Empresarios y poder político

Por qué los empresarios no protestan contra Milei: la respuesta del presidente de la UIA

Martín Rappallini negó que exista miedo y aseguró que la entidad busca “poner paño frío” ante los cruces, mientras acompaña reformas estructurales como la laboral e impositiva.

Martín Rappallini, presidente de la UIA. Foto: CEDOC

En medio de los cuestionamientos por la poca reacción empresaria ante las críticas de Javier Milei, el presidente de la UIA, Martín Rapallini, rechazó que exista temor y explicó que los industriales buscan “marcar nuestra posición desde un lugar en el cual no nos pongamos en el fragor de la discusión política”. Según sostuvo en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), la prioridad es atravesar “una etapa de reconversión” para “salir de una economía adicta a problemas económicos estructurales, a una economía normal”, convencido de que el empresario argentino “está a la altura de las circunstancias”.

Martín Rappallini es abogado egresado de la Universidad de Belgrano que cuenta con formación en coaching ontológico. Es un destacado empresario industrial, titular del Grupo Alberdi. Además, presidió la Unión Industrial de la Provincia de Buenos Aires en el período 2018-2025. Actualmente se desempeña como presidente de la Unión Industrial Argentina para el período 2025-2027. En su gestión impulsa un nuevo contrato productivo y propone una modernización laboral que brinde mayor previsibilidad para la generación de empleo.

Me pareció excelente tu texto de defensa a Rocca. Al mismo tiempo, creemos que en el caso de la crítica del Presidente a Rocca hay como una especie de punto de inflexión, que se trata de un hito significativo que trasciende a Rocca. O sea, que Rocca es un significante de toda la industria, no simplemente una persona física. Hay sectores que consideran que la UIA y la AEA y otros organismos que representan al mundo empresario no reaccionaron lo suficientemente fuerte, dada la importancia de la crítica que tuvo el Presidente.

De hecho, acá el diputado Pichetto ayer comentaba que los empresarios, no solamente los industriales, se quejan en privado, pero en público no hacen la misma crítica. De hecho, el propio texto de la respuesta de Paolo Rocca es muy moderado y rescata éxitos y aciertos del Gobierno. Es comprensible también que el mundo empresario trate de reducir los conflictos con el gobierno de turno de la mejor manera posible, pero hay una especie de crítica respecto a que los empresarios no se quejan lo suficiente.

Lo que veo es que a veces la lógica política, o a veces periodística del día a día, tiene una dinámica y una impronta que es distinta por ahí a la de nosotros, los empresarios, que estamos mirando más las políticas de mediano plazo. Estamos en la conversación con los gobiernos y tratamos de, por lo menos, estar o marcar nuestra posición desde un lugar en el cual no nos pongamos en lo que puede ser la discusión o el fragor de la discusión política.

Creo que quedó claro que es muy importante, en esta nueva etapa del país, donde entendemos que el sector privado tiene que ser el motor del desarrollo, que a los empresarios los tenemos que rodear de prestigio social. Y, como decía nuestro prócer, Juan Bautista Alberdi, hablar de rodear la historia de los empresarios con gloria, en el sentido del éxito que tienen, como lo hacen en muchos países del primer mundo, en los cuales los libros más vendidos son las historias empresariales de sus empresas, en España, en Estados Unidos. La historia de Steve Jobs creo que ha sido hasta películas. Creo que es algo a emular, a generar en la gente esa cultura emprendedora.

¿No es casualmente Paolo Rocca uno de los ejemplos más significantes de ese éxito a lo largo de décadas? Es una empresa que factura más de 40.000 millones de dólares anuales, en múltiples países del mundo, que tiene décadas. 

Hay un sinfín de empresarios que tienen un compromiso con el país. Vos sos un ejemplo, tenés un grupo empresario y, sin embargo, estás todos los días acá trabajando. Y como vos y como Paolo Rocca hay infinidad de empresarios que tienen un compromiso: todos los días a las 8 arrancan y terminan a las 10 de la noche trabajando. Pero no solamente empresarios grandes: medianas, pymes. Y esto es lo que creo que hay que resaltar. Por supuesto que Paolo es un ejemplo de alguien que a su edad todavía sigue trabajando todos los días.

Son los valores que queremos volver a rescatar en la Argentina: el compromiso, la dedicación, el trabajo, el mérito, la competitividad. Porque de alguna forma este empresario que está todo el día trabajando está tratando de que su empresa sea mejor. Si no, no iría 12 horas por día a trabajar. El foco en general está en la mejora continua. Y esto me parece que es el concepto que tenemos que abrazar como sociedad. Por eso creo que hay que emular esta característica que tienen los empresarios argentinos, totalmente resilientes y supervivientes a distintos avatares que ha tenido nuestra sociedad.

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Me quedé con el “a su edad”, porque casualmente el Presidente Milei le difundió un mensaje en el que le decían “jubilate, tano”. Cuando uno mira los casos, todos esos ejemplos que vos mencionás en Europa, en Estados Unidos, son personas que, casualmente, para tener una trayectoria tienen una edad. Desde tu perspectiva, ¿es un disvalor?

Para mí es un ejemplo de alguien que sigue con la pasión, preocupándose por su empresa, por sus productos, por mejorar. O sea, es una pasión que le enseña a la persona de 20 o 30 años que alguien que tiene mucho dinero, que podría estar haciendo cualquier otra cosa, está trabajando por el país, por su empresa y muy responsable también de las 100.000 personas que tiene en el grupo. Hay miles de empresarios en la Argentina que hacen lo mismo. 

Pero pocos con 100.000 empleados. Quiero decir, pocos con 40.000 millones de dólares de venta. Pocos con filiales en decenas de países. Pocos con empresas que han traspasado generaciones. Porque hay muchos casos de grandes empresas que fenecen, que son compradas y vendidas varias veces. Acá estamos hablando de uno de los casos, podemos decir, de más éxito argentino. Entonces voy con el punto: que el Presidente haya elegido criticarlo, sin necesidad, porque era una cuestión entre privados, no tenía por qué el Presidente meterse. ¿No creés que significa algo más que la crítica puntual al tema concreto de los caños, el precio, la discusión de dumping, sino que era enviar un mensaje? O sea, concretamente, ¿hay miedo en los empresarios argentinos?

Yo creo que no hay miedo. Lo que a nosotros nos pasa es que somos muy respetuosos de lo que significa la investidura presidencial, las instituciones, porque esto ha pasado en muchos gobiernos, que a veces presidentes tienen opiniones sobre empresarios. El caso de Coto en su momento, hubo muchas situaciones. Yo creo que nosotros, como institución, lo que queremos es, en este caso, poner paño frío en estas situaciones que no nos ayudan a nadie seguir ahondando y, por supuesto, profundizar la importancia que tiene darle prestigio social a los empresarios y también resaltar las cualidades que tienen nuestros empresarios argentinos.

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Hay en el discurso del Gobierno lo contrario a prestigiar el valor social de los empresarios argentinos. ¿No hay implícita y tácitamente, a veces, y explícitamente otras, cierto desprecio por los empresarios argentinos? Por ejemplo, la apertura de las importaciones muchas veces está con adjetivos agregados: para que hagan las cosas mejor porque las hacen mal, para que las hagan más baratas, para que compitan mejor. ¿No hay un dejo, como lo hubo en la época del ministro de Economía Martínez de Hoz, cuando mostraban que la silla nacional se rompía? Inclusive en algún momento también de Cavallo, respecto de que el problema de la economía argentina es que no tenemos buenos empresarios y cierto desprecio al empresariado nacional.

Esa es una visión equivocada, sin lugar a dudas, pensar que no tenemos buenos empresarios. De hecho, cuando vemos empresarios que tienen trascendencia internacional y que son muy exitosos en el mundo, hay infinidad de multinacionales que están totalmente colmadas por empresarios o funcionarios argentinos. Yo lo que sí creo es que la Argentina, a través del tiempo, ha ido creando un sistema de enormes distorsiones. Entonces el empresario se tiene que adaptar a ese tipo de economía, que ha sido una economía inflacionaria, llena de distorsiones. Y después, de un momento para otro, hay que transformarla e ir a un proceso de integración.

En ese proceso de integración hay que entender que seguimos conviviendo con las distorsiones y no es que no queremos formar parte de esta nueva etapa, pero hay que entender esa transición. O sea, quiera o no, toda la Argentina tiene una cultura adictiva. Nosotros hemos vivido muchos años con un proceso de adicciones económicas: la emisión monetaria, la inflación, alentar el consumo, y eso generaba toda una forma de funcionamiento de la economía que hoy estamos cambiando a una etapa donde se baje la inflación, tengamos que crecer por el crédito.

En ese traspaso hay que tratar de acompañar al empresariado, que es lo que nosotros venimos planteando desde hace ya un año y medio: que tenemos que bajarle los impuestos al que está integrado al mundo. Creo que a veces hay muchos sectores que atacan al empresariado. Yo recorro plantas todos los días, estoy con empresarios y también conozco empresarios, brasileños, colombianos, de Europa sobre todo, y la verdad que el argentino está a la altura de las circunstancias. Pero la capacidad que ha tenido que tener el empresario argentino para adaptarse a todos los cambios cambiarios, de inflación, de regulaciones, de cuestiones de la aduana, o sea, no debe haber países en el mundo que un empresario se tenga que adaptar a tantos cambios.

Después, cuando hay que entrar en una normalización de la economía, estamos en una etapa de reconversión. Yo creo que si entendemos y acompañamos, bueno, ahora se está haciendo, se está votando en el día de hoy una legislación laboral, con una reforma impositiva, el empresario argentino va a reaccionar positivamente. Estoy totalmente seguro de que quiere vivir en una economía ordenada, sin inflación, sin distorsiones, con una presión fiscal razonable y con las condiciones para poder competir.

Dijiste: “Nosotros tenemos en cuenta el mediano plazo”. Puedo entender los problemas que vive hoy la apertura de las importaciones sin la corrección de las distorsiones que hacen que las empresas argentinas sean menos competitivas; ponemos el ejemplo de Australia, de que lo hizo, pero después de un proceso de 10 años de adecuación para que las empresas, cuando se abría el mercado, pudieran competir.

Puedo entender que cuando vos te referís a mediano plazo decís: “Ahora tenemos un problema porque cierran pymes todos los días, porque las importaciones se han abierto de manera indiscriminada y el consumo baja y la producción baja, todo eso podríamos colocarlo dentro del corto plazo. Se equilibra con cosas de mediano plazo, como es pasar a tener una macroeconomía ordenada y sin inflación, o tener reformas como la reforma laboral”. Es decir, que hay una priorización de lo de mediano y largo plazo, que son las reformas, versus lo de corto plazo, que son los costos que generan efectos secundarios de política que pueden ser beneficiosos en un sentido, pero tienen costos por otro. ¿Lo estoy entendiendo bien?

Es una coordinación también de corto y mediano plazo, porque no es que estoy diciendo que el corto plazo no es importante. Lo que estoy diciendo es: tenemos que salir de una economía adicta a problemas económicos estructurales, a una economía normal. Ese camino tenemos que ver las soluciones a mediano plazo, y también eso es lo que estamos discutiendo con el gobierno para que ese corto plazo sea posible para llegar a una etapa mejor en términos de actividad, que son los temas que estamos hablando ir reduciendo impuestos. De alguna manera el proceso también es importante.

Pero también hay que ver cuando uno está haciendo ese esfuerzo y ese camino, a dónde vamos. Que seguramente va a ser una sociedad distinta a la que vivíamos. Porque lo que para mí tenía ese modelo, de alguna manera, de inflacionario, donde el Estado era el centro, el Estado se ocupaba de resolverle los problemas a distintos sectores, pero la globalidad era un fracaso total. Vos tenías a los jubilados, al empresario, y después tenías un problema de inflación terrible, desborde del Estado. O sea, cuando vos querés ordenar el país desde otro lugar donde dan las cuentas públicas, vas ordenando la economía, la integración al mundo es más complejo porque, de alguna forma, todos los sectores se tienen que acomodar a la competitividad, a otras reglas distintas que tenían cuando vivías en una economía inflacionaria, y este es el proceso de adaptación que tenemos que hacer, mirando el corto plazo, pero también con un objetivo claro a dónde queremos ir.

LT