OPINIóN
Información

Grita, grita que alguien te escuchará

En una sociedad irritada, la información deja de ser el centro de la conversación pública y compite con emociones que se viralizan más rápido que la verdad –que ya no importa, por otra parte.

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Tristemente, la imagen comienza a caer en un espiral de patética rutina. Hace algunos días, pasó de nuevo. Adentro del Congreso, comportamientos totalmente lejanos a lo que la ciudadanía demanda de sus representantes. Afuera, dantescas imágenes que remiten a tiempos que deberían haber quedado en el recuerdo. Un escenario que no solo queda en la órbita de una lógica parlamentaria sino que también encuentra su correlato en el resto de la sociedad y también en la arena informativa y la conversación pública.

Dicho diálogo está atravesado por una irritación constante. Existe ineludiblemente en el mundo analógico pero también se exacerba irracionalmente en la biosfera digital. Redes sociales, debates online y nuevos medios encuentran su existencia –y su esencia también– en esa confrontación. En ese laberinto también cae la información que reconfiguró su sentido en forma de ataques, indignaciones y sobre todo confirmación de posturas, dejando a la verdad en el banco de suplentes. Eso que se traduce en enojo funciona como una chispa de fuego en el combustible informativo.

El escenario plantea cierta paradoja informativa porque nunca en la historia de la humanidad tuvimos tanta información al alcance literalmente de nuestra mano. No obstante, nunca fuimos testigos de tantas piedras en el camino respecto a la construcción de ciertos pilares básicos sobre la realidad.

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Y no, el problema no es solo la desinformación de la que tanto hemos hablado (y seguramente lo continuaremos haciendo) sino el clima emocional en el que circula esa información. Indudablemente, la crisis informativa también es una crisis emocional de “lo público”. Y allí la cosa se pone un poco más espesa.

En una sociedad irritada, la verificación pierde fuerza frente a la emoción. El enojo se vuelve el principal combustible de viralidad y desplaza los mecanismos críticos de evaluación de la información.

En ese escenario los discursos de odio encuentran un valle fértil para desarrollarse y poder amplificar narrativas polarizadas que solo acrecientan ese sentimiento de más indignación. Ante esa encrucijada la información queda en terapia intensiva. En el mejor de los casos, la vorágine solamente compite con la información. En el peor, la liquida definitivamente.

El panorama es complejo: el ecosistema informativo actual no permite siquiera plantearse algún ápice de desaceleración, en un esquema colérico que no deja espacio a una mínima introspección. Pero donde está la radiografía del problema, podría estar un atisbo de solución y allí está el desafío. En aras de sociedades más informadas e instruidas, el periodismo explicativo resulta una herramienta esencial para volver a contextualizar y analizar la actualidad con responsabilidad.

El enojo se vuelve el principal combustible de viralidad y desplaza los mecanismos críticos de evaluación de la información"

No se trata de poner al periodismo en un estrado jerárquico con aires de docencia que no le pertenece sino de que sea una vía más para poder explicar con más tiempo y menor simplificación, sorteando la lógica de espectáculo y boom emocional.

El desafío no es producir más información sino reconstruir una conversación pública más saludable. En un territorio donde se premia más la reacción rápida por sobre la comprensión, quizás pueda existir un espacio de optimismo en un periodismo que pueda poner el énfasis en análisis complejos y notas más explicativas. Ya estarán quienes digan que la lógica de consumo no es propicia para este tipo de periodismo. Puede ser. Entonces ese será el verdadero desafío: encontrar la vuelta para adaptarse a estos tiempos de consumo pero gambetear esos contenidos que solo llevan a sociedades más irritadas, menos informadas y, por consiguiente, menos democráticas.