Pablo Gerchunoff contundente: "El verdadero problema de Milei no es la inflación, sino la fractura social"
El historiador económico traza un paralelismo crítico entre el liderazgo de Roca y la gestión de Javier Milei. A partir de su visión, el éxito del plan actual depende de la astucia política para integrar a los sectores desplazados y evitar que la fractura social eclipse la estabilidad financiera.
El historiador Pablo Gerchunoff analiza la recurrencia de los ciclos económicos argentinos y advierte que "el verdadero problema de Milei no es la inflación, sino la fractura social", marcando un contraste con la capacidad integradora de Julio A. Roca. Según el académico en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el éxito del plan no depende solo de la estabilidad monetaria, sino de una visión nacional que trascienda la eficiencia productiva.
El economista e historiador económico argentino, Pablo Gerchunoff, fue profesor en la Universidad de Buenos Aires y también en la Universidad Torcuato Di Tella, donde se consolidó como una de las voces más influyentes en el estudio de la historia económica argentina. Se desempeñó, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, como secretario de Programación Económica, participando en el diseño de políticas en un período marcado por la transición democrática y la crisis económica. Además, entre sus libros más conocidos se encuentra El ciclo de la ilusión y el desencanto, escrito junto a Lucas Llach, donde repasa las distintas etapas del desarrollo argentino desde fines del siglo XIX.
¿Qué lo llevó a actualizar Ved en trono a la noble Igualdad, desde su edición original de 2014 hasta hoy, más allá del paso del tiempo? ¿Tiene algo que ver con que hoy la economía es un tema más difundido?
Lo que ocurrió fue que lo volvimos a leer y lo encontramos bastante a tono con los tiempos. Entonces, efectivamente, lo reeditamos expandiéndolo. En aquel momento, cuando lo escribimos, teníamos una pequeña esperanza en que se estaba armando algo, mezcla de causas y azares, en la Argentina, que podía sacar al país de una situación de pantano en la que venía viviendo en aquel momento, en las etapas finales de la convertibilidad. Yo diría desde 1998 seguro, probablemente desde la crisis de México había una herida en la convertibilidad, pero bueno, dejemos eso de lado.
Te decía que en 2004-2005 pensábamos que el gobierno de Néstor Kirchner podía ser una especie de transición entre la etapa de reformas económicas de Menem-Cavallo y una macroeconomía más saludable que la que habían heredado Kirchner y Duhalde. Yo creo que Duhalde es un personaje muy importante, habían heredado, y que se parecía demasiado al patrón oro, era un cuasi patrón oro. Entonces, en algún momento había que salir de eso y, notablemente, se salió de forma virtuosa. Después ocurrió, como se dice ahora, pasaron cosas.
Al mismo tiempo ustedes se actualizaron.
Sí, y efectivamente lo que hicimos fue expandir el libro hasta algo parecido al presente. No es que no entremos en detalle sobre la política de Milei.Además, acá voy a hablar por mí. Nunca me siento en posición de hablar sobre el presente. El presente me cuesta. Me lleva tiempo reflexionarlo, madurarlo, formarme una idea propia.
En una revista de historia francesa, cuyo lema era “para conocer el futuro, la historia”, planteaba la idea de Pitágoras de que para trazar una línea hacían falta dos puntos. Entonces, el presente lo tenemos, el futuro no lo tenemos, pero si ponemos un punto en el pasado, podemos trazar alguna dirección. Vos mismo decías recién que encontraban que 20 años después el libro rimaba para de alguna manera. ¿Es correcto decir que que muchas de las ideas que hoy se aplican en economía tienen algún punto de contacto con las ideas que se aplicaron en los años 90 o que se aplicaron en los años 70 en la época de Martínez de Hoz?
Riman no quiere decir que sean lo mismo. Yo ahora saqué un libro nuevo que se llama La demora y la prisa, en donde está la historia general de la Argentina. Yo diría desde el nacimiento de la Argentina, cuando todavía no era Argentina, desde el grito de autonomía, el grito de independencia, en adelante. Y lo cierro en 2023.
A mí se me apareció algo que une a los tres fenómenos: la dictadura militar en su última etapa, cuando la globalización financiera empieza a mostrar su fisonomía, la experiencia de Menem y la experiencia de Macri. Y lo que tenían en común esas tres experiencias era que armaban, de hecho, una coalición entre el mundo de las finanzas y los sectores populares.
Explico, como se dice en “Ved en trono a la noble igualdad”, la única continuidad que podemos encontrar nosotros en la Argentina, diría desde los años 40 en adelante, es el tipo de cambio bajo, es decir, el dólar fuerte, el salario alto en dólares y, por lo tanto, el salario real alto por todo el tiempo en que se pueda.
Pensá en dos grandes corrientes en la Argentina: una corriente nacional popular y una corriente liberal progresista en el sentido de desarrollo. Chocaron todo el tiempo. Pero lo que ha ocurrido desde la globalización es que la inserción de la Argentina, cada tanto, en los mercados financieros permite sostener por algún tiempo un tipo de cambio bajo, que es agradable para los sectores medios y para los sectores populares, que mantienen el empleo. Esto es una coalición posible.
Hay un hilo que conecta todas esas experiencias. El problema es si puede durar o no eso. Solamente puede durar si hay un núcleo duro en la economía que aumente la productividad de manera tal de hacer sostenible un tipo de cambio real bajo.
Eso fracasó durante Martínez de Hoz, fracasó durante Menem-Cavallo —aunque no tanto, con un aumento de la productividad agraria, por ejemplo, muy importante en los años de Menem-Cavallo—, y fracasó con Macri. Y hoy tiene una nueva oportunidad, una nueva oportunidad que vincula la experiencia de Milei con, por ponerle una fecha arbitraria, 1880.
¿En qué sentido? En 1880, Julio Argentino Roca, y no solamente él —Pellegrini, Vicente Fidel López, Miguel Cané—, se encontraron con que había innovaciones tecnológicas en el mundo que, si podían ser capturadas internamente, se convertían en un activo político formidable. Estoy hablando, básicamente, del ferrocarril y del buque frigorífico.
Entonces, el talento político de Roca consistió en capturar eso, en incorporar la innovación tecnológica. Para eso hacía falta un país en paz, administrable, como hubiera dicho Roca: en paz y administración.
Y efectivamente, la Argentina progresó mucho, hasta 1912, que es el último año bueno entre 1880 y 1912. La Argentina pasó de ser un país hispanoamericano a ser un país cuya clase dirigente percibía ese país como una de las economías de frontera, al estilo de Australia, Canadá y los propios Estados Unidos. Lo decían con un poco de vergüenza.
¿Por qué este rodeo? Porque me lleva a Milei, porque también se encuentra con una oportunidad que viene de la tecnología: las innovaciones para la producción minera y petrolera, que hacen que la Argentina sueñe nuevamente con algo que fue una frustración para los patriotas, de 1810, 1815 y 1819, con la frustración de haber perdido la minería potosina.
Ese es el momento en que la Argentina deja de ser un proyecto minero, y quizás Milei no lo sabe del todo, pero está encarnando un viejo sueño argentino permanentemente frustrado.
Ahí viene el punto: ¿va a convertir eso en una oportunidad política, al estilo del Partido Autonomista Nacional, que pudo construir, desde aquellas innovaciones tecnológicas, una hegemonía política? Lo que me pasa es que hay una diferencia muy importante, y es que Roca se ocupó de los perdedores. Se ocupó de aquellos que no se incorporaban espontáneamente a ese proceso, y fue a las provincias marginales e hizo transacciones.
Una cosa muy interesante es que hace los ferrocarriles que sirven para la producción, pero también los que sirven para ampliar su coalición política. Llevar un ferrocarril a Tucumán no era rentable desde el punto de vista de la nueva producción, pero era políticamente muy rentable. Entonces, esa astucia de Roca no la veo todavía en Milei.
Milei ve a los perdedores del patrón de crecimiento eventual que puede fundarse sobre las nuevas materias primas como un hecho maldito, y me parece que ahí hay una falta de sabiduría política.
Marcás los dos tipos de dólares de equilibrio que, de alguna manera, cada uno de los modelos necesita o presenta: estos dos sectores, el nacional y popular, por un lado, y el liberal progresista, por el otro. Y uno de estos modelos que rima con el presente, que es el de Martínez, tuvo a Arriazu en su momento como uno de los inspiradores, y Arriazu hoy dice que no es correcto afirmar que el dólar esté atrasado, porque el dólar de equilibrio promedio que se hace sobre los últimos 50 años no tiene en cuenta que hoy la Argentina cuenta con estas dos nuevas turbinas, además del campo, que son la energía y los minerales. Por lo tanto, sostiene que el dólar de equilibrio natural de la Argentina en los próximos 50 años se tiene que parecer más al dólar de equilibrio previo a 1930 y no al de los últimos 50 años. ¿Te resulta plausible esa opinión?
Ricardo Arriazu es un optimista. Lo conozco hace muchos años y, por la visión que él tiene de la economía, está todo el tiempo a la búsqueda de un núcleo productivo que haga sostenible un tipo de cambio real bajo. Eso es siempre así.
Ahora, como lo viene diciendo hace mucho tiempo, lo único que tengo que decir a favor es que esta vez hay algo que es cierto. Sí creo que estamos demasiado apurados. Esto es: si la Argentina pasa a tener exportaciones por 2500 dólares por persona, habrá hecho una proeza, y sin embargo esa proeza nos deja muy lejos de los 9000 dólares de Australia o Canadá.
Es decir, cuidado con convertir esto en un nuevo 1880-1910, en el que damos por sentado que ya somos un país como Australia y Canadá. No lo somos. Es muy difícil que lo seamos, entre otras cosas porque hay que cargar también con esto que te decía hace un rato. Un país se construye con sus sectores productivos y eficientes, pero una nación es más que eso. Entonces, lo que no veo en el reflejo intelectual de Ricardo, menos todavía en el gobierno de Milei, es que se hagan cargo de la nación como conjunto.
Uno de tus libros es ¿Por qué Argentina no fue Australia?. Hay una de las discusiones en la industria automotriz: Australia directamente dejó de fabricar autos. La industria automotriz es la octava mayor industria del mundo. Argentina tiene el privilegio, junto con Brasil y México, de ser fabricante de autos. Esto genera un temor en la industria automotriz respecto de que Argentina siga a Australia sin tener las 9000 dólares de exportaciones per cápita, sino hoy 1000 o menos, y la expectativa de que sean 2500. ¿Qué opinás de la perspectiva del papel que tiene que cumplir la industria dentro de este esquema?
Me gustaría detenerme un poco en los años 60 del siglo XX, para decir que fue un momento —hasta que se chocó con la experiencia de Martínez de Hoz— en donde la esperanza de que la industria argentina cerrara su brecha de productividad con el agro supercompetitivo pasó a ser algo posible. Se debatía, y no era un loco el que dijera que el intento de cerrar la brecha era un intento que valía la pena. Hoy tenemos una industria que probablemente esté en mayores dificultades que entonces. Y, sin embargo, yo de ninguna manera haría una afirmación contundente sobre la industria como bloque.
Estoy convencido de que, viviendo en una economía más abierta, vamos a tener menos sectores, menos diversificación industrial que la que tuvimos en el pasado. Pero también estoy seguro de que, con una política sabia, hay muchos sectores industriales que van a sobrevivir y van a poder competir. Lo que ocurre es que, para vincularlo con la coyuntura del presente, abrir la economía como la abre Milei, con un tipo de cambio bajo, en el mejor de los casos es enfermedad holandesa y, en el peor de los casos, es una catástrofe social.
La industria va a tener un lugar en una Argentina productiva. Va a tenerlo. No va a ser como la que conocimos, pero va a tenerlo. No sé contestarte nada acerca de la industria automotriz. Puede que sobreviva, puede que sobreviva parcialmente, puede que no sobreviva. Digo, los australianos se dan el lujo, entre comillas, de prescindir y cerrar su industria automotriz porque tienen 9000 de exportaciones per cápita. Si yo las tengo, podría pensar lo mismo.
Este lunes entrevisté al economista coreano, discípulo de Stiglitz, Ha-Joon Chang, el que escribió Patear la escalera, el que tiene un planteo bastante similar al de Stiglitz y toma como base el crecimiento que tuvo Corea del Sur con la intervención del Estado y del mercado. Y le pregunté cuál era su opinión sobre la escuela económica austríaca. Y él me decía que, desde su perspectiva, había 20 escuelas económicas, que cada una tenía aspectos dignos de ser tenidos en cuenta, y que cuando le preguntaban cuáles eran sus economistas preferidos, él colocaba en primer orden a Marx y, segundo, a Hayek. Y cuando le decían: “Pero, ¿cómo mezcla a Marx con Hayek?”, decía: “Bueno, que cada uno había tenido mucha lucidez en encontrar solución o descripción a un problema, y que ningún buen economista podía ser fanático de ninguna escuela”. ¿Qué opinás vos de la escuela austríaca? Y si es correcta esta idea de que ningún economista pudiera considerarse fanático de una sola escuela.
Marx y Hayek, perfectamente posible. Keynes y Marx, bueno. Pero Keynes y Hayek, un diálogo muy razonable entre ellos. No había allí ningún fanatismo. No voy a hablar de la escuela austríaca porque creo que, efectivamente, es un conjunto muy heterogéneo de pensadores y semipensadores, entre los cuales Hayek es, por lejos, lo más importante.
Y, lo más interesante, hay un par de artículos de Hayek de los años 20, que son simplemente deslumbrantes, hasta el punto de que yo, a veces, le digo a mis alumnos que el hecho de que Hayek recibiera el Premio Nobel en 1974, si no me acuerdo mal, recién en 1974, era una injusticia para con Hayek, porque, si no hubiera sido por el torrente de pensamiento keynesiano, que muy esquemáticamente ponía a Hayek fuera del horizonte intelectual.
Es lo políticamente correcto.
Era políticamente correcto dejarlo fuera. Podría haber tenido el Premio Nobel antes, y siempre merecido porque era un pensador. Hablábamos muy al principio de tomarse el tiempo para mirar la realidad, examinarla y sacar una conclusión propia, no una tomada de afuera. Bueno, Hayek era ese tipo de personaje.
¿Rima algo Thatcher, Reagan, Chile de los 70 con Pinochet y este invariable que vos encontrabas de la dictadura, Menem, algunos chispazos de Macri y veremos de Milei?
Thatcher es un caso interesante porque es la señal fuerte de que estaba pasando algo con la socialdemocracia, de que la socialdemocracia entraba en una zona de fatiga. Y Thatcher supo ver eso, lo aprovechó, pero ni siquiera diría que es una combatiente contra el Estado, es una combatiente contra las corporaciones sindicales, sobre todo. Y, en realidad, su éxito duró bastante poco. Yo soy de los que creen que la guerra de Malvinas le dio una sobrevida a Thatcher.
Y Reagan es más o menos lo mismo. Todos esos son hijos del viraje que hay en el pensamiento económico cuando la globalización se impone después del Nixon Shock de 1971, que es muy importante para entender el presente, diría yo, y la agonía de los partidos políticos que habían prometido a gran parte de la sociedad cuidarlos desde la cuna hasta la tumba.
Había un problema con eso, y el problema era, básicamente, que las sociedades exitosas se vuelven individualistas. Entonces, hay un sustrato individualista en las sociedades pre-Reagan y pre-Thatcher que los llevó al poder.
¿Y en el caso de Chile?
Chile es una dictadura como la Argentina, si se quiere. En primer lugar, con una organización del poder que la hace más sólida. A Pinochet le costó: tuvo batallas internas dentro del mundo militar para imponer su voluntad.
Si uno mira la sucesión de políticas de la dictadura de Pinochet y la dictadura argentina, esa sucesión es muy similar en los dos países. Ejemplo: el primer momento es el ajuste fiscal y monetario, igual en ambos. Pero me voy al final.
Pocos meses antes del 20 de diciembre de 1978, cuando Martínez de Hoz anuncia la tablita cambiaria, que es la conexión de la Argentina con el mundo financiero —porque es el pensamiento de Arriazu, y no lo quiero vincular a Arriazu con la dictadura, porque es un funcionario de carrera que entró con Alfredo Gómez Morales al Banco Central.
La gran diferencia fue Pinochet y Uruguay, en buena medida también, llevan la tablita de tipo de cambio preanunciado hasta el momento en que la inflación más o menos converge con la internacional. Después hay crisis de la deuda y todo cambia, pero fueron perseverantes en su inclinación proglobalización financiera.
¿Qué pasó en la Argentina? Pasó Martínez de Hoz, se fue Videla, vino Viola; después llegaron Sigaut y Cavallo. El Cavallo productivista de 1981. ¿Y qué ocurre entonces con la tablita argentina? Se quiebra.
Esto es, no hay en la Argentina una perseverancia que profundice el vínculo con el mundo financiero. Por eso tenemos tantas experiencias de ese tipo, porque tienen que repetirse. Y lo interesante es que el núcleo duro, la coalición que apoya la quiebra de la tablita, es una coalición, no diría nacional popular, sino nacional desarrollista.
¿Toma Thatcher algo de Chile? En las cartas que ella intercambia con Hayek, dice “voy a aplicar sus ideas”.
Pero uno a veces no sabe si esas afirmaciones son verdaderas, porque, para ser honesto, no sé contestar esa pregunta.
Cuando se cumplieron 24 meses del plan de Milei, pusimos en pantalla —y volvimos a repetirlo ayer, cuando se conoció la inflación de más del 3% mensual— un gráfico que planteaba los planes antiinflacionarios argentinos en los primeros 24 meses. Estaba la convertibilidad, estaba el Plan Austral, estaba la salida de la convertibilidad a partir de Duhalde y el plan de Milei. A los 24 meses, más o menos, la convertibilidad había acumulado 100% de inflación al mes 25; el Plan Austral, alrededor del 300%. El Plan Austral cruzó en el mes 24 al de Milei. El Plan Austral había bajado la inflación mucho más que el plan de Milei inicialmente, pero luego perdió su rumbo al mes 24. ¿Qué enseñanzas uno puede encontrar en aquel fracaso posterior del Plan Austral y este plan antiinflacionario —si es que lo considerás plan antiinflacionario— que, al mes 27, en lugar de seguir bajando, está en una U y lleva siete meses consecutivos de igualar el mes anterior o superarlo?
Lo primero que quiero decirte es que el Austral y la convertibilidad fueron experimentos, programas de shock. Entonces, su trayectoria desinflacionaria es un poco antipático compararla con la actual, porque el Plan Austral tuvo una fase preparatoria de ajuste fiscal y de ajustes tarifarios que, cuando vos ponés el punto de partida en el 14 de junio de 1985, estás haciendo una trampa, porque te llevaba bastantes meses previos.
Lo mismo uno podría decir de la convertibilidad: hubo dos años previos de preparación.
El Plan Bonex, por ejemplo. Y además con la gente que no sabía que era una fase preparatoria, lo cual la hacía muy eficaz. Entonces, no me gusta comparar planes de ese tipo con este plan porque, para ser justos con Milei, tiene que hacer, en el transcurso de su propio plan ya anunciado, las cosas que Sourrouille y Cavallo habían heredado o hecho antes.
Puesto así, lo que me gustaría decirte es que Milei está equivocado: ve un problema donde no lo hay. En los planes en donde uno tiene que ajustar y preparar la fase preparatoria dentro del propio plan, las estabilizaciones tardan tiempo: tardan seis años, ocho años. Julio Velarde lo dice todo el tiempo: las estabilizaciones sudamericanas, ocho años.
Y él, porque creo que está equivocado como economista en este caso —y el problema es que es presidente y economista—, está desesperado porque la inflación no baje más aceleradamente. Y creo que ese no es su verdadero problema, que debería construir una filosofía de la paciencia y saber que la inflación va a bajar lentamente, va a seguir bajando.
Ahora, me gustaría hacerte un comentario sobre por qué vuelve a subir la inflación. Me parece que debería preocuparse más por la fractura de la sociedad que hay en este momento, en términos de dinámica de progreso o de incorporación social. Ese me parece que es el problema de Milei, no que la inflación baje lento.
La inflación volvió a subir. Y yo me digo a mí mismo: ¿cómo no va a volver a subir si desde marzo de 2025 a diciembre depreció la moneda 35%? ¿Y cómo no va a subir si, cuando uno deprecia la moneda un 35%, lo que va a tener es inercia inflacionaria? A Milei le cuesta pensar la inercia inflacionaria porque es una respuesta autónoma de la sociedad.
"No existe tal cosa como la sociedad", como decía Thatcher.
Entonces lo veo equivocado en el sentido de que debería estar tranquilo, porque incluso creo que la sociedad no le está pidiendo demasiado en términos de reducción drástica de la inflación.
Acá podríamos unir los dos temas: la despreocupación por lo que sufre la sociedad y la demora y la prisa. Yo recuerdo haber entrevistado a todos los economistas del Plan Real, y el que más me impresionó fue Paulo Arida, cuando decía: “Mire, está equivocado. El déficit fiscal no se reduce al principio, o sea, el equilibrio fiscal es el objetivo final de un plan de desinflación. Inicialmente hay déficit fiscal. Casualmente, por eso hay inflación. Si hay inflación es porque hay déficit fiscal. Nosotros tardamos dos años en llegar al equilibrio fiscal”.
Sí. No fue el punto de partida.
Milei cree que la inflación en todo momento y en todo lugar es un fenómeno monetario.
Vos sabés que los economistas usan, a veces, una jerga muy exótica y no se entiende de qué están hablando, pero de vez en cuando miran la realidad y se preguntan por qué tanto énfasis en el déficit fiscal. Y la palabra es dominancia fiscal.
Dominancia fiscal quiere decir que la Argentina no tiene ninguna otra fuente de financiamiento del déficit que la emisión monetaria, y la emisión monetaria, en algún momento, va a significar una disparada del dólar. Mientras no ocurra eso, el déficit fiscal puede ser un problema de deuda, pero no un problema inflacionario.
Persio Arida vivía en un país en donde, desde 1964, la dictadura indexó plenamente la economía y, por lo tanto, el dólar nunca fue un tema. Cuando Persio Arida llega, no es un tema. Y cuando, junto con André Lara Resende, piensa el plan de estabilización, lo que piensan es un plan de desindexación.
El Plan Real es un plan de desindexación. La Argentina no podía ser solamente eso. Debería contener un plan de estabilización, un cambio en la unidad de cuenta, una reforma monetaria, como fue el cambio al real.
Sí, con la fórmula que iba corrigiendo progresivamente.
Exactamente. Argentina no podía hacer solo eso.
Sería equivalente desdolarizar.
Milei pensó un cambio en la unidad de cuenta en la campaña electoral, que fue la dolarización. Afortunadamente no lo hizo. Pero Perú y Uruguay avanzaron en la política de estabilización y le inyectaron mecanismos de desdolarización.
A mí una cosa que me está pasando con el debate actual en la Argentina es que se habla de bimonetarismo con demasiada liviandad. Si por bimonetarismo se entiende que pueden coexistir dos unidades de cuenta, eso nos lleva a la hiperinflación en pesos, porque una de las dos monedas le va a ganar a la otra.
Tratando de encontrar la causa irreductible de por qué, por qué, por qué, por qué no fuimos a Australia, por qué fracasamos, por qué no fuimos, por qué la tablita no funcionó, por qué la convertibilidad no funcionó y por qué, en Brasil, de alguna manera el Plan Real funcionó, en el título de La demora y la prisa. Y, de alguna manera, tu consejo hacia el futuro. ¿Es la causa irreductible de nuestros problemas la inconstancia y la polarización, o el grado del péndulo, para decirlo de alguna manera, y que el remedio sería como mezclar a Marx y Hayek, que en realidad haya una especie de síntesis que nunca producimos, más moderada en la aplicación de las herramientas?
El problema es que eso pone el problema en el terreno de la sociología o de la psicología. A mí, cada vez que escucho a un economista hablar del tema cultural, le digo: “Vos me estás hablando de que para cambiar la Argentina se necesitan 450 años”. Entonces, no me gustaría colocarlo en el terreno de la política.
Y ahí yo lo que diría es: “La Argentina sufrió dos grandes shocks muy violentos a lo largo de su historia. Uno fue la ruptura que hace Bretaña con la Argentina en 1930, el bilateralismo y la preferencia por las colonias. Eso hace de los años 30 un caso especialmente grave para la Argentina, siendo que fue grave para el mundo”.
Se agregó.
Claro. Y la segunda fue la forma en que procesamos el Nixon Shock en 1971 en adelante, porque, o sea, la salida del patrón oro, cuando se flexibilizó el patrón oro, y entonces los capitales empiezan a decir: “Si va a haber tipos de cambio flotantes, dejen que abandonen los controles de capitales y déjenme moverme allí donde hay buenos negocios”. Esa fue la globalización: la presión de los capitales, legítima, a decir “déjenme hacer negocios donde quiera”, y esos son los tipos de cambio flotantes y la libre transacción entre monedas.
La Argentina vivió los efectos de eso, que fueron básicamente los shocks, los dos shocks petroleros, de manera catastrófica. Y aquí quiero poner el ingrediente político, porque en el momento del primer shock petrolero, anunciado por los países de la OPEP el 17 de octubre de 1973, la Argentina, a los pocos meses, perdía al líder político que podía haber equilibrado socialmente el inevitable ajuste que iba a tener el país.
Financial Times advirtió por la inflación en Argentina y cuestionó el plan de Milei
Entonces, la Argentina, en ese sentido, no diría que tiene psicológicamente un problema. Diría que, en este punto, tuvo mala suerte.
MV
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