Día 973: Mesa política, ¿no se dan cuenta que el presidente no gobierna?
Entre reuniones paralelas, delegación de poder en Karina y un aislamiento creciente, el esquema libertario muta hacia una anomalía institucional: la de un Gabinete que funciona alrededor de un presidente ausente.
Las fotos que en todos los medios ilustraron las reuniones de la mesa política del Gobierno revelan una paradoja, en el lugar donde debería estar el centro de conducción del Gobierno, falta el presidente. A diferencia de los núcleos de decisión de otros países, donde el jefe de Estado o de Gobierno encabeza la mesa estratégica, en el esquema de Milei la conducción parece haberse desplazado hacia Karina Milei, con Santiago Caputo como una suerte de vicepresidente político y el resto de los funcionarios cumpliendo roles subordinados.
La imagen recuerda al juego de “¿Dónde está Wally?”: la pregunta es dónde está el presidente en la mesa que supuestamente conduce su propio gobierno. La escena refuerza la idea de una Presidencia delegada, casi doméstica, en la que Karina ejerce el control cotidiano que durante años tuvo sobre la vida personal de su hermano como la gobernanta de su casa.
La llamada “mesa política” existe, con distintas formas, en la mayoría de los gobiernos, aunque su grado de institucionalización varía. En Estados Unidos, el equivalente es el círculo interno de la Casa Blanca, con el presidente, vicepresidente, Chief of Staff y asesores políticos, legislativos y económicos; en Brasil, la comparación es todavía más directa, porque la Casa Civil equivalente al Jefe de Gabinete y la Secretaría de Relaciones Institucionales tienen formalmente la tarea de coordinar el Gobierno y articular con el Congreso. En el Reino Unido, esa función se reparte entre el inner Cabinet y el equipo político de Downing Street, mientras que en Alemania el Koalitionsausschuss funciona como un ámbito de negociación entre los partidos de la coalición. Francia y España también cuentan con núcleos reducidos alrededor del Elíseo, Matignon y La Moncloa, respectivamente, aunque con dinámicas propias de sus sistemas semipresidencial y parlamentario.
Daniel Rosso: “Javier Milei es la desaparición de todos los límites”
La particularidad del esquema de Javier Milei es el grado de personalización y concentración de ese núcleo de poder. A diferencia de modelos donde la articulación política está institucionalizada o distribuida entre partidos de una coalición, la mesa de Milei se construye alrededor de un círculo reducido de confianza presidencial y mezcla funciones de gobierno, estrategia electoral, relación parlamentaria y comunicación.
El antecedente del Politburó soviético permite pensar la “mesa política” no como un gabinete tradicional, sino como un núcleo reducido donde se concentra la decisión estratégica. En la Unión Soviética comunista, mientras el Consejo de Ministros administraba y el Soviet Supremo legislaba, las decisiones centrales sobre economía, política exterior, seguridad, nombramientos y conflictos internos se definían en el Politburó, para luego ser ejecutadas por los ministerios.
La institucionalidad del partido bolchevique se superponía e incluso podía sustituir por momentos la institucionalidad del gobierno de la URSS o la China actual. Algo así ocurre con el núcleo de poder de LLA. Pero con la particularidad de que la principal figura institucional, el Presidente, no es el articulador más importante del esquema político.
Ahora, las señales siempre estuvieron ahí, de manera muy explícita. Milei apodó a su hermana “El Jefe”. Una denominación que no responde solamente a un apodo afectivo sino que expresa el lugar de autoridad que Karina ocupa en su estructura política y personal.
La diferencia con etapas anteriores es que el alejamiento de Milei ya no parece limitarse a su estilo de conducción ni a su tendencia a delegar determinadas áreas: empieza a adquirir una forma institucional. Antes, incluso cuando Karina, Santiago Caputo o Guillermo Francos concentraban funciones, la decisión última seguía apareciendo asociada al Presidente. Ahora, en cambio, se está construyendo un circuito de poder que parece funcionar alrededor de su ausencia: los ministros son convocados por Karina, los proyectos pasan por una mesa política que no encabeza Milei y la discusión sobre la estrategia electoral y parlamentaria queda cada vez más en manos de otros actores. Es un cambio cualitativo: ya no se trata simplemente de un presidente que gobierna de una manera particular, sino de un presidente que parece retirarse progresivamente del lugar donde se toman las decisiones.
Las últimas reformas en el equilibrio de poder son la puesta en marcha de un esquema de reuniones de gabinete paralelo, sin la participación de su hermano, en el que la secretaria general de la Presidencia convocará a los ministros de manera rotativa para explicar el estado de sus áreas y sus principales proyectos.
La dinámica replica, en los hechos, las funciones de una reunión de gabinete tradicional: se repasan la agenda legislativa, los principales temas económicos y las cuestiones de gestión, pero bajo la conducción de Karina y sin la presencia del presidente.
El primer ministro en someterse a este mecanismo fue Federico Sturzenegger, titular de Desregulación, quien debió detallar los proyectos de ley que prepara su equipo.
Como desarrollamos en nuestra columna de este lunes, Federico Sturzenegger atraviesa un fuerte corrimiento dentro del Gobierno y comienza a quedar relegado como responsable de las reformas que hasta hace poco constituían el núcleo del proyecto libertario. Un chivo expiatorio de lo que salió mal.
El ala pragmática encabezada por Diego Santilli, con respaldo de Patricia Bullrich y Santiago Caputo, busca que el ministro absorba los costos políticos de una gestión que empieza a revisar su propia agenda. Karina Milei habría ordenado congelar iniciativas de Sturzenegger, mientras desde la Casa Rosada se desmarcan de varios de sus proyectos y hasta dejan de considerar prioritarios algunos de los que impulsaba. El desplazamiento resulta significativo porque el propio ministro había sido presentado como uno de los principales arquitectos intelectuales del programa libertario.
La creciente intervención de Karina en las decisiones cotidianas alimenta así la percepción de que concentra cada vez más poder dentro de la administración, mientras Milei se aleja de la gestión diaria. Incluso desde sectores cercanos al oficialismo describieron la situación como una transformación de la mesa política en “una reunión de gabinete pero con la (verdadera) presidenta”. Algo similar a lo que ya había dicho Marcela Pagano en nuestro programa, cuando la entrevistamos el pasado 29 de junio.
La imagen de Milei viene mostrando un deterioro significativo en todas las encuestas: una medición de Management & Fit de junio registró 52,1% de imagen negativa para el presidente, pero la de Karina alcanzó 62%, la peor valoración entre los dirigentes medidos.
En este contexto, la percepción de aislamiento presidencial —y las versiones sobre un Milei cada vez más apartado de la gestión diaria— podría estar llevando al Gobierno a concentrar la actividad de Karina en aquello que sí parece tener una estrategia definida: ordenar el aparato político y preparar el terreno electoral.
También surgen rumores de que Milei está cada vez más aislado. El periodista Manu Jove afirmó que Milei se encuentra cada vez más aislado y que prácticamente solo se comunica con Lilia Lemoine.
Ayer entrevistamos en este mismo programa al escritor Juan José Becerra, quien sostiene que el fenómeno verbal que llevó a Javier Milei a la Presidencia comenzó a perder eficacia: lo que durante la campaña de 2023 funcionó como una poderosa “marca teatral” basada en la provocación, la repetición y el grito hoy genera agotamiento y desencanto. Según el escritor, hubo un desacople entre Milei y su audiencia y el entusiasmo social, pero ahora “hay una persona que grita solo”.
Para Becerra, el resultado es que Milei ya no es solamente una figura agotada sino “una figura fantasmal”, atrapada en el pasado y aferrada al discurso que lo llevó al poder, aunque ya nadie le presta atención. El escritor plantea además que la Presidencia pudo haber sido para Milei una estación hacia su verdadera aspiración: convertirse en una celebridad global.
Según Becerra, Milei sufre el “disgusto” de gobernar porque su verdadera aspiración era ser una celebridad. La Presidencia habría sido apenas el camino indirecto para alcanzar esa fama.
Lo más inquietante es que Milei parece sufrir la Presidencia más que disfrutarla, su verdadera aspiración podría estar más cerca de la celebridad, la exposición permanente y el rol de influencer que de la gestión cotidiana de un Estado. Si fuera por él, incluso podría no existir un deseo genuino de atravesar otro mandato; de hecho, en distintos momentos circularon versiones de que habría llegado a considerar la posibilidad de renunciar.
Pero allí aparece una diferencia fundamental entre Milei y quienes lo rodean: para buena parte de los integrantes de esa mesa política, la reelección no es una cuestión personal sino la condición para prolongar su propia permanencia en el poder, sus posiciones, influencia y privilegios. Mantener a Milei competitivo y asegurar un segundo mandato se convierte así en un objetivo del aparato que lo rodea, aun cuando el propio presidente pudiera no tener el mismo entusiasmo por continuar.
La excepción parece ser Patricia Bullrich, que conserva una trayectoria y un capital político propios y, por lo tanto, un futuro que no depende exclusivamente de la continuidad de Milei.
Si esta hipótesis aspiracional de Milei es correcta, pobres de nosotros, los argentinos, que estamos sometidos a un experimento sociopolítico por la ambición y el ego de una persona que, como con un golpe de suerte, conectó con las frustraciones de los ciudadanos.
Un proyecto que ahora parece estar naufragando ante nuestros ojos, al que la política intentó encauzar, como por ejemplo Guillermo Francos, quien fue quizás el que con más claridad lo dijo: “Milei no entiende de política”.
Y podríamos agregar a la declaración de Francos: Karina tampoco entiende de política.
¿Qué preparación tiene Karina Milei para ejercer, de hecho, la conducción política de un país? Su trayectoria previa no la legitima: es licenciada en Relaciones Públicas por la UADE, estudió comunicación y marketing, trabajó en negocios familiares, fue pastelera.
Y si a esa falta de experiencia se suma una evidente dificultad en su oratoria para desenvolverse discursivamente en público, resulta legítimo cuestionar que alguien con semejante recorrido esté acumulando un poder político que excede largamente las competencias formales de su cargo. Porque una cosa es ser “El Jefe” de Javier Milei en el ámbito privado y otra, completamente distinta, tener las capacidades necesarias para ser la jefa política de un Gobierno nacional.
Tampoco aparece como una dirigente con mayor capacidad de construcción política que su hermano: de hecho, como ya mencionamos, las encuestas la ubican incluso por debajo de Milei en imagen. Su fortaleza parece estar en el control del dispositivo de confianza, la selección de candidatos y el armado interno de La Libertad Avanza, no en la generación de consensos institucionales. Algo que se presenta como sumamente necesario para mantener el barco a flote en lo que queda de gestión.
Incluso Patricia Bullrich comienza a mostrar cierta distancia respecto de la estrategia política del Gobierno, aunque todavía no implique una ruptura con Javier Milei. La jefa del bloque libertario en el Senado reconoció que el oficialismo debe ordenar su agenda parlamentaria después de los últimos tropiezos y admitió que “un gobierno que reforma y que va para adelante en algunos momentos choca”.
Es una alerta: la Casa Rosada debe negociar, conseguir consensos y administrar mejor sus tiempos. “Somos minoría, todo lo tenemos que negociar y poner sobre la mesa”.
Este mensaje se leyó también en un video que posteó en sus redes sociales tras el fracaso de la Ley de Tierras, en el que se la ve negociando en el Parlamento y acompañó con el mensaje: “El tango no se baila solo”.
“El tango no se baila solo”, ¿no será también un mensaje subliminal sobre el aislamiento del propio Milei?
La decisión de la Secretaría General de la Presidencia de que todos los proyectos pasen por la mesa política generó ruido y alimentó la sospecha de que podría buscarse limitar el acceso directo de los ministros a Milei. El balance legislativo también expone dificultades: Sturzenegger había prometido un primer semestre con más reformas estructurales que cualquier otro desde 1989, pero buena parte de esas iniciativas no avanzó y los capítulos sobre propiedad privada que sobrevivieron al Senado dejaron de ser prioritarios.
Con el Congreso del primer semestre prácticamente cerrado para el oficialismo, la atención del Gobierno vuelve a concentrarse en la agenda electoral, especialmente en una eventual suspensión de las PASO, cuya aprobación podría negociarse recién hacia el final del año parlamentario. En paralelo, crece la posibilidad de una elección fragmentada en la que varios sectores busquen llegar al balotaje con porcentajes relativamente bajos.
En el PRO, la posible candidatura de Hernán Lacunza profundizó las divisiones entre dirigentes que buscan competir contra La Libertad Avanza y gobernadores e intendentes que prefieren un acuerdo con los libertarios para preservar sus territorios. El problema es que estos últimos enfrentan el costo de gestionar en conjunto con el Gobierno nacional: no pueden confrontar abiertamente con Milei, pero reciben de sus vecinos los reclamos por el impacto de sus políticas, mientras el peronismo empieza a percibir que podría volver a ganar incluso con una porción reducida del electorado.
El problema de fondo ya no parece ser solamente que Milei tenga dificultades para gobernar, sino que empieza a ser legítimo preguntarse quién gobierna cuando el Presidente deja de ocupar el centro de las decisiones. Si la mesa política funciona como un gabinete paralelo, si Karina Milei convoca a los ministros, ordena la agenda y concentra el armado político, y si los funcionarios deben rendir cuentas ante ella antes que ante el propio Presidente, entonces la anomalía deja de ser una cuestión de estilos: es una alteración del funcionamiento del poder. El presidente puede delegar funciones, por supuesto, pero no puede delegar indefinidamente la responsabilidad política de ejercer la Presidencia.
Y ahí aparece la contradicción más profunda del experimento libertario. Milei llegó al poder prometiendo terminar con la “casta”, dinamitar las estructuras tradicionales y concentrar en sí mismo la fuerza necesaria para transformar la Argentina. Pero, después de casi tres años, el Gobierno parece haber llegado al punto inverso: el presidente se retrae, su hermana ocupa el centro de la escena y el aparato político intenta administrar las consecuencias de un liderazgo cada vez más aislado. Mientras las reformas pierden impulso, los funcionarios se desplazan, los aliados empiezan a reclamar negociación, el Gobierno parece estar enquistado en no entender que gobernar no es solamente ganar una elección ni repetir un discurso: es construir poder, negociar, escuchar y asumir las decisiones.
¿No se dan cuenta de que Milei no gobierna? Porque si el presidente queda reducido sólo al rol de un “divulgador”, ¿dónde queda la voluntad popular que lo eligió como máximo responsable del destino de los argentinos? Si Milei realmente dejó de gobernar, alguien tendrá que explicarle a los ciudadanos quién está tomando las decisiones en su nombre. Porque una cosa es delegar poder y otra, muy distinta, es desentenderse de la responsabilidad que la voluntad popular puso en sus manos.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MEG/ff