Día 786: Milei contra todos… y también contra los números
El presidente enfrenta tensiones con empresarios, funcionarios y aliados, mientras la inflación y los indicadores económicos siguen su curso sin control. A cada decisión polémica, el Gobierno revela grietas internas y debilita la confianza social, dejando al descubierto los límites de un liderazgo personalista.
Si el derrumbe de Milei llega, es probable que no venga de un enemigo externo sino de su propia impericia alimentada por la hybris del poder, esa idea de que el respaldo popular habilita a tensar todos los límites al mismo tiempo, purgando a los aliados inconsecuentes y atacando permanentemente a los adversarios.
La grieta que anticipa el derrumbe es la pérdida de la confianza social en el poder, que es la base de toda democracia representativa. La grieta se agranda cuando se separa más y más el relato de la realidad cotidiana. ¿La modificación del INDEC que proponía Lavagna no era justamente un intento de acercar el relato a la percepción del ciudadano de a pie?
La paranoia de un líder ya de por sí paranoico no sólo se exacerba solamente cuando hay un momento de crisis, que es el caso más clásico, sino también por excesos y abusos de esa posición dominante. Cuando un líder alcanza su pico de popularidad suele caer en una trampa psicológica peligrosa: empieza a creer que el apoyo es personal y no circunstancial, que su capital político es infinito y que cualquier decisión debe tomarse “ahora o nunca”.
Cuando un Gobierno comienza a funcionar bajo la lógica paranoide, la propia administración del Estado se vuelve un permanente desenmascarar conspiraciones inexistentes, y comienzan las purgas. Marco Lavagna es ahora la víctima, como la semana pasada lo fue Paolo Rocca, y antes Guillermo Francos, Diana Mondino y otros.
Ya desde la campaña comenzamos a conocer este aspecto de la personalidad de Milei, como cuando denunció “tosedores” en el debate presidencial con Massa, o cuando, en medio de una entrevista con Trebucq, se enojó porque decía que había ruidos para distraerlo de sus profundas reflexiones económicas.
Milei parece necesitar el conflicto permanente como forma de existencia política: no puede habitar la calma porque el antagonismo es su zona de confort. Su identidad pública se construye a partir de señalar enemigos, tensar la cuerda y convertir cualquier diferencia en una batalla moral.
Gobernar es administrar poder. Es entendible que cualquier líder quiera tener gente de confianza en los puestos principales, pero desconfiar de todo y de todos es otra cosa.
Marco Lavagna se suma a los más de 220 funcionarios que han renunciado o fueron desplazados de sus cargos desde que asumió Milei. El motivo: quería actualizar el índice de precios al consumidor, lo que iba a dar la inflación un poquito más alta que la medición tradicional. Según la consultora P x Q, de Álvarez Agis, del 3,1%.
Además, la consultora de Agis advirtió que, si se actualizara el IPC con ponderadores de la Encuesta de Gastos de los Hogares 2017/18, la inflación de 2024 habría sido más alta y la caída del salario real más profunda.
Analizando el informe de la consultora se deduce que el problema no era el dato de enero. Porque si bien en 2024 la diferencia entre el índice viejo y el nuevo habría sido significativa, en 2025 ambos esquemas arrojaban resultados prácticamente iguales. Es decir, la resistencia oficial a actualizar la metodología no parece explicarse por un impacto inmediato en un mes puntual, sino por el plan: El Gobierno busca seguir aumentado las tarifas, algo que generaría un impacto mayor en la inflación a futuro con el nuevo índice, que le da un mayor peso a los servicios.
En apenas un mes de 2026, Milei ya dio dos pasos en falso importantes. La semana pasada fue su pelea con Paolo Rocca, a quien le deseó la quiebra desde el atril de La Derecha Fest en Mar del Plata, tras perder la licitación de caños con una empresa hindú. Pero luego, con el tono de troll que caracteriza su uso de las redes sociales, siguió atacándolo. Calificándolo como: “don chatarrín de los tubitos caros”, como vemos en el tuit que mostramos en pantalla.
Milei acusó a Rocca de sobornar periodistas y economistas para defender sus intereses
El cruce surgió porque Techint evalúa denunciar por "dumping" la importación de tubos indios
El economista Andrés López lo calificó como “un mensaje del rumbo de su gestión”, en una entrevista que le realizamos en este mismo programa junto a Diego Petrecolla. El INDEC, el organismo que debería ser el árbitro técnico de la economía, nuevamente queda convertido en un campo de batalla político tras la renuncia de Marco Lavagna y la postergación de la actualización del índice de precios, un episodio que debilita la credibilidad oficial sobre un punto central en el relato oficialista: la baja de la inflación.
Algo que no es nuevo para los argentinos: Guillermo Moreno enfrenta causas en la Justicia por la alteración del IPC. Y la manipulación del índice fue uno de los motores del desgaste kirchnerista.
Esto tiene un impacto triple: Por un lado, el discurso oficial de combate a la inflación, al restar credibilidad a las mediciones. En segundo lugar, pega en el armazón ideológico del oficialismo, que es anarco capitalista pero viola la autonomía de un organismo de medición, y por último, al reiterar una práctica muy detestada del kirchnerismo, también impacta en el discurso de que Milei es distinto a la “casta política”.
Ayer, en este mismo programa, Raúl Timerman señaló la importancia que tiene este paso en falso del Gobierno. Sin decirlo en términos militares, describió algo que ya habían entendido los grandes teóricos de la estrategia hace siglos. Sun Tzu advertía que la mejor guerra es la que se evita, y que el error más grave de un líder es empujar el conflicto hacia el terreno donde él mismo queda expuesto. ¿No estará Milei abriendo más frentes de batalla de los que puede manejar?
Otro teórico de la guerra, Clausewitz, desarrolla la idea del “centro de gravedad”: ese punto del que depende la fuerza de todo un sistema. Para Milei, ese centro no es el Congreso, ni los gobernadores, ni siquiera el ajuste. Es la narrativa de que, pese a todo, logró domar la inflación. Ese es el núcleo de legitimidad que sostiene el sacrificio social, la paciencia de la clase media y hasta el apoyo de parte del establishment. Incluso lo que se destaca en la prensa internacional: “la macro estable”. Si ese punto se debilita, no se resquebraja solo un indicador económico: empieza a tambalear la justificación completa del rumbo económico libertario.
El riesgo de tocar ese centro es enorme, pero también lo es la recompensa para quien logre dañarlo. Por eso la crisis del INDEC no es un episodio técnico sino estratégico. Si se instala la sospecha de que los números no reflejan la realidad, el Gobierno queda peleando no ya contra “la casta” o “los zurdos”, sino contra la percepción cotidiana de millones que sienten que su plata rinde menos y que el Gobierno les miente mientras se empobrecen. Y cuando la experiencia diaria contradice el relato oficial, el centro de gravedad deja de ser fortaleza y se puede convertir en el punto de colapso.
El propio Ministro de Economía, Luis "Toto" Caputo, reconoció que la salida de Lavagna respondió al intento de cambiar el IPC. El ministro argumentó que no hay necesidad de cambiar ahora el índice, aunque sostuvo que da igual, porque da prácticamente lo mismo. Adorni, en una reciente entrevista, declaró que el índice será modificado cuando la inflación dé cero, y que mantener el mismo índice que antes permite comparar con los Gobiernos anteriores para demostrar la recuperación tras “el desastre” del kirchnerismo.
El argumento es atendible, pero también es la confesión de que un organismo de medición “objetiva” se ha convertido nuevamente en un frente de la batalla cultural. El INDEC debería ser más como un termómetro para medir la fiebre y menos como una agencia de seguros que discute con el damnificado para no pagarle al cliente o pagarle menos.
En un país con alta inflación como lo es Argentina, destruir la confianza en el organismo que la mide es un error estratégico. La salida de Marco Lavagna del INDEC fue un baldazo de agua fría que los expertos afirman que también impactará en el mercado. En la Casa Rosada nadie anticipaba su renuncia. La reacción en ámbitos financieros, incluso entre inversores en Nueva York con asesoramiento argentino, fue de desconcierto y preocupación.
El propio Banco Central había anticipado en un informe que desde febrero de 2026 se comenzaría a difundir la inflación con un índice actualizado, adaptado a los cambios en los patrones de consumo. Ese rediseño implicaba un mayor peso de los servicios frente a los bienes, con una variación cercana a 12 puntos porcentuales.
Además hubo otro error garrafal del Gobierno: Caputo difundió anticipadamente los datos antes de su publicación formal, que es el 14 de cada mes. Aunque el INDEC mide semanalmente, para respaldar los datos mensuales, la difusión está prohibida porque facilita maniobras de especulación en el mercado.
El organismo ya había anunciado el nuevo índice que incluso fue valorado por el Banco Central por su mayor claridad metodológica. Ese índice actualizado iba a reflejar con más fuerza el impacto de la suba de tarifas en los primeros meses.
La metodología tradicional, construida a partir de la Encuesta de Hogares de 2004, incluye productos y servicios prácticamente desaparecidos: telefonía fija con tarjetas, llamadas desde locutorios o teléfonos públicos, reparación de fax, videocaseteras, reproductores de DVD, walkman, discman, diskettes, CD-ROM, rollos fotográficos y alquiler de películas en VHS, entre otros. Así, el índice que se utiliza para medir la suba de precios continúa apoyado en patrones de consumo de hace dos décadas, lo que alimenta cuestionamientos sobre su real capacidad para reflejar el costo de vida actual.
¿Cuál fue sido el rol de la oposición ante este traspié del oficialismo? Un grupo de diputados nacionales de Fuerza Patria presentó un pedido de interpelación en la Cámara baja para que el ministro de Economía, Luis Caputo, y el nuevo director del INDEC, Pedro Lines, den explicaciones.
En los fundamentos del proyecto, el diputado Nicolás Trotta subraya que el IPC es un indicador clave para medir pobreza, indigencia, ingresos, salarios, jubilaciones, tipo de cambio y múltiples variables económicas, además de influir en contratos y políticas públicas. Por eso remarca la “relevancia estratégica” del índice y la necesidad de garantizar transparencia y rigurosidad metodológica, advirtiendo que cualquier distorsión impacta directamente en el diseño y la evaluación de medidas destinadas a los sectores más vulnerables.
El proyecto, acompañado por otros diputados del bloque, plantea que se habría priorizado un calendario político por sobre la credibilidad de las estadísticas públicas, y exige explicaciones formales ante el Congreso. Sin embargo, está por ver qué impacto tendrá el accionar del peronismo, que carga en su historia con la acusación de haber manipulado los datos, pero además de haber multiplicado la inflación hasta niveles insoportables.
Para el politólogo Luis Tonelli, la oposición atraviesa un estado de parálisis estratégica frente a un liderazgo como el de Milei, que logró imponerse en el plano simbólico. En lugar de disputar sentido, la oposición elige observar y esperar (waiting and see), una actitud que termina fortaleciendo al oficialismo.
Algo que considera habitual en la Argentina, ya que, según afirma, “los liderazgos aparecen en las crisis”.
Cuando un líder alcanza su pico de popularidad suele caer la trampa: empieza a creer que el apoyo es personal y que su capital político es infinito. Ese cóctel reduce la escucha, achica los círculos de confianza y transforma el liderazgo en una burbuja donde se castiga la duda y se gobierna con épica en lugar de con termómetro social. La historia muestra que en ese clima se incuban decisiones irreversibles, tomadas más por impulso de grandeza que por cálculo estratégico.
Marco Lavagna renunció recientemente como director del INDEC
Los ejemplos son elocuentes. Napoleón, en la cima de su prestigio tras Austerlitz, creyó que su poder militar era imbatible y se lanzó a la campaña rusa sin prever logística ni clima, iniciando su caída. Hitler, tras sus victorias iniciales, se convenció de su destino histórico, anuló contrapesos internos y tomó decisiones militares atravesadas por el ego, como abrir el frente oriental y declarar la guerra a Estados Unidos. Margaret Thatcher, fortalecida por tres triunfos electorales, desoyó advertencias y avanzó con el Poll Tax, una medida socialmente explosiva que terminó provocando su salida.
David Cameron, con mayoría propia, convocó al referéndum del Brexit como jugada táctica interna y terminó perdiendo el cargo y abriendo una crisis histórica. Sebastián Piñera confundió estabilidad macroeconómica con legitimidad social y no leyó el malestar acumulado que estalló en 2019.
Incluso en casos menos catastróficos, la lógica fue similar. Barack Obama asumió con enorme esperanza pública y prometió transformaciones estructurales que chocaron con los límites institucionales, perdiendo rápidamente el control del Congreso. Emmanuel Macron, con un triunfo arrasador y un discurso modernizador, impulsó reformas desde una lógica tecnocrática sin suficiente contención social, lo que derivó en la revuelta de los chalecos amarillos. En todos los casos, el problema no fue la falta de apoyo inicial, sino el efecto narcotizante de ese apoyo: cuando el aplauso reemplaza a la escucha, empieza el declive.
Ayer, sobre el final de la entrevista que realizamos, el constitucionalista Andrés Gil Domínguez deslizó una elocuente frase sobre nuestro presidente. Si el derrumbe de Milei llega pronto, es probable que no provenga de una conspiración opositora ni de un shock externo inesperado, sino de su propia impericia alimentada por la hybris del poder. La convicción de que el respaldo popular es un cheque en blanco suele empujar a los líderes a tensar todos los límites al mismo tiempo, convencidos de que la voluntad política puede reemplazar a la realidad.
La acumulación de frentes abiertos sin una jerarquía clara de prioridades puede resultar letal: pelear con empresarios estratégicos, tensionar organismos estatales independientes, gobernar a través de la confrontación permanente y reducir los círculos de confianza puede dar la sensación de control, pero en realidad achica la base de sustentación política. El poder se vuelve más intenso, pero también más angosto. Y cuanto más angosto es el sostén, más vulnerable se vuelve.
A eso se suma un factor decisivo: la brecha entre relato y experiencia cotidiana. Un gobierno puede sobrevivir a malas noticias si conserva credibilidad, pero entra en zona de riesgo cuando la percepción social empieza a contradecir de forma sistemática el discurso oficial. En materia económica, esa distancia se mide en el supermercado, en las tarifas, en el salario que ya no alcanza. Cuando la vivencia diaria erosiona la narrativa, la legitimidad se resquebraja desde abajo, silenciosamente, hasta que el quiebre se vuelve visible. Y la modificación del índice del IPC era justamente con intención de que los números se adecúen más correctamente a la experiencia cotidiana.
Del INDEC militante al INDEC mudo
El mayor adversario de un liderazgo personalista no siempre está enfrente, sino adentro: es la tentación de creerse infalible. La historia política está llena de gobiernos que no cayeron por falta de apoyo inicial, sino por perder la capacidad de corregirse a tiempo. Si la conducción se encierra en su propia épica y transforma cada límite en una afrenta personal, el final no suele llegar por un gran golpe, sino por una suma de errores no rectificados. Y cuando eso ocurre, el poder que parecía sólido descubre que en realidad se sostenía sobre una confianza que se escurrió como agua entre las manos.
Producción de textos e imágenes: Facundo Maceira
MV
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