Día 858: ¿Cómo Milei? ¿Que no pasa nada?
El análisis de sus declaraciones sugiere que la presidencia podría ser apenas un trampolín mediático para alcanzar una fama global definitiva. Sin embargo, esta búsqueda de validación personal plantea el riesgo de convertir el destino del país en el escenario de un experimento individual con graves costos sociales.
El presidente Javier Milei dijo que si su presidencia fracasa “no pasa nada”, nos volvemos a la actividad privada. ¿A quién le estaría hablando? ¿A sus propios funcionarios que se preocupan por el devenir de los hechos diciendo que no se preocupen que pueden volver a la actividad privada potenciados por haber pasado por un puesto en la actividad pública? ¿Quiénes son ese “nos”, ese nosotros? El problema lo tienen los argentinos, que si su presidencia fracasa ya están en la actividad privada y no tienen otro lugar a dónde irse? Incluso para su propio equipo, ¿para qué están construyendo un partido político con candidatos y dirigentes en todo el país si perdieran las próximas elecciones lo cierran? ¿Qué harían todos esos candidatos que aun en minoría resulten electos?
Quizás no se le dio la suficiente importancia a esa “palabra plena” que salió de la boca del presidente y desnuda su incapacidad de comprender que ser presidente no es solo un empleo transitorio, un contratado para una tarea como él lo expresa, sino ser presidente es una responsabilidad existencial, para toda la vida, con dimensión histórica en la que quien lo asume es corresponsable perpetuo con sus contratantes, los ciudadanos. No es un trabajo más, peor aun como parece interpretarlo el presidente un trabajo menor habiendo otro mayor en la escalera ascendente que es la de influencer, conferencista, relator de cómo fue el experimento que llevó a cabo aunque no tuviera éxito pero sirva de estudio.
Hay jefes de Estado que fracasaron pero su experimento fue lo suficientemente original que durante toda su vida fueron procurados para que expongan su experiencia. Salvando las distancias, Gorbachov con el fracaso de la perestroika que terminó con el mayor desastre geopolítico del desmembramiento de una docena de repúblicas reconfigurando el mapa a fin del siglo XX recorre el mundo dando conferencias hasta el fin de sus días durante dos décadas.
Deberíamos comenzar por preguntarnos: ¿qué quiere ser Milei cuando sea grande? Esta era la pregunta con la que los mayores abrían muchas de las conversaciones con todos nosotros cuando éramos chicos y que daba pie a todo tipo de fantasías: bombero, policía, astronauta o cantante de rock. Luego, esa misma pregunta también nos empezó a ordenar al crecer. Algunos pueden ir cumpliendo sus objetivos, pueden ser quienes querían ser y otros, no, pero lo intentan.
Independientemente de la suerte que tenga cada uno, lo que queremos ser le da sentido a nuestra vida, ordena nuestros pasos, nos pone detrás de un objetivo. Si uno le preguntara a Milei qué quiere ser, podría anticiparse y pensar que el Presidente ya consiguió todo lo que planeaba para sí mismo, pero estaríamos equivocados si pensamos esto. Según varias de sus declaraciones, para él ser Presidente es solo un medio, una forma incluso de revalorizarse, de subirse el precio para hacer lo que realmente quiere ser: una celebridad de la extrema derecha, una suerte de rockstar reaccionario que viaje por el mundo dando charlas por cientos de miles de dólares y ser aplaudido.
Son tiempos singulares los que estamos viviendo. La exaltación de la individualidad al máximo. Son tan fuertes las convicciones del Presidente que si el electorado le da la espalda una vez, se retira de la política. Atrás quedó el viejo siglo XX donde los dirigentes políticos peleaban toda la vida por una utopía, iban a la cárcel bajo el nazismo o el estalinismo o los perseguía la propia dictadura militar, tenían en sus espaldas cientos de derrotas hasta que llegaban al poder. Hoy son aventuras individuales, caprichos del narcisismo y del ego que ante la adversidad, de un mal resultado electoral, desisten y buscan otro pasatiempo. Más aún, según nuestra tesis, el objetivo de Milei, lo que realmente quiere ser es famoso, algo que persiguió durante toda la vida. Primero como arquero de fútbol, luego como cantante de rock, más tarde como economista divulgador y finalmente, como Presidente. En ese sentido, el cargo es para él un trampolín para vivir de su propia fama, algo que en algún punto ya está haciendo.
¿Qué es el caso $LIBRA, además de una estafa? Es la valorización de su propio reconocimiento. ¿Cuánto sale un tuit del Presidente llamando a poner plata en una criptomoneda? Y siguiendo con esta misma línea podemos preguntarnos, ¿cuánto sale en el mercado la palabra del Presidente?
Milei saldría de la presidencia con su objetivo cumplido, con lo que quería ser de grande realizado. Ser famoso y vivir de su propia fama. Para eso tuvo que ser el primer presidente anarcocapitalista de la historia. La contrapartida de esto es que muchos sueños, muchos objetivos de lo que “querían ser de grande” no se cumplen. Hay miles de chicos con discapacidad que no están siendo atendidos por los ajustes, miles de jubilados que cobran la mínima que deben saltearse comidas y ahora tampoco reciben remedios. Miles de empresarios que cierran sus fábricas y dejan a cientos de miles de trabajadores sin sus puestos de trabajo. Se podría decir que hay una transferencia de sueños destruidos de tantos argentinos en la realización del sueño de ser presidente para ser famoso de Milei.
¿Qué pasa si el experimento le sale mal al Presidente?
Probablemente este sea el plan de Milei si la presidencia, lejos de ser el trampolín que lo lleve a la fama, sea una pesadilla que lo persigue por las crueldades cometidas y los casos de corrupción. Milei, así como es de obsesivo cuando persigue un sueño, el de ser una estrella de la batalla cultural de la extrema derecha, también lo abandona de un momento a otro.
En un momento, Milei quiso ser estrella de rock, algo que se puede ver permanentemente en sus performances en el Movistar Arena y en la construcción de su propia imagen. Everest se llamaba su banda, tributo a los Rolling Stones. La periodista de Clarín María Zucchi le hizo una entrevista al baterista de esta banda, Hernán Borachia y dijo lo siguiente.
“-¿Creés que Everest hubiera podido tener una mejor y más larga vida?
-Duró lo que tenía que durar. No éramos los más virtuosos, pero nos divertimos. Estuvo buenísimo. Si Javier se hubiera dedicado a la música, habría fracasado. Y no está en su ADN fracasar”.
Es una mente compleja la del Presidente. Toda una vida buscando ser famoso, pero si no lo logra y empieza a ser odiado por las consecuencias de su propia búsqueda, es capaz de encerrarse en una casa en el medio del campo y ser lo contrario. En la genial película Twin Peaks de David Lynch, surge la pregunta de si esta realidad es el sueño de alguien más. Cabe, más que preguntarse, conjeturar, que estamos viviendo dentro de un capricho de alguien más, que no solo no es la presidencia lo que busca, sino que es capaz de abandonar su objetivo por frustración.
Si así fuera, estamos en manos de una persona muy frágil. Esperemos estar equivocados.
Existe una noción usada por psicólogos sociales: la “celebrity worship syndrome”, o síndrome de fascinación por la celebridad, aunque no es un diagnóstico clínico formal sino una categoría descriptiva. En algunos casos, el sujeto no solo admira a figuras famosas sino que desea incorporarse a ese mismo circuito, convencido de que la visibilidad resolverá conflictos íntimos más profundos. La fama deja de ser una consecuencia y se vuelve un fin en sí mismo: no importa hacer algo, importa ser visto haciéndolo.
También puede aparecer dentro de los rasgos del trastorno histriónico de la personalidad. Allí la necesidad central no es tanto la admiración como la atención. Son personas que se sienten incómodas cuando no ocupan el centro de la escena. Suelen dramatizar emociones, sobreactuar vínculos y construir una identidad performática para evitar la invisibilidad. En estos casos, el anonimato puede vivirse casi como una forma de desaparición simbólica.
Lo interesante es que la cultura digital amplificó estos rasgos. Plataformas como Instagram o TikTok transformaron la validación en una métrica visible: likes, seguidores, reproducciones. Lo que antes era una fantasía privada hoy puede medirse en tiempo real. Algunos especialistas hablan de una economía psíquica del reconocimiento, donde el sujeto ya no pregunta quién es sino cuánto impacto genera.
Por eso, muchos clínicos prefieren no hablar de “adicción a la fama”, sino de una forma contemporánea de dependencia emocional. La persona no busca solamente prestigio. Busca confirmar su existencia. En ciertos casos, el deseo de ser famoso no es amor propio en exceso. Es exactamente lo contrario: una identidad tan frágil que necesita del espejo público para no desmoronarse.
Encuesta: quién es el exfuncionario de Gobierno que tiene mejor imagen y supera a Javier Milei
¿Qué país queremos ser cuando seamos grandes? Tenemos que empezar a pensar eso, porque cuando no se tienen sueños, se puede caer en ser quienes cumplen los sueños de alguien más y con mala suerte, se puede ayudar sin querer a cumplir los sueños a alguien a quienes no le importamos demasiado como país.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
MV
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