El Papa hizo más por la democracia que cualquier Estado
Es la nueva forma de extractivismo: la experiencia de millones de cuerpos convertida en datos, en commodity, en materia prima con la que se construyen los mundos que los algoritmos van a proyectar como únicos posibles.
Esta semana, la Iglesia católica publicó uno de los documentos más lúcidos sobre inteligencia artificial: Magnifica Humanitas es la primera encíclica en la historia de la Iglesia dedicada enteramente a la inteligencia artificial. Ciento diez páginas donde León XIV intenta leer la revolución tecnológica con las herramientas de la doctrina social católica, afirmando cosas como que la tecnología “toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”. Entre los principales puntos, expone cómo los principales motores del desarrollo tecnológico ya no son los Estados, sino los actores privados transnacionales con recursos que superan los de muchos gobiernos.
El peso político y antropológico que la Magnifica Humanitas denuncia –aunque no lo nombre en estos términos– es la nueva forma de extractivismo: la experiencia de millones de cuerpos convertida en datos, en commodity, en materia prima con la que se construyen los mundos que los algoritmos van a proyectar como únicos posibles. Esto no es una metáfora, Paola Ricaurte lo llama colonialismo de datos: la misma lógica de apropiación del colonialismo histórico, aplicada ahora a lo que somos cuando estamos en línea. Y esos datos los interpreta siempre alguien, desde algún lugar, con una sola forma de leer el mundo. La encíclica lo nombra como “una uniformidad que aplana las diferencias”, sistemas entrenados mayoritariamente con datos del Norte global, en inglés, desde una cosmovisión específica, aplicados después universalmente como si fueran neutros. Una nueva tecnología al servicio del mismo supremacismo histórico.
Pero “lo humano” que la encíclica defiende no es cualquier humano. Es una figura específica: encarnada, frágil, limitada, habitada por Dios. Y acá hay una ironía que el documento no puede ver desde adentro: esos mismos atributos –la fragilidad, el límite, el cuerpo– fueron durante siglos los argumentos con los que se clasificó a ciertos humanos, si eran aptos o inferiores. La jerarquía colonial no negaba que los colonizados tuvieran cuerpo, pero cuestionaba si ese cuerpo era suficiente para acceder a la categoría plena de lo humano.
Y después vino el neoliberalismo y produjo su propia versión: el humano como capital humano, individuo responsable de su propio valor en el mercado, medida de sí mismo en términos productivos. La encíclica tiene razón en criticar esa figura, pero la alternativa que propone hereda la misma pretensión de universalidad: una definición particular de lo humano que se presenta como la única posible, sin preguntarse desde qué cuerpos, territorios y qué historia se construyó.
Mientras los Estados miran, los algoritmos matan. La Magnifica Humanitas dedica un capítulo entero a las armas autónomas, esos nuevos sistemas capaces de identificar objetivos, tomar decisiones letales y ejecutar ataques sin requerir ningún tipo de intervención humana. Parece ciencia ficción, pero Palantir supera cualquier distopía orwelliana mientras identifica mil objetivos por hora fusionando datos satelitales y de drones. Sus algoritmos se integran con sistemas israelíes para automatizar decisiones de vida o muerte en Gaza, Líbano o Irán. Mientras, Google eliminó en 2025 el compromiso que sus propios empleados le arrancaron con protestas, el de no desarrollar tecnología para matar. Ningún parlamento debatió al respecto, ningún tratado internacional lo frenó, ningún Estado lo nombró tal como eso, excepto la Iglesia y no solo resulta paradójico, sino también una señal de alarma. ¿Hoy la Iglesia corre a la democracia por izquierda?
Alerta sobre la inteligencia artificial: “Hay que poner al humano por delante de la tecnología”
La encíclica pide regulación, pide que los Estados intervengan, que orienten las políticas hacia el bien común, que protejan el trabajo digno, que frenen la concentración de poder tecnológico. Es lo que deberían estar tratando en los congresos, en las cámaras del mundo. Pero los mismos Estados que deberían regular son los que firmaron contratos con Palantir, los que dejaron que Google borrara de un comunicado siete años de compromiso ético, los que miraron al costado mientras los algoritmos toman decisiones que antes tomaban los humanos. La disputa del futuro tecnológico se está cerrando en salas a las que ningún ciudadano de a pie tiene acceso, y entre actores que no rinden cuentas a ningún electorado. Que sea un informe del Vaticano el que visibilice lo que los Estados deberían estar haciendo por su propia cuenta no es un dato menor, es el estado (alarmante) de situación.
*Antropóloga.
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