Cuando cuatro periodistas de The New York Times —el influyente diario cuyo consejo editorial había definido como un “ataque ilegal e imprudente” la operación ordenada el 3 de enero en Venezuela—, le preguntaron si había algún límite a sus poderes globales, él respondió sin que se le moviera un solo pelo de su ya caricaturizado jopo.
“Sí, hay una cosa: mi moral. Mi mente. Es lo único que puede detenerme”, sentenció con soberbia sentado del otro lado del escritorio del mítico Despacho Oval.
“No necesito del Derecho Internacional”, deslizó en otro párrafo de brutal sinceridad el actual inquilino de la Casa Blanca, en la extensa entrevista concedida el miércoles pasado al medio neoyorquino, interrogado acerca de si respetaba las normas de convivencia pacífica entre naciones. “Lo hago”, respondió casi como un reflejo, pero luego aclaró (u oscureció): “Depende de cuál sea tu definición de Derecho Internacional”.
La semana que pasó estuvo cargada de noticias relevantes en el plano internacional, que en algunos casos demoraron 25 años, como el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea; o enmarcada por masivas manifestaciones que, pese a la violencia y represión en las que derivaron, pueden ser el comienzo de profundos cambios en diferentes latitudes (como Irán o el propio Estados Unidos).
Pero el protagonismo excluyente en el plano internacional estuvo encarnado por este excéntrico magnate que el 14 de junio cumplirá 80 años y cuyo segundo mandato alcanzará su primer año en menos de 10 días.
Apenas una semana después de la operación que terminó con la captura y el traslado a Estados Unidos de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, acusados de “narcoterrorismo”, las dudas acerca de lo que deparará el futuro a Venezuela y su gente, superan a las certezas.
¿El imperio de la ley o la ley del imperio?
Dudas persistentes
La intervención armada, calificada por Donald Trump como “brillante”, aplaudida por algunos medios como la “quirúrgica extracción del dictador” y cuestionada por otros (entre ellos muchos gobernantes) como una violación de principios básicos fijados en la Carta de Naciones Unidas (como la soberanía de los Estados, la no injerencia, o el uso no autorizado de la fuerza por más autocrático que haya sido el régimen derrocado), sigue dividiendo aguas y alimentado las más variadas teorías.
Lo cierto es que mientras hay quienes recrean con auxilio de Inteligencia Artificial cómo ocurrieron supuestamente los hechos que dejaron más de 100 muertos y otros tantos heridos (ninguno de ellos estadounidense), o centran su análisis en las tecnologías empleadas para inhibir los sistemas de defensa venezolanos, con una precisión y eficiencia que podría ser la puerta a nuevas acciones en otros puntos del planeta, millones de venezolanos tratan de descifrar lo que vendrá con preguntas que no siempre encuentran respuesta.
Consultados por Perfil Córdoba colegas que viven en Caracas y prefirieron preservar su identidad, afirmaron que allí hay sensaciones ambiguas, de alivio y expectativas entre algunos opositores, incertidumbre y temores en otros, y algo de sorpresa no exenta de tensiones internas entre quienes han sido cercanos o apoyaron al depuesto gobernante.
El hecho de que el propio Trump, en su primera explicación de lo ocurrido, ninguneara a la líder opositora María Corina Machado y avalara que la vicepresidenta Delcy Rodríguez se convierta en la encargada temporal de la presidencia en el Palacio de Miraflores, alimentó las tesis conspirativas de una presunta traición a Maduro en filas del chavismo, pero también abonó el desconcierto de millones de venezolanos en su país o en el exilio, que hoy se preguntan cuánto durará la transición, si habrá nuevas elecciones, o si lo ocurrido es un simple cambio de nombres pero no de régimen.
Alguna pista les dio el magnate republicano, cuando hace ocho días, al hablar del papel de su gobierno en el futuro cercano de Venezuela, usó más de 20 veces la palabra petróleo, mientras que “democracia” fue la más ostensiblemente omitida.
Plan A, B, C, etc…
Algunos mandatarios vernáculos, que practican el seguidismo incondicional de los dictados que hoy provienen desde Washington, podrían alegar que “todo marcha acorde al plan”. “Si Estados Unidos necesita mi apoyo, lo va a tener”, dijo Javier Milei en una nota con el periodista argentino Andrés Oppenheimer para la cadena CNN.
Lo que está claro es que los planes y prioridades de Trump son tan zigzagueantes y a menudo contradictorios como los exabruptos, descalificaciones o elogios que, o no logra contener su verborragia, o son parte de su estrategia aceitada de palos y zanahorias, premios y castigos, aliados o enemigos, para dividir y reinar.
Si a alguien le parecían exageradas las multitudinarias marchas que el año pasado rechazaban las pretensiones hegemónicas o cuasi monárquicas del magnate, un repaso de sus dichos sólo de esta semana quizá ayude a entender aquel rechazo. Sin embargo, hay quienes rescatan como virtud de sinceridad la personalidad avasallante de quien tiene claro cómo saltearse la legalidad interna e internacional y no tiene prurito alguno en afirmar: “Vamos a hacer algo con Groenlandia, por las buenas o por las malas”.
Así como admitió sin eufemismos que el motivo central de la intervención en Venezuela era el petróleo y sus negocios, Trump dedicó parte de sus múltiples comparecencias ante la prensa de estos días para ejercer presiones y lanzar amenazas a eventuales próximos destinatarios de la supremacía militar norteamericana. Lo hizo con Dinamarca, pero antes lo había hecho con Colombia, a cuyo presidente Gustavo Petro recomendó “cuidar el culo” (literal), antes de una conversación telefónica que ambos jefes de Estado mantuvieron el miércoles.
La intervención de EE.UU. en Venezuela y la caída de Maduro, el análisis en frases
Tras la llamada, que duró cerca de una hora, Trump informó que había tenido el “inmenso honor” de dialogar con Petro (a quien un par de días antes había tildado de enfermo y acusó de “fabricar cocaína”) y adelantó que esperaba recibirlo en la Casa Blanca.
En ese lugar, y al promediar la semana que hoy comienza, el mandatario republicano podría recibir a Corina Machado, a quien no vio en condiciones de liderar la transición en su país, pero de quien dijo que recibiría gustoso el Nobel de la Paz, pese a que el Comité de Oslo ya aclaró que ese galardón no puede cederse, transferirse, compartirse o regalarse.
Argumentos y pretextos
En sus a menudo incomprobables afirmaciones acompañadas de cifras y estadísticas de veracidad cuanto menos dudosa, Trump se autoconsidera legitimado para el Nobel por “haber frenado ocho guerras”.
Lo dice sin inmutarse, a la vez que saca temporalmente de la mira a Bogotá y la orienta hacia el México, presidido por Claudia Sheinbaum, a quien considera sometida bajo el poder de los carteles de las drogas, cuyos cargamentos ingresan por la frontera a Estados Unidos. Y entonces el magnate republicano, que a esa altura de la semana ya afirmó que Cuba quizá no requiera de intervención porque caerá sola, o cuyos funcionarios retuitean un mapa de las tres Américas con la leyenda “El Hemisferio es nuestro”, rebautizando la Doctrina Monroe como “Doctrina Donroe”, anuncia posibles ataques terrestres lanzados al interior de su vecino de la frontera sur.
Otra vez el narcotráfico o narcoterrorismo emerge como pretexto para intentar una intervención armada sin la autorización del Congreso estadounidense. La excusa quedó en evidencia a poco de que Maduro y Flores fueron notificados de los cargos en su contra y se declararan “no culpables” en un juzgado de Nueva York. El Departamento de Justicia estadounidense admitió que el “Cartel de los Soles”, que daba sustento a parte de esa acusación era una entelequia que no existía en realidad como tal.
La necesidad de dar una justificación legal a las futuras acciones que puedan venir se acentuó sobre todo después de que el Senado, con el voto de algunos republicanos, resolviera prohibir una nueva intervención en Venezuela que no tenga la venia de la Cámara alta.
En realidad, la pátina de legalidad sólo parece preocupar a algunos funcionarios de su administración pero no al propio Trump, quien no dejó de jactarse de los primeros frutos convertidos en millones de barriles de crudo con que —según dijo— el nuevo Ejecutivo encargado de Venezuela ha comenzado a “cooperar”.
Geopolítica y negocios
La importancia geoestratégica de los hidrocarburos y la energía fue algo sobre lo que el presidente estadounidense insistió ante ejecutivos de empresas petroleras con quienes se reunió anteayer.
El periodista y politólogo español Ignacio Ramonet ironizó sobre esa “cumbre” en las redes sociales en una comparación que tituló: “Recolonización del mundo”. “Viernes 9 de enero de 1885, en Berlín, en torno a Bismark, 14 potencias se reparten los territorios de África; viernes 9 de enero de 2026, en Washington, en torno a Trump, 14 empresas de hidrocarburos se reparten el petróleo de Venezuela”, publicó en “X”.
Más allá de la crítica ironía, el proceder de alguien con la personalidad de Trump y sus propias afirmaciones, desde el sitio de poder mundial que ocupa, desvían la atención desde Venezuela y su futuro hacia cualquier lugar que señale el dedo inquisidor del magnate. Y Latinoamérica toda está sujeta a ese juego de presiones e intereses expresado en la “Estrategia de Seguridad Nacional” con la que el año pasado Estados Unidos admitió que busca neutralizar la influencia de Rusia y, sobre todo, de China en la región.
Así, más que pensar en qué será de las y los venezolanos en los meses por venir, crece la inquietud por ver hacia dónde apuntará sus misiles y drones la fuerza armada más poderosa de la Tierra.
Mientras, fronteras adentro, las razzias contra extranjeros que llevan adelante los encapuchados de la cuestionada fuerza del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas “ICE” tuvieron esta semana otro capítulo espantoso. Fue con el asesinato a sangre fría que un agente de esa fuerza cometió contra Renee Nicole Good, una mujer estadounidense de 37 años, a quien los efectivos del “ICE” ultimaron con pretextos que fueron abonados por el propio gobierno de Trump.
Contra los abusos
El hecho ocurrió en Mineápolis, no muy lejos de donde en 2020 policías asfixiaron hasta la muerte a George Floyd, un afroamericano cuyo deceso desató las más masivas protestas contra el primer gobierno de Trump. Esas marchas, el jueves y ayer, parecieron renacer contra nuevos abusos.
Como entonces, hubo reclamos airados de políticos, defensores de derechos civiles y personalidades de la cultura, el espectáculo y el deporte que salieron a reclamar contra las políticas migratorias de Trump.
Pero el magnate que gobierna su país y pretende guiar al mundo con veleidades monárquicas o imperiales, ya aclaró que tiene como único límite su moral. Viniendo de alguien que ya ha sido condenado por diferentes delitos y sobre quien pesan fundadas sospechas en la trama Epstein, no suena muy esperanzador.
En este contexto, otro estadounidense de innegable influencia global ha venido a decir en las últimas horas lo que muchos líderes callan acerca del presente en que vivimos.
“La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende. Se ha roto el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas. La paz no se busca como un don y como un bien deseable en sí mismo, sino que se persigue mediante las armas, como condición para afirmar el propio dominio. Esto compromete gravemente el Estado de Derecho, que es la base de toda convivencia civil pacífica”. La reflexión pertenece nada menos que a León XIV, el primer Papa nacido en suelo de Estados Unidos, pero que en Perú se moldeó como jefe de la Iglesia Católica.