es uno de ellos.
Este mes fue el Día de la Prevención del Suicidio, lo que motivó diversas publicaciones y conversaciones sobre el tema. Argentina atraviesa una crisis de salud mental que tiene una expresión extrema en las estadísticas de suicidio.
Durante 2025 se registraron 5.209 muertes por esta causa, un 23% más que el año anterior y el número más elevado desde que existen registros comparables. La cifra prácticamente triplica los 1.676 homicidios contabilizados durante el mismo período y convierte al suicidio en la principal causa de muerte violenta del país. La tasa alcanzó 11,8 casos cada 100.000 habitantes, casi tres veces por encima del promedio mundial. Los datos provienen del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) y del Sistema de Alerta Temprana (SAT), del Ministerio de Seguridad de la Nación.
Como lo demuestran diversos estudios internacionales, no es casual que las cifras de suicidios se multipliquen en momentos de crisis. En Grecia, tras el estallido del colapso financiero de 2009, la tasa de suicidios aumentó 35%. Portugal atravesó un fenómeno similar durante el período del rescate financiero entre 2011 y 2014, cuando atravesó desocupación masiva y empobrecimiento. Argentina vivió durante el colapso socioeconómico de 2001 una de sus mayores alzas históricas, con una tasa de 8,4 casos cada 100.000 habitantes. En la actualidad este número fue superado: 11,8 casos. Es decir, en la actualidad hay más suicidios que en la peor crisis de la historia argentina.
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España también registró un deterioro de algunos indicadores de salud mental durante la Gran Recesión, aunque la evidencia sobre mortalidad es más heterogénea. Las revisiones europeas señalan que los efectos más consistentes de las crisis iniciadas en 2008 se observaron justamente en salud mental y suicidio, aunque con diferencias importantes en la calidad de los estudios.
Un antecedente mucho más extremo es Rusia tras la desaparición de la URSS: entre 1987 y 1994, la esperanza de vida cayó fuertemente, especialmente entre adultos, por el aumento de enfermedades cardiovasculares, causas externas, violencia y alcohol. Parte del deterioro se revirtió entre 1994 y 1998, pero no puede atribuirse simplemente a la “terapia de shock”: la desintegración soviética combinó desempleo, inflación, pérdida de protección social, alcoholismo, violencia, colapso institucional y una profunda transformación política.
“Tenés la libertad de morirte”. Esto dijo Milei cuando Grabois le planteó que quien tiene que decidir entre trabajar 14 horas y morirse de hambre no está decidiendo voluntariamente: está siendo forzado a decidir entre dos alternativas muy crueles. Allí se planteó este diálogo que es prácticamente la prueba más cabal del pensamiento de Javier Milei. Vamos a escuchar ese fragmento.
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En El suicidio (1897), Émile Durkheim planteó una ruptura con la idea de que el suicidio podía explicarse exclusivamente por características individuales o psicológicas. Para el sociólogo francés, la tasa de suicidios depende del grado en que los individuos están integrados en grupos y de las normas que regulan sus deseos y conductas. Cuando los vínculos sociales se debilitan, aumenta el suicidio egoísta; cuando la integración es excesiva y el individuo queda subordinado al grupo, aparece el suicidio altruista. Es decir que se debe buscar un equilibrio ideal entre ambos polos.
Marx no desarrolló una teoría sistemática del suicidio comparable a la de Durkheim. Pero sí le dedicó un importante texto, “Peuchet: sobre el suicidio”, escrito en 1845 y publicado en 1846 a partir de los relatos del funcionario francés Jacques Peuchet. Allí Marx utiliza distintos casos de suicidio para cuestionar la idea de que se trata simplemente de una decisión individual o de una falla moral. Su argumento apunta a las condiciones sociales que producen sufrimiento, entre ellas la pobreza, la precariedad laboral, las relaciones familiares opresivas, la desigualdad y las normas de la sociedad burguesa.
Un aspecto especialmente interesante es que Marx extiende el análisis más allá de la situación de los trabajadores. Los casos que recupera incluyen problemas económicos, pero también conflictos amorosos y familiares, celos, aislamiento y la subordinación de las mujeres dentro de la familia. Por eso, el suicidio aparece como una manifestación extrema de una sociedad cuyas relaciones sociales pueden generar alienación, aislamiento y falta de control sobre la propia vida. Marx incluso sostiene, a través de su discusión de Peuchet, que una sociedad que produce sistemáticamente esas condiciones no puede limitarse a condenar moralmente a quienes terminan quitándose la vida: debe examinar y transformar las relaciones sociales que contribuyen a producir ese sufrimiento.
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Una diferencia interesante con Durkheim: Durkheim intenta explicar las variaciones de las tasas de suicidio mediante conceptos como integración y regulación social; Marx, en cambio, pone el foco en las relaciones de poder, las condiciones materiales y las formas de alienación de la sociedad moderna.
Si algo tienen en común Durkheim y Marx, pese a sus profundas diferencias, es la idea de que el suicidio no puede pensarse únicamente como un acto individual: también expresa la forma en que una sociedad integra, contiene o abandona a sus miembros. Y si hay un sector donde esa relación entre individuo y sociedad se vuelve especialmente delicada, es el de los jóvenes.
De acuerdo con información del Ministerio de Salud, cada 24 horas muere por suicidio un adolescente de entre 10 y 19 años. Por cada muerte hay hasta 20 intentos. La mayoría de las víctimas son varones: casi ocho de cada diez, y aparecen factores como las dificultades económicas, el desempleo, las deudas y la presión asociada al mandato de ser el principal sostén del hogar.
Pero este escenario contrasta con las decisiones adoptadas en materia de políticas públicas por el Gobierno. La Ley Nacional de Salud Mental 26.657 establece que al menos el 10% del presupuesto sanitario debe destinarse al área, pero para 2026 será apenas el 1,42%, según un relevamiento de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ).
En 2023, además, se produjo un cambio especialmente significativo: por primera vez, el suicidio pasó a superar a los tumores y los accidentes como causa de muerte entre las adolescentes mujeres. No se trata, por lo tanto, de un fenómeno limitado a una única franja social ni a una sola problemática familiar o escolar.
A los factores estructurales conocidos se incorporaron en los últimos años nuevas formas de vulnerabilidad vinculadas con la vida digital. Entre ellas aparecen los daños a la salud mental, a la autoestima y las situaciones de vulnerabilidad de los adolescentes en internet.
En el reciente juicio en Estados Unidos contra Meta por el diseño adictivo de sus plataformas, documentos internos y testimonios volvieron a poner el foco en la exposición de adolescentes a contenidos dañinos. Durante el proceso judicial se reveló que una presentación interna de 2023 advertía que los jóvenes estaban expuestos a más contenido sobre bullying, suicidio, odio, desnudez y violencia que los adultos.
Otros fenómenos modernos son el endeudamiento provocado por las apuestas y aplicaciones, y el aislamiento asociado a una sociabilidad cada vez más digitalizada.
Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), las Américas son la única región del mundo donde la mortalidad por suicidio sigue en aumento, registrando una suba superior al 17% en las últimas dos décadas. Mientras Europa y el Pacífico Occidental lograron doblegar sus curvas estadísticas, el continente americano se convirtió en la gran excepción global. A diferencia del continente europeo, donde la problemática se abordó mediante robustas redes de bienestar e inversión prioritaria en salud mental, en América —y marcadamente en Argentina— se observa una progresiva retirada del Estado y la falta de políticas públicas financiadas.
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Los países nórdicos lograron revertir sus elevadas tasas de suicidio de los años setenta y ochenta mediante un modelo integral y sostenido en el tiempo. Finlandia encabezó este proceso en 1986 con la creación del primer plan nacional de prevención del mundo, al que luego se sumaron países como Suecia y Dinamarca.
La estrategia se estructuró a partir de cuatro pilares fundamentales. En primer lugar, se restringió severamente el acceso a medios letales, endureciendo el control de armas de fuego y modificando el empaquetado y la venta de fármacos. En segundo lugar, se capacitó de forma masiva a los médicos de atención primaria para detectar cuadros depresivos tempranos y se implementaron protocolos obligatorios de seguimiento poscrisis. En tercer lugar, se abordó la desestigmatización de la salud mental mediante campañas públicas y se combatió el alcoholismo a través de políticas impositivas y controles estatales. Finalmente, se establecieron guías para que los medios de comunicación informaran con responsabilidad y difundieran siempre líneas de ayuda.
Japón logró bajar los suicidios a un mínimo histórico en 2025 (19.097 casos) tras su peor pico en 2003 (más de 34.400). El Estado intervino con la Ley Básica de Prevención, asumiéndolo como una responsabilidad pública. Reguló el exceso de trabajo, obligó a empresas a evaluar el estrés laboral, colocó luces azules relajantes y barreras en trenes, y lanzó asistencia digital. Aunque salvó miles de vidas adultas, hoy el país combate un alza récord en casos en estudiantes.
Pero yendo a nuestra región, Chile logró disminuir hasta un 30% los suicidios entre hombres en ocho años mediante programas escolares, vigilancia epidemiológica y mejoras en el acceso a la salud mental, mientras que la OPS estima que las estrategias integrales pueden reducir las tasas alrededor de un 20%. A nivel individual, los especialistas recomiendan hablar de salud mental sin estigmas, prestar atención a las señales de sufrimiento y recurrir a ayuda profesional o líneas de asistencia cuando sea necesario. Existen intervenciones y tratamientos que han demostrado funcionar. Las personas pueden mejorar y construir una vida valiosa. Lo importante es que reciban la ayuda adecuada a tiempo.
El suicidio no puede reducirse a una decisión aislada de quien atraviesa una situación límite: también habla de los vínculos, las oportunidades y las redes de contención que una sociedad es capaz de construir. Las experiencias de otros países muestran que las tasas pueden modificarse cuando la prevención deja de ser una declaración y se convierte en una política sostenida, con recursos, atención y presencia estatal.
En Argentina, frente a una cifra que alcanzó niveles históricos, la discusión no debería limitarse a cómo asistir a quienes ya están en crisis, sino también a qué condiciones estamos generando para que cada vez menos personas lleguen hasta ese límite. Porque prevenir el suicidio también significa discutir qué sociedad queremos construir y cuánto estamos dispuestos a hacer para que la vida vuelva a ser una posibilidad concreta y deseable para todos.
Producción de textos e imágenes: Facundo Maceira y Matías Rodrígez Ghrimoldi
MEG