Grabois: Por qué tanto la Iglesia argentina como León XIV levantan su perfil crítico
El dirigente social analizó la continuidad del legado de Francisco, defendió la justicia social como eje del pensamiento cristiano y se refirió al nuevo posicionamiento de la Iglesia argentina frente al gobierno de Javier Milei.
El análisis de la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV aborda la continuidad del pensamiento humanista de Francisco, el impacto de la tecnología en los procesos de deshumanización y el rol de la Iglesia frente a las estructuras de poder global. A partir de su entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el dirigente social Juan Grabois destacó la vigencia de la doctrina social de la Iglesia y advirtió sobre los riesgos de una tecnología centrada en el rendimiento y el lucro, subrayando la necesidad de resguardar la dignidad humana y la protección de los sectores más vulnerables.
El dirigente social, abogado y político, Juan Grabois, fundó el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), espacios que agrupan a cartoneros, trabajadores informales y cooperativas. Sobre el plano político, creó el Frente Patria Grande y se integró a distintas coaliciones del peronismo en los últimos años. Fue precandidato presidencial en 2023 dentro de Unión por la Patria y desde 2025 es diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. También colaboró con el Vaticano en temas de desarrollo humano y participó de encuentros impulsados por el papa Francisco.
¿Cuál es tu opinión sobre la encíclica del Papa León XIV, donde dice, entre otras cosas, que la tecnología no es neutra porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza? Y plantea un mundo de una elección, textualmente: “levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”.
Creo que, en primer lugar, se muestra un tono y una reflexión crítica sobre el rumbo que está tomando el desarrollo de los medios de producción tecnológicamente avanzados, de los dispositivos vinculados a eso y de la forma en que se manejan los flujos de información y los mecanismos de modificación de la conducta. Este gran poder, una cosa nueva, como dice el subtítulo de la encíclica, crea una reflexión que tiene un tono crítico.
Hay tres símbolos que son importantes tener en cuenta. En primer lugar, el nombre del autor. No es casual que León XIV haya elegido ese nombre, en sucesión de un León anterior que hizo la famosa Rerum Novarum, que fue la primera encíclica, es decir, el primer documento importante en términos de doctrina social de la Iglesia, que, en muchos puntos, es un tesoro de sabiduría para toda la doctrina humanista que nosotros profesamos y tratamos de practicar.
Entonces, este es un primer elemento simbólico muy potente. Lo que está haciendo León XIV es actualizar la doctrina social de la Iglesia tomando, y esto lo hace en los primeros dos capítulos, todo el bagaje de la doctrina social de la Iglesia desde el siglo XIX hasta hoy, que siempre tuvo en el centro a los humildes.
Por eso, el segundo punto importante de lo simbólico es el nombre de la encíclica, que es Magnifica Humanitas, porque hace referencia a una oración muy importante para los católicos, que es una oración de María que llaman Magnificat, que es muy hermosa. Le sugiero a la audiencia que la busque, pero que básicamente habla de que Dios tuerce el brazo de los soberbios y exalta a los humildes.
Es decir, en ese título vemos esa orientación crítica a la concentración del poder en pocas manos, que hoy tiene la capacidad, insisto, de moldear nuestra conducta y evaluarnos como seres humanos únicamente en base al rendimiento y no a nuestros valores intrínsecos. Ese es otro tema que toma con mucha fuerza la encíclica.
El ser humano tiene una dignidad infinita con independencia de sus méritos, incluso de sus errores. Esto es algo que choca mucho con la mentalidad actual hiperindividualista y meritocrática. El ser humano tiene derechos por el solo hecho de ser humano y esto es el humanismo elemental. La dignidad de las personas tiene un valor sagrado.
En nuestras charlas y en nuestro debate con Milei, este es uno de los puntos fundamentales de choque entre un planteo humanista y un planteo que nosotros vemos como deshumanizador, donde el ser humano es un medio y no un fin.
Entonces, esta idea de torcer el brazo de los soberbios y exaltar a los humildes tiene que ver poderosamente con confrontar las estructuras de pecado, que es un concepto teológico, es decir, las estructuras de injusticia social.
Y el tercer elemento simbólico muy fuerte son las dos imágenes que elige León. Francisco siempre decía que una buena homilía tenía una idea, una imagen y un sentimiento. Y en estas dos imágenes que muestra León, una es la torre de Babel, que representa la soberbia humana.
La torre humana donde el ser humano, además de ser un medio, porque para construir la torre se requirió el trabajo de cientos de miles de esclavos, y la reconstrucción de los muros de Jerusalén. Estas dos imágenes, la de la soberbia humana que no tiene conciencia de su límite y que pretende igualarse a Dios, y de esa manera va perdiendo su dignidad, se va confrontando y se va dividiendo, porque esta prepotencia no construye unidad, sino que en todo caso homogeneiza.
Y la otra alusión bíblica es a la reconstrucción que hace Nehemías de los muros de Jerusalén, que habían sido devastados por una invasión imperialista despótica. Nehemías elige una forma de construir que es dividir los tramos del muro entre las distintas familias de Jerusalén y reconstruirlo no como algo que separa, sino como algo que protege.
Y ahí viene, en esto de la protección y el cuidado, otra línea argumental muy importante de la encíclica, que es que frente a un nuevo mundo, frente a las rerum novarum de nuestros tiempos, las cosas nuevas de nuestros tiempos, es necesario cuidar y proteger. Porque el poder que tienen estos nuevos dispositivos, que desde luego prometen mejorar la calidad de vida de los seres humanos si se gestionan correctamente, también trae nuevos peligros de deshumanización y requiere formas de protección amorosas, cuidadas y morales que se simbolizan en estos muros de Jerusalén.
Así como eligió el nombre León XIV como continuidad de León XIII con Rerum Novarum y con la doctrina social de la Iglesia, ¿creés que, de confirmarse en noviembre su viaje a la Argentina, también sería otra elección para marcar continuidad, por un lado, con León XIII y ahora con Francisco?
Lo que se ve en la encíclica es que hay una búsqueda de continuidad muy fuerte con el magisterio de Francisco. Está citado innumerables veces. Creo que es el pontífice más citado en toda una encíclica que tiene una parte muy densa conceptualmente, en la que muestra la evolución del pensamiento de la Iglesia. Y Francisco está en el centro de eso con sus aportes, los que marcan algo que irrita mucho, insisto, que es la opción preferencial por los pobres vinculada a su dignidad intrínseca, que es un punto filosófico que parte aguas.
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O sea, estamos los que consideramos que el ser humano tiene una dignidad por el solo hecho de serlo y que de eso emergen derechos, y esos derechos son obligatorios para la sociedad. Y están los que piensan que el ser humano es un medio para fines, los que tienen la idea del capital humano y no del ser humano.
Desde luego que veo una continuidad. Ojalá se confirme ese viaje, que todavía está por confirmarse. Y, es cierto, Francisco siempre decía, un poco en broma y un poco en serio, que había vivido más de 70 años en la Argentina. Creo que León no conoce nuestro país y ojalá lo podamos recibir también como alguien que viene con el pensamiento de Francisco como parte de su mochila conceptual y teológica.
Y seguramente va a defender los principios de la doctrina social que están en la encíclica, que son, en resumen, cinco principios: el principio del bien común, el principio del destino universal de los bienes, el principio de solidaridad, el principio de justicia social y el principio de subsidiariedad.
Para los que venimos de los movimientos populares que Francisco promovió tanto, el principio de subsidiariedad es muy importante porque nos diferencia de los planteos estatistas. El principio de subsidiariedad quiere decir que las organizaciones intermedias, tan atacadas por este gobierno, que las tilda de intermediarios sin entender que la existencia de mediaciones entre el Estado y la sociedad es un elemento de democratización.
El asociativismo es un elemento mediante el cual se pueden resolver problemas que desde arriba el Estado no resuelve y que el mercado también deja de lado.
Esos principios que proclama en su encíclica, que no es sobre inteligencia artificial sino sobre el ser humano en tiempos de la inteligencia artificial, seguramente van a ser un viento fresco que llegue a una Argentina que está un poco intoxicada por algo que en el último capítulo de la encíclica llama “la cultura del poder”.
Y esto de la cultura del poder, disculpame que me extienda, pero me parece muy importante para los tiempos que vivimos, es la contracara de cierta hipocresía, tal vez una hipocresía progresista que existió en otros momentos, donde los derechos se proclamaban pero no se practicaban.
Ahora bien, eso que estaba fundado, por ejemplo, como dice León, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que León considera uno de los puntos más altos de conciencia humana después de la Segunda Guerra Mundial, donde se entiende que los derechos humanos son de naturaleza universal e inalienable, existe como sistema de valores. Pero también existe un sistema contrapuesto que él llama la cultura del poder, que ya es el poder descarnado, la posibilidad de romper el derecho internacional público o decir que se va a destruir una civilización en un abrir y cerrar de ojos a través del poderío militar.
Es decir, una cultura donde lo que importa es el éxito a cualquier costo y se pierden estos cinco principios de los que yo hablaba en aras de la acumulación de poder económico, político, comunicacional y algorítmico.
Normalmente en las costumbres católicas el duelo más extremo requería por lo menos un año. Y siento que León XIV está levantando progresivamente el perfil al año de la muerte de Francisco. Durante el primer año parecía un Papa muy escondido, muy distinto a Francisco desde el punto de vista de la exposición pública, y en los últimos meses lo vemos en un incremento de su perfil: la disputa contra Trump, esta encíclica, el eventual anuncio de un viaje a la Argentina. ¿Encontrás alguna relación en que pasó un año y que durante el primer año él tenía cierto pudor en ocupar el lugar de Francisco?
Creo que ese tiempo de transición de una figura tan potente y maravillosa como la de Francisco era una necesidad. Pero también veo que, como lo decía muy bien Francisco, en la contradicción hay algo de violento y agresivo, pero también hay una posibilidad de buscar nuevos caminos y síntesis.
La agresión que recibió León por parte de Trump, fundamentalmente por plantear la dignidad de cualquier ser humano, aunque sea un humilde migrante, y la importancia de que la Iglesia practique eso —por ejemplo, refugiándolos en caso de persecución, en esas persecuciones tan terribles, esas redadas tan terribles que algunos políticos de ultraderecha en Argentina quieren imitar— lo ayudó también a mostrar y reafirmar su personalidad como alguien que no se deja intimidar por los poderes de este mundo. Como alguien que no se deja intimidar por la cultura del poder. Como alguien que, como decía San Agustín y también dice la encíclica, busca anticipar el Reino, que es la ciudad del amor.
La ciudad del amor no se consigue siendo “modosito” y dejando que nuestros valores sean agredidos permanentemente, sino también con la confrontación con los modelos antagónicos y deshumanizantes. Los modelos que, de alguna manera, ponen de forma desfachatada sobre la mesa la deshumanización.
Entonces, ese elemento de reafirmación del sistema de valores a través de la reafirmación de su personalidad como sumo pontífice, junto al necesario duelo que vos planteás, le permite un mayor despliegue, que es lo que podemos ver en esta encíclica, que golpea —y esto lo sé de primera mano— fuertemente en Silicon Valley, porque la voz del Papa sigue siendo una voz moral muy potente.
En la presentación de la encíclica hubo uno de los fundadores de Anthropic, que se llama Olaf. Hizo una intervención interesante, porque no fue una intervención chupamedias, fue una intervención que marcaba algunos elementos que hay que observar con cuidado. A mí me pareció una buena intervención: marcó que efectivamente el cuidado de los pobres —hay que decir la palabra pobres, hay que decir la palabra excluidos, no hay que tenerle miedo a esas palabras— debería ser una de las operaciones centrales de nuestra era.
Porque la disrupción que va a generar la inteligencia artificial en el mundo del trabajo todavía no la podemos prever, pero claramente va a ser mucha. Y que los incentivos en el desarrollo de la inteligencia artificial y de todo el mundo tecnológicamente avanzado están mal puestos: están basados fundamentalmente en el lucro y la acumulación de poder.
Y la importancia de que haya una voz moral mirando eso desde afuera, que diga “paren un poco la mano, porque si no esto se puede desmadrar”. Que lo diga uno de los fundadores de Anthropic y que acepte la necesidad de un discernimiento que venga de afuera de la tecnocracia —de lo que Francisco llamaba el paradigma tecnocrático— puede servir para que el desarrollo técnico se ponga al servicio de las personas, de los pueblos y de las comunidades, y no de una manera irresponsable y forzada al servicio de una tecnocracia que busca consolidar sus espacios en el mundo contemporáneo.
No hace tanto, cuando te entrevisté acá en el piso, incluso te diría hasta con los ojos húmedos frente a la muerte de tus dos padres —tu padre de la vida real y tu padre simbólico, el Papa Francisco— en el mismo año, vos estabas pesimista y triste respecto de la pasividad de muchos líderes de la Iglesia en remarcar y criticar lo que estaba sucediendo en la política en la Argentina. Después de la homilía de ayer de Jorge García Cuerva, me gustaría una reflexión tuya sobre lo que dijo ayer y si ves un cambio en la Iglesia, no solo en el caso del arzobispo de Buenos Aires, sino también en La Plata, Córdoba y Mendoza, como una especie de despertar de la Iglesia en el reclamo hacia el Gobierno.
Creo que cuando la Iglesia, por su carisma y su posicionamiento, cuando el Sumo Pontífice asume una actitud, eso derrama de alguna manera a los distintos obispos del mundo y a los sacerdotes. Y efectivamente veo un cierto cambio de actitud, y con esto quiero hablar con mucho respeto y humildad, porque yo tengo un rol que no es el mismo rol que tiene un obispo.
Yo soy un dirigente de la oposición política. Los obispos no son parte de la oposición política: tienen que iluminar los caminos de todo el pueblo de Dios y, en algún punto, también buscar la forma de ayudarnos a crecer a todos los argentinos, independientemente de nuestras creencias.
Pero sí veo que están tomando con mayor seriedad algunos de los elementos deshumanizantes de este momento político, y que se están planteando con firmeza. Creo que todavía falta una búsqueda de mediación entre los sectores sociales agredidos por el Gobierno —los movimientos populares particularmente— y el Gobierno mismo.
En lo que va de este Gobierno no ha habido ninguna instancia de diálogo de cara al bien común. Porque hay temas que, a ver, el obispo de La Plata y presidente de Cáritas, Gustavo Carrara, dio una alocución extraordinaria en el momento en que se estaba debatiendo la ley de inviolabilidad de la propiedad privada para que se sostenga el sistema de integración sociourbana, que aunque está desfinanciado todavía tiene funciones.
Esto quiere decir integrar los barrios, que son más de 6.000, los barrios marginados, sin agua, sin luz, sin cloacas, vistos como zonas rojas, descartados. Eso fue muy importante para que se elimine el capítulo dos de esa ley, que iba a ser muy dañino porque iba a someter a cinco millones de argentinos a una situación de mucho sufrimiento.
Retomar ese diálogo o buscar formas en que los problemas fundamentales de nuestra sociedad sean abordados. Un tema que yo creo que con esta encíclica vamos a poder trabajar en conjunto también los legisladores con la Iglesia es el de la educación digital integral y los mecanismos de mitigación de daños para niños, niñas y adolescentes: adicciones a las redes sociales, desafíos de autoflagelación o las apuestas online.
Son problemas que estamos viendo todos los padres, todos los docentes y toda la comunidad educativa en general. Y yo, como vicepresidente de la Comisión de Informática de la Cámara de Diputados, intento buscar caminos de diálogo con el oficialismo, incluso con personas con las que ideológicamente estoy en las antípodas.
Buscar mecanismos de, por lo menos, en situaciones que son de una obviedad tan absoluta como la necesidad de proteger —como Nehemías con las murallas en Jerusalén— a la fragilidad, que son los más chicos en tiempos de la inteligencia artificial.
Advertencia de la Iglesia en la previa al Tedeum del 25 de mayo
Ojalá que la Iglesia también, a partir de la encíclica, pueda impulsar esos procesos de cambio. Y la respuesta a tu pregunta es sí: veo otra voz, otra melodía, y eso me gusta. Porque creo que también tiene que ver con esto que vos decías: el episcopado argentino también tiene que hacer honor a Francisco, que siempre fue deslumbrante en sus enseñanzas y en su modo de vida, y de alguna manera es difícil ocupar ese espacio.
Llenar ese vacío va a ser imposible, pero sí hacer honor a su legado.
Pienso —esto es una conjetura personal— que la continua postergación del viaje de Francisco a la Argentina podía tener alguna reminiscencia en su memoria de lo que fue el regreso de Perón, y cómo cada uno quería apropiárselo y terminó siendo un símbolo más de desunión que de unión. Una visita de León XIV en noviembre a la Argentina, ¿podría ser interpretada desde el punto de vista político como una especie de viaje en espíritu de Francisco a la Argentina y tener un efecto político complejo para el Gobierno de Milei?
Yo creo que hay situaciones que trascienden las polaridades nacionales. Creo que la visita de León sería un abrazo a todo el pueblo creyente y a todo el pueblo argentino.
Efectivamente, vos planteás algo de los intentos de apropiación que pueden existir o de las interpretaciones legítimas que se pueden realizar, porque hay cosas que son por conveniencias mezquinas y otras interpretaciones que también son legítimas, aunque puedan divergir.
Pero la verdad es que, más allá de si se dan estas interpretaciones y estos aprovechamientos, la visita de León va a traer bien a nuestro país. Así que me parece que trasciende un poco las grietas que tenemos en Argentina.