Sin intención de hacer un balance, cabe analizar, al cabo de dos años de un gobierno que se autopercibe revolucionario, una cuestión relevante: la continuidad o el contraste entre la visión de su líder antes de asumir la Presidencia y su mirada actual de la política y la economía. Para orientar la indagación, puede empezarse por una constatación obvia: los discursos de campaña de los partidos y los candidatos a cargos ejecutivos, aquí y en el mundo, están cargados de promesas sobreactuadas y afanes refundacionales, como fue el caso de Alfonsín –el único justificado–, de Menem y de los Kirchner. Milei, por cierto, no resultó la excepción, aunque sí lo fue su odio al Estado y la política, junto con la apología absoluta de la libertad de mercado como eje orientador no solo de la economía sino también de la cultura, contrariando la tradición de los partidos argentinos en sus distintas vertientes ideológicas.
La visión de un dirigente político es, sin embargo, un problema complejo que no se resuelve al voleo, con citas puntuales o medidas específicas. Conviene aquí establecer una distinción entre los discursos inaugurales, las arengas a los militantes, las declaraciones breves, bajo la forma de clips en las redes; lo que se dice en las entrevistas y se escribe en los discursos –Milei los usa sistemáticamente–, y las medidas específicas que se toman en el rol ejecutivo. El suyo es un caso complejo para analizar: empezó como asiduo y escandaloso invitado a programas de televisión y comediante en el Maipo hasta llegar a diputado y luego presidente de la Nación. Un presidente sui generis, que tanto habla en las Naciones Unidas como interpreta a una estrella de rock. En su repertorio hubo muchos exabruptos, expresiones y palabras para épater le bourgeois que luego desaparecieron de su boca. Recuérdese, entre otras, el comercio de órganos, la libre portación de armas o el cierre del Banco Central.
Bajo distintos formatos, se constata una línea de continuidad en el discurso de Milei: la agresividad verbal y el sesgo economicista, que es su fijación profesional. Sin embargo, lo que le abrió las llaves del poder no fue la economía, sino una advertencia sociológica con base empírica: existe un estrato privilegiado que acapara la riqueza y las oportunidades, despojando al pueblo de las suyas. En lenguaje popular, los que tienen curros. A esa clase la llamó casta y se postuló para derrocarla. En términos sociológicos, este argumento es asimilable a la crítica a las élites, una saga clásica desde Comte y Saint-Simon a Wright Mills, un sociólogo de izquierda que en la década del 60 acusó a los círculos de poder norteamericanos de cometer las mayores inmoralidades. Yendo más atrás, se trata de la misión paradigmática del redentor, que viene a liberar al pueblo de la opresión de los poderosos.
No obstante, analizando las políticas de Milei en lo que va de su gestión, no fue eso lo que prevaleció, más allá de declaraciones intempestivas e insultos varios. Hubo, en cambio, constancia en la corrección macroeconómica y una serie de rectificaciones implícitas en el plano político. Si se lo mira desapasionadamente, fue un pasaje de la transgresión a la convención. Por empezar, el discurso del 10 de diciembre de 2023 no resultó innovador. Milei leyó un preámbulo refundacional típico, enfatizando, sin embargo, que antes de la felicidad era inevitable pasar por la angustia del ajuste del gasto para evitar la hiperinflación. Una versión de la cirugía mayor sin anestesia menemista. No mencionó a la casta ni atacó a los políticos, sino que los invitó a sumarse con independencia de dónde provinieran. Lo que siguió, durante 2024, fue una aceptación implícita de la centralidad del Congreso, expuesta a través de fatigosas negociaciones de un oficialismo minoritario dispuesto a ceder para sancionar sus leyes liminares. Si se quieren sumar más convencionalismos, a este gobierno, como a otros, le saltaron casos de presunta corrupción, que la Justicia seguramente no juzgará hasta que Milei deje la Presidencia, según la regla implícita de una división de poderes floja de papeles.
¿Y la batalla cultural? Poco y nada si se considera el conjunto de la sociedad. No hubo cambios verificables entre los argentinos, que permanecen tan individualistas o solidarios como de costumbre; “abrazar la libertad” significó un eslógan más que una pasión; nadie comerció con órganos ni porta armas sin restricciones. El enfrentamiento ideológico fue indoloro, canalizándose en las redes sin poner el cuerpo. La inseguridad sigue siendo un flagelo, los narcos no abandonaron los barrios, si bien disminuyeron los asesinatos en Rosario; la movilización social se planchó como en el mejor momento de Menem; disminuyó significativamente la inflación y ascendió la desocupación, igual que en aquella época, pero, como entonces, padecen las Pymes y los desocupados y precarizados aumentan, aunque las estadísticas los hayan sacado de la pobreza; hubo elecciones con el más bajo nivel de participación desde 1983, lo que sugiere que el rechazo a la casta podría incluir ahora a los libertarios. La gente se aferra a los dólares porque sigue desconfiando. Los cambios de costumbres, como el aumento exponencial de las compras online o el hábito cada vez más extendido del trabajo remoto, están condicionados por la tecnología, no por la política. Como antes, la Argentina no fue Venezuela; ahora tampoco vive la utopía libertaria.
En la esfera del poder sí hubo un antes y un después, en términos políticos, que fue Trump. Milei vio en él a su espejo, un líder narcisista de ultraderecha dispuesto a batirse por las ideas de la libertad, aunque, paradójicamente, arancelando el comercio mundial. El resultado fue un alineamiento con EE.UU. que no registra antecedentes en la historia de las relaciones internacionales de la Argentina. La sobreactuación tuvo un premio excepcional: la ayuda que le permitió al Gobierno ganar las elecciones de medio término cuando la crónica falta de dólares –otro parecido con la historia– deslizaba la economía a la catástrofe. Así, la Argentina libertaria asoció su destino a un liderazgo discrecional y autoritario que tiene en vilo a Occidente.
Más allá de esa vergüenza, queda claro que lo de Milei no es una revolución cultural sino apenas una “solución” económica. Todos los gobiernos ensayaron la suya, desgraciadamente sin éxito, por eso las comillas. No obstante, como la historia es una obra abierta, no se puede cancelar la posibilidad de que esta vez sea distinto, aunque persisten grandes dudas. En ese marco, las élites empezaron 2026 discutiendo con aspereza sobre el modelo de negocios que regirá en adelante, espoleadas por los tesoros de Vaca Muerta. El Gobierno dirá que vamos hacia Noruega y los perjudicados por sus políticas que el destino es Nigeria. La gente de a pie probablemente permanezca aparte, conforme o enojada según su suerte material.