Pedro Saborido presenta su nuevo libro, "Una historia de la felicidad"

El escritor y guionista reflexionó sobre la felicidad como "un momento de soberanía personal frente a un mundo hostil" y una experiencia siempre atravesada por el contexto.

Pedro Saborido Foto: CEDOC

Pedro Saborido presentó su nuevo libro, "Una historia de la felicidad", en el que indaga ese concepto que "viene con la supervivencia y después de la supervivencia. En diálogo con Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), el escritor y guionista afirmó que la felicidad “no es un logro permanente, sino un momento”, y planteó que funciona como un territorio de disputa social y política: “Mientras yo no soy feliz en este momento, un montón de gente lo es”. 

Pedro Saborido es escritor, guionista, productor y director de radio, teatro, cine y televisión. Es oriundo de Hurlingham, provincia de Buenos Aires. Cuenta con una vasta trayectoria en la cultura argentina. En la década del 90 formó parte del equipo creativo del legendario humorista Tato Bores. Se destacó junto a Diego Capusotto, con quien coescribió y produjo el programa de culto "Peter Capusotto y sus videos". Publicó una exitosa serie de libros que exploran la identidad argentina, como "Una historia del peronismo", "Una historia del fútbol" y "Una historia del conurbano". Actualmente participa en diversos ciclos radiales y podcasts. Es considerado uno de los intelectuales más agudos del humor contemporáneo en la Argentina. 

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¿En qué te metés? Porque una cosa es hacer "Una historia del conurbano" y otra es "Una historia de la felicidad", que es tu último libro. 

Sí, así es. Bueno, hay algo con lo que se puede parecer el conurbano y la felicidad, que es precisamente su construcción y su indefinición. El conurbano es algo que está como en constante crecimiento, que se sabe dónde empieza, pero no se sabe dónde termina. Es orgánico, a diferencia de la Capital Federal, que es una ciudad que hace 70 años que no crece, que sigue teniendo tres millones de habitantes, el conurbano, en ese período, se quintuplicó. Entonces es como una especie de fenómeno humano que nunca termina de poder definirse porque sigue en constante crecimiento. Es orgánico, como un animal.

Y la felicidad es algo que está en constante indefinición. ¿Por qué? Porque pareciera que es una sensación que tiene miles de formas de ser abordada, y esto es lo que fui corroborando a partir de empezar a charlar con la gente, amigos o gente con la que casualmente me pongo a hablar del tema cada vez que me pongo a escribir un libro. Nadie tiene muy claro de qué se trata la felicidad y, es más, a veces el problema es que no nos hacen felices las mismas cosas, y eso es lo que genera precisamente un problema entre nosotros: la disputa por la felicidad.

En la filosofía y en la economía es el tema nuclear. Por ejemplo, los estudios de economía sobre felicidad son abundantes. Obviamente nadie puede ser feliz en la indigencia, pero cubiertas ciertas necesidades más o menos básicas, más o menos todos coinciden en que lo material asegura la felicidad hasta cierto punto. La economía se ha dedicado a estudiar el tema de la felicidad en términos materiales y llegó a la conclusión de que ahí no está la clave. Pero sí podríamos ir a la idea del eudaimon, lo que sería la buena vida. 

En el libro salgo de algo básico, que es un poco lo que acabás de establecer. Es decir, el dinero no hace la felicidad, y su ausencia tampoco lo logra. Entonces hay algo básico: la felicidad viene un poco con la supervivencia y después de la supervivencia. Es como un plus que aparece después de que uno pueda haber tenido asegurada su supervivencia y se olvida por un momento, si querés, de lo que es sobrevivir, en este caso en el capitalismo. Es decir, una vez que uno tiene la certeza de que hay un par de cosas cubiertas, es un momento de suspensión del mundo y la buena vida, si querés, aparece en ese momento del disfrute en que uno puede suspender el mundo, sus presiones, sus exigencias, sus problemas. Nadie es feliz observando un problema. La felicidad es el momento en que puede dejar de observarlo. Y esto no tiene que ver con la negación, aunque a veces la negación podría colaborar para encontrar un momento de felicidad. Tiene que ver con ese estadio.

Y ahí aparece Jorge Luis Borges, que dice que la felicidad es una aspiración insensata. Más sensata es la aspiración a estar tranquilos, en paz, en serenidad y en armonía, y que todo eso se le puede parecer bastante a la felicidad. Es decir, aparece la felicidad no como una especie de objetivo que nos puede provocar ansiedad y que nos puede llevar hasta el sufrimiento, si fuera en algún momento necesario, porque a veces la felicidad la ponemos en un logro, en un objetivo, en la concreción de algo que requiere mucho esfuerzo. Fijate que no hay una simetría entre la cantidad de tiempo que uno le dedica a obtener algo y la satisfacción, el disfrute o el festejo de ese logro. Enseguida parece como que hemos construido una felicidad que, lejos de lo que dice Borges, debe ser frágil y efímera. La hemos construido así.

En coincidencia con lo que vos decís de Borges, se plantea que la felicidad es un estado. Un ejemplo horrible es que un vaso de agua en Auschwitz producía felicidad. La infelicidad también es un estado: uno está pasando por un momento difícil y en ese momento se produce la infelicidad, pero luego se equilibra. Una vez que desaparece esa alegría, la felicidad desaparece. Es lo que decía (Jacques) Lacan: que el deseo siempre es deseo de otra cosa. Una vez que eso ya estaba adquirido, desaparecía.

Una felicidad que se prolonga se convierte en normalidad. (Arthur) Schopenhauer decía que la vida era un péndulo entre el sufrimiento y el aburrimiento. Una vez que salimos del sufrimiento, tenemos un pequeño estadio de felicidad, hasta que de pronto esa felicidad se vuelve rutina y viene el aburrimiento. Conseguir un trabajo: estoy mal porque no tengo trabajo; una vez que consigo el trabajo, tengo la alegría de haberlo conseguido, pero ese clímax, ese pequeño fuego artificial, no va a durar mucho. Se va a convertir simplemente en estabilidad, y una felicidad estable se convierte en algo mundano. La naturalizamos y se convierte en normalidad.

Asumamos que hablemos de bienestar, que a lo mejor la felicidad es un exceso, con esa definición de los griegos de la eudaimonía, que en realidad es buen espíritu. Ahí había dos corrientes: la que consideraba que con solo la virtud alcanza para ser feliz, la de los estoicos, y luego la clásica de Aristóteles, en la cual hacía falta algunos bienes materiales externos. Ser bello, por ejemplo, ayudaba a la felicidad. Ese bienestar, ¿creés que viene de dentro, de la propia virtud, y no necesita nada más, o que necesita algún elemento externo?

Yo creo que somos más contexto de lo que suponemos. Me parecería que hay un nivel de omnipotencia fuerte en alguien que supone que alcanza solo con la propia decisión de adquirir virtud, que generalmente tiene que ver con una disciplina, porque la virtud surge de una disciplina que después, con el tiempo, se convierte en hábito, cuando ya no requiere tanto esfuerzo y pasa a ser inercia. Hay un montón de cosas que tienen que ver con el entorno, con una forma de vida. Yo lo siento muchas veces cuando estoy en Buenos Aires y cuando no estoy en Buenos Aires. Por contraste siento la diferencia entre una ciudad hostil, como es Buenos Aires hoy, y cualquier ciudad pequeña de la provincia de Buenos Aires, donde siento que tengo una energía disponible porque no tengo la necesidad de estar en alerta.

Eso me doy cuenta, y al no estar en alerta, al estar más armónico con el ambiente, siento que puedo tener un momento más claro, una mañana, y tener una felicidad que puede ser hasta mínima. No estoy dependiendo de ganarle a alguien, de conseguir un objetivo, de meterle un gol a otro, porque en ese caso mi felicidad va a depender de la infelicidad del otro. El triunfar. Yo recuerdo que cuando era chico fui a un colegio de monjas tercermundistas, y no había del todo una seguridad con el hecho de tener un abanderado, porque tener un abanderado implicaba tener a todo un colegio que no lo era. Vamos a depender de la frustración de un montón para que haya un ganador. Necesitamos un montón de perdedores. Pero cuando aparece esa felicidad autárquica, esa de una mañana en la que uno puede caminar con el fresco de las seis o siete de la mañana, siento ese momento del que hablás. Pero necesito eso, necesito el contexto. No sé si solo a partir de la virtud, algo casi parecido a la santidad, aparece ahí.

Depende de la virtud. La virtud del caballo era la velocidad.  

En ese sentido, ¿qué es para Mark Zuckerberg, por ejemplo?

Pero ¿por qué escribiste "Una historia de la felicidad" ahora? Creo conocerte lo suficiente como para pensar que tu imaginario es que no estamos viviendo un momento muy feliz en la Argentina con las cosas que están pasando.

La felicidad me parece como un momento de soberanía personal, en donde uno puede declarar frente al mundo un bienestar, un disfrute y un goce frente a un mundo que generalmente es hostil. Pero también lo escribí en base a suponer que la felicidad, lo que va a ser la felicidad, es una disputa. En este momento hay mucha gente que es feliz en la Argentina con las cosas que están pasando. Y ahí viene la disputa. ¿Qué es lo que nos va a hacer felices? ¿A qué le podemos llamar felicidad? La felicidad puede depender de que otros sufran, de que otros la pasen mal. Puede tener que ver con una revancha, la felicidad.

Entonces, el día de las elecciones vi festejar a mucha gente y dije: "Evidentemente la felicidad también es un territorio". Mientras yo no soy feliz en este momento, un montón de gente lo es. No digo que todo el que votó a este gobierno sea feliz porque hace determinadas cosas. A veces se hace por necesidad, por revancha o simplemente por experimentación, pero es un momento donde siento que la felicidad es precisamente el momento en donde uno puede terminar de decir que ha conseguido un triunfo. Pero no un triunfo porque lo ha hecho sobre otro, sino un triunfo sobre la hostilidad del mundo.

Fijate que la biología no incluye la felicidad en la reproducción de la especie ni en la habitabilidad del mundo. Eso es algo que hemos construido nosotros a partir de sentir que hay cosas que nos hacen bien, que nos gustan y que nos dejan en un estado de disfrute. Como vos, supongo, con la pasión con la que hacés periodismo. Es algo que evidentemente te gusta, te lo disfrutás y lo vas a querer volver a repetir, porque la felicidad en algún momento también es esa adicción. Es una adicción.

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¿Por qué escribís? Escribir te produce felicidad.

Hay un momento que sí. Hay un montón de cosas que tienen que ver con la edición de un libro que no son momentos de felicidad, y uno lo sabe, como la corrección, la edición, la tapa, la diagramación, la devolución, la llegada. Pero en medio de todo eso hay un momento que para mí sí es feliz. Yo siento la felicidad, casi hay un momento donde escribo determinadas cosas y siento un goce casi orgásmico, por decirlo de alguna manera. No es que empiezo a tener alaridos delante de la computadora, pero sí siento eso. Sería maravilloso todos los vecinos diciendo: “A Saborido se le ocurrió una idea”. Pero, sin embargo, siento eso. A veces es eso: la felicidad alrededor tiene un montón de cosas que no son agradables, pero que uno las transita precisamente para llegar a ese momento en donde se te ocurrió algo. Y ese es un momento para mí lindo y feliz.

¿Es terapéutico escribir?

Sí, totalmente. Yo siento que cuando me pongo a escribir y hago chistes y observo, es un montón de cosas que veo y que no podría canalizar de otra manera, que se volverían como una especie de obsesión. En cambio, ponerme a escribir sobre algo, hablar sobre algo, es como clausurar un tema. No sé si clausurarlo, pero por lo menos haberle dado una energía.

¿Te pasa que te ponés a escribir en el teclado y te aparecen ideas que si no te hubieras puesto en el teclado no tendrías?

Doy talleres de creatividad sobre Peter Capusotto y lo que les digo siempre a los talleristas es que se aventuren a la experiencia. Cuando uno escribe, en el escribir aparecen cosas que no aparecen mientras uno piensa lo que va a escribir. Es como andar en bicicleta, hacer el amor o nadar. Nadie puede pensar y hacer eso todo el tiempo. Uno puede tener una teoría, una imagen de hacia dónde va, pero el momento más interesante es cuando aparece eso inesperado que surge mientras se escribe.

Dicen que los grandes compositores del Renacimiento y de épocas previas, que después de componer en el piano la pregunta era: ¿de dónde venía eso? Lo que sus manos tocaban, ¿venía de Dios? Es autopoiético. ¿Te pasa cuando escribís algo, independientemente de que tenga belleza o no, que uno se pregunta: “¿De dónde salió esto?".

Sí, y eso es maravilloso. Y creo que lo más recomendable a cualquier persona que le ocurra es, más allá de que sea así o no, de que sea real o no, suponer que no viene de uno, que uno ha sido simplemente una especie de conexión. Yo siempre repito en los talleres que las historias están dando vueltas todo el tiempo en el aire. Uno es el que las va a ir a agarrar. Están dando vueltas, están en la calle, están en los personajes, están en los colectivos, están en todos lados. Todo el tiempo hay historias. Simplemente uno tiene que estar listo para agarrarlas.

¿Te pasa que cuando estás con un problema sentarte a escribir produce la solución?

Sí. El escribir te ordena el pensamiento. A mí escribir me ordena el resto de la vida, todo el tiempo. Es un momento en el que, por más desorden que tenga, cuando me siento a escribir se empieza a ordenar el resto de las cosas. Sí, se ordenan. No digo que puedo solucionar un problema escribiendo, pero sí tomar distancia. El primer paso para un problema siempre es tomar distancia del problema, y escribir a mí me hace tomar distancia de todo. Pero una distancia sana. No es alejarme ni evadirme, es tomar distancia para poder resolver.

Ese momento en que el mundo se para cuando se escribe, es lo que permite la concentración. Creo que era una frase de Pascal, que la presión es inversamente proporcional al espacio. Entonces, si uno hace foco, aparece una claridad absoluta y el mundo desaparece en ese momento y toda la energía está puesta ahí, como cuando caminás a la mañana por un pueblito de la provincia de Buenos Aires.

Sí, quizás es el momento donde uno adquiere la centralidad del universo. Ese momento lindo es un poco omnipotente. Pero en ese momento uno lo es. Uno es el centro del universo por un instante. ¿Dónde va a estar si no? ¿En Nueva York, en Almagro, en Lanús? ¿Dónde puede estar? Todo el tiempo estamos viviendo una agenda donde parece que lo importante siempre pasa en otro lado. Claro que pasan cosas importantes que determinan nuestra vida, pero hay un momento donde uno también es el centro del universo. No como algo de ser omnipotente o egomaníaco, sino porque está precisamente centrado. Cuando uno está bien, cuando uno está disfrutando y no está pensando ni en el tiempo ni en el espacio, no está pensando “me gustaría estar en otro lado” o “cuándo se va a terminar esto”. Ese instante de concentración es un momento de eternidad. 

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