Día 946: Es más que un partido de fútbol
Lejos de ser un simple acontecimiento deportivo, el clásico entre Argentina e Inglaterra condensa siglos de historia, símbolos nacionales y debates sobre la identidad colectiva.
El enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra nos remite a la pregunta de si el fútbol puede convertirse en más que un fenómeno exclusivamente deportivo. Como expresión cultural, el fútbol funciona como un espacio donde las sociedades proyectan su memoria histórica, sus identidades nacionales y sus disputas políticas, transformando un partido en un acontecimiento cargado de significados que exceden lo propiamente futbolístico. La rivalidad con Inglaterra constituye una forma de narrar la propia argentinidad: una identidad construida sobre la memoria de Malvinas, la apropiación creativa de influencias extranjeras y una cultura que encuentra en el esfuerzo colectivo, la resiliencia y el juego una metáfora de la vida en común.
Incluso la propia diplomacia británica parece reconocer la particularidad simbólica de este enfrentamiento. En la previa del partido, comenzó a circular una supuesta comunicación interna de la Embajada británica en Buenos Aires dirigida a su equipo de redes sociales, con instrucciones sobre cómo abordar el resultado del encuentro: celebrar con elegancia en caso de victoria inglesa, felicitar al ganador si triunfaba Argentina y permitir los memes, pero "con tacto". Más allá del tono humorístico y de la autenticidad del documento —que circuló como una pieza viral en redes sociales—, la imagen funciona como una curiosidad que revela algo real: pocos partidos de fútbol generan una carga histórica y emocional capaz de involucrar incluso a las representaciones diplomáticas de dos países.
Hay otros némesis deportivos para Inglaterra en el deporte. El caso de India y el cricket es probablemente el más conocido, pero no es el único. Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y las naciones del Caribe anglófono también construyeron enfrentamientos cargados de historia frente a Inglaterra en deportes como el rugby y el cricket. En el rugby, por ejemplo, los duelos entre Inglaterra y los All Blacks de Nueva Zelanda, los Wallabies australianos o los Springboks sudafricanos contienen una tensión simbólica vinculada al pasado imperial y a la búsqueda de reconocimiento internacional de sociedades que dejaron de ser colonias para convertirse en potencias deportivas. Lo mismo ocurre con Irlanda, donde los enfrentamientos contra Inglaterra en fútbol y rugby todavía están atravesados por siglos de dominación británica y por la construcción de una identidad nacional diferenciada.
El Imperio británico llegó a controlar, en distintos momentos de la historia, cerca de un cuarto de la superficie terrestre y a gobernar sobre más de medio centenar de territorios en distintos momentos de su historia: desde India, Pakistán, Bangladesh y Sri Lanka en Asia, hasta Kenia, Nigeria, Sudáfrica y Ghana en África; desde Canadá, Australia y Nueva Zelanda hasta numerosos territorios del Caribe como Jamaica, Barbados y Trinidad y Tobago. En muchos de esos lugares, los deportes introducidos por los británicos terminaron convirtiéndose en símbolos de autonomía cultural: aquello que alguna vez representó la presencia del imperio pasó a ser una herramienta para construir una identidad propia.
La Argentina ha construido históricamente una red de apoyos internacionales en su reclamo por las Islas Malvinas. En el Comité de Descolonización de Naciones Unidas, casi cincuenta países —principalmente de América Latina, África, Asia y el Caribe— acompañan año tras año el llamado al diálogo entre Buenos Aires y Londres para resolver la disputa de soberanía. Ese respaldo se explica, en parte, por la propia historia del colonialismo británico: muchos de esos países fueron antiguas colonias o territorios bajo administración británica y observan la cuestión Malvinas dentro del proceso global de descolonización impulsado por Naciones Unidas. Y esto también tiene su expresión en el mundo del deporte, como el fanatismo en Bangladesh por la Selección Argentina.
El deporte, como otros ámbitos de la cultura, funciona como un espejo donde las sociedades proyectan sus historias, sus heridas, sus orgullos y también sus contradicciones. Once futbolistas, con el aliento de millones de argentinos detrás, con los colores de su bandera en el pecho, adquieren una relevancia que traspasa los límites del deporte. Representan una comunidad, una cultura, una memoria compartida y una forma de entender el mundo. Cuando Argentina enfrenta a Inglaterra ocurre eso. Vuelve a la memoria la reivindicación de Malvinas, la revancha simbólica en los goles de Diego Maradona en 1986, la continuidad de una rivalidad que hoy encarna la generación de Lionel Messi y una pregunta mucho más profunda que la deportiva: de qué se trata hoy eso de “ser argentino”.
Parafraseando a San Agustín, podríamos decir: si no me lo preguntan lo sé; si me lo preguntan no lo sé. O también podríamos traer aquella frase de Heráclito: "Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río". Esa idea nos hace pensar que la identidad, del río o de cualquier cosa, no está en la materialidad de sus aguas, que fluyen y cambian constantemente, sino en algo que va más allá: inmaterial.
Donde a la razón le cuesta encontrar una definición, el sentimiento parece orientarse hacia ella. En una Argentina atravesada por profundas divisiones políticas, económicas y sociales, donde resulta cada vez más difícil encontrar símbolos compartidos, el fútbol parece conservar una capacidad excepcional para reunir a millones de personas detrás de una misma emoción. Las multitudinarias celebraciones tras la conquista del Mundial de Qatar 2022 demostraron que, al menos por un instante, las diferencias podían quedar suspendidas y abrir paso a un sentimiento colectivo difícil de encontrar en otros ámbitos de la vida pública. Cuando la Selección sale a la cancha no sólo juega un equipo; también juega una parte de la identidad nacional.
En la previa del partido de semifinales contra Inglaterra, Lionel Scaloni buscó reducir la presión sobre los jugadores, al afirmar que "es fútbol y punto". La frase refleja la responsabilidad de un entrenador que intenta aislar a sus jugadores del peso de una historia que quizás podría desconcentrarlos, o sumarles más presión de la que ya tienen. Sin embargo, un video que circuló en las últimas horas contrapone esa declaración con imágenes de su etapa como futbolista: un jugador aguerrido, intenso, que vivía cada pelota como si fuera la última.
Veamos el video que circuló en redes:
La relación entre deporte y política es tan antigua como la propia civilización. En la Antigua Grecia, varios siglos antes de nuestra era, las ciudades-Estado vivían en permanente competencia y no era extraño que esa rivalidad desembocara en enfrentamientos armados. En ese contexto nacieron los Juegos Olímpicos, celebrados cada cuatro años en Olimpia. Existía una institución fundamental que representa esta relación entre guerra y deporte: la ekecheiria, la tregua olímpica. Durante ese período se suspendían las hostilidades para garantizar que atletas, jueces y espectadores pudieran viajar con seguridad. El deporte aparecía así como un espacio común donde la competencia dejaba de expresarse mediante las armas para hacerlo mediante reglas compartidas.
Aquella tregua no eliminaba las guerras ni resolvía los conflictos políticos. Apenas establecía un paréntesis. Pero ese paréntesis era extraordinariamente significativo. Las polis seguían siendo rivales, continuaban disputándose territorios, poder e influencia, pero aceptaban que existía un ámbito donde el reconocimiento mutuo resultaba posible. La competencia deportiva no negaba el conflicto; lo ritualizaba. En cierto sentido, lo civilizaba.
Un episodio que demuestra la capacidad del deporte y los rituales compartidos para suspender temporalmente los conflictos fue la llamada Tregua de Navidad de 1914, durante la Primera Guerra Mundial. En distintos puntos del frente occidental, soldados británicos y alemanes abandonaron momentáneamente las trincheras durante la Nochebuena y la Navidad para intercambiar saludos, compartir alimentos, enterrar a sus muertos e incluso disputar improvisados partidos de fútbol en la tierra de nadie que separaba ambos ejércitos.
En plena Primera Guerra Mundial, soldados británicos y alemanes protagonizaron la histórica Tregua de Navidad de 1914
Aquellos hombres que pocas horas antes intentaban matarse reconocieron al otro como un semejante detrás del uniforme. La tregua no terminó con la guerra ni modificó las decisiones de los gobiernos, pero reveló algo profundo: incluso en medio del enfrentamiento más brutal, existen espacios simbólicos donde el adversario puede transformarse en rival y la competencia reemplazar, aunque sea por un instante, a la violencia. El fútbol apareció allí como una forma de humanidad compartida, una demostración de que ciertas reglas y pasiones comunes pueden construir puentes incluso entre enemigos.
Siglos después, cuando Pierre de Coubertin impulsó el renacimiento de los Juegos Olímpicos modernos a fines del siglo XIX, retomó esa idea bajo una forma diferente. Europa atravesaba un período de nacionalismos crecientes y de competencia entre imperios. Coubertin imaginó que el deporte internacional podía convertirse en una herramienta para acercar a las naciones mediante reglas compartidas, reconocimiento recíproco y respeto por el adversario.
La historia demostraría rápidamente que aquel ideal convivía con una realidad mucho más compleja. Los Juegos Olímpicos nunca estuvieron separados de la política. Por el contrario, se transformaron en uno de sus escenarios más visibles. Las naciones comprendieron que las medallas también eran una forma de proyectar prestigio internacional. Ganar ya no consistía únicamente en demostrar superioridad atlética; también implicaba exhibir modelos de organización social, capacidad tecnológica y fortaleza nacional.
Probablemente ningún episodio simbolice mejor esa tensión que los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Adolf Hitler convirtió aquella competencia en una gigantesca puesta en escena destinada a presentar al Tercer Reich como la expresión del supuesto renacimiento alemán y de la pretendida superioridad de la llamada raza aria. La arquitectura monumental, la organización impecable y la maquinaria propagandística buscaban transmitir una imagen de poder destinada tanto al público interno como al resto del mundo. Sin embargo, ocurrió una ironía imposible de prever. Jesse Owens, un atleta afroamericano de los Estados Unidos, obtuvo cuatro medallas de oro frente a los ojos del régimen nazi. El hecho adquirió un enorme valor simbólico. El atleta cuya sola existencia desmentía el núcleo del discurso racial nazi terminó convirtiéndose en el verdadero protagonista de aquellos Juegos. Una competencia deportiva había pasado a representar una disputa ideológica de alcance mundial.
Las décadas siguientes profundizarían todavía más esa tendencia. Durante la Guerra Fría, cada medalla obtenida por Estados Unidos o por la Unión Soviética era interpretada como una confirmación de las virtudes del capitalismo o del socialismo. Los Juegos Olímpicos dejaron de ser simplemente una reunión de atletas para convertirse también en un tablero donde las potencias medían su influencia global. Los boicots de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 demostraron hasta qué punto el deporte podía convertirse en una prolongación de la diplomacia internacional.
Algo similar ocurrió en Melbourne, en 1956, cuando Hungría enfrentó a la Unión Soviética en un partido de waterpolo pocas semanas después de que el Ejército Rojo aplastara la revolución húngara. El encuentro terminó con un jugador húngaro ensangrentado, imágenes que recorrieron el mundo y dieron origen al nombre con el que todavía hoy se recuerda aquel episodio: Blood in the Water. Formalmente era un partido. Simbólicamente, era mucho más que eso. Cada ataque y cada gol parecían condensar una tragedia nacional que todavía estaba ocurriendo.
La misma lógica puede observarse en numerosos enfrentamientos internacionales. India e Inglaterra transformaron el cricket, el deporte introducido por la potencia colonial, en un escenario de afirmación nacional.
Recientemente, el estreno de una serie de Netflix representó esta rivalidad. Vamos a verlo.
Pero hay otros ejemplos: Irlanda encontró en el fútbol y el rugby una forma de expresar una identidad construida durante siglos de dominación inglesa. Corea del Sur y Japón todavía cargan en sus enfrentamientos deportivos el peso de la ocupación japonesa del siglo XX. Serbia y Croacia trasladan al campo de juego heridas abiertas por las guerras balcánicas. En todos esos casos el deporte deja de ser únicamente deporte para convertirse en un lenguaje donde las sociedades narran conflictos que exceden ampliamente el resultado.
Pero aun existiendo esos antecedentes, Argentina tiene algo de excepcional. Porque pocas rivalidades deportivas concentran, al mismo tiempo, una guerra relativamente reciente, una disputa territorial que continúa abierta, una larga historia de enfrentamientos deportivos y un episodio que terminó convirtiéndose en un mito compartido por ambos países. Esa singularidad explica por qué Argentina e Inglaterra ocupan un lugar diferente dentro de la historia del deporte internacional.
Veamos el trailer de una película que se estrenó recientemente y que fue muy vista en la previa del partido de la Selección frente a Inglaterra. El documental sobre el partido Argentina-Inglaterra en el 86.
Ayer entrevistamos en este mismo programa a los directores del film, que interpretaron la frase que dijeron tanto Bilardo como Scaloni —"es fútbol y punto"— como una invitación a preguntarse qué significa realmente el fútbol: un espacio donde se expresan la identidad nacional, la historia y las emociones de un pueblo. Aunque el contexto actual es muy distinto al de 1986 y las nuevas generaciones ya no viven aquella rivalidad con el mismo nivel de confrontación, el partido sigue siendo un "clásico infinito".
Pero quizás la muestra más cabal de lo épico que es el duelo entre Argentina e Inglaterra sea que el fanatismo atravesó fronteras, llegando a Bangladesh. Como el país nunca logró clasificar a una Copa del Mundo, millones de bangladesíes adoptaron a la Argentina como su selección. El punto de inflexión fue el Mundial de México 1986: la victoria de Argentina sobre Inglaterra, con los dos goles emblemáticos de Diego Maradona, fue interpretada por una sociedad marcada por casi dos siglos de dominación británica como una suerte de revancha simbólica frente al antiguo poder colonial. Ese episodio consolidó un vínculo emocional que perdura hasta hoy.
El fervor se expresa en murales, camisetas, pantallas gigantes y multitudinarios festejos durante cada Mundial. El fenómeno alcanzó tal magnitud que, tras la consagración argentina en Qatar 2022, el gobierno argentino reabrió su embajada en Dhaka, reconociendo que esa pasión futbolera se había convertido también en un puente diplomático y cultural entre ambos países.
Veamos un pequeño video al respecto
La rivalidad entre Argentina e Inglaterra no comienza con el fútbol ni con la Guerra de Malvinas. Forma parte de una relación histórica que acompaña el propio proceso de construcción de la identidad argentina. Las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 fueron una de las primeras experiencias de defensa colectiva del territorio y fortalecieron una conciencia criolla que pocos años después desembocaría en la Revolución de Mayo. Durante los siglos siguientes, la relación entre ambos países estuvo marcada por una profunda ambivalencia: Inglaterra fue una potencia con enorme influencia económica y cultural en la Argentina, como ocurrió con las inversiones ferroviarias, pero también fue la nación que ocupó las Islas Malvinas en 1833 y que quedó asociada a distintas disputas de soberanía. Admiración e influencia, pero también resistencia y conflicto, convivieron en un vínculo que nunca fue completamente ajeno ni completamente cercano.
Esa historia encontró en el Mundial de México 1986 una síntesis deportiva y simbólica única. La victoria argentina sobre Inglaterra no fue solamente un triunfo futbolístico: el gol con la mano de Diego Maradona fue interpretado como la viveza criolla frente al "pirata usurpador", una suerte de revancha poética de quienes sentían que les habían quitado algo y ahora podían devolver el golpe. Pero apenas minutos después llegó el segundo gol de Diego, considerado por muchos el mejor de la historia de los Mundiales, una obra de talento individual que transformó aquella rivalidad en una leyenda deportiva.
Para Alejandro Grimson, el cruce entre Argentina e Inglaterra es simultáneamente "un partido de fútbol" y "mucho más que un partido". Ayer desarrolló este punto en este mismo programa, vamos a escucharlo.
Paradójicamente, el fútbol llegó al Río de la Plata de la mano de los ingleses. Fueron trabajadores ferroviarios, comerciantes, docentes y miembros de la comunidad británica quienes introdujeron un deporte que con el tiempo dejaría de pertenecerles. Pocas historias ilustran mejor la capacidad argentina para apropiarse de influencias extranjeras y transformarlas en algo propio. El tango nació de múltiples tradiciones musicales; el lunfardo mezcló idiomas de inmigrantes; el rock argentino convirtió un género anglosajón en una expresión cultural absolutamente original. Con el fútbol ocurrió algo semejante: un deporte británico terminó adquiriendo una identidad profundamente argentina.
La dimensión política de este partido también reaparece en la discusión pública argentina. No faltan quienes, a partir de la conocida admiración de Javier Milei por Margaret Thatcher (a quien ha definido en distintas oportunidades como una de las grandes líderes de la historia contemporánea), aprovechan cada cruce entre Argentina e Inglaterra para acusarlo de "hinchar por los ingleses" o de relativizar el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas. Del mismo modo, desde sectores del kirchnerismo suele reaparecer otro argumento: que existe una contradicción entre alentar a la Selección Argentina y haber votado a Milei, precisamente por su reivindicación de Thatcher y por la política exterior de su gobierno respecto de la cuestión Malvinas. El planteo busca convertir un sentimiento nacional compartido en un criterio de pertenencia política, como si la identidad nacional pudiera quedar monopolizada por una fuerza partidaria. Una vez más, la discusión excede largamente lo deportivo: el partido termina funcionando como un escenario donde se proyectan las disputas de la política argentina y donde cada espacio intenta apropiarse del significado de la argentinidad. Es la batalla cultural llevada al fútbol.
Pero la cultura suele ser más profunda y más duradera que la política. Los gobiernos, los partidos y las ideologías disputan el poder; la cultura, en cambio, moldea las formas de sentir, de recordar y de pertenecer a una comunidad. Quizás por eso distintos proyectos políticos intentaron presentarse como la expresión auténtica de "lo argentino". El peronismo, durante décadas, se concibió a sí mismo como un movimiento nacional y popular capaz de encarnar esa argentinidad. El mileísmo, en cambio, encuentra allí una dificultad evidente para sus detractores, que lo acusan de "cipayo" por la admiración de su líder hacia Thatcher y por su mirada sobre Occidente. Sin embargo, ninguna fuerza política puede apropiarse por completo de una identidad nacional que siempre es mucho más amplia, contradictoria y cambiante que cualquier proyecto partidario. Es precisamente en esa dimensión más profunda, la de la cultura, donde el fútbol consigue expresar algo de la argentinidad que la política, muchas veces, apenas intenta interpretar.
Allí aflora una de las claves de aquello que solemos llamar argentinidad. La identidad nacional nunca fue una pieza de museo ni una esencia inmutable. Es una construcción histórica hecha de préstamos, mezclas, resignificaciones y experiencias compartidas. La Argentina se construyó recibiendo millones de inmigrantes europeos, pero también transformando esas influencias hasta volverlas irreconocibles respecto de sus orígenes. Lo importado deja de ser extranjero cuando una sociedad consigue convertirlo en parte de su propia biografía.
Y quizás por eso el fútbol ocupa un lugar tan singular dentro de nuestra cultura. No porque sea únicamente un entretenimiento masivo ni porque haya producido algunos de los mejores jugadores de la historia, sino porque expresa una determinada manera de entender el esfuerzo colectivo, la creatividad frente a la adversidad y la búsqueda permanente de reconocimiento internacional.
En pocos lugares como en una cancha de fútbol la Argentina parece narrarse a sí misma. La argentinidad aflora en la manera de jugar. En el sufrimiento hasta el último minuto que pasó la Selección hay algo de esa melancolía tanguera, y también una metáfora de una sociedad que no se derrumba frente a las adversidades. Los jugadores, desarmando tácticas a último momento para recuperar el modo de juego del potrero, donde aflora la improvisación creativa, esa misma genialidad y creatividad que nos permite sobrevivir y recuperarnos en un país atravesado por crisis cíclicas.
Allí conviven el orgullo y la frustración, la épica y el sufrimiento, la improvisación y el talento, la ilusión de que siempre es posible revertir un resultado adverso. Esa forma de vivir el juego dice tanto sobre el país como muchos de sus libros de historia.
Norbert Elias y Eric Dunning. En su obra fundacional "Deporte y ocio en el proceso de la civilización", explican cómo las estructuras del deporte moderno replican a escala controlada (un "isomorfismo funcional") las tensiones y los conflictos de la sociedad civilizada, sirviendo como un enclave seguro para la catarsis.
El partido de fútbol funciona como una metáfora cargada de sentimiento sobre la propia vida. ¿Por qué el fútbol es el deporte más importante del mundo? Probablemente porque se parece a la propia vida. Lo más probable cuando empieza una jugada es que no se convierta en gol, al igual que los sueños u objetivos vitales, lo más probable es que no se concreten. El error es la norma y el gol es la excepcionalidad. Hay cosas que dependen de vos, pero hay otras que dependen del equipo, el azar y hasta las injusticias de un mal arbitraje.
Esa noción exacta fue descrita de forma célebre por el escritor mexicano Juan Villoro, quien sostiene textualmente que "el fútbol es el deporte que más se parece a la vida". Villoro argumenta esta idea explicando que el fútbol, a diferencia de otros deportes, posee una "jurisprudencia imperfecta" y un fuerte componente azaroso. En sus palabras, se asemeja a la existencia porque "te da recompensas y castigos que no esperas y que no mereces", comparando las decisiones erróneas de un árbitro con los golpes arbitrarios e imprevistos del destino cotidiano (como ganarse la lotería o sufrir una enfermedad imprevista).
Otro dato interesante es que el célebre escritor, Albert Camus, fue arquero de joven. Y en una ocasión dijo: "Todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol".
Argentina-Inglaterra, EN VIVO: cómo llega la Selección y la formación que tiene en mente Scaloni
Quizás, como para Camus, la mayor enseñanza que nos deja la Selección tenga que ver con una forma de enfrentar la adversidad. En un país acostumbrado a las crisis, donde tantas veces las diferencias parecen irreconciliables, once jugadores consiguen recordarnos que el talento individual sólo alcanza su verdadera dimensión cuando se pone al servicio de un objetivo común. La garra, el coraje, el sacrificio, la solidaridad y la convicción de seguir peleando incluso cuando todo parece cuesta arriba son virtudes que admiramos cada vez que la Argentina sale a la cancha.
¿Por qué esas mismas virtudes que nos emocionan durante noventa minutos nos resultan tan difíciles de sostener en la vida pública? Si alguna lección puede dejar la Scaloneta, es que los talentos son necesarios, pero ningún país sale adelante únicamente por la genialidad individual, sino cuando una sociedad logra volver a jugar en equipo.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MV/LT
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