Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 958: Sin buena educación no hay democracia

Las formas de quien ejerce el poder también educan. Filósofos, sociólogos y especialistas en comunicación explican por qué el lenguaje presidencial puede influir en la convivencia, la cultura política y la calidad democrática.

DÍA 958: SIN BUENA EDUCACIÓN NO HAY DEMOCRACIA Foto: NET TV

Con buena intención, muchos analistas explican los insultos de Milei a Lula no como exabrupto de nuestro presidente, sino como una acción preintencionada, como parte de una acción coordinada con Trump y Marco Rubio, de pintar el mapa de Sudamérica de gobiernos afines, potenciando la candidatura de Flávio Bolsonaro, incluyendo el posterior apoyo de la cancillería china a Lula.

Pero aun en esa hipótesis, el fondo de la cuestión es que logra el efecto opuesto al buscado, porque las formas que utiliza son contraproducentes con sus fines. Ayer entrevistamos a diferentes expertos en Brasil que coincidían en que el gobierno de Lula podía haber impedido el ingreso de Milei a su país y no lo hicieron porque presumían que su irascibilidad iba a perjudicar a Bolsonaro. Hay un problema de fondo en la forma: sin buena educación no hay democracia, a lo que dedicaremos esta columna.

Según Habermas, una democracia no se sostiene solo en el voto, sino en la calidad del debate, es decir, en la educación con la que nos tratamos. Si ese debate se degrada con insultos y agresiones, el voto pierde su sentido, se vacía. Norbert Elias plantea en su obra "El proceso de la civilización" que la vida en sociedad y los modales refinados son fundamentales para el desarrollo de la civilización, pero explica que la cortesía no es solo un adorno superficial, sino un profundo cambio en el autocontrol y la conducta humana. Castoriadis explica que lo importante es que estas formas de trato, estas normas que son asumidas por la sociedad, deben ser tomadas conscientemente por los individuos que la componen para que la civilización funcione. En ese sentido, la falta de educación, justamente del Presidente, de la autoridad máxima de nuestro país, es un problema en el corazón de nuestra república y nuestra democracia. En primer lugar, porque degrada el debate democrático; en segundo, porque rompe el pacto de cortesía que toda civilización presupone; y en tercero, porque reproduce una lógica de violencia verbal que es asimilada por la sociedad.

Según el filósofo y político británico John Stuart Mill, las ideas no son las que merecen ser respetadas, sino que lo que debe respetarse son las personas que tienen esas ideas. Las ideas no sufren, no tienen sentimientos ni una autoestima que sea lastimada. Las ideas deben cuestionarse, discutirse, probarse, y las mejores deben prevalecer. ¿Para qué? Para que puedan ayudar a las personas a avanzar y ser felices. Entonces, con John Stuart Mill nos preguntamos: ¿qué sentido tiene discutir las ideas si vamos a insultar, humillar y lastimar a las personas?

Cuando se les pregunta a quienes apoyan al Gobierno por las formas del presidente Javier Milei, hay dos posiciones: quienes sostienen que esas formas violentas son útiles para lograr vencer su batalla, y quienes rechazan los insultos a dirigentes opositores, presidentes de otros países y los ataques al periodismo, pero señalan que las formas son algo secundario y que están de acuerdo en lo esencial, que sería el rumbo económico.

En esta columna vamos a discutir ambas ideas, muy extendidas entre los votantes de La Libertad Avanza. Las formas violentas no son efectivas a largo plazo, porque pueden ser viralizadas momentáneamente en las redes sociales o servir para ridiculizar a un rival, pero vacían la democracia. Es decir que el precio que se paga es más alto que el resultado que se obtiene, y tampoco son secundarias en relación a otros aspectos del gobierno, como el rumbo económico, porque tienen un impacto en el sistema democrático y la sociedad que no se está contemplando.

Primero, entendemos que la máxima autoridad tenga una forma de comportarse violenta, envenena los modos en los que se trata un país, porque genera un ejemplo de trato más agresivo en toda la sociedad y corre la barrera de la violencia tolerable. Además, degrada el debate público y, con ello, la calidad de la democracia.

Imaginemos un debate presidencial entre dos candidatos. Uno acusa al otro de hablar de justicia social porque es ladrón, y el otro le contesta que habla de equilibrio fiscal porque es un sádico. La sociedad tiene el derecho a votar, pero no conoce el fondo de las ideas y no pudo ver cómo se contrastan con argumentos serios. Algunos creerán que hay que votar contra el sádico y otros contra el ladrón, pero evidentemente no se los ayuda a que puedan elegir con el total conocimiento. Un debate reducido a un cruce de chicanas e insultos es más un ataque contra la sociedad que entre los contrincantes. La base de la democracia no es el voto, es el diálogo, el debate público; si a este lo vaciamos de contenido, nos hacen votar a ciegas.

Steve Bannon, estratega digital de la extrema derecha mundial, podríamos decir el arquitecto del primer triunfo de Donald Trump, tenía una frase que hemos utilizado en varias ocasiones: "llenar la cancha de mierda". Bannon lo decía en función de crear fake news para que nadie sepa qué es real y qué es mentira, pero también podría entenderse como el insulto sirve para degradar el debate democrático y reducirlo a meros intercambios de insultos. Si la extrema derecha logra arrastrar al conjunto de la política al barro, tiene la mitad de la batalla ganada. Pero lo que pierde es la democracia, vaciada y reducida a una mera riña de gallos, pierde toda su esencia.

De lo que se trata en este momento es de llenar la cancha de argumentos, de ideas, de proyectos para el futuro; ahí la extrema derecha está en problemas.

Volviendo a lo que planteó Norbert Elias, nuestra civilización está sostenida sobre las formas refinadas y el buen trato. Cualquiera de las personas que está viendo este programa podría advertir que los modos del Presidente no los ve en su vida cotidiana. En su casa o en su trabajo no hay nadie gritándole "mandril" a los demás o autoalabándose de que "domó" a todos en la oficina en una discusión. En general, las personas en su cotidianidad tienen un trato más sensato y amable. Podríamos preguntarnos por qué una persona que se comporta peor que la mayoría de los argentinos llegó a ser presidente, cuando en otro momento histórico no hubiese pasado de ser alguien ridículo, un mero chiste de mal gusto televisivo. En ese plano, la explicación más categórica refiere a las profundas transformaciones que las redes sociales trajeron al debate público. Milei es un producto de las redes, no porque él haya cambiado para aprovecharlas, sino porque la lógica del nicho y la viralización privilegian las emociones fuertes y la atención que traen el insulto y la confrontación. Milei era un marginal en la vida social, alguien sin amigos, que vivía encerrado con sus perros porque sus formas ahuyentaban a las personas, pero la lógica de las redes lo premió, justamente por ese tipo de formas.

Según nuestro planteo, no se puede separar el rumbo económico o el contenido de las ideas liberales de las formas de Milei. Las formas y el fondo son parte de lo mismo. Ahora vamos a desarrollar todos estos planteos, pero antes vamos a refrescar de qué hablamos cuando nos referimos a las formas del presidente. Escuchemos un compilado de los insultos de Milei.

Los presidentes no solo gobiernan. También enseñan, con su propio comportamiento, qué formas de relacionarse son aceptables en una sociedad. Si la máxima autoridad responde a las críticas con argumentos, transmite la idea de que los desacuerdos pueden resolverse mediante el debate. Si, en cambio, convierte el insulto, la descalificación o la humillación del adversario en una práctica cotidiana, también envía un mensaje: que esa es una forma legítima de hacer política.

Hay una idea que atraviesa buena parte de la teoría política y sociológica del siglo XX: que la manera en que se ejerce el poder desde arriba no es un dato aislado de la gestión, sino una pieza que moldea activamente la cultura de convivencia de una sociedad entera. Insultar desde la presidencia no es solo un exabrupto personal: es, en un sentido muy preciso que distintos autores ayudaron a formalizar, una forma legítima de hacer política, o de dejar de hacerla.

Eso es lo que estudió el sociólogo alemán Norbert Elias en su obra fundamental, "El proceso de la civilización" (1939), un trabajo monumental de investigación histórica que rastrea, a lo largo de varios siglos europeos, cómo las sociedades occidentales fueron aprendiendo a controlar sus impulsos y a reemplazar la violencia física cotidiana por reglas de convivencia cada vez más refinadas. Para Elias, ese autocontrol no es un rasgo natural del ser humano ni surge espontáneamente: se construye históricamente en paralelo a la formación del Estado moderno y, en particular, a la instauración de lo que llamó el "monopolio estatal de la violencia". Cuando el poder de ejercer fuerza física legítima se concentra en manos del Estado y deja de estar disperso entre señores feudales, nobles guerreros y particulares, los individuos ya no necesitan resolver sus conflictos a golpes ni estar permanentemente alerta ante la agresión física del vecino. Esa pacificación externa, sostiene Elias, termina interiorizándose como autocoacción psíquica: la corte real, con su etiqueta minuciosa y sus códigos de comportamiento, funcionó históricamente como el gran laboratorio de domesticación de la nobleza guerrera, que fue civilizando su conducta a medida que perdía su función militar y pasaba a depender del favor cortesano antes que de la fuerza bruta.

Ese autocontrol, insiste Elias, no se aprende de manera abstracta, sino observando e imitando a quienes ocupan lugares de autoridad y prestigio social: la conducta de las élites se derrama hacia el resto de la sociedad como modelo de comportamiento aceptable. Por eso el comportamiento de un presidente tiene un efecto que excede ampliamente sus decisiones de gobierno. Elias mismo, y sobre todo los sociólogos que continuaron su obra —Stephen Mennell, Jonathan Fletcher, Loïc Wacquant, Abram de Swaan—, agregaron una idea crucial: el proceso civilizatorio nunca es lineal ni irreversible, y puede convivir con procesos de signo contrario, que ellos bautizaron "decivilizatorios": retrocesos en los que la contención de los impulsos, lejos de profundizarse, se afloja y habilita formas de agresión que parecían superadas.

Cuando desde la máxima investidura estatal se naturaliza la agresión verbal contra un adversario político o un jefe de Estado extranjero, no se destruye de un día para el otro la civilización de las costumbres, pero sí puede empezar a activarse, con el tiempo, exactamente ese tipo de proceso regresivo: un clima público donde el insulto vuelve a ser una herramienta válida de discusión, porque quien ocupa el lugar de mayor autoridad simbólica lo modela como tal. En el plano internacional, además, las reglas de la diplomacia cumplen una función estructuralmente equivalente a la del monopolio estatal de la violencia dentro de un país: existen precisamente para administrar los conflictos entre naciones sin que un desacuerdo político derive en ruptura, y un lenguaje presidencial más confrontativo erosiona esos canales de gestión pacífica de las diferencias, aumentando tensiones que después cuesta mucho revertir.

El filósofo alemán Jürgen Habermas completa esa idea desde otro ángulo, el de la teoría democrática y la filosofía del lenguaje. En obras como "Historia y crítica de la opinión pública" (1962) y, sobre todo, en su "Teoría de la acción comunicativa" (1981), Habermas sostiene que la legitimidad de una democracia no descansa únicamente en el acto formal de votar cada cuatro años, sino en la existencia de una esfera pública robusta: un espacio intermedio entre el Estado y la vida cotidiana de los ciudadanos donde circula una conversación colectiva basada en razones, no en imposiciones ni en la fuerza del cargo que ocupa quien habla. Su concepto de "acción comunicativa" distingue ese tipo de intercambio orientado al entendimiento mutuo de otras formas de acción social orientadas solo al éxito estratégico o a la manipulación del otro. De ahí se desprende su "ética del discurso", desarrollada en textos como "Conciencia moral y acción comunicativa" (1983): una norma solo puede considerarse válida si, en principio, podría ser aceptada por todos los afectados a través de un proceso genuino de diálogo racional, no impuesta por autoridad, tradición o fuerza. En una democracia, insiste Habermas, los adversarios no tienen por qué pensar igual —ese no es el punto—, pero sí deben reconocer recíprocamente que el otro tiene derecho legítimo a participar de la discusión pública en igualdad de condiciones argumentativas. La fortaleza de una democracia, entonces, no depende de que los conflictos desaparezcan, algo que para Habermas ni siquiera sería deseable, sino de que esos conflictos puedan procesarse mediante argumentos que aspiran a ser universalizables, en lugar de agravios que buscan simplemente humillar o excluir al adversario del círculo de interlocutores válidos. Cuando el insulto reemplaza la discusión y la descalificación personal ocupa el lugar que deberían ocupar las razones, no se trata solo de un problema de estilo o de buenos modales: para la teoría habermasiana, se degrada la infraestructura misma sobre la que se construye la legitimidad democrática, porque la calidad del debate público empieza a filtrar cada vez menos posiciones distintas de las del que insulta, y se vuelve estructuralmente más difícil construir los acuerdos amplios que la democracia necesita para procesar el desacuerdo sin fracturarse.

El filósofo greco-francés Cornelius Castoriadis lleva la reflexión un paso más allá todavía, desde su obra central, "La institución imaginaria de la sociedad" (1975). Para Castoriadis, una sociedad libre no es aquella donde cada individuo hace lo que se le antoja sin restricción alguna, sino precisamente lo contrario: aquella cuyos ciudadanos aceptan colectivamente ponerse límites a sí mismos, una capacidad que llamó "autolimitación" y que consideraba el rasgo distintivo de lo que denominó el "proyecto de autonomía". Ese proyecto, sostiene, apareció históricamente en muy pocos momentos de rupturas radicales —identifica dos, sobre todo: la Grecia antigua y la Europa occidental de los siglos XI y XII—, en los que ciertas sociedades se atrevieron a reconocer algo que la mayoría de las culturas humanas, a las que llama "heterónomas", nunca aceptaron: que las leyes que las gobiernan no vienen de Dios, de la Naturaleza, del Mercado ni de ningún fundamento externo y sagrado, sino que son una creación puramente humana, una "institución imaginaria" que la propia sociedad se da a sí misma. Y justamente porque esas reglas son creación nuestra y de nadie más, somos también enteramente responsables tanto de respetarlas como de cuestionarlas y transformarlas cuando haga falta, en un ejercicio permanente de autocuestionamiento que Castoriadis consideraba el núcleo mismo de la democracia, mucho más que cualquier procedimiento electoral. De hecho, hacia el final de su vida, Castoriadis llegó a sostener, con notable pesimismo, que buena parte de las sociedades contemporáneas, atravesadas por una lógica de mercado que se impone sobre cualquier proyecto emancipatorio colectivo, apenas merecen llamarse democracias plenas, y que funcionan más bien como "oligarquías liberales" donde el proyecto de autonomía retrocede.

Los tres autores describen, entonces, distintas capas de un mismo problema, cada una necesaria para entender por qué el lenguaje agresivo desde el poder no es un detalle anecdótico. Elias explica cómo se forma, en un proceso histórico de siglos y nunca garantizado de antemano, un ciudadano capaz de controlar sus impulsos violentos gracias al monopolio estatal de la fuerza y a la imitación de modelos de autoridad; Habermas muestra que ese autocontrol es precisamente lo que hace posible discutir mediante argumentos válidos para todos, en lugar de recurrir a la agresión o la descalificación; y Castoriadis agrega la dimensión más exigente: que los ciudadanos deben además sentirse responsables de las reglas que organizan su vida en común, entendiendo que esas reglas son enteramente suyas, y aceptar limitar voluntariamente su propio poder aun cuando nada externo los obligue a hacerlo.

En conjunto, la enseñanza de los tres es clara y convergente: la salud de una democracia no depende solamente de que existan elecciones libres o instituciones formales que funcionen en el papel, sino de una cultura política sostenida en el autocontrol de los impulsos, el respeto genuino por el derecho del adversario a discutir en igualdad de condiciones, y la convicción compartida de que nadie —ni siquiera quien ocupa la máxima investidura del Estado— está por encima de las normas de convivencia que la propia sociedad se dio a sí misma y que, por lo tanto, también le corresponde a esa misma sociedad defender.

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Ahora, volviendo a Elias, ¿cómo puede ser que una sociedad basada, como todas, en el trato refinado y la cortesía elija a un presidente totalmente maleducado y descortés? Según la biografía de Milei no autorizada, "El Loco", del editor de la revista Noticias, Juan Luis González, y el relato de examigos suyos como Diego Giacomini, Milei es alguien muy solo, es decir, un aislado social. Tres años antes de ser presidente, hasta la pandemia, Milei vivió en un departamento solo con cuatro perros, envuelto en un olor que sus vecinos relataban como nauseabundo. Cuando se llamó a una reunión de consorcio para plantearle el problema de los ladridos constantes que no dejaban dormir a los habitantes del edificio y el olor, Milei se fue insultando a todos los vecinos. Su hermana, única presencia constante en su vida, terminó rescatándolo de una situación de total aislamiento en 2020 y lo llevó a vivir con ella y sus padres para que no pasara la pandemia totalmente solo. Es decir, estamos hablando de alguien que, debido a sus formas, no contaba con amigos para poder sobrellevar los problemas de la vida y solo tenía a su hermana. ¿Cómo alguien tan solo, tan aislado de la sociedad y que generaba hasta repulsión por sus formas, llegó a ser presidente?

La frase "el medio es el mensaje" pertenece a Marshall McLuhan, el teórico canadiense de la comunicación, y aparece como título del primer capítulo de su libro más influyente, "Understanding Media: The Extensions of Man" ("Comprender los medios de comunicación"), publicado en 1964. McLuhan había desarrollado ya sus ideas centrales en un libro anterior, "La galaxia Gutenberg" (1962), donde analizaba cómo la imprenta había transformado la percepción humana, pero es en el libro de 1964 donde formula esta frase que se volvió uno de los lugares comunes más citados —y más malinterpretados— de la teoría de la comunicación del siglo XX.

La idea central es contraintuitiva: McLuhan sostiene que lo que realmente transforma a una sociedad no es el contenido que circula por un medio de comunicación —una noticia, un programa, una publicidad— sino la naturaleza misma del medio a través del cual ese contenido llega. El "mensaje" de cualquier tecnología o medio, según él, es el cambio de escala, ritmo o patrón que esa tecnología introduce en la vida humana, independientemente de lo que se diga a través de ella. Su ejemplo favorito era la luz eléctrica: no transporta ningún "contenido" informativo particular, pero como medio transformó radicalmente el espacio social, extendiendo la actividad humana a la noche, permitiendo nuevas formas de trabajo, ocio y arquitectura. Ese cambio en la organización de la vida, decía McLuhan, es el verdadero mensaje de la luz eléctrica, no ninguna imagen o palabra que ilumine.

Aplicado a los medios de comunicación propiamente dichos, el argumento es que la televisión no cambió la sociedad por los programas específicos que transmitía, sino por el simple hecho de introducir una lógica audiovisual, simultánea y fragmentaria que reconfiguró la manera en que las personas perciben el tiempo, la atención y la autoridad, más allá de si el contenido era un noticiero serio o un show de entretenimiento. Lo mismo aplicaría, en la lectura que hacen sus herederos intelectuales, a internet o a las redes sociales: lo que transforma la política o la cultura contemporánea no es tanto lo que se dice en Twitter o TikTok, sino la estructura misma de esos medios —la brevedad, la instantaneidad, el algoritmo— que moldea el pensamiento y el vínculo social independientemente del mensaje puntual que circule.

McLuhan complicó todavía más la fórmula unos años después, en "The Medium Is the Massage" (1967), un libro hecho junto al diseñador Quentin Fiore, donde el cambio de "message" por "massage" —un juego de palabras deliberado— buscaba subrayar que los medios no solo transmiten información, sino que literalmente "masajean" o modelan físicamente los sentidos y la percepción de quien los usa, en un proceso mucho más corporal y menos consciente de lo que sugiere la idea de un simple "mensaje".

Las redes sociales no viralizan contenido radicalizado o insultante por accidente: lo hacen porque sus modelos de negocio están diseñados para maximizar el tiempo de atención, y la indignación y el odio son, medidos empíricamente, los combustibles más eficientes para lograrlo. Esa es la tesis que atraviesa buena parte de la investigación académica sobre el tema de la última década.

Zeynep Tufekci, socióloga turco-estadounidense y autora de "Twitter and Tear Gas" (2017), describió a las plataformas como "arquitecturas de persuasión" construidas para capturar la atención humana, no para informar ni educar. En trabajos anteriores, como "Engineering the Public" (2014), ya advertía que los sistemas de recomendación de Facebook y otras redes no son neutrales: seleccionan y jerarquizan contenido según su capacidad de generar reacción emocional, lo que empíricamente favorece el material más polarizado por sobre el más equilibrado.

Esto, además, tiene una base neurológica y evolutiva. Si nuestros antepasados asociaban erróneamente un ruido entre los arbustos con la presencia de un depredador, el costo era apenas un susto. Si hacían la asociación inversa y asumían que era solo el viento cuando en realidad había un león, podían morir. La evolución, entonces, favoreció un cerebro que tiene especial atención en lo negativo, porque de esa manera pudo sobrevivir nuestra especie. Sobre esta base neurológica se asienta la pelea por la atención de las redes sociales, y esto vuelve más viralizable el contenido emocionalmente negativo, como los insultos o las fake news indignantes.

A esto se suma evidencia empírica concreta: el estudio de William Brady y su equipo en PNAS (2017) mostró que el contenido con lenguaje moral-emocional se difunde significativamente más rápido dentro de las propias redes ideológicas que el contenido neutro, y la investigación de Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral, publicada en Science (2018), probó, sobre millones de casos en Twitter, que las noticias falsas se propagan más rápido y más lejos que las verdaderas, precisamente porque generan sorpresa e indignación con mayor intensidad. A ese diseño algorítmico se agregan incentivos económicos directos: plataformas como X pagan a cuentas verificadas según el nivel de interacción que generan, lo que convirtió la producción deliberada de contenido hostil en un negocio rentable para un núcleo reducido de usuarios, que luego el propio algoritmo distribuye de manera gratuita y masiva.

Milei, alguien al margen de la vida social, logró llegar a millones con sus ideas justamente por esta característica. Obviamente había un país en crisis y un sistema político que no daba respuesta, pero los insultos y disparates que dijo se viralizaron por esta dinámica misma de las redes sociales, como ningún otro medio. En otro contexto, Milei nunca hubiese tenido una oportunidad, porque justamente no tiene las aptitudes sociales para dirigir gente; de hecho, lo que le sucede es que los grupos sociales lo dejan aislado.

Esto lo vinculamos con lo que decíamos al principio sobre el impacto social de los insultos de Milei. Si las dinámicas de las redes sociales son distintas a las de la vida cotidiana, donde la gente es más sensata y amable, ¿queremos realmente que la máxima autoridad de nuestra sociedad termine instalando esa dinámica como ejemplo nacional? A los padres les pregunto: ¿quieren que sus hijos crezcan escuchando a este presidente? ¿Quieren que, cuando tengan sus primeros celulares, aprendan a tratarse con sus compañeros de curso con términos como "domar", "mandril", "basura", o que reproduzcan la idea de la sexualidad como una forma violenta de agresión? Estoy seguro de que muchos de los votantes de Juntos por el Cambio que hoy apoyan a Milei porque no quieren que vuelva el kirchnerismo no quisieran que sus hijos se comporten como el Presidente. ¿Por qué creen que las formas que utiliza la máxima autoridad de un país no modifican la forma en la que habla el resto de la sociedad?

Esto que estamos tratando de que se empiece a discutir en este país se empezó a debatir en Estados Unidos, alrededor del discurso violento y cargado de fake news de Donald Trump. Una organización que fomenta el fortalecimiento de la democracia llamada Lincoln Project hizo un video en el que niños aparecen diciendo las fake news y reproduciendo los prejuicios racistas que Trump utilizó en la última campaña. Vamos a verlo.

¿Por qué votaríamos para conducir la sociedad y moldear nuestro país a alguien que no queremos que sea ejemplo para nuestros hijos? ¿Qué les van a decir los votantes de este gobierno a un hijo que denigra a su novia como lo hizo Milei con mujeres periodistas, si ellos mismos lo votaron? ¿Cómo se le explica a un chico que está bien que el mismísimo presidente insulte y él no?

Desde Perfil, vamos a hacer un video con los insultos de Milei, también protagonizado por chicos, con este mismo formato del de Lincoln Project, para transmitir esta idea que no está en el debate público. Esperemos que nuestra audiencia nos ayude a difundirlo, porque es un tema importante.

Por todo eso, a los llamados por los consultores "sí-peristas", quienes plantean que están de acuerdo con el núcleo de las ideas pero rechazan las formas, les planteo que las formas justamente dan forma a una sociedad. ¿Es ese el tipo de sociedad en la que queremos vivir, una en la que el que piensa distinto es humillado y deshumanizado?

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Como corolario, podríamos agregar que los insultos nos encasillan en una etiqueta denigrante y que las personas somos más complejas que eso. Si solo hay "descerebrados", "mandriles" o cualquiera de los epítetos que usa el Presidente, nos perdemos de la enorme riqueza del pensamiento ajeno y de las formas en las que cada uno de nosotros afronta la vida. Por todo esto, nos vamos a despedir con una canción muy particular.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

MV