Cuando se escucha la palabra “hongo”, muchos piensan en gastronomía o en el moho que aparece en una pared húmeda. Sin embargo, en pleno siglo XXI la micología dio un salto cualitativo: dejó de ser una disciplina centrada exclusivamente en la recolección y clasificación de especies para convertirse en un pilar de la biotecnología y la bioeconomía.
Hoy, dentro del concepto de “micólogo” en Argentina se incorporan aspectos de procesos biológicos: alguien que diseña soluciones concretas para vincular la ciencia con la industria y con las necesidades sociales.
En el Laboratorio de Biotecnología de Hongos Comestibles y Medicinales (LBHCyM) del CERZOS, en Bahía Blanca, el trabajo es profundamente transdisciplinario. El eje es la valorización de biomasa: transformar residuos agroindustriales —como alperujo de olivo, orujo de uva o cáscara de girasol— en productos de alto valor agregado.
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Mediante fermentación en estado sólido, los hongos convierten desechos en recursos. Lo que antes representaba un pasivo ambiental puede transformarse en alimentos funcionales, biofertilizantes o insumos para nuevos desarrollos industriales. Así, la economía circular deja de ser un concepto teórico y se convierte en práctica concreta.
La investigación no se limita al aprovechamiento de residuos. En el campo de la salud se estudian extractos de Pleurotusostreatus (gírgola) por su potencial en estrategias complementarias frente al cáncer de mama, y polisacáridos de Ganoderma (reishi) para aplicaciones en biomateriales destinados a regeneración ósea. En el plano ambiental, se desarrollan camas biológicas para la degradación de contaminantes provenientes de agroquímicos. Se trata de ciencia aplicada a problemas reales, con impacto local y regional.
La micología resulta estratégica porque aborda desafíos productivos y ambientales que muchas veces pasan desapercibidos. La industria olivícola, por ejemplo, genera residuos altamente contaminantes. Cultivar hongos sobre estos subproductos no solo reduce el impacto ambiental, sino que genera proteína de calidad y bioinsumos. El residuo deja de ser un problema y se transforma en oportunidad.
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Algo similar ocurre en el sector de la construcción y el diseño. Los biomateriales basados en micelio permiten desarrollar paneles aislantes térmicos y acústicos, biodegradables y fabricados a partir de restos de poda vitivinícola. Estos materiales pueden reemplazar plásticos y espumas sintéticas, ofreciendo alternativas sostenibles con menor huella ambiental.
La frontera actual combina biología y tecnología avanzada. El uso de herramientas de machine learning e inteligencia artificial permite predecir el rendimiento de cultivos a partir de la caracterización espectral de los sustratos, optimizando procesos productivos y reduciendo costos.
Proyectos como la producción de Melena de León (Hericiumerinaceus) a partir de residuos de granos regionales demuestran que es posible desarrollar cadenas de valor completas con tecnología nacional. Generar alimentos gourmet y productos medicinales con conocimiento propio es una forma concreta de soberanía tecnológica.
Argentina se encuentra en un momento de madurez científica en el estudio de hongos. El reconocimiento general que se le da al área como Tema Estratégico por parte del CONICET no es casual.
El país posee una biodiversidad fúngica aún poco explorada y una potente matriz agroindustrial que genera grandes volúmenes de rastrojos. Allí existe una reserva de materia prima para el desarrollo biotecnológico nacional.
Además, existe una comunidad científica organizada, articulada a través de las Universidades, Centros de Investigación y la Asociación Micológica Carlos Spegazzini.
La realización en Argentina de la III Convención Internacional de Hongos Comestibles y Medicinales evidenció el liderazgo regional entre los países de sudamérica y el interés global por los desarrollos que se están gestando en el país.
El desafío hacia 2030 es escalar estos desarrollos.
Para lograrlo, se requiere articulación entre el sistema científico, el Estado y el sector privado. El objetivo es sustituir insumos importados, exportar tecnología argentina y consolidar polos regionales que funcionen como modelos replicables.
La meta es clara: que la producción sostenible de hongos deje de ser una curiosidad de laboratorio y se consolide como un motor de la bioeconomía argentina. Porque, en definitiva, la ciencia adquiere sentido cuando se traduce en herramientas que mejoran la calidad de vida y fortalecen el desarrollo nacional.
*Investigador del CONICET