Gimnasios llenos, identidades vacías
En una Argentina en recesión, los gimnasios se llenan mientras crece la fragilidad social. El culto al cuerpo aparece como refugio y síntoma: cuando el futuro colectivo se oscurece, la identidad se reduce a lo visible y controlable.
Llegó la época para exponer los resultados por los cuales tantas y tantos han destinado tantas horas durante el año. Llegó el verano. Argentina está en recesión, el poder de compra de las mayorías cae, el desempleo y precarización laboral crecen y la incertidumbre se volvió paisaje. Sin embargo, hay un lugar donde no entra la crisis: los gimnasios. Estuvieron llenos en diciembre. No pese a todo, sino precisamente por todo: la necesidad de mostrarnos bien cuando todo lo demás tambalea.
¿Cómo entender que el informe “Status del sector de gimnasios” (Mercado Fitness) haya señalado que el 88% de los dueños de gimnasios esperaban una “buena o muy buena temporada” para los últimos meses de 2025 en este contexto? Hay un furor creciente por los gimnasios, por las dietas y por “verse saludables”. No es solo una moda: es un síntoma.
Hemos reducido nuestra identidad al cuerpo. No porque sea lo más importante, sino porque parece lo único que todavía podemos controlar. Cuando el trabajo es inestable, el futuro incierto y la política decepciona, el cuerpo aparece como último territorio propio, un espacio donde todavía se puede “progresar” a fuerza de disciplina individual. Antes nos definíamos por un rol –familiar, profesional–, o por la pertenencia a una comunidad o etnia. Hoy, en cambio, el cuerpo aparece como lo único propio, visible y –supuestamente– controlable y por eso importa tanto cómo se ve: se ha convertido en un nuevo documento de identidad. En un mundo donde casi todo depende de variables externas, el cuerpo se transforma en proyecto personal inmediato: si no puedo ordenar el país, al menos puedo ordenar mis abdominales.
Hay furor por los gimnasios, por las dietas y por verse saludables: es un síntoma
No se trata de negar los beneficios de una mayor conciencia sobre la salud. La extensión de la vida obliga a cuidarla mejor y es positivo que más personas hagan ejercicio y se alimenten de manera más responsable. El problema empieza cuando confundimos salud con estética, cuando un cuerpo sin músculos marcados o sin curvas “deseables” parece menos valioso, menos aceptable, menos digno de ser mostrado.
El fenómeno tiene algo de la lógica del soma que describía Aldous Huxley en Un mundo feliz: una sustancia que anestesiaba la angustia existencial. Hoy el soma no se ingiere, se entrena. Es la obsesión por la imagen, por la rutina perfecta, por el cuerpo optimizado. Una adicción elegante, socialmente celebrada, que promete bienestar mientras posterga preguntas más profundas: ¿qué sentido tiene todo esto?, ¿para qué tanto esfuerzo?, ¿en nombre de qué proyecto común? Alimenta una dependencia silenciosa: la validación ajena, la fantasía de que controlar el cuerpo equivale a controlar la vida. Lo que se presenta como autoafirmación termina siendo una forma sofisticada de esclavitud.
Tal vez la discusión necesaria no sea si debemos cuidarnos –eso es indiscutible–, sino qué lugar ocupa el cuerpo en nuestra construcción personal. Si ponemos todo el peso de la identidad en lo visible, terminamos empobreciendo lo invisible: la autoestima, la palabra, el vínculo, la comunidad, la dimensión espiritual.
En sociedades cansadas, el rendimiento ya no se exige desde afuera: se autoimpone.
Cuando el futuro colectivo se vuelve opaco, el cuerpo se transforma en proyecto individual inmediato. Se entrena lo que no se puede planificar, se controla lo que no se puede prever. El problema no es cuidar el cuerpo, por lo contrario, sino usarlo como reemplazo de todo lo demás, preguntarnos qué estamos dejando de cuidar mientras nos ocupamos tanto de él?
En este contexto de cambio civilizatorio, tal vez cuidarnos a nivel individual y colectivo también sea animarnos a preguntarnos quiénes somos cuando dejamos de mirarnos al espejo.
*Sociólogo-psicólogo social.
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