A 13 años del cónclave que consagró al Papa Francisco
El Papa porteño demostró “su compromiso con la comunión y la convivencia en la diversidad”, sostiene el autor. Hizo de la fe una labor diplomática, promovió el diálogo interreligioso y defendió a los más vulnerables. Su carisma de líder espiritual sigue iluminando.
El 13 de marzo de 2013, desde la Logia de las Bendiciones central de la Basílica de San Pedro, un cardenal argentino se asomó al mundo como Papa Francisco. Jorge Mario Bergoglio, el porteño más trascendente de la historia, iniciaba un pontificado que marcaría para siempre no solo a la Iglesia católica, sino al mundo entero.
Hoy, a 13 años de aquella elección histórica —y en un mundo marcado por guerras, divisiones y sufrimiento—, su legado cobra aún mayor relevancia y urgencia. Francisco fue, ante todo, un incansable artesano de la paz. En un planeta herido por conflictos armados, su voz resonó sin descanso llamando al diálogo, al entendimiento entre pueblos y religiones, y a la fraternidad como único camino viable. En ese sentido, el diálogo ecuménico e interreligioso constituyó uno de sus aportes fundamentales.
Reflejo perfecto de la identidad de Buenos Aires —ciudad de encuentro entre culturas y nacionalidades, y de convivencia pacífica entre religiones—, Francisco tendió puentes donde otros levantaban muros.
Cuando todavía era Bergoglio, en marzo de 2000 plantó, junto a líderes judíos, musulmanes y cristianos, el famoso Olivo por la Paz en Plaza de Mayo, frente a la Catedral, como símbolo de unidad y convivencia entre religiones.
Ya siendo Papa: firmó el Documento sobre la Fraternidad Humana con el Gran Imán de Al-Azhar; su primer viaje fue a Lampedusa como respuesta directa al flagelo de la inmigración; su último viaje fuera del Vaticano fue a Singapur, donde los católicos son minoría; fue el primer Papa en viajar a Irak, donde se reunió con el principal líder religioso chiita; viajó a Tailandia para encontrarse con el Patriarca Supremo Budista; visitó la Gran Sinagoga de Roma, donde habló de los judíos como "los hermanos mayores" del catolicismo en la fe.
“Podemos encontrar un buen acuerdo entre culturas y religiones diferentes (..) Las cosas que tenemos en común son tantas y tan importantes que es posible encontrar un modo de convivencia serena, ordenada y pacífica, acogiendo las diferencias y con la alegría de ser hermanos en cuanto hijos de un único Dios”, sostuvo en su encíclica Fratelli Tutti.
Todo esto es testimonio de su compromiso con la comunión y la convivencia en la diversidad. La labor diplomática de la fe, la promoción del diálogo interreligioso y la defensa de los más vulnerables convirtieron a Francisco en un líder espiritual y un auténtico diplomático de la paz.
Esa misión continúa hoy con el Papa León XIV, para quien la paz es, ante todo, una responsabilidad personal. “Solo los corazones pacíficos pueden construir un mundo de paz”, afirma el nuevo Pontífice. De este modo, León XIV continúa la apuesta de Francisco, profundizando en una exigencia moral que compromete directamente a cada persona y a las comunidades enteras.
Buenos Aires, su ciudad, recuerda hoy 13 de marzo, a Francisco con orgullo y gratitud: orgullo por haber dado al mundo al primer Papa argentino y porteño, pero sobre todo gratitud por haber sido Papa para el mundo y para nuestra historia, que no tuvo miedo de salir al encuentro del otro y que nos recordó, con gestos y palabras, que la fraternidad es el camino hacia un mundo más justo y solidario.
Su legado seguirá iluminando el camino de las generaciones futuras. Que su ejemplo nos siga desafiando: en medio de las guerras y las divisiones de nuestro tiempo, construyamos puentes.
*secretario General y de Relaciones Internacionales de la Ciudad de Buenos Aires
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