Si bien el título menciona “red neuronal”, no voy a hablarles del cerebro, de personas o de IA sino de otro universo igual de complejo y sorprendente: el de los hongos.
Cuando escuchamos la palabra “hongos”, la mayoría piensa en champiñones, en el clásico hongo de Mario Bros, en el moho que aparece en el pan o en esos que afectan la piel. Y aunque estas imágenes no son incorrectas, representan apenas una mínima fracción de un reino extraordinariamente diverso.
Los hongos pueden adoptar formas impensadas, desplegar colores vibrantes o apagados, producir aromas intensos o casi imperceptibles, y presentar texturas que van desde lo gelatinoso hasta lo pétreo. Esa variedad es tan grande que muchas especies ni siquiera han sido descritas aún.
Antes de continuar, conviene responder una duda frecuente: ¿son plantas?, ¿son animales?, ¿qué son exactamente? Durante siglos se los clasificó dentro del reino vegetal porque, a simple vista, muchos hongos parecen “plantados” en un lugar. Sin embargo, la biología moderna determinó que evolutivamente están más emparentados con los animales que con las plantas. Aun así, no encajan del todo en ninguno de esos grupos, por lo que conforman su propio reino, el maravilloso reino Fungi, una categoría biológica independiente que reúne organismos con estrategias y comportamientos únicos.

Cuando observamos un hongo creciendo sobre un tronco o sobre el suelo, solo vemos su parte más visible: la estructura reproductiva, el equivalente a un “fruto”. El verdadero organismo se oculta bajo la superficie. Allí se extiende el micelio, una intrincada red formada por miles o millones de filamentos llamados “hifas”. Estas hifas funcionan como pequeñas células alargadas que crecen, se ramifican y se conectan entre sí, formando una red continua capaz de expandirse por metros o incluso kilómetros.
Esta red micelar puede infiltrarse en frutas en descomposición, en hojas muertas, en organismos vivos cuando actúa como parásito o en suelos sanos donde cumple un rol ecológico fundamental. En muchos bosques, el micelio se mezcla con las raíces de las plantas, generando una asociación conocida como micorriza, que beneficia tanto al hongo como a la planta. A través de esta conexión subterránea, se transportan nutrientes, agua e incluso compuestos químicos que funcionan como señales.
Es aquí donde surge lo más fascinante: el micelio no solo nutre, sino que también comunica. Distintos estudios han demostrado que los árboles pueden “enviarse mensajes” entre sí utilizando estas redes fúngicas.

Por ejemplo, si un árbol es atacado por un insecto o está siendo afectado por un patógeno, puede liberar señales químicas a sus raíces. Estas señales viajan por el micelio hasta alcanzar a otros árboles cercanos, que se preparan para activar sus defensas incluso antes de estar en peligro real.
Esta capacidad de transmitir información recuerda al modo en que las neuronas procesan y envían señales en el cerebro. Cada punto de la red micelar podría compararse con un nodo, y cada hifa, con una conexión que lleva mensajes de un sitio a otro. Aunque el micelio no “piensa” ni tiene conciencia, su organización y eficiencia comunicacional evocan el funcionamiento de un sistema nervioso.
Por eso vemos al micelio como la red neuronal de la Tierra. Es una infraestructura viva, vasta e interconectada, que permite que los ecosistemas se mantengan en equilibrio, cooperen y respondan colectivamente a los desafíos del entorno.
Una red ancestral, invisible a simple vista, que sostiene silenciosamente la vida tal como la conocemos y que, cuanto más la estudiamos, más se revela como una de las grandes maravillas de nuestro planeta.