Calendario político

Día 781: Milei, a lo Mao, Stalin, Fidel y Kim, decreta 2026 el “Año de la grandeza”

El presidente decidió bautizar por decreto todo un año con una consigna emocional, una práctica que remite más a los manuales de propaganda de los regímenes autoritarios que a una democracia moderna. Atrás del eslogan de la “grandeza”, se esconde una disputa más profunda.

Día 781: Milei a lo Mao, Stalin, Fidel y Kim decreta 2026 el “Año de la grandeza”. Foto: Producción de Modo Fontevecchia

Cuando creíamos que la megalomanía de Milei no podía ser más absurda, que verlo en el show de Fátima Flórez, bailando con notable dificultad motriz y gritando con la voz ronca un tema de los Ratones Paranoicos iba a ser lo más ridículo que ocurriría en enero, Milei se supera con una estupidez todavía más grande.

Ayer el Gobierno decretó bautizar el 2026 como Año de la Grandeza Argentina, en realidad: del delirio de grandeza. Profundizaremos como en la ex Unión Soviética, China, Cuba, Corea del Norte, Camboya de Pol Pot o la Venezuela de Chávez y la Irak de Husein, también se declaran el año de, “año de la esperanza”, “del esfuerzo”, “de la alegría”, “del futuro”, “de la esperanza”, “de la victoria” etc. tratando de politizar los calendarios

Cuando un presidente necesita declarar por decreto que está conduciendo una etapa “grande”, lo que queda en evidencia no es la magnitud de su obra sino el temor a que la realidad la contradiga. Está exponiendo su pequeñez. “Dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces” promulga el dicho popular. La pretensión de colonizar el tiempo es una tentación repetida en la historia pero cuanto más nombra el poder el tiempo, menos controla la realidad. Decir “este será el año de la grandeza” no es una predicción: es una orden emocional, el calendario como herramienta de la batalla cultural.

El decreto es el 56/2026 y fue publicado en el Boletín Oficial el pasado 29 de enero y acompañado por la firma del jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Toda la documentación de la administración pública nacional deberá llevar esa leyenda durante el año. Además, se invitó a las provincias y a la Ciudad de Buenos Aires a adherir a la iniciativa.

Sí, no es ninguna broma. Mientras se incendia la Patagonia y los vecinos reclaman por una ayuda estatal que no llega, el rechazo por escrito a enviar fondos llevará en su membrete “año de la grandeza argentina”, por resolución oficial.

Lo mismo para los trabajadores estatales despedidos. Cuando haya una resolución de recorte de empleo público, tendrá la inscripción año de la grandeza argentina al margen. Llama la atención la palabra atribuida al gobierno de Milei.

Hasta ahora, lo único grande que nos legó fue la cantidad de pymes y fábricas que cerraron, o de dólares adicionales que le debemos al FMI. Otra cosa grande es la vergüenza que produce verlo bailar y cantar mientras se incendia la Patagonia.

Esta semana la participación de Javier Milei en la Derecha Fest en Mar del Plata desató una fuerte ola de críticas porque ocurrió en simultáneo con los incendios forestales que arrasan la Patagonia, donde ya se quemaron más de 230.000 hectáreas. Dirigentes opositores como Maximiliano Ferraro, Juan Grabois y Natalia Zaracho cuestionaron que el Presidente estuviera cantando en un teatro mientras brigadistas combaten el fuego con recursos limitados.

En redes sociales circularon videos contrastando el show con imágenes de la catástrofe ambiental, y se reclamó que el Gobierno priorice la emergencia. También se pidió ampliar el temario de las sesiones extraordinarias para tratar de forma urgente una Ley de Emergencia Ígnea y Ambiental.

Hay algo más inquietante que el cinismo en todo esto, y es la desconexión. Un presidente que canta en un teatro mientras el sur del país se quema y luego decreta por Boletín Oficial que vivimos el Año de la Grandeza Argentina” no está exagerando la realidad: está viviendo en otra. Es negación. Como si alcanzara con cambiarle el título al calendario para que cambie lo que pasa en el país.

La elección de la palabra “grandeza” para bautizar al 2026 es otra cosa que llama la atención. Un adjetivo que nos remite a pocos hechos en la historia de nuestra Nación. Argentina es sin duda un gran país. Pero sus habitantes son un colectivo que excede cualquier identidad partidaria. Es una obviedad, pero el país es más grande que los partidos políticos. Cuando calificamos un hecho como muestra de la grandeza argentina, debe ser un hecho que no presente lugar a dudas, que unánimemente estemos de acuerdo con ello todos quienes nos sentimos argentinos, o al menos la inmensa mayoría.

Quizás el cruce de los Andes de San Martín, o los logros deportivos de la Selección, Maradona. La invención del bypass de Favaloro. La Revolución de Mayo, puedan ser considerados hechos que demuestran la grandeza de nuestra nación. Perón implementó manuales escolares para la primaria con un relato oficial, que enseñaban a escribir y leer con frases peronistas: hoy son muestras de un ridículo intento por imponer de manera burda una sola visión.

Tras 1955, fueron retirados por el gobierno antiperonista

Los textos exaltaban a Juan Domingo Perón como "Libertador" y a Eva Perón como "Jefa Espiritual de la Nación"

“Perón es un buen gobernante. Manda y ordena con firmeza. El líder nos ama a todos. ¡Viva el líder”, se lee en una de las páginas del material, con el que se enseñaba en la primera infancia.

Volviendo al título de nuestro año de la “grandeza”. El problema no es solo el eslogan, sino la psicología política que lo sostiene. Hay en esta insistencia con la “grandeza” una necesidad casi personal de autoafirmación, como si el tamaño de las palabras pudiera compensar la fragilidad de los resultados. Además hay una historia de revancha personal. Milei se sintió toda su vida un marginado, y ahora intenta demostrar permanentemente que es alguien. Los liderazgos seguros construyen legitimidad con hechos; los inseguros la sobreactúan con gestos simbólicos desmesurados. 

La decisión continúa una práctica simbólica que el mandatario ya había utilizado en años anteriores. En 2025 el período fue denominado “Año de la Reconstrucción de la Nación Argentina”, mientras que 2024 llevó el lema “Año de la defensa de la vida, la libertad y la propiedad”. Estos títulos funcionan como marcas políticas que buscan definir el espíritu.

El concepto de “grandeza” elegido para 2026 guarda similitudes con consignas internacionales como el “Make America Great Again” de Donald Trump. En los fundamentos del decreto se sostiene que la profunda crisis institucional, económica y social de las últimas décadas obliga a consolidar un proceso de transformación estructural que refuerce el Estado de Derecho y garantice libertades individuales. El discurso que ya conocemos y que Milei repite constantemente.

Un poco fuera de la realidad…

En la novela 1984 de George Orwell, publicada en 1949, el autor se imagina un futuro distópico donde una dictadura controla cada aspecto de la vida en sociedad. El Gobierno de “El Partido” tiene un organismo clave para manejar el relato: el “Ministerio de la Verdad”. Un organismo estatal encargado de algo que su nombre contradice por completo: falsificar la realidad de manera sistemática. Su función central es reescribir constantemente el pasado para que siempre coincida con lo que el Partido sostiene en el presente. Si ayer el enemigo era uno y hoy es otro, los diarios viejos, los libros y los archivos se corrigen para demostrar que siempre fue así.

El protagonista, Winston Smith, trabaja precisamente allí. Su tarea consiste en modificar artículos de prensa, estadísticas económicas y discursos oficiales para eliminar errores del Partido, borrar personas que cayeron en desgracia y ajustar los registros a la versión oficial del momento. Todo documentoincorrectose destruye en los agujeros de la memoria, conductos que los envían a incineradores. Así, el pasado no es un territorio fijo sino un material maleable, permanentemente editado para sostener el poder.

Claramente Orwell está parodiando los métodos de los gobiernos totalitarios, en especial del estalinismo, que borraba personajes de sus fotos, o censuraba obras, incluso editaba al propio Marx, para que justifique las acciones del Gobierno.

Orwell muestra que el poder absoluto no se conforma con mandar sobre el futuro: necesita adueñarse de la memoria colectiva para que la realidad misma dependa de lo que el poder diga que es.

Que un presidente decre­te que un año entero debe llamarse de una manera determinada es el gesto simbólico de un poder que pretende organizar no solo la gestión pública sino hasta la forma en que interpretamos y sentimos el tiempo político. Pretende escribir la historia antes de que la historia ocurra.

Nombrar un año no describe la realidad: la prescribe. Decir que 2026 es “el Año de la Grandeza Argentina” es ordenar cómo debe sentirse la ciudadanía. Pero es un acto autoritario, porque la mitad de la población no apoya al presidente. En lugar de gobernar con objetividad y tratando de representar al conjunto de la población argentina, Milei cada vez más polariza y quiere imponerle a fuerza de decreto a todos los argentinos cómo deben sentirse.

Este desplazamiento del calendario hacia lo subjetivo no es inocuo. Es la gestión del tiempo como herramienta de control afectivo, donde, como diría Foucault, el poder controla no solo el espacio sino los ritmos sociales. El Estado marca pautas de cómo debe sentirse la colectividad con esos nombres oficiales.

No es lo mismo conmemorar fechas históricas compartidas que administrar emociones mediante designaciones oficiales. Cuando un gobierno declara que todo un año debe llevar una leyenda emotiva, está tratando de intervenir en la experiencia subjetiva de la ciudadanía.

En la historia política global existen otros ejemplos donde los calendarios fueron moldeados para enaltecer al régimen:

Bajo Mao Zedong, la República Popular China no solo promovió campañas económicas y sociales, sino que bautizó a esas etapas con lemas grandilocuentes como el Gran Salto Adelante y luego la Revolución Cultural, que funcionaron casi como años temáticos obligatorios de entusiasmo revolucionario. El Gran Salto Adelante (1958-62) fue presentado como una aceleración histórica hacia el socialismo mediante movilización masiva y colectivización, pero culminó en un desastre económico y una hambruna masiva, con millones de muertes, mientras las consignas partidarias seguían exigiendo un compromiso absoluto con la “lucha” revolucionaria y la superación de obstáculos que el plan había creado.

En la Cuba post-revolucionaria se instauró la práctica de nombrar ejercicios políticos y sociales con consignas oficiales —como “Año de la solidaridad”, “Año del internacionalismo” o “Año del esfuerzo decisivo”—, que funcionaban como marcos simbólicos para enmarcar la labor del gobierno y la militancia socialista. Más allá de cualquier evaluación de logros materiales, el recurso al lenguaje busca dar un aura de continuidad y propósito revolucionario permanente, incluso cuando la economía y la política interna enfrentan desgaste o estancamiento.

El caso paradigmático es Corea del Norte: con los Años de la prosperidad o de “victoria final”. El régimen de los Kim ha difundido consignas estatales que intentan presentar cada periodo como si fuera una etapa hacia una meta histórica definitiva: “año de la prosperidad”, “año de la gran victoria” o mensajes similares centrados en la construcción de la nación y la fidelidad al liderazgo supremo. Aunque el país enfrenta desafíos estructurales como crisis alimentaria y sanciones económicas, los lemas propagandísticos persisten como si describieran realidades cumplidas o inminentes, haciendo que la victoria prometida nunca llegue pero el calendario siga proclamándola.

Durante la dictadura de Sadam Husein, la propaganda estatal también apeló a calendarios marcados por campañas bélicas y de resistencia, presentando periodos como años de lucha heroica —por ejemplo, enmarcando partes de la prolongada guerra Irán-Irak (1980-88) y otros conflictos internos como si fuesen años de resistencia o de grandes batallas históricas—. Aunque el mantenimiento del control estatal y militar nunca se tradujo en beneficios reales para la población, la retórica pretendió convertir cada fase de conflicto en un hito político colectivo, donde el paso del tiempo se ligaba a la narrativa de fuerza y unidad nacional impuesta desde arriba.

En Venezuela bajo los gobiernos chavistas se emplearon también años con nombres oficiales como “Año de la ofensiva revolucionaria” o “Año del Comandante eterno” tras la muerte de Hugo Chávez, donde el calendario se convierte en un dispositivo de duelo obligatorio y continuación de su legado. 

Nicolás Maduro, por su parte, ha anunciado que, por decreto, la Navidad comenzará oficialmente mucho antes de lo habitual: desde el 1 de octubre en varios años recientes, en lugar del 25 de diciembre. Maduro ha justificado esta medida como una forma de “defender el derecho a la felicidad y a la alegría”, pese a que la fecha tradicional sigue siendo la que celebra la mayoría de la población y no existe un cambio real en el calendario global de festividades.

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, ha hecho de adelantar la Navidad una tradición anual por decreto desde 2019

Pero también Francia tuvo sus decretos curiosos y absurdos. 

En el caso de Milei, no es la primera vez que esto ocurre. Desde que asumió cada año ha sido rebautizado. 

En 2024 el gobierno declaró al año como el “Año de la Defensa de la Vida, la Libertad y la Propiedad”, lo que se estableció por decreto y se exigió que figurara en los documentos oficiales de la administración pública nacional. En 2025, mediante un nuevo decreto, se declaró al año como el “Año de la Reconstrucción de la Nación Argentina”.

Cuando el Estado decide que un año debe nombrarse con una emoción —ya sea “grandeza”, “alegría” o cualquier otro atributo— está intentando administrar afectos, no solo organizar la vida social. Está dando un mandato emocional que, por su propia naturaleza, es inevaluable y abstracto.

Hay una diferencia cualitativa entre recordar un suceso histórico y decretar un estado emocional obligatorio para un periodo temporal completo. Los gobernantes que nombran años o decretan días festivos en base a sus caprichos lo hacen  para reconfigurar el tiempo social en torno a su propio ego y narrativa.

Mucho más allá de las ideas que el título del año pueda contener, está la pregunta fundamental de quién decide qué significan nuestras vidas en el ámbito público. Y si ese poder de decisión se concentra en decre­tos que buscan imponer emociones, ese poder no solo está gobernando hechos: está gobernando subjetividades.

Ese es el peligro real. Porque en última instancia, gobernar el calendario es gobernar la forma en que pensamos y sentimos nuestra historia y nuestro futuro.

Pero esto puede tener el efecto contrario. Cuando la grandilocuencia se vuelve desproporcionada frente a la experiencia cotidiana, el discurso oficial pierde capacidad de persuasión y se convierte en material de burla. En una sociedad atravesada por la inflación, la precariedad y un Estado completamente endeudado, imponer por decreto la idea de “grandeza” puede sonar cínico.

Cuando el poder exagera su relato simbólico, la sociedad suele responder con humor, memes y parodias. 

Reírse de una consigna grandilocuente es una manera de quitarle poder simbólico, de reducirla a caricatura. Paradójicamente, al intentar imponer un clima emocional desde arriba, el gobierno podría estar fomentando un clima emocional opuesto: cinismo, distancia y desconfianza

Al final, lo que queda no es la palabra impresa en los membretes sino la experiencia concreta de la gente. Ningún decreto puede convertir la angustia en entusiasmo ni el deterioro en orgullo; cuando el lenguaje oficial se despega demasiado de la vida cotidiana, deja de orientar y empieza a delatar. El intento de fijar por norma un sentimiento colectivo revela más sobre la necesidad política de construir un relato que sobre la realidad que ese relato pretende describir.

Por eso, más que un gesto de fortaleza simbólica, estas proclamaciones terminan exhibiendo fragilidad. Un gobierno seguro de sus logros no necesita adjetivar el calendario: le alcanza con que los hechos hablen. Cuando la épica se decreta pero no es lo que la gente percibe, el resultado no es adhesión sino descreimiento, y el contraste entre consigna y realidad se vuelve, con el tiempo, un archivo involuntario de la distancia entre el poder de turno y la sociedad.

Esperemos que nuestro presidente no llegue, como Kim Il-sung, a declarar su cumpleaños como el “Día del Sol”; o Ceaușescu, que en su cumpleaños hubiera desfiles. Ya la banda de los granaderos fue a tocar “cumpleaños feliz” a la Casa Rosada. O como a Husein, a quien obligatoriamente había que hacerle regalos.

Javier Milei volvió a la carga contra Paolo Rocca: lo acusó de conspirar para que caiga su Gobierno

Privatizar el tiempo público, crear una eternidad ficticia y narcisizar la historia, siempre termina mal.

 

MV/ff