El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 829: Taiano, Cristina y Milei, el dilema de la justicia argentina

Si Javier Milei no representa una ruptura sino el epílogo de una lógica política que mezcla corrupción con prácticas de casta, entonces la oportunidad para el peronismo no está en volver al pasado, sino en procesarlo. 

Día 829: Taiano, Cristina y Milei, el dilema de la justicia argentina Foto: CEDOC

En toda democracia, la Justicia está llamada a cumplir un rol elemental: ser el árbitro. No el protagonista, no el intérprete creativo de los hechos, sino el garante de reglas estables que ordenen el terreno político y social. Su autoridad no proviene de la potencia de su relato ni de su capacidad de persuadir, sino de algo mucho más básico y, a la vez, más exigente: ofrecer certezas. Cuando ese árbitro empieza a ser percibido como un jugador más, de un bando o de otro, lo que entra en crisis no es solo un poder del Estado, sino la idea misma de justicia como punto de referencia común.

Esa crisis se vuelve aún más visible en una época que empieza a mostrar el agotamiento de los relatos. Incluso bajo la lógica de Javier Milei, la política argentina sigue funcionando como una disputa de narrativas donde cada actor construye su propia verdad, y donde los hechos quedaban subordinados a su interpretación. Pero cuando todo se vuelve discutible, incluso lo que debería ser indiscutible, como una prueba judicial o un fallo, el sistema pierde anclaje. 

En su declaración de ayer ante la Justicia por la causa Cuadernos, Cristina Kirchner volvió a condensar esa ambivalencia que atraviesa a la Argentina contemporánea. La expresidenta rechazó las acusaciones en la causa Cuadernos y convirtió su declaración en un duro alegato contra el Poder Judicial, al que calificó como una “mafia” que habría armado una persecución en su contra mediante extorsiones a empresarios y manipulación de pruebas. Señaló la falta de evidencias concretas y denunció una doble vara respecto de causas vinculadas a Mauricio Macri, donde, según afirmó, no hubo avances pese a indicios. 

"Me preguntaba el presidente del tribunal si voy a contestar preguntas. Voy a contestar preguntas de este tribunal y de cualquier otro cuando lo llame a Stornelli a que declare sobre alguna de las barbaridades que están comprobadas en expedientes que están en esta misma causa", sostuvo la expresidenta.

Antes de cerrar, añadió: "Voy a pensar en responder preguntas el día que algún juez cite a Mauricio Macri para hablar de los parques eólicos (...) No hay una sola causa por la deuda del Fondo Monetario, el día que llamen a algún ministro, al 'Toto' Caputo... Ese día voy a contestar preguntas, pero hasta ese día no voy a formar parte de este circo".

Es cierto que existe en promedio, aunque no en todos los casos, una tendencia en el Poder Judicial a ser más benevolente con los pecados del antiperonismo así como existe más que una tendencia a la posposición de las causas de los políticos mientras tienen poder, la llamada defección estratégica, pero Cristina misma (en realidad, su marido y ella como continuadora supérstite), se benefició de lo mismo. Exagerando al solo efecto de hacer más provocador el análisis, Cristina no estaría presa hoy si Eduardo Taiano hubiese apelado el sobreseimiento de enriquecimiento ilícito en 2005, cuando el matrimonio Kirchner estaba en la cúspide del poder.

Hay que recordar que antes de esta decisión de no apelar, el hijo del fiscal Taiano fue secuestrado durante dos horas. Nunca le pidieron rescate ni le robaron pertenencias al menor. Luego de raptarlo en la esquina porteña de Pueyrredón y Santa Fe, lo llevaron a dar vueltas en auto y lo dejaron en el barrio de Barracas, cerca de la casa de un familiar. Nunca se esclareció este hecho y no se probó ninguna conexión con la decisión de Taiano, pero tampoco se puede descartar por lo extraño del suceso y su complementariedad cronológica entre los dos hechos: el secuestro y la decisión de no apelar. Con esto, no queremos decir que se justifique la actitud del fiscal, sino que es importante analizarla en su contexto. 

Taiano es en esencia un significante de ese comportamiento de parte del poder judicial, una especie de invariable a través de los años, un hilo conductor de la historia de la relación entre los poderes ejecutivos de turno y quienes deberían juzgarlos, ahora con el caso $Libra cajoneado pruebas que debería haber tomado estado público meses antes.

Argentina no vive bajo una simple lógica de doble vara, sino bajo algo más profundo: una estructura que permite que convivan narrativas contradictorias sin resolverse. La justicia puede ser implacable y tolerante al mismo tiempo. Los medios pueden amplificar y minimizar según el ángulo elegido. La sociedad puede indignarse y justificar en simultáneo. En ese contraste, más que una simple desigualdad, se revela un patrón. La justicia no actúa en un vacío, sino en un contexto político que condiciona sus tiempos y sus prioridades. Es cierto que no es lo mismo juzgar a un poder en ejercicio que cuenta con legitimidad que a un esquema agotado.

Un poder en ejercicio tiene capacidad de disciplinar, ordenar el relato y condicionar el clima público. Además, cuenta con el apoyo de la voluntad popular expresada mediante el voto, que contrasta con el poder de los jueces, que tienen cargos vitalicios y su poder no proviene del sufragio universal. La Justicia, sometida a esta presión, tiende naturalmente a avanzar con mayor decisión cuando el costo político es bajo y a volverse más cautelosa cuando investiga a quienes todavía detentan poder real. No se trata necesariamente de una conspiración, parte de una contradicción real, de la estructura de división de poderes, que requiere un equilibrio para no vulnerar los derechos democráticos de la población. 

Pero más allá de las interpretaciones políticas, hay un dato estructural que debilita la idea de proscripción: Cristina Kirchner no fue juzgada en un único expediente ni por un solo tribunal, sino en múltiples causas, a lo largo de distintos años, con la intervención de decenas de jueces, fiscales y cámaras de apelación. No se trata de un único acto discrecional, sino de una acumulación de decisiones dentro de un entramado judicial complejo.

En ese marco, sostener la existencia de una proscripción requiere demostrar no solo intencionalidad política, sino también la coordinación efectiva de todo ese sistema en una misma dirección, algo que resulta casi imposible. En Modo Fontevecchia, Miguel Ángel Pichetto contó por qué fue a visitar a Cristina y dijo: "Es muy lesionante para el país que los expresidentes estén presos con esta teoría de la responsabilidad, de que la función del cargo de presidente lo hace conocer absolutamente todo y es responsable de todo. Es casi una transferencia de los delitos de lesa a los delitos de la administración pública”. 

"También tengo una visión de que cuando alguien está en la mala, y eso lo he hecho con Menem, lo hice con Julio De Vido, lo hice con mucha gente, cuando alguien está detenido hay un viejo principio que dice que a los enfermos y a los que están presos hay que visitarlos. Mucho más cuando me ha unido un vínculo de casi 30 años", agregó el diputado nacional.

"Esto se va a terminar": la trastienda de la encendida declaración de Cristina Kirchner en Comodoro Py 

El peligro de privilegiar unilateralmente la representación política ante la justicia configura el peligro de que llegar al poder sea una “carta blanca” para que un gobernante en ejercicio haga lo que quiera, se enriquezca ilícitamente y se maneje como un déspota. No hablamos sólo de corrupción, también puede haber abusos en la forma de gobernar, impulsando leyes anticonstitucionales o abusando del decreto, pasando sobre otros poderes del Estado.

Volviendo a Taiano, la investigación del caso $Libra está siendo deliberadamente demorada por el fiscal a quien acusa de haber retenido durante cinco meses el peritaje clave sobre el celular de Mauricio Novelli, que incluía borradores del contrato con Milei y audios que implicaban directamente a funcionarios del Gobierno. La información no fue cargada al sistema judicial hasta que las querellas presionaron, lo que impidió su acceso y análisis. 

Y no solo Taiano fue clave en decisiones judiciales a favor de los Kirchner en 2005 sino en posteriores hasta 2010 cuando cerraron sucesivas investigaciones por enriquecimiento ilícito contra el matrimonio. En 2008, Taiano consideró que no correspondía imputar a Néstor Kirchner en una de esas causas, lo que habilitó su archivo por parte del juez Julián Ercolini. Luego, en 2009, el juez Norberto Oyarbide sobreseyó al matrimonio presidencial pese al fuerte incremento patrimonial registrado, apoyándose en peritajes contables que avalaban la legalidad de sus ingresos. Más tarde, Rodolfo Canicoba Corral también desestimó nuevas denuncias en la misma línea. Esas decisiones cerraron formalmente la posibilidad de seguir investigando el aumento patrimonial de los K.

Allí aparece el punto clave: porque rige el principio de que no se puede juzgar dos veces por el mismo hecho. Es decir, una vez sobreseídos por ese delito de enriquecimiento ilícito, la Justicia quedó impedida de volver a perseguir penalmente a Cristina Kirchner bajo la misma carátula. Por eso años más tarde las causas aparecieron bajo otra construcción jurídica: la figura de asociación ilícita. Eje central de la causa Cuadernos iniciada en 2018. Una figura cuestionada desde el peronismo, aunque es evidente que se trata de otros hechos y bien posteriores.

Ese dato permite abrir una lectura menos lineal sobre la responsabilidad política de Cristina. Porque si las primeras investigaciones por enriquecimiento ilícito quedaron cerradas en vida de Néstor, lo que emerge después no es exactamente el nacimiento de un sistema, sino su continuidad y expansión. En ese sentido, más que arquitecta original, Cristina aparece como heredera de un entramado de poder que ya tenía lógicas propias de acumulación, circulación de recursos y vínculos con sectores empresariales. Un dispositivo que no sólo organizaba la política, sino también la relación entre Estado y dinero.

Cristina encarnó la ambivalencia del poder en su forma más acabada. Su peso dentro del peronismo hoy empieza a parecerse a lo que en la política comparada se denomina un “jarrón chino”: valioso, imposible de ignorar, pero también difícil de ubicar en un esquema de renovación. Hoy conserva un núcleo duro de legitimidad y capacidad de movilización que ningún dirigente del espacio puede reemplazar, pero al mismo tiempo su centralidad condiciona la emergencia de nuevos liderazgos y ordenamientos internos. Axel Kicillof, como principal figura en ascenso, enfrenta justamente ese dilema: cómo construir poder propio sin romper con quien sigue siendo la referencia simbólica más potente del movimiento.

El peronismo, entonces, atraviesa hoy la problemática de cómo renovarse y, a la vez, administrar esa herencia. Integrar a Cristina sin quedar subordinado, renovar sin fracturar, y proyectar una alternativa de poder que no dependa exclusivamente de su figura. En ese equilibrio inestable se juega buena parte de su futuro: si logra transformar ese “jarrón chino” en un activo ordenado, o si termina siendo un factor de tensión permanente que impida cerrar una nueva etapa política.

Durante años la sociedad argentina vivió consciente de la ambivalencia entre corrupción y poder. La idea del “roban pero hacen” operó como una forma de reconciliar la contradicción. La legitimidad del resultado compensaba la sospecha sobre los medios. Algo de esta lógica se filtró ayer en el discurso de la propia Cristina ante el tribunal. “Me puedo morir presa con este sistema y este poder judicial, pero créanme que en algún momento esto se va a terminar. Más allá de lo que puedan lograr a través de campañas mediáticas y redes, el estómago requiere proteínas y alimentos para poder funcionar. La gente necesita tener no una vida de lujos, pero sí por lo menos saber que le va a alcanzar para el alquiler y las expensas”, declaró. Es decir, si la panza está llena, la corrupción no importa. 

Los seres humanos tienen estómago y que todo cambiará, porque en algún momento la crisis económica obligará a sacar conclusiones sobre el Gobierno actual es la idea de que el fin justifica los medios. Es una suerte de “la historia me absolverá” de Fidel Castro. Pero esa justificación, que alguna vez fue eficaz, hoy encuentra más resistencias. No desaparece, pero pierde fuerza. Porque el declive del kirchnerismo no es solo judicial ni electoral: es también simbólico. Ya no convoca de la misma manera, ya no ordena el sistema político con la misma claridad. Sigue siendo central, pero de otra forma. Más como referencia que como conducción, más como pasado que como futuro.

Así como los discursos de Fidel Castro hoy parecen algo anticuados en medio de un mundo cambiante y una Cuba atravesando una profunda crisis. Un sistema que durante décadas sostuvo un relato potente, capaz de justificar sus contradicciones, pero que lentamente fue perdiendo capacidad de persuasión. No cae de un día para otro: se desgasta porque el mundo sigue girando, aunque ahora la agresividad de Trump precipite una gran crisis.

Crisis política y desgaste simbólico: qué hay detrás de los casos $Libra y Adorni

Líderes como Milei, en apariencia, irrumpen para romper con todo eso. Su discurso anti-casta, su apelación a la moralidad y su crítica a la corrupción parecen inaugurar una nueva etapa. Sin embargo, su llegada al poder no se produce fuera de la cultura política existente, sino dentro de ella. Y por eso, rápidamente, aparecen las continuidades. ¿Será que Milei no es el primer capítulo de una nueva etapa, sino el último de una etapa anterior? Pensar desde esta perspectiva podría llegar a darle aire a una figura como la de Kicillof.

Si Milei no representa una ruptura sino el epílogo de una lógica política que mezcla corrupción con prácticas de casta, entonces la oportunidad para el peronismo no está en volver al pasado, sino en procesarlo. ¿Podría Kicillof encarnar esa transición? Es alguien que no reniega de la identidad del espacio, pero que tampoco queda atrapado en sus formas más desgastadas. Su desafío no es solo electoral, sino narrativo: construir un discurso que reconozca los errores, sin dinamitar la propia historia.

En ese sentido, su posicionamiento actual parece moverse en esa tensión. Por un lado, necesita sostener el vínculo con el núcleo duro que todavía referencia a Cristina; por otro, debe proyectarse como algo distinto, capaz de interpelar a una sociedad que ya no se conforma con las viejas justificaciones. Si logra pararse en ese lugar —ni continuidad automática ni ruptura total— podría convertirse en el punto de síntesis de una nueva etapa. Pero si queda absorbido por la lógica del “jarrón chino” y evitar lo que podría llamarse el “síndrome Larreta”: convertirse en el candidato inevitable demasiado pronto, lo que lo deja expuesto a un desgaste prolongado.

Es interesante escuchar qué respondió Kicillof ante una pregunta directa de Ernesto Tenembaum "¿Indultarías a Cristina si fueras presidente?". El gobernador contestó: “No, porque creo que es más profundo”. Aunque la respuesta sirvió como excusa para el sector de La Cámpora para atacar al gobernador de Buenos Aires, la respuesta es interesante, porque lo que está en juego ya no es un relato de buenos contra malos, sino un problema sistémico.

Durante los últimos años, la política se movió en el terreno de la narrativa en una lógica profundamente posmoderna, donde los hechos importan menos que su interpretación, y donde la verdad deja de ser un punto de llegada para convertirse en un campo de disputa. No había realidad única, sino relatos en competencia que organizan percepciones, identidades y lealtades. El kirchnerismo entendió eso antes que nadie: construyó sentido, resignificó la historia y logró que amplios sectores de la sociedad leyeran la realidad a través de su propio marco interpretativo. Utilizó la televisión, a través de programas como 6,7,8; y atacó a las usinas de discursos opositores y a medios para deslegitimarlos, como a Perfil y a Clarín

La irrupción de Milei no rompe con esa lógica, sino que la lleva a otro nivel, con las nuevas tecnologías a disposición. Su llamada “batalla cultural” es, en esencia, una disputa por imponer un nuevo relato dominante: uno que redefine conceptos como Estado, libertad, justicia social o casta. Milei no solo gobierna: narra, simplifica, polariza y ordena la realidad en términos morales. Pero el límite que encuentra es que, en los hechos, es un gobierno “busca”, arribista, igual de decadente y moralmente cuestionable que quienes critica. Por eso, lo que empieza a asomar no es simplemente un recambio de narrativas, sino el agotamiento de ese propio mecanismo. 

Sergio Berni habló del futuro de Kicillof, reivindicó a Pichetto, elogió a Karina Milei y cuestionó a Villarruel, Grabois y Massa 

La Justicia, a diferencia de la política, no puede funcionar como un dispositivo narrativo más. Su legitimidad no surge de la capacidad de persuadir ni de construir sentido, sino de ofrecer certezas, reglas claras y previsibilidad. Si esas reglas son maleables y dependen del momento político, no hay justicia, sino injusticia. En un sistema democrático, el Poder Judicial está llamado a operar como árbitro, no como jugador. Y un árbitro no puede cambiar las reglas según el clima de época, la correlación de fuerzas o la eficacia del relato dominante. Si lo hace, deja de impartir justicia para convertirse en un actor más de la disputa.

La idea de una “justicia posmoderna”, donde los hechos son maleables, las pruebas se interpretan según conveniencia y las decisiones dependen del contexto político, es, en sí misma, una contradicción peligrosa. Porque si la verdad judicial se vuelve relativa, entonces desaparece el principio de igualdad ante la ley. Cada causa pasa a leerse como un episodio más de la grieta, y cada fallo como una toma de posición. En ese escenario, no hay inocentes ni culpables, sino vencedores y derrotados circunstanciales de una disputa de poder que excede los tribunales.

Por eso el problema de fondo no es solo la doble vara, sino la pérdida de un suelo común. Sin un sistema judicial creíble, capaz de establecer hechos con independencia de las narrativas políticas, la democracia queda flotando en una ambivalencia permanente. Todo puede ser cierto y falso al mismo tiempo, dependiendo de quién lo diga y desde dónde se lo mire. Y en ese terreno inestable, la política deja de tener límites reales: ya no hay reglas que ordenen la competencia, sino interpretaciones que se imponen coyunturalmente. Recuperar una justicia que no sea posmoderna, es decir, que no dependa del relato, es, quizás, una de las condiciones indispensables para salir de este ciclo vicioso. Y una tarea esencial para establecer un terreno común de construcción de nuestro país.

Hoy, sin embargo, esa lógica empieza a mostrar signos evidentes de crisis. La ambivalencia permanente, esa capacidad de sostener simultáneamente versiones contradictorias sin resolverlas, ya no ofrece estabilidad, sino desgaste. La sociedad parece menos dispuesta a aceptar que todo dependa del cristal con que se mire, y empieza a demandar algún tipo de consistencia entre discurso, hechos y consecuencias. Por eso el discurso “anti casta” de Milei fue tan efectivo.

En esa misma inestabilidad hay también una oportunidad: la de reconstruir, sobre nuevas bases, una relación entre legalidad y legitimidad que no dependa de justificaciones circunstanciales ni de alineamientos coyunturales. La de establecer reglas que no necesiten ser reinterpretadas según quién esté en el poder, y de salir, finalmente, de la ambivalencia como forma estructural de funcionamiento para entrar en una etapa donde la política y la justicia vuelvan a encontrarse en un terreno común.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

 

TV/ff