A medio siglo del golpe, el principal problema que enfrentan las fuerzas democráticas no son los herederos libertarios de Martínez de Hoz.
Las líneas de continuidad económica de la dictadura con este -y otros- gobiernos, han sido largamente estudiadas y mencionadas por analistas de diferentes perspectivas.
Funcionan como hilos estructurales no siempre visibles, pero siempre capaces de delimitar lo posible, lo pensable y lo decible dentro del campo económico. Por eso existe hoy un consenso relativamente estable sobre la persistencia de ciertos núcleos en la estructura económica argentina: valorización financiera, endeudamiento externo, apertura importadora, exportación primaria, disciplinamiento del trabajo, destrucción de la industria nacional.
Podría decirse que la política económica argentina se ha convertido en una competencia silenciosa y desleal por escuchar quién interpreta mejor esa vieja partitura perimida. Pero ese no es el problema más profundo.
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Ya a mediados de los años ochenta, en plena transición democrática, un distinguido e insospechado analista, de forma casi premonitoria, caracterizaba una figura social distinta, no la del clásico continuador obediente –estilo weberiano-, sino la del discípulo que, bajo la forma de la rebeldía, termina reproduciendo aquello que pretendía combatir.
Fue Roberto Fontanarrosa, el Negro, -aunque no lo crean- quien en 1986 publicaba un texto que describe con precisión sociológica el tipo social que mejor retrata la identidad política actual.
En un cuento corto titulado El discípulo (1986), cuenta la historia de Gabriel Beltrame, un rosarino fundador de un movimiento guerrillero asentado en la selva alta de Ecuador, de quien no se conocía ideología ni sus móviles políticos. Se lo relacionaba con Sendero Luminoso y con Tirofijo, el mítico combatiente colombiano. Pero la relación más inmediata se le establecía con Ernesto “Che” Guevara, se lo señalaba como su “discípulo”.
Sin embargo, Beltrame se encarga rápidamente de aclarar que él está en las antípodas ideológicas de la revolución cubana, del “Che” y de Fidel. Que no es de “esos” revolucionarios. Con un puro de quince centímetros en la mano y un acento forzado, confiesa que la causa de su movimiento armado se encuentra en las condiciones de vida de su más tierna infancia: en Rosario, durante los meses de invierno, lo despertaban a las seis de la mañana para caminar once cuadras y llegar a la escuela bajo un intenso frío, lo que le resultaba insoportable.
Esa falta de humanidad del sistema capitalista, o ese trauma de la niñez, es lo que, en definitiva, lo lleva a tomar las armas y pasar 25 años en la clandestinidad más cruda “luchando contra el sistema”.
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El desajuste, la enorme distancia entre la causa proclamada y la motivación profunda resulta hilarante en el cuento de Fontanarrosa, pero en la realidad política, cuando la estética revolucionaria, la parafernalia rebelde y las declaraciones anti sistema encubren las motivaciones egoístas más delirantes, los traumas personales más banales, las propuestas sociales más retrógradas y reaccionarias, la carcajada desaparece y deja lugar a la reflexión.
Ese discípulo social es, sin duda, la clave de la identidad política que pretende disputar hegemonía en la actualidad. Y es, además, el principal problema para la consolidación de una sociedad democrática real.
Sin embargo, sería un error tranquilizador suponer que esa figura se limita a una fuerza política o a una identidad ideológica precisa. Su verdadera fuerza radica en su capilaridad. En su capacidad de atravesar lenguajes, generaciones, tradiciones, géneros y pertenencias.
No se trata sólo del núcleo duro de libertarios, sino que fue encontrando formas de expresión –con sus matices y tensiones- en varios sectores del sistema político: desde vertientes del peronismo y el radicalismo conservador, hasta sectores del PRO.
Pero detenerse en esas expresiones sería concederle demasiado a ese triunfo. Porque junto a ese discípulo social que se reproduce, existe otra figura menos estridente pero históricamente más resistente: las de quienes han sostenido durante medio siglo la memoria, la verdad y la justicia frente al terrorismo de Estado.
Sin relatos épicos rimbombantes, sin gestos de falsa rebeldía, esa trama –hecha de organismos de derechos humanos, de Madres de plaza de Mayo, de Abuelas, de HIJOS, de militancias, de investigaciones académicas y luchas colectivas- ha demostrado que incluso los momentos más regresivos pueden ser revertidos.
Pasó así con los indultos del menemismo en los años noventa y volvió a ocurrir cuando se intentó reinstalar la impunidad bajo la forma jurídica del “2x1” durante el gobierno de Mauricio Macri.
Esa última batalla colectiva nos recuerda algo crucial: no se trata de crímenes de un pasado clausurado, sino de una disputa abierta en el presente que reaparece cada vez que se intenta relativizar, justificar, banalizar o directamente negar aquello que todavía organiza silenciosamente nuestra vida política democrática.
Hasta que aparezca el último de los más de 300 bebés que fueron arrancados de los vientres de sus madres y que todavía hoy no sabemos dónde están, hasta que sepamos qué les paso y dónde se encuentran los miles de desaparecidos que todavía no se han podido identificar, hasta que todos los responsables sean juzgados por sus crímenes atroces y aberrantes, incluso mucho tiempo después de eso, muchísimo, la sociedad argentina seguirá manteniendo viva la memoria, la verdad y la justicia de la causa que todavía organiza la vida democrática en común.