PEDALEAR HASTA EL FUTURO

La historia del joven ciclista salteño que espera un trasplante para volver a casa

Tiene 23 años, ama el ciclismo y hace más de ocho meses espera una operación que puede cambiarle la vida. Mientras atraviesa tratamientos y largas jornadas de diálisis en Buenos Aires, encontró en el trabajo y el deporte una forma de resistir lejos de su familia.

Andrés en su visita a la Editorial Perfil. Foto: CEDOC

Cada cumpleaños suele venir acompañado por un deseo repetido: salud. Pero en la Argentina, acceder a ella no siempre depende solamente de la voluntad. Para muchos pacientes del interior, los tratamientos de alta complejidad implican dejar su casa, su rutina y sus afectos para instalarse en Buenos Aires. Andrés Tejerina, un joven salteño de 23 años, conoce esa realidad de cerca: viajó a la Ciudad de Buenos Aires para someterse a un trasplante de riñón y, desde entonces, vive entre estudios médicos, sesiones de diálisis y una espera que parece eterna.

La historia de Andrés empezó mucho antes. A los 14 años le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin y pasó meses entre quimioterapia, internaciones y tratamientos que lo obligaron a dejar de lado la escuela, el deporte y gran parte de su adolescencia. “Tuve que abandonar muchas cosas de mi vida normal”, recuerda. Con el tiempo, las secuelas de aquella enfermedad afectaron sus riñones y desde hace tres años depende de la diálisis para vivir. Después de recorrer distintos centros médicos, llegó a Buenos Aires con una advertencia que todavía resuena: si no encontraba una solución rápida, su vida corría peligro.

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Lejos de quedarse inmóvil, Andrés decidió construir una rutina en medio de la incertidumbre. Regresó a su ciudad y apostó al trabajo gastronómico, un oficio que había aprendido de un viejo amigo. Con solo 20 años era dueño del restaurante "Avanti Morocha" —ubicado en Salta—,  una rotisería casera que abría al público local, a una clínica, y en Navidad su trabajo se transformaba en servicio: entregaban bandejas de comida a personas en situación de calle.

Hoy combina los controles médicos en el Hospital CEMIC con horas de estudio de programación, lecturas sobre estoicismo y pequeños momentos de aire libre arriba de la bicicleta. El ciclismo, cuenta, sigue siendo una forma de sentirse libre: antes recorría más de 100 kilómetros en un día y, aunque ahora el cuerpo le marca otros límites, todavía encuentra en cada salida una manera de despejar la cabeza.

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Su discurso nunca cae en el dramatismo. Habla con calma, sonríe seguido y evita definirse desde la enfermedad. “Creo que la vida tiene problemas y nosotros tenemos que afrontarlos”, dice. También insiste en la importancia de la salud mental para atravesar procesos largos y desgastantes. En ese equilibrio entre paciencia y fortaleza, Andrés espera la cirugía que necesita: antes del trasplante deberán extraerle una masa tumoral para evitar complicaciones futuras. Mientras tanto, continúa aguardando autorizaciones y definiciones de la obra social.

A cientos de kilómetros de Salta y sin la posibilidad de tener a su familia cerca todos los días, Andrés aprendió a sostenerse con pequeñas certezas: pedalear, trabajar, estudiar y seguir pensando en el futuro. Antes de despedirse, señala el tatuaje que lleva en el antebrazo, inspirado en una canción de Avicii. La frase resume, de alguna manera, todo lo que atravesó hasta ahora: “Un día dejarás este mundo atrás, así que viví una vida que valga la pena recordar”.