50 años del inicio de la última dictadura cívico-militar, esta no es una marcha más. La consigna que atraviesa la jornada es clara: “Que digan dónde están”. Medio siglo después del golpe del 24 de marzo de 1976, la pregunta por los desaparecidos sigue abierta y vuelve a instalarse en el centro de la plaza, la emblemática Plaza de Mayo.
Desde las 13, columnas de distintos puntos de la Ciudad de Buenos Aires avanzan y se encuentran. Sobre Avenida de Mayo y Tacuarí se concentraron Abuelas de Plaza de Mayo, H.I.J.O.S., Nietos y centros de estudiantes secundarios. Los más jóvenes ocuparon un lugar central: buscan proyectar la memoria hacia nuevas generaciones. También se sumaron facultades de la Universidad de Buenos Aires.

Se ven en alto también las banderas de otros organismos el CELS, las dos CTA, Encuentro Memoria, Verdad y Justicia, la UTEP junto a gremios de la CGT y muchos más. A la cabeza de la movilización, los tambores de La Chilinga marcaron el ritmo en una jornada atravesada también por el recuerdo de Daniel Buira, exbaterista de Los Piojos y creador de La Chilinga, fallecido días atrás. La gente está expectante por la llegada de la histórica bandera de las Madres: paños azules con las fotos de los desaparecidos.
La organización de este 24 de marzo tuvo una preparación que se extendió durante semanas en todo el país. Entre las iniciativas, se confeccionó una bandera de ocho cuadras con bordados colectivos. Además, los organismos propusieron que cada persona lleve la foto de un desaparecido con su nombre y la consigna central.


La plaza está embarrada y, aun así, la multitud avanza y se queda ahí. En el borde de la fuente, algunas personas descansan con los pies en el agua, con ese gesto —tan ligado a la apropiación popular de ese espacio— vuelve a decir que la plaza es de quienes la habitan. Alrededor, vendedores ambulantes circulan entre las columnas, las banderas flamean con fuerza y jóvenes trepados buscan altura para mirar el escenario.
—Mamá, ¿qué quiere decir eso? —pregunta un nene de unos ocho años al leer un cartel.
—“Que florezcan pañuelos” quiere decir que cada vez seamos más —le responde su mamá.
Desde los parlantes, una voz repite: “Que nos digan dónde están”.
En el escenario montado detrás de la Pirámide de Mayo, integrantes de Nietes —nietos y nietas restituidos por Abuelas de Plaza de Mayo— ponen en palabras una de las heridas más profundas que dejó el terrorismo de Estado: “La dictadura nos robó de nuestras familias como un botín de guerra”.
También advierten sobre una deuda que sigue abierta: “Hoy nos falta encontrar alrededor de 300 nietas y nietos apropiados”. Y subrayan: “No podemos permitir que este delito se siga transmitiendo de generación en generación”.
El contexto político atraviesa la movilización. A 50 años del golpe, el reclamo por memoria, verdad y justicia se reactualiza frente al Gobierno de Javier Milei, que cuestionó las políticas de derechos humanos y volvió a hablar de “memoria completa”, además de sostener que el kirchnerismo instaló un “relato” sobre la dictadura. En ese marco, los organismos buscan reafirmar el consenso construido durante décadas en torno a los crímenes del terrorismo de Estado.
La plaza, mientras tanto, a las 17 sigue llenándose. Las columnas siguen llegando, los carteles se multiplican y los nombres, presentes.
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