Alexia Resnik es una fotoperiodista que vive a dos kilómetros de la Franja de Gaza. Aunque nació y vivió gran parte de su vida en Argentina, desde niña su padre, fiel creyente del judaísmo, le transmitió el sentido de la religión como una especie de mandato: “Ser judio esta en la sangre y no se puede cambiar”.
A los 19 años, y durante la pandemia de Covid-19, “Loli”, como la apodan, se mudó a Israel con la seguridad y confianza de que allí tendría una mejor vida como judía.
Formó parte del ejército como soldado en la línea terrestre y allí documentó entrenamientos del 2022 al 2024. Fue un soldado solitario que perdió amigos en medio del ataque terrorista del Festival Nova, en octubre de 2023.
La salud mental tras la guerra
En un contexto de fuerte tensión por la escalada de violencia, no existe el rendirse, los soldados deben acatar y finalizar sus tareas como en cualquier trabajo. A pesar de hacer equipo con otros soldados, la guerra se transita en vasta soledad. "Nadie me va a escuchar a mí o lo que yo pase es menos terrible que los demás. Es muy difícil hablarlo, es muy difícil salir y contar", confesó Loli durante una entrevista a Perfil.com.
La resiliencia de los judíos es una actitud de la que muchos hablan pero pocos profundizan, reconoce la fotógrafa. La mayoría queda afectada por un estrés postraumático que no puede ser tratada a tiempo por una falta de recursos y personal médico.
"Lo que queda despúes de un conflicto así es la sensación de un vacío impronunciable, un nudo en la garganta que recuerda que nada volverá a ser como antes, aunque uno lo intente: La vida sigue totalmente, sigue así como si nada, pero adentro sentís el agujerito que te queda en el corazón", concluye.
Entrevista completa a Alexia Resnik, exsoldado israelí
–Con todo el antisemitismo que hay en el mundo, vi tu historia en redes sociales y me pareció que me podrías contar tu tu mirada y experiencia viviendo en Israel como fotógrafa y soldado. Contame ¿cuantos años tenés? ¿Y te dedicas a la fotografía actualmente?
–Tengo veinticuatro. Ahora me dedico solo a la fotografía, antes estaba en el ejército. Y también fui mesera o bartender.
–Contame un poco a qué ya te fuiste a Israel ¿por qué te fuiste? ¿Qué te llevó a irte?
–A los 19 le dije a mi papá: "No quiero vivir en Argentina”. Yo no crecí en la comunidad judía ni en un colegio judío, pero mi papá siempre nos dijo algo a mi a y a mis hermanos que es que "ser judío está en la sangre y que no lo podemos cambiar".
Y eso me lo tomé muy a pecho, y a los 19 cuando le dije que no quería vivir en Argentina le dije: "Me quiero ir a Israel" , porque quería entrar al ejército, servir al país y vivir allá, hacer mi vida allá. Israel es el lugar más seguro para los judíos y donde uno más se siente en casa. Entonces le dije: "Quiero inmigrar a Israel”, lo que se llama ser Aliá, lo que es si sos judío por parte de tu madre o padre, donde llegás al país y te dan alojamiento, clases del idioma del hebreo, entre otras cosas. Entonces estás en un proyecto de contención los primeros meses para que puedas aprender el idioma, para que te puedas incorporar a la sociedad. Después de eso me tardó un año y medio hacer todo el proceso por el coronavirus, porque todo estaba atrasado en las oficinas.
Así que yo llegué al país a los 20 años directamente al lugar que dio el Estado para vivir, hice clases de hebreo 4 meses y me fui a trabajar unos meses al centro del país, a Tel Aviv. Y después de ahí me mudé con un grupo de chicos de Sudamérica a la Franja de Gaza, lo que se llama un kibbutz, lo que en Argentina sería un barrio cerrado. Estábamos a 2 kilómetros de la Franja y la verdad nos sentíamos seguros y nunca sentimos algo fuera de lo ordinario. Éramos 19 haciendo la preparación para el ejército, todos jóvenes entre 18 y 24 años con papás en el exterior, teníamos un título que significa soldado solitario: el soldado solitario es aquel que no tiene padre o madre en el país.
–¿Vos te fuiste con una especie de ciudadanía para judíos? Explicame lo del soldado solitario.
–Como mi papá y mi mamá se quedaron en Argentina, lo que hice fue emigrar sola. Todo joven que migra solo y se va a unir al ejército israelí que no está en contacto con padre o madre se llama soldado solitario.
–¿Y ahí vos te quedaste los primeros tiempos para adaptarte un poco?
–Claro, estuvimos en ese kibbutz hasta que empezó la guerra. Nos fuimos a vivir ahí en agosto del 2022 y en diciembre del 2022 entramos al ejército todos juntos. Después pasó en octubre lo que pasó…lo del 2023.
–Veo que siempre tuviste la idea de meterte al ejército. Me pregunto qué te habrán dicho tus papás cuando les dijiste que realmente querías estar ahí.
–Por un lado mi papá siempre me dijo que lo haga, mis abuelos paternos emigraron a Israel en el 2001 entonces se quedaron acá hasta que mi abuelo falleció. Y mi papá siempre tuvo en la cabeza la idea que lo haga porque me bancaba en lo que quiera. A mi mamá sí le costó un poco más aceptar el tema porque es sabido que Israel es un país en guerra y que a veces puede ser peligroso. De todas formas siempre sentí el apoyo de ambos en todas las decisiones que tomé.
–¿Entonces cuando empezó la guerra vos estabas ahí en primera persona?
–Yo en ese momento cuando empezó la guerra en octubre del 2023 era soldado. Todos los de la zona y de cualquier otra parte del país sabíamos que estaba la fiesta en Reym, la fiesta Nova. De hecho, yo había planeado ir. Como yo era soldado en ese momento, me llamaron unas semanas antes y me dijeron que tenía permiso para ir a Argentina a visitar a mis papás.Yo no los había visto hace un año. Entonces acepté, hice todos los papeles y tomé el vuelo unos pocos días antes del 7 de octubre.
Ese día estaba en Argentina, cuando vi todo lo que estaba pasando le dije a mis papás: "Perdón, mi cuerpo está acá, pero mi corazón y cabeza están allá, me tengo que volver". Entonces me volví el 10 de octubre a Israel, aunque no llegué al funeral de nadie de las personas que conocía que asesinaron. Tenía la culpa de saber que toda la gente que conocía murió y yo no.
–Volví directo al ejército donde era fotógrafa militar. Tuve que documentar todo lo que estaba sucediendo.
–Antes de dedicarte a la fotografía fuiste mesera e hiciste otro tipo de trabajos pero ¿qué te llevó a la fotografía documental?
–Yo soy fotógrafa desde los 16 años, pero cuando me dieron las opciones de hacer algún rol en el ejército les conté que había estudiado fotografía 2 años en Argentina. Quería hacer algo significativo con lo que ya sabía hacer. Escucharon, aceptaron y me dieron el rol de fotógrafa.
–¿Y vos eras la única fotógrafa ahí?
–En mi en mi unidad éramos cuatro, pero solo dos nos dedicabamos a la fotografía. En otras unidades hay más. Yo, por ejemplo, estaba en la unidad terrestre, después está la fuerza aérea y la fuerza marina. Me dedicaba a todo lo que son las operaciones terrestres y al cubrir te mandaban a primera línea o podías elegir dónde querías. Generalmente me decían lo que tenía que documentar, yo no elegía nada. Tenés un comandante que te da las órdenes, la orden viene desde arriba hasta que te llega a vos, que sos un soldado. "Si podría haber dicho que no, hubiese dicho que no".
Cuando dijeron que necesitaban a alguna de las fotógrafas para entrar a Gaza con el comandante de la base, nadie quería ir y tampoco nos preguntaron. De todas formas no me hicieron entrar porque mi entrenamiento era muy básico, pero al final fueron personas más capacitadas solo porque tenían que hacerlo.
–¿Qué sería entrar a la base? ¿Vos documentaste por afuera, por la frontera?
–Entrar a Gaza. Documenté todo lo que fueron los entrenamientos para entrar a la base, documenté cómo estaba todo después del Festival Nova. También hay unos lugares que son la preparación para Gaza, entonces tuve que entrar ahí también.
–¿Y cómo fue esa experiencia? ¿Qué sentiste en ese momento?
–La verdad le perdí todo el amor que tenía por la cámara. En su momento pensé que no tenía las fuerzas para documentar y la verdad estuvo muy difícil porque al mismo tiempo que cada uno está con su propio dolor, perdió a su gente y pasó su propia experienci. No tenés alguien con quien puedas hablar, que te entienda y te diga "Yo te escucho y te apoyo”. Te sentís completamente solo.
Y más en el ejército donde tenés que seguir. Es irte a dormir, levantarte, hacer tu rol, irte a dormir, levantarte, hacer tu rol. Así todos los días. En su momento le perdí todo el amor a la cámara que tenía, lo perdí. Dije "no quiero más", de todas formas tuve que seguir porque ¿quién te va a decir “okay, no lo hagas”? Es tu rol.
–De alguna forma, le perdiste el sentido a documentar.
–Claro, son imágenes fuertes. De haber pasado a sacar fotos en eventos que todo es felicidad a sacar fotos de una casa quemada y pensás qué está pasando acá.
Encima unos meses antes del 7 de octubre, había sacado foto a una familia en uno de los kibbutz de la Franja de Gaza que había festejado el bar mitzvah. Y en ese portfolio de fotos después del 7 de octubre había gente que asesinaron. Entonces pensé cómo sigo sacando fotos.
–¿Cómo seguis documentando el horror?
–Más que nada documentas el terror de las cosas que pasaron y pensás que no lo podes creer. Las cosas que uno mira puede ser algo literalmente de película y de la nada está ahí y decís: "Es mi gente, es mi casa, es mi familia”. No lo podés creer, tenés el shock de no entender qué pasó acá y cómo pasó.
–¿Por cuánto tiempo experimentaste esa sensación de no poder dimensionar lo que estabas viviendo?
–Me parece que recién ahora, en noviembre de 2025 puedo hablar abiertamente de las cosas que pasé. Hace un mes decidí empezar a subir cosas a las redes sociales para concientizar, todo pasó el 7 de octubre del 2023 y recién estoy hablando a fines de 2025. En cierta manera el hecho de que no haya terminado la guerra, también te sigue dejando en ese momento porque todavía no se terminó. Siempre estás a la expectativa de que te puede pasar algo más, que podés perder a alguien más y no sabes qué va a pasar.
–Hablaste sobre la falta de acompañamiento psicológico. En Argentina hay una gran cantidad de psicólogos, aproximadamente 223 profesionales por cada 100.000 habitantes, por lo que psicoanalizar es un hábito común, ¿cómo es el tratamiento psicológico en Israel en este contexto?
–En mi punto de vista tenés dos polos. Tenés el polo de los soldados y el de la sociedad, es decir, los ciudadanos que no son soldados. Por un lado tenés a un millón de soldados, chicos que a los 18 años entran al ejército. En relación a lo que viví no hay tanto apoyo psicológico, en especial después del 7 de octubre que debería haber más, colapsó el sistema. Tenés gente, soldados que pasaron cosas terribles y no la pueden tratar. Y después a los ciudadanos, un país que vive el post trauma, el estrés postraumático lo que se conoce en inglés como PTSD (Post-Traumatic Stress Disorder). Es un país colapsado de gente con estrés postraumático y no tenés suficientes psicólogos ni psiquiatras. Nadie se esperaba lo que sucedió.
Falta ese apoyo, la concientización y el reconocimiento de decir "estoy mal, tengo que hablarlo" porque todo el mundo se centra y cierra dentro suyo y piensa que todos están pasando por lo mismo. Nadie me va a escuchar a mí o lo que yo pase es menos terrible que los demás, pero sin embargo siguen guardando ese dolor y ese trauma adentro es lo que más pesa.
–Desde chico te armas una coraza que es difícil romper.
–Claro, pensá que cada soldado que entra al ejército a los 18 años vive cosas terribles, es muy difícil hablarlo, salir y contar. Es todo muy loco porque tenés casi todo el mundo con los ojos en Israel y en el estigma de que los soldados israelíes matan chiquitos en Gaza y no tiene nada que ver con la realidad. La gente del mundo no tiene idea lo que sucede acá. El pueblo judío desde hace mil años que siempre fue perseguido, si el pueblo judío no sale a defenderse de lo que son los terroristas, ¿quién los va a defender? Es terrible lo que está pasando y la visión del otro es que entiende pero están a favor de Palestina, "Liberen a Palestina". Pero por otro lado, ¿libérenlos de qué?¿de los terroristas? Eso que llaman Palestina es un territorio donde los terroristas de Hamás toman el control y hacen lo que quieren, como el 7 de octubre.
–Los palestinos ahí son un mero escudo humanitario. Además de lo colapsado que está por la falta de acompañamiento psicológico, es un país dividido por la religión.
–En Israel hay de todo. Podes ir dando vuelta por la calles y ver a un hombre rezando en su alfombra o a una señora que le cubre la cabeza el pelo y después tenés a un judío ortodoxo que tiene su sombrero. Ves de todo, es súper distinto a como lo ve la gente. Y a veces cuando estás en el exterior te preguntan de donde sos y te da miedo decir "Vivo en Israel”. Por el antisemitismo que hay en todos lados, salís a cualquier lugar afuera del país y hay ataques, gente que lincha a judíos, atentados terroristas. Entonces a uno le da cosa decir que es Israel.
–Eso pasa en mayor medida en Europa porque Latinoamérica supo consolidar un territorio de paz de cierta forma. Es un conflicto que no llega en la misma dimensión a toda Europa.
–En Europa el antisemitismo es terrible.
–¿Y cómo se vuelve a la vida cotidiana después de la guerra?
–La vida cotidiana sigue. Durante la guerra, si hay algo que tienen los israelíes es resiliencia. Todo sigue, la vida sigue pero nada es igual. Volvés a salir a tomar un café con tus amigas, volvés a salir a almorzar, a cenar, a un bar, pero todavía tenés algo en vos que se rompió. En especial a la gente que lamentablemente perdió seres queridos. Siempre te va a faltar algo, no importa qué. La vida sigue totalmente, sigue así como si nada, pero adentro sentís el agujerito que te queda.
Más que nada acá que tenemos territorios árabes muchas veces vienen y hacen atentados terroristas. Entonces, uno siempre siempre está maquinándose la cabeza. Miras para atrás, escuchas un ruido y ya te asustas. Siempre estás alerta. Muchos israelíes dan vueltas con armas porque si de la nada viene un árabe y hace un atentado terrorista, los que los frenan son los ciudadanos. La mayoría de las veces.
–Entonces siempre te estás moviendo con gente armada, ¿vos estás armada cuando salís?
–Si, aca es super normal. Yo no, pero mi novio tiene un arma.
–¿Y ahora tenés pensado seguir fotografiando o te estás tomando un descanso del trabajo?
–Empecé hace unos meses a retomar la fotografía y decidí focalizarme en la fotografía de casamientos porque predomina la felicidad, todo lo bueno lo ves en un solo lugar. Fotografiar eso en cierta manera me estabiliza, por pensar en todo lo que viene. Todas las cosas malas y todas las cosas buenas, se forma una balanza que te llena el corazón.
–Tratás de ver lo bueno dentro de lo malo. ¿Y tenés pensado quedarte en Medio Oriente?
–Sí, tengo pensado quedarme acá. En cierta manera lo que mi papá me transmitió de la religión, que está en la sangre y no lo podés cambiar me lo quedé en el corazón y lo siento muy real. Siento que no puedo dejarla acá. Más que nada después del 7 de octubre, creé mi vida acá desde cero, me rompí y la empecé a crear desde cero de vuelta y no importa cuántas veces me caiga y me levante, acá tiene que ser.
–Y si tuvieras que elegir una sola foto que represente todo lo que viviste, ¿cuál sería?
–Wow, tengo una foto de un tanque disparando un misil. Y había unos misiles que cargué al tanque donde escribí por toda la gente de Nir Yitzhak que es de mi kibbutz. Por toda la gente por los fallecidos, que fueron asesinados.