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Crisis con impacto regional y global

¿El imperio de la ley o la ley del imperio?

Trump resaltó la operación armada de su país en Caracas, que produjo la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. El magnate afirmó que EE.UU. va a gobernar Venezuela hasta garantizar una “transición segura”. El petróleo y su control en la mira.

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Donald Trump siguió en vivo el operativo de captura de Nicolás Maduro. | El País

La noticia de una intervención armada estadounidense sobre Caracas y otros puntos de Venezuela atravesó la madrugada no sólo de ese país sino del continente entero, con un indisimulable impacto y disímiles repercusiones que se sucedieron hora tras hora.

Los fogonazos de las bombas y los estallidos que postearon primero usuarios de las redes sociales y luego medios de comunicación, e incluso algunos dignatarios dieron paso al primer comunicado del propio Donald Trump, quien usó su propia red social para confirmar una operación militar a gran escala que calificó de “brillante” y que —según informó— había producido la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, y el traslado de ambos fuera de Venezuela.

Los relojes de la región en el tercer día de 2026 parecieron retroceder exactamente 36 años, cuando el intervencionismo norteamericano consumaba el arresto del entonces gobernante panameño, Manuel Antonio Noriega, quien había prestado sustanciales servicios a Estados Unidos y sus centrales de Inteligencia hasta dejar de ser funcional y ser marcado como una pieza clave del narcotráfico en la estratégica nación del canal bioceánico.

Más allá de las diferencias de escenarios y el costo en vidas y destrucción que dejó uno y otro ataque, parte de la justificación de esta nueva intervención, que supone un nefasto precedente de injerencia y violación de elementales normas de un Derecho Internacional cada vez más soslayado reconoce antecedentes en aquellos hechos acaecidos entre fines de 1989 y el 3 de enero de 1990.

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La narcoexcusa

La argumentación del combate al “narcoterrorismo” ha sido desde hace semanas utilizada por Trump y su gobierno para justificar un despliegue militar jamás visto en el Mar Caribe y explicar los ataques con misiles a más de una treintena de pequeñas embarcaciones en esas aguas y las del Océano Pacífico, que la Casa Blanca definió como “narcolanchas” que supuestamente pretendían trasladar cargamentos de droga a suelo norteamericano. Esos bombardeos, que tuvieron críticas de algunos gobiernos sudamericanos y de la propia oposición estadounidense, ya dejaron más de un centenar de muertos.

La calificación de “narcoterrorista” al régimen venezolano y a sus máximos dirigentes permitió, según algunas interpretaciones, inscribir las acciones de ayer a la madrugada no como una acción de guerra que hubiera requerido de la autorización del Congreso, sino como un operativo antidrogas. O, como diría más tarde en conferencia de prensa el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, se trató de “una misión especial de la que no se podía informar a los legisladores” (sic).

Rubio, un exlegislador ultraconservador de origen cubano, junto al jefe del Pentágono, Pete Hegseth, y altos jefes militares, fue uno de los funcionarios que flanquearon a Trump cuando éste dio su explicación de lo ocurrido en una comparecencia que dejó muchas dudas y algunas certezas igualmente preocupantes.

Tras hablar de una “operación militar extraordinaria” o un “asalto espectacular” que siguió en vivo y directo, Trump dijo que un ataque como el de ayer “no se ha visto desde la Segunda Guerra Mundial”. El magnate republicano aseguró que toda la capacidad militar de Venezuela fue dejada sin efecto y comparó el “éxito” de la operación con los ataques ordenados por él en su primer mandato contra el exlíder del Estado Islámico, Abu Bakr al Baghdadi, o el jefe militar iraní Qassem Soleimani, asesinado también un 3 de enero, pero de 2020; o el más reciente contra instalaciones nucleares en Teherán y otras ciudades iraníes.

Mientras resaltaba que ningún soldado de su país fue baja en la madrugada caraqueña del sábado, Trump repitió un latiguillo esgrimido a lo largo del primer año de su segundo mandato, de la mano de aranceles comerciales impuestos a enemigos y aliados o acciones marcadas a fuego: “Ahora somos un país que se respeta quizá como nunca antes”.

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¿Gobierno de quién?

A la vez que las pantallas de TV se dividían entre la conferencia de Trump y la imagen de Maduro esposado, con auriculares y ojos vendados, el jefe de la Casa Blanca lanzó una frase que hizo mucho ruido: “Nosotros vamos a gobernar ese país hasta que podamos tener una transición segura…”

“Queremos paz, libertad y justicia para el gran pueblo venezolano”, prosiguió el mandatario estadounidense, quien luego insistió: “Estamos allí ahora y vamos a quedarnos ahí hasta el momento en que se pueda dar una transición”.

Los interrogantes que abrieron cada una de estas frases se potenciaron luego de que, tras vincular a Maduro y su esposa con el llamado Cartel de los Soles, con la organización criminal Tren de Aragua, o imputarle haber vaciado cárceles e instituciones mentales venezolanas para enviar a sus ocupantes a delinquir a Estados Unidos, Trump centró su alocución en la riqueza petrolera del país sudamericano, cuya infraestructura dijo que se va a reconstruir.

“La industria petrolera va a empezar a generar dinero para el país”, prometió el magnate, al tiempo que hablaba de una “asociación de Venezuela con Estados Unidos”, o sostenía otra vez su argumento de que el régimen venezolano se quedó con petróleo de su país, y que ahora éste va a recuperar ese recurso. “La industria petrolera venezolana fue construida con el ingenio estadounidense”, sostuvo Trump, quien en varios pasajes de su alocución mezclaba arengas acerca de su influencia internacional con mensajes de política interna, pensando quizá en los comicios de medio término de este año.

“Estamos preparados para una segunda ola de ataques, mucho más grande”, afirmó el gobernante norteamericano al resaltar la de ayer como una operación “quirúrgica”. La referencia pareció apuntar al resto de los integrantes del gobierno de Maduro, como su “número 2”, Diosdado Cabello, o el jefe de las Fuerzas Armadas, Vladimir Padrino. No pareció ocurrir lo mismo con la vicepresidenta, Delci Rodríguez, a quien —sin nombrarla— Trump aludió como dispuesta a colaborar en esa transición que hoy no termina de visualizarse en sus reales dimensiones.

De hecho, ya entrada la siesta del sábado, Rodríguez ratificó su lealtad a Maduro como presidente. “Estamos listos para defender a Venezuela”, enfatizó en rechazo a las versiones de una negociación con Washington.

Edmundo González Urrutia llamó a los venezolanos a prepararse para la “reconstrucción nacional”

Así, mientras miles de venezolanos en el exilio celebraban en distintas capitales la caída de Maduro y esperaban un guiño al liderazgo opositor que adjudican a la polémica Nobel de la Paz María Corina Machado o al último candidato presidencial Edmundo González Urrutia, Trump resaltó el papel que Estados Unidos asumiría sin intermediarios.

No en vano, el histriónico mandatario estadounidense ponderó ayer ante preguntas de periodistas la importancia de la Doctrina Monroe, hizo tiros por elevación a otros países, como explícitas alusiones al presidente colombiano, Gustavo Petro, o un sugestivo hincapié de actuar en una región que llamó “propia”.

Recursos “propios”

“Nos queremos rodear de estabilidad y de energía”, sentenció el magnate con la mira en recursos naturales que abundan en América desde Alaska a Tierra del Fuego. Trump también mencionó al pasar sus últimas intervenciones en procesos electorales en la región en aras de ese objetivo de “asegurarse” el control de esos recursos naturales. El gobierno de Argentina fue uno de esos “beneficiarios” y por eso no sorprendió la rápida reacción de Javier Milei celebrando lo ocurrido ayer. Otros dirigentes regionales enrolados en la nueva derecha también saludaron, aunque de modo más cauto lo sucedido.

Por el contrario, el citado Petro, uno de los primeros en deplorar lo ocurrido y de pedir una reunión urgente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el español Pedro Sánchez, el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, la mejicana Claudia Sheinbaum, el uruguayo Yamandú Orsi y el chileno Gabriel Boric, quien en el pasado no vaciló en calificar al gobierno de Maduro como una dictadura, fustigaron lo sucedido como un antecedente muy pernicioso para el derecho internacional, que atenta contra principios como la soberanía de las naciones y la no injerencia en asuntos internos de cada país.

Paradigmas que también recordaron como aliados de Caracas, los gobiernos de Rusia, China o Irán, o —desde su rol— el propio Antonio Guterres, secretario general de una ONU cuyo papel parece reducirse o desdibujarse cada vez que los países hegemónicos hacen valer su peso para imponer la ley del más fuerte, la ley del garrote. La ley del imperio por encima del imperio de la ley.

Incluso quienes hoy festejan de modo ostensible lo ocurrido, pensando en sacar provecho de esta crisis, debieran recordar que hasta los más serviciales aliados de Estados Unidos en determinado momento de la historia, han sido sus víctimas cuando dejaron de ser funcionales a sus intereses. De Saddam Hussein al citado Noriega hay una larga lista de “ajusticiados” cuando su estrella cayó.