El episodio circuló como video y cruce entre cuentas con llegada: el usuario “Tipito Enojado” cuestionó la decisión provincial de incluir contenidos de cuarteto en las escuelas y, en ese marco, le deseó “cáncer” al gobernador Martín Llaryora; la respuesta llegó con insultos en espejo desde otro influencer.
Más allá del caso puntual -y de cómo cada actor se encarga de amplificarlo para su propia tribuna- lo relevante para la política no es el exabrupto aislado, sino el mecanismo: una frase extrema, breve, “recortable”, diseñada para escalar en el circuito de indignación, adhesión y réplica.
La pregunta de fondo es menos moral y más estructural: ¿qué cambió para que ese recurso se vuelva rentable, repetible, casi inevitable en la conversación pública?
Lo que midió FOPEA: 1 de cada 7 posteos con ofensas
Ese cambio aparece cuantificado en “El insulto como estrategia”, una pieza de visualización y análisis del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) basada en 113.649 tuits y retuits publicados por Javier Milei desde el 10 de diciembre de 2023 hasta el 15 de septiembre de 2025. Del total, 16.806 contienen insultos: 15,2%, es decir, aproximadamente 1 de cada 7 posteos.
El trabajo también marca un dato político: en agosto de 2025 Milei prometió bajar la agresividad; no dejó de insultar, pero el uso se redujo hacia fin de la serie (FOPEA señala una caída fuerte hacia noviembre respecto del mes de la promesa).
Si el número impresiona, el detalle explica el efecto: FOPEA identifica 271 insultos que se repiten y ordena “familias” discursivas que funcionan como un lenguaje propio, reconocible, exportable a militancia digital y vocerías informales.
Tres “familias” que organizan el mensaje
FOPEA detecta tres patrones que ayudan a entender por qué estos insultos no son solo catarsis:
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Animalización: deshumaniza al adversario y lo vuelve “manada” o “plaga”.
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Sexualización: busca humillar con claves de dominación.
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Lo repulsivo: degrada al otro a “basura”, “inmundicia”, “putrefacto”, etc.
El punto no es lingüístico: es estratégico. En política, la deshumanización reduce el costo de agredir, habilita la escalada y simplifica el conflicto a un “nosotros” puro versus “ellos” despreciable.
Cuando el poder insulta, el ecosistema aprende
En un tramo especialmente sensible para el periodismo, el informe indica que los ataques no se limitan a descalificación personal: incluyen deslegitimación profesional, acusación criminal, amenaza indirecta e incitación al ataque. Y agrega que, en los tuits dirigidos a actores del campo mediático, la mayoría contiene términos despectivos o estigmatizantes.
Ese “desde arriba” importa porque la investidura presidencial hace de multiplicador: cada post activa un enjambre de cuentas que repiten, amplifican y convierten la agresión en clima. FOPEA lo traduce en un efecto político clásico con forma digital: autocensura, corrimiento del debate y un “goteo” que apaga voces.
X como arena: el incentivo a lo incendiario
El informe también mete el dedo en un punto incómodo: no se trata solo de “usuarios malos”, sino de incentivos de la propia plataforma de Elon Musk. FOPEA describe cómo X pasó por cambios que deterioraron la experiencia (menos moderación, cambios de producto y reglas) y recupera el concepto de “enshittificación” popularizado por Cory Doctorow para explicar el deterioro progresivo de plataformas digitales.
Traducido a política: si el algoritmo premia el conflicto (más reacción, más alcance), el discurso aprende rápido qué funciona. No hace falta una conspiración para que se normalice el barro: alcanza con que el barro rinda.
La degradación como método
La novedad no es que la política sea áspera: lo nuevo es que la agresión se volvió un formato. Un atajo para ordenar lealtades, disciplinar críticas y mover agenda. En ese esquema, el insulto deja de ser un exceso y pasa a ser herramienta: construye identidad (“nosotros no somos ellos”), tapa matices (amigos/enemigos) y desplaza la discusión de políticas públicas hacia una pelea permanente por estatus y visibilidad.
El dilema, entonces, es también institucional. Porque cuando el debate se organiza alrededor de la humillación, el costo lo paga la conversación democrática: se empobrece la deliberación, sube el miedo a hablar y se hace más fácil gobernar por choque que por argumentación.
El informe completo puede leerse en mileiinsultaenx.fopea.org