Día 948: La final de nuestra historia
La final entre Argentina y España trasciende el deporte y pone en juego una historia compartida de más de cinco siglos, atravesada por la independencia, la inmigración, la cultura y una identidad que aún hoy une a ambos países.
La final entre Argentina y España será mucho más que el partido que definirá al campeón del mundo. Como ocurrió frente a Inglaterra, el fútbol volverá a funcionar como un escenario donde se proyectan la historia, la memoria y la identidad nacional. Pero esta vez el símbolo cambia: si Inglaterra evocaba el conflicto, Malvinas y la confrontación con un adversario histórico, España nos enfrenta a una pregunta mucho más compleja, porque representa el origen de gran parte de lo que somos.
La selección argentina jugará contra el país del que se independizó hace más de dos siglos, pero también contra la tierra de la que llegaron millones de nuestros abuelos, donde Lionel Messi se formó como futbolista y pudo realizar el tratamiento hormonal que hizo posible su carrera y donde hoy vive una de las comunidades argentinas más numerosas del mundo.
Por eso, más que una final entre dos selecciones, el domingo será el encuentro entre dos historias profundamente entrelazadas. Y una nueva oportunidad para comprender que la Scaloneta no solo gana partidos: también activa los grandes relatos con los que una sociedad piensa su pasado, interpreta su presente e imagina su futuro.
Venimos dedicando columnas al fenómeno sociológico de la Selección argentina en el Mundial porque pocas veces ocurre que un evento deportivo o cultural concentra la atención de todo el país, y tras de sí condensa tanta riqueza semiótica y nos habla tanto de quiénes somos y de nuestro lugar en el mundo.
La resultante del partido contra Inglaterra terminó de demostrar lo que anticipamos en nuestras columnas de esta semana: “no era solo fútbol”. En la cancha se enfrentaron dos selecciones, pero en el imaginario colectivo también se activaron memorias históricas, símbolos nacionales y una rivalidad que trasciende generaciones. Las imágenes de los festejos, la bandera de las Malvinas desplegada por los jugadores y la emoción compartida por millones de argentinos mostraron que el deporte puede convertirse en un lenguaje capaz de condensar identidad, memoria y pertenencia de una manera que pocas expresiones culturales logran.
Este gesto de los jugadores, impulsado por miles de hinchas que incorporaron Malvinas a sus cánticos para la Scaloneta ya desde Qatar 2022, instaló el debate en la escena nacional. Y el propio presidente tuvo que referirse al accionar de los jugadores y la reivindicación de Malvinas.
Al mismo tiempo, la Scaloneta volvió a poner en evidencia que el verdadero capital de este ciclo no reside únicamente en el talento futbolístico, sino en la construcción de un "grupo", como insiste en definirlo Lionel Scaloni. Esa idea, basada en la confianza, el compañerismo y el sentido de pertenencia, terminó proyectándose sobre toda la sociedad. En un país atravesado por divisiones políticas, económicas y culturales, la Selección ofrece, aunque sea de manera transitoria, un espacio de identificación común, donde millones de argentinos volvieron a reconocerse como parte de una misma historia y de un mismo destino colectivo.
La euforia que desató la victoria también encuentra explicación en el contexto que atraviesa la Argentina. En medio de una prolongada crisis económica, con salarios deteriorados, cierre de empresas y millones de personas que tienen dificultades para llegar a fin de mes, la Selección se convirtió en una de las pocas fuentes de alegría compartida. Los festejos masivos tras el triunfo frente a Inglaterra no expresaron únicamente entusiasmo deportivo: fueron también una forma de desahogo colectivo y la celebración de una identidad que, por unas horas, logró imponerse sobre las preocupaciones cotidianas. En ese clima, incluso Lionel Messi, habitualmente muy cuidadoso de no intervenir en debates políticos o sociales, hizo referencia a la situación económica al señalar que esperaba que la alegría del equipo pudiera servir para aliviar, aunque fuera por un momento, las dificultades que viven muchos argentinos. Su gesto reflejó la conciencia de que este seleccionado no juega aislado de la realidad del país, sino profundamente conectado con el ánimo de una sociedad que encuentra en él un motivo para volver a celebrar.
Y nuevamente, como lo hizo Milei en el caso de la bandera de Malvinas, esta vez fue el vocero presidencial quien salió a contradecir al capitán de la Selección.
Pero además hubo otra fuerte polémica desatada por el triunfo de la Selección sobre Inglaterra.
La vicepresidenta Victoria Villarruel y la jefa del bloque de La Libertad Avanza en el Senado, Patricia Bullrich, protagonizaron un fuerte intercambio de mensajes mordaces a raíz de la sesión convocada para tratar la ley de inviolabilidad de la propiedad privada, que elimina restricciones a la compra de tierras por parte de extranjeros. Villarruel pidió suspender la sesión tras el triunfo de la Selección argentina ante Inglaterra y cuestionó que el Senado se reuniera para debatir una iniciativa que, a su juicio, implica "vender el país".
“Cómo se nota que la integridad territorial no les importa nada. Por eso tu sobrina sale con que las Malvinas no son argentinas", le dijo Villarruel a Bullrich, en referencia a un tuit de la diputada Sabrina Ajmechet, que en 2012 había posteado que las Malvinas no son ni nunca fueron argentinas.
Bullrich rechazó las acusaciones, defendió la iniciativa como una herramienta para atraer inversiones y desarrollar el país, y respondió con dureza a los cuestionamientos de la vicepresidenta: "Si no te gusta, renunciá", "parásito y casta". Desde el entorno de Bullrich calificaron la postura de Villarruel como un nacionalismo "vetusto" y aseguraron que la sesión se realizaría igualmente gracias al quórum garantizado por el oficialismo.
Finalmente, la sesión no se realizó. Muchos creen que el triunfo de Argentina sobre Inglaterra fue un factor coyuntural clave para que la discusión se posponga.
Pero este domingo Argentina enfrentará a España. En términos deportivos será una final entre el campeón del mundo y el campeón de Europa. Pero en términos culturales y políticos, el partido abre una dimensión distinta. Si contra Inglaterra la memoria colectiva inevitablemente remite a Malvinas y a una historia de conflictos, con España aparece otro tipo de vínculo: el de un país que fue metrópoli colonial y que, dos siglos después, forma parte constitutiva de la propia identidad argentina.
No será un partido que se viva como contra un enemigo histórico, sino contra una parte de nosotros mismos. Allí reside quizás su mayor riqueza simbólica. Argentina nació independizándose de España, pero nunca dejó de parecerse a ella.
Es curioso que hasta la misma Revolución de 1810 se hizo bajo lo que los historiadores llaman la "Máscara de Fernando VII”. Bajo la forma de una defensa del Rey español, que había sido capturado en el avance de Napoleón. Quizás un anticipo, o el nacimiento, de la picardía de los argentinos, la viveza criolla.
La invasión napoleónica a la península ibérica, la abdicación de Fernando VII y la ocupación del trono por José Bonaparte provocaron una crisis de legitimidad en todo el Imperio español. En ese contexto, las autoridades revolucionarias de Buenos Aires sostuvieron formalmente que gobernaban en nombre del rey cautivo. Eso permitió ganar tiempo, evitar una reacción inmediata de los sectores más leales a la Corona y consolidar el proceso revolucionario mientras se fortalecía el nuevo poder político en el Río de la Plata.
Con el paso de los años, la ruptura con España se volvió irreversible. Las campañas militares encabezadas por Manuel Belgrano, José de San Martín y otros líderes independentistas consolidaron la emancipación, que fue proclamada formalmente el 9 de julio de 1816 en el Congreso de Tucumán. Sin embargo, la independencia política nunca implicó una ruptura cultural. El idioma, las instituciones jurídicas, la religión, las tradiciones y, más tarde, las sucesivas olas de inmigración española mantuvieron un vínculo profundo entre ambos pueblos.
Si Inglaterra representa el némesis absoluto, España representa el nido del que nos emancipamos cuando tuvimos capacidad de volar. La lengua, los apellidos, las ciudades, las costumbres y buena parte de la cultura cotidiana siguen dialogando con esa herencia. Es difícil encontrar una selección argentina con tantos apellidos de origen español: Emiliano Martínez, Lautaro Martínez, Enzo Fernández, Julián Álvarez, Nahuel Molina, Cristian Romero, Nicolás González y Leandro Paredes. Más allá de la coincidencia, esos apellidos reflejan la profunda huella de la inmigración española en la conformación de la sociedad argentina y recuerdan que la final enfrentará a dos países unidos por una historia y un legado cultural comunes.
La relación entre Argentina y España también se expresa en los movimientos migratorios contemporáneos. Hoy, España alberga la comunidad de argentinos más numerosa del mundo, con alrededor de 500.000 residentes, seguida por Estados Unidos, con cerca de 300.000, e Italia, donde viven entre 220.000 y 250.000 argentinos. Más atrás aparecen Chile, con unos 100.000, y Paraguay, con alrededor de 70.000. Estos datos reflejan que España dejó hace tiempo de ser únicamente el país del que nos independizamos para convertirse también en el principal destino de quienes buscan construir una nueva vida en el exterior, profundizando un vínculo humano, cultural y familiar que continúa renovándose generación tras generación.
Además, a mediados de 2026, el Gobierno español informó que ya había aprobado 544.722 concesiones de nacionalidad en todo el mundo bajo la Ley de Memoria Democrática, siendo Argentina el principal país de origen de los solicitantes. Si se suman quienes ya eran españoles antes de 2022, los que accedieron a la ciudadanía por la Ley de Memoria Histórica de 2007 y los nuevos beneficiarios de la legislación vigente, se estima que entre 450.000 y 600.000 personas nacidas en Argentina poseen actualmente pasaporte español. En otras palabras, aproximadamente uno de cada cien argentinos nacidos en el país cuenta hoy con ciudadanía española, una proporción que continuará creciendo en los próximos años debido a la gran cantidad de expedientes que aún permanecen en trámite.
Un ejemplo de ese fenómeno puede verse en las siguientes imágenes.
Después de la independencia, Argentina recibió sucesivas olas migratorias españolas que terminaron moldeando la composición social del país. Millones de argentinos tienen algún abuelo o bisabuelo nacido en Galicia, Asturias, Andalucía, Castilla o el País Vasco. La rivalidad deportiva convive con un profundo parentesco cultural.
Esa cercanía también se expresa en sentido inverso. Madrid volvió a convertirse esta semana en escenario de multitudinarios festejos argentinos tras la victoria frente a Inglaterra. España alberga una de las comunidades de argentinos más numerosas del mundo, junto con Estados Unidos, Italia y Brasil. El éxito de la Scaloneta también se celebra lejos del territorio nacional.
Pero además hay otra curiosidad espectacular que vincula a las figuras de ambos equipos. Una fotografía tomada en 2007 durante una campaña solidaria de la Fundación del FC Barcelona, el diario Sport y UNICEF muestra a Lionel Messi, de 20 años, sosteniendo y bañando a un bebé de seis meses llamado Lamine Yamal, quien llegó a la sesión tras ganar un sorteo organizado por UNICEF en el barrio catalán de Mataró. El fotógrafo Joan Monfort recordó que Messi, por entonces muy tímido, no sabía cómo sostener al niño al principio, aunque la situación se distendió y dio lugar a una de las imágenes más icónicas de su carrera.
Veamos un pequeño video sobre esta curiosa historia.
Casi dos décadas después de aquel encuentro fortuito, ambos futbolistas se enfrentarán por primera vez en una final de la Copa del Mundo.
Si vamos al plano político, en las relaciones bilaterales con España hubo momentos de enorme cercanía, como la relación entre Juan Domingo Perón y el dictador Francisco Franco.
Veamos algunas imágenes de la vida de Perón en Madrid.
Juan Domingo Perón se instaló definitivamente en Madrid el 27 de enero de 1960, tras abandonar la República Dominicana. Anteriormente, había pasado por varios países latinoamericanos desde que dejó Argentina en 1955. En la capital española, el expresidente residió durante casi 13 años en una quinta del barrio Puerta de Hierro, convirtiéndola en el centro político del peronismo hasta su regreso definitivo a la Argentina el 20 de junio de 1973.
Ese fue otro de los vínculos que marcaron la historia compartida de ambos países.
Décadas después llegaron otras relaciones. Durante las privatizaciones de los años noventa desembarcaron grandes empresas españolas que ocuparon posiciones centrales en la economía argentina. Telefónica, Repsol, los bancos españoles y numerosas compañías españolas pasaron a formar parte del paisaje económico nacional.
Con el tiempo aparecieron nuevas tensiones. La expropiación de YPF abrió uno de los conflictos diplomáticos más importantes con España. Más recientemente, Telefónica inició su retiro del mercado argentino, reflejando una etapa distinta de esa relación económica.
También hubo afinidades políticas cambiantes. Así como el peronismo mantuvo vínculos con el franquismo, décadas más tarde, buena parte del kirchnerismo encontró mayores afinidades con el PSOE.
Todo ese entramado histórico convierte al partido del domingo en mucho más que un choque entre dos potencias futbolísticas. Será un encuentro entre dos naciones cuya historia permanece entrelazada desde hace más de cinco siglos.
Por eso la Scaloneta vuelve a ofrecer una clave para comprender algo que trasciende al deporte. Mariana Iglesias, en su columna para Clarín de ayer, analiza que Lionel Scaloni evita deliberadamente hablar de "equipo" y prefiere el término "grupo" para definir a la Selección argentina, ya que considera que esa palabra expresa un vínculo que va más allá de la organización táctica: implica pertenencia, confianza, afecto y un proyecto compartido. Esa identidad colectiva explica en parte el fenómeno social que genera la Scaloneta, cuyos jugadores destacan la amistad, el compañerismo, los sacrificios familiares y el apoyo popular como pilares del éxito.
Quizás por eso la Selección logra producir algo que la política hace años no consigue: generar una identidad compartida sin exigir uniformidad ideológica. Conviven hinchas de todas las posiciones políticas, generaciones y clases sociales. Nadie pregunta a quién vota el compañero de tribuna antes de abrazarlo en un gol.
Y Messi es el centro de ese fenómeno, pero todavía no terminamos de comprender qué representa. Durante años fue leído únicamente como el mejor futbolista del mundo. Hoy funciona como un significante mucho más amplio: la historia de una perseverancia extraordinaria que logra demostrar todo su esplendor al frente del grupo humano que conformó Lionel Scaloni.
Su biografía es conocida, aunque rara vez se piensa en toda su dimensión simbólica. Fue un niño con problemas hormonales de crecimiento. Su carrera dependió de tratamientos médicos costosos y de una decisión familiar que implicó emigrar. Sin ese tratamiento probablemente nunca habría llegado al fútbol profesional. Casualmente, Messi realizó su tratamiento por su déficit de hormona de crecimiento principalmente en Barcelona, que es parte del Estado español, luego de incorporarse a las divisiones inferiores del FC Barcelona.
Veamos, a modo de ejemplo, uno de los mejores goles de Messi al frente del Barcelona. Fue el 18 de abril de 2007 cuando Lionel Messi sorprendió al mundo al marcar, ante el Getafe, un gol muy similar al que marcó Diego Maradona con Argentina a Inglaterra, en la Copa del Mundo 1986.
Durante años también cargó con otra mochila: la de perder finales con la Selección. Después de la Copa América de 2016 anunció su renuncia. Parecía el final de una historia frustrada. Sin embargo volvió, insistió y terminó modificando completamente el sentido de su propia carrera, con nada menos que 35 años en el Mundial de Qatar 2022.
No fue solamente un Mundial ganado. Fue la resignificación completa de Messi como personaje histórico de nuestra cultura. El héroe que parecía destinado a quedar incompleto terminó convirtiéndose en la figura deportiva más importante de la historia argentina.
Ahora aparece una posibilidad que muy pocos futbolistas conocieron. Con 39 años disputa lo que muchos ya describen como su "Last Dance". Si Argentina vuelve a consagrarse campeón del mundo, Messi podría convertirse en el primer gran protagonista moderno capaz de conquistar dos Copas del Mundo como líder absoluto de una misma generación. Su figura ingresaría en una dimensión prácticamente inalcanzable dentro de la historia del deporte, una leyenda. Un símbolo nacional de alcance universal, cuya leyenda quedaría definitivamente asociada al ciclo más exitoso que haya conocido la Selección argentina. Sería la consolidación definitiva de un mito contemporáneo.
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La camiseta argentina se convirtió hace tiempo en uno de los pocos símbolos nacionales capaces de reunir consensos transversales. Allí conviven Malvinas, el Mundial, la inmigración, la memoria, el esfuerzo individual y una idea compartida de país que sobrevive incluso cuando la política aparece profundamente fragmentada.
Este grupo parece haber comprendido algo que excede al resultado. Juega para ganar campeonatos, pero al mismo tiempo produce un relato capaz de ser apropiado por millones de personas que necesitan reconocerse en una experiencia común. Quizás marcándonos un camino de unidad que necesitamos volver a transitar.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MV/ff
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