Crecer distinto: radiografía de una economía que avanza en dos velocidades
En las últimas semanas, el Indec publicó una seguidilla de indicadores que, leídos en conjunto, componen algo más interesante que la suma de sus partes: una imagen panorámica de una economía cuyo crecimiento no se distribuye de manera uniforme ni entre los sectores ni entre bolsillos.
Empecemos por arriba. El PIB del cuarto trimestre de 2025 avanzó 0,6% desestacionalizado, replicando el ritmo del trimestre previo. Con eso, el crecimiento acumulado del año se consolidó en 4,4%. Un número que suena robusto hasta que se lo desarma: las exportaciones y el consumo privado fueron las estrellas, con subas trimestrales del 5% y 1,7% respectivamente. En la vereda de enfrente, la inversión cayó 2,8% y el consumo público retrocedió 1%. Dentro de la inversión, el equipo de transporte nacional se desplomó casi 30%, mientras el importado subió 13,5%. No es difícil ver ahí la huella de una economía que se abre y en la que el componente doméstico no logra seguir el ritmo.
A nivel sectorial, el patrón se repite con claridad: minería e intermediación financiera lideraron la expansión anual con 8% y 24,7%, respectivamente. Son los dos motores de una economía en transición: uno extractivo y orientado a la exportación, el otro propio de un sistema financiero que se profundiza desde una base muy chica (que resulta clave en términos de absorber shocks en la economía y en aumentar el impacto de la política monetaria). Mientras tanto, la industria manufacturera y la construcción, sectores intensivos en empleo, mostraron resultados tímidos o negativos.
El EMAE de enero confirmó la tendencia: la actividad creció 1,9% interanual, pero con agricultura (+25,1%) y minería (+9,6%) aportando 1,7 puntos porcentuales de ese crecimiento. Es decir, casi todo. En paralelo, comercio, industria y administración pública restaron en conjunto 0,9 puntos. La economía avanza, pero lo hace apoyada en pocos sectores, lo cual resulta clave en términos de empleo.
Esto tiene consecuencias directas sobre los ingresos. El índice de salarios de enero mostró una suba nominal del 2,5% contra una inflación del 2,9%: generó una pérdida de poder adquisitivo en el arranque del año. Todos los componentes del sector registrado quedaron por debajo de la inflación. La excepción fue el sector no registrado, que trepó 4,4% mensual y acumula un 80,6% interanual, aunque este dato refleja condiciones del mercado informal de meses previos por el rezago metodológico con que se construye. En la serie acumulada de doce meses, el salario privado registrado perdió 2,9% en términos reales, mientras el no registrado ganó un extraordinario 44,9%. Esta divergencia puede no ser casual. Posiblemente sea la contracara de la contracción de la industria y el comercio formal, que empuja trabajadores hacia la informalidad, donde paradójicamente los salarios muestran mejor dinámica relativa frente a una base de comparación muy deprimida.
¿Y la pobreza? Bajó al 28,2% en el segundo semestre de 2025, desde el 31,6% del anterior y muy lejos del pico de 52,9% del primer semestre de 2024. Es la tercera baja consecutiva desde el inicio de la gestión Milei, y responde a que los ingresos familiares crecieron 18,3% en la segunda mitad del año mientras las canastas subieron alrededor del 11%. A su vez, se da una dinámica interesante: entre el segundo semestre de 2023 y el de 2025, la economía creció un 3% según el EMAE, algo menos de 2% per cápita. La pobreza, sin embargo, cayó 13,5 puntos. ¿Cómo? Parte de la respuesta está en que los precios de las canastas básicas subieron menos que la inflación general, y en que la EPH captura un crecimiento de ingresos de los hogares sensiblemente mayor al que reflejan los registros administrativos. La brecha es llamativa y amerita un análisis más detenido.
A todo esto se suma un factor menos visible pero relevante: la dinámica monetaria-fiscal. El Tesoro viene emitiendo deuda por encima del 100% de los vencimientos en sus licitaciones, absorbiendo pesos de la plaza que el Banco Central inyecta al acumular reservas.
El resultado neto es contractivo: menos pesos circulando, lo cual contribuye a la desinflación, pero también pone un techo a la actividad, particularmente en los sectores más dependientes del mercado interno.
El panorama que emerge es el de una economía que crece a dos velocidades. Hay una economía de commodities, la minería y el agro, que tracciona las cifras agregadas. Y hay otra, la del empleo formal, la industria y el comercio, que busca su lugar en el nuevo esquema. La pobreza, a su vez, baja, pero se enfrenta a la reciente dinámica inflacionaria, que amenaza con erosionar ese avance si los salarios no consolidan una recuperación real sostenida. Sin embargo, los fundamentals de la economía y el crecimiento reciente son los activos más robustos con los que cuenta el Gobierno para profundizar el rumbo.
*Economista de la Fundación Libertad y Progreso.
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