¿Las pantallas nos vuelven cada vez más estúpidos?

El impacto de las redes sociales, la IA y el uso constante de internet en nuestro cerebro

Adolescente con telefono celular Foto: Pixabay

“Wanda Nara dijo que la China…”, “Seis maneras de llegar divina al verano”, “Milei negó que exista el cambio climático”, “Aprovechá las rebajas del 50%…”, “Te regalamos un auto”, “A tu ex le gusta tu última foto”, así, las veinticuatro horas, los siete días de la semana, desde hace más de una década. ¿Nuestro cerebro sale indemne de esta sobreexposición permanente a estímulos e información?

La velocidad con la que la tecnología transformó nuestras vidas en los últimos años genera vértigo, y muchas preguntas. Entre ellas, una inquietud que aparece cada vez con más fuerza detrás de nuestro uso frenético de internet, redes sociales y, más recientemente, inteligencia artificial: ¿Estamos perdiendo atención y memoria? ¿Delegar tareas en aplicaciones como ChatGPT o Gemini nos vuelve dependientes y termina atrofiando nuestra capacidad de razonamiento y creatividad?

Para muchos de los que no somos nativos digitales, la respuesta intuitiva parece tan evidente como pesimista. Sin embargo, el mundo científico está lejos de un consenso. Como en tantos debates culturales, hay apocalípticos y optimistas.

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Los apocalípticos

Nicholas Carr sostiene que las pantallas reconfiguran el cerebro hacia la distracción permanente. En The Shallows (2010) argumenta que internet erosiona la lectura profunda y la memoria de trabajo: cuanto más navegamos, menos capacidad tenemos para sostener un pensamiento complejo. No afirma que nos volvamos biológicamente más tontos, sino que entrenamos un cerebro superficial, eficaz para saltar entre estímulos, pero débil para el razonamiento prolongado.

Jean Twenge, desde la psicología social, advierte que la generación criada con smartphones muestra peores indicadores cognitivos y emocionales. En iGen (2017) vincula el aumento del tiempo de pantalla con menor capacidad de atención, más ansiedad y menor tolerancia al esfuerzo mental. Su diagnóstico es cultural: una infancia mediada por pantallas reduce el entrenamiento de habilidades que antes se desarrollaban en el juego, la lectura y la interacción cara a cara.

Maryanne Wolf, neurocientífica, alerta sobre la pérdida de la “lectura profunda”. En Reader, Come Home (2018) explica que el cerebro lector se construye con práctica. Si la alfabetización digital reemplaza tempranamente a la lectura lenta, se debilitan circuitos clave para la comprensión, la inferencia y el pensamiento crítico. El riesgo no es la tecnología en sí, sino lo que dejamos de ejercitar.

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Los optimistas

El neurocientífico argentino Diego Golombek sostiene que no nos estamos volviendo más estúpidos, sino que nos estamos adaptando a un entorno que cambia a una velocidad inédita. Algunas funciones cognitivas pueden quedar menos entrenadas —como la atención sostenida—, pero no desaparecen: siguen disponibles cuando las necesitamos. Para él, estamos ante un desafío de adaptación más que ante un deterioro intelectual.

Es decir, cada gran revolución productiva reentrenó la mente humana. La revolución agrícola exigió memoria social, planificación estacional y cooperación estable: pensar a largo plazo reemplazó la supervivencia inmediata. La revolución urbana-escrita externalizó la memoria en registros, favoreciendo el razonamiento abstracto, la contabilidad y la burocracia. La revolución industrial premió la atención sostenida, la disciplina temporal y la alfabetización masiva: leer instrucciones y coordinar tareas complejas se volvió central. En el siglo XX, la sociedad de masas fortaleció habilidades simbólicas y técnicas, junto con la multitarea básica.

Si los cazadores nómades nos vieran dirían que somos tontos, que no duraríamos ni un día en el entorno salvaje hostil en el que vivían ellos, pero no somos tontos, simplemente entrenamos otras destrezas. Seguramente somos más lentos para percibir el peligro, tenemos menos puntería y menos control de nuestras emociones a la hora de enfrentarnos a un depredador, pero ganamos en otras habilidades cognitivas.

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Steven Pinker también rechaza la idea de un declive cognitivo general. En Enlightenment Now (2018) señala que no existe evidencia sólida de una caída global de la inteligencia y recuerda que cada revolución tecnológica despertó alarmas similares. Los test tradicionales, sostiene, no siempre captan nuevas formas de inteligencia adaptadas a entornos digitales complejos.

Otros neuroeducadores subrayan que la tecnología puede ampliar capacidades si se usa como herramienta y no como sustituto del pensamiento. La evidencia muestra que los entornos digitales pueden favorecer la resolución colaborativa de problemas y el acceso al conocimiento. El problema no es la pantalla, sino el modo en que la incorporamos.

Aun así, apocalípticos y optimistas coinciden en algo básico: conviene equilibrar el uso de pantallas con hábitos cognitivos más exigentes. Leer libros, por ejemplo, fortalece habilidades que el consumo digital fragmentado ejercita poco, como la comprensión profunda, la construcción narrativa y el pensamiento abstracto.

Así que, más allá del bando en el que uno se ubique, la conclusión práctica es simple: alternar pantallas con lectura no parece una mala estrategia. No para huir del futuro, sino para entrenar una mente capaz de habitarlo.

 

RM/ff