OPINION

La distancia entre arder y mirar

Una imagen tomada en el fuego y otra creada para las redes. Entre ambas, el incendio real, el ecocidio y una ausencia que no se puede editar.

Los incendios en el sur del país. Foto: Maxi Jonas - AP

Hay dos imágenes que conviven estos días en las pantallas. Una fue tomada en plena Patagonia, mientras el fuego avanzaba sin control. La otra fue publicada en redes sociales para expresar apoyo. Ambas hablan de los incendios. Pero no dicen lo mismo. Ni producen el mismo efecto. Ni se apoyan en la misma realidad. La primera imagen es real. Fue registrada por el fotógrafo Maxi Jonas, de Associated Press. En ella, el fuego ocupa casi todo el encuadre. Las llamas se elevan como un muro imposible de contener, el humo espesa el aire y el cielo deja de ser cielo. En el centro del camino, tres figuras humanas avanzan pequeñas, frágiles, casi insignificantes frente a la magnitud del incendio. Son brigadistas, vecinos, cuerpos reales caminando hacia el desastre. No hay épica. Hay cansancio, urgencia y desolación. Es una imagen que no está pensada para gustar. No es limpia, no es ordenada, no es cómoda. Se puede imaginar el calor, el olor a humo, el ruido del fuego devorándolo todo. No ofrece un mensaje tranquilizador ni promete control. Solo da testimonio de algo que está ocurriendo y que desborda cualquier encuadre. Por eso incomoda. Por eso circula menos. Porque no se deja consumir rápido. La segunda imagen es muy distinta. Fue generada por inteligencia artificial y difundida por el presidente en sus redes sociales como gesto de apoyo a los brigadistas. Allí, el escenario parece reconocible pero contenido. El fuego queda al fondo, casi escenográfico. El presidente ocupa el primer plano y estrecha la mano de un brigadista. El gesto es claro, simbólico, fácil de leer. La imagen ordena el caos: alguien acompaña, alguien está presente, alguien conduce.

La imagen de IA que publicó el presidente Milei en sus redes sociales.

Pero esa presencia es solo visual. El presidente nunca estuvo en el área de desastre. No pisó el territorio incendiado. No respiró ese humo. No caminó ese suelo. La imagen, perfectamente armada para circular, reemplaza la experiencia por la representación. No muestra el desorden real del incendio, sino una versión empaquetada, procesable, pensada para el consumo rápido en redes sociales. Entre estas dos imágenes se abre una grieta que va más allá de la discusión ambiental. Es una grieta cultural y política. La distancia entre lo que ocurre y lo que se muestra. Entre el territorio devastado y el contenido que circula. Entre la realidad que desborda y la imagen que la ordena para que pueda ser compartida, comentada y archivada. Las redes sociales no trabajan con el desorden. Trabajan con relatos. No premian lo incómodo, sino lo legible. En ese proceso, la tragedia se vuelve estética y el desastre se transforma en mensaje. El incendio real —con su imprevisibilidad, su violencia y su daño irreversible— queda fuera de cuadro. En su lugar aparece una imagen que tranquiliza, que simboliza, que da la sensación de que algo está siendo hecho, aunque nada cambie en el territorio.

El presidente nunca estuvo en el área de desastre. No pisó el territorio incendiado. No respiró ese humo. No caminó ese suelo.

Ahí es donde la empatía encuentra su límite. Porque la empatía no nace de la imagen perfecta ni del gesto simbólico. Nace del contacto con aquello que no está resuelto, con lo que duele, con lo que excede la pantalla. La foto tomada en el incendio no invita a la identificación fácil: obliga a detenerse, a incomodarse, a asumir que lo que se quema no es solo un paisaje, sino un modo de habitar el mundo. En esa distancia entre imagen y experiencia también se juega el sentido del ecosidio. No solo como destrucción ambiental, sino como ruptura del vínculo entre la sociedad y su territorio. El fuego no es únicamente un fenómeno natural agravado por el cambio climático. Es la consecuencia de decisiones políticas, de modelos productivos extractivos y de una forma de mirar la tierra como recurso descartable. Cuando esa destrucción se traduce en imágenes ordenadas y simbólicas, el daño se vuelve tolerable, incluso consumible. Mientras las imágenes empaquetadas circulan y se acumulan en las redes, el fuego sigue avanzando fuera de las pantallas. El territorio arde en desorden, sin filtros, sin encuadres amables. Los brigadistas siguen poniendo el cuerpo con recursos limitados. Las comunidades pierden su entorno, su historia, su futuro inmediato. Nada de eso entra del todo en una imagen pensada para tranquilizar. Al final, todo vuelve a esas dos imágenes. Una muestra el fuego avanzando sin pedir permiso, desordenando el territorio, poniendo cuerpos reales en riesgo. La otra ordena ese mismo fuego en un encuadre prolijo, simbólico, listo para circular. Una incomoda porque no promete control. La otra tranquiliza porque simula presencia. Entre ambas no hay solo una diferencia estética. Hay una decisión. La de mirar lo que arde de verdad o conformarse con su representación. La de asumir el costo político y humano del desastre o reducirlo a un gesto comunicacional. La de construir empatía desde el territorio o desde la pantalla.

La imagen real no ofrece respuestas. Exige responsabilidad. La imagen artificial ofrece sentido, pero a costa de borrar el desorden, el cansancio, el miedo y la pérdida. La pregunta entonces no es qué imagen se viraliza más. La pregunta es ¿cuál estamos dispuestos a mirar cuando se apaga la pantalla?.

 

* Periodista