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La verdadera razón por la que las favelas de Brasil no dejan de crecer

Las favelas persisten no por elección, sino por necesidad. Erradicarlas sin resolver el acceso a la educación y a la vivienda asequible solo traslada la pobreza de un lugar a otro.

Agentes de policía escoltan a presuntos delincuentes arrestados durante la Operação Contenção (Operación Contención) en la favela Vila Cruzeiro del complejo Penha, en Río de Janeiro, Brasil. Foto: AFP

SÃO PAULO— La respuesta política estándar ante los asentamientos informales —reubicar a la gente, demoler el asentamiento y construir viviendas públicas en otro lugar— es más antigua que los propios asentamientos. Nunca ha funcionado.

La lógica parece sencilla. Los asentamientos se ven como insalubres, inseguros y visualmente discordantes. Si se quiere construir una ciudad moderna y ordenada, se deben eliminar. Pero la gente no vive en asentamientos por elección. Lo hacen porque no hay alternativas asequibles cerca de sus trabajos y servicios esenciales. Destruir sus hogares sin abordar las condiciones que los llevaron allí simplemente traslada el problema a un lugar diferente, a menudo peor.

La experiencia lo confirma. Entre 1968 y 1975, el gobierno militar de Brasil lanzó una agresiva campaña de demolición de favelas en Río de Janeiro, obligando a casi 50.000 familias a trasladarse a proyectos de vivienda en la periferia de la ciudad. Los residentes de la favela Catacumba, que albergaba a casi 15.000 personas en una zona privilegiada de Lagoa antes de su destrucción en 1970, experimentaron una disminución de los ingresos familiares, mayores costos de transporte y un menor acceso a empleos tras su reubicación. Mientras tanto, la población total de las favelas siguió creciendo.

Un patrón similar se ha documentado en Adís Abeba, Lagos y Bombay, donde los asentamientos eliminados en un lugar simplemente reaparecen en otro, a menudo cerca. Incluso cuando se abandonó la erradicación como política oficial, como en Brasil, siguieron surgiendo nuevos asentamientos informales.

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En una nueva investigación, junto a mis coautores Pedro Cavalcanti y Alexander Monge-Naranjo, examinamos el surgimiento y la persistencia de las favelas en Brasil utilizando datos detallados sobre mercados laborales, vivienda y educación. Encontramos que los asentamientos no son simples trampas de pobreza; bajo las condiciones adecuadas, también pueden ser trampolines.

Para las familias con niveles educativos muy bajos, las favelas pueden proporcionar un punto de entrada a la vida económica urbana. En comparación con las zonas rurales, ofrecen un mejor acceso a empleos y escuelas. Pero la calidad de esas escuelas sigue siendo deficiente, por lo que a medida que los hogares acumulan educación, el asentamiento se convierte en una limitación. En pocas palabras, las favelas pueden ayudar a los hogares a subir los primeros peldaños de la escalera económica, pero les impiden seguir ascendiendo.

Si bien algunos hogares logran mejorar su situación económica lo suficiente como para abandonar los asentamientos, muchos —a menudo aquellos con niveles de educación intermedios— no lo hacen. Y siempre están llegando más hogares rurales con baja formación, motivados por el deseo de mejorar las perspectivas educativas de sus hijos. De hecho, nuestra investigación muestra que la escolarización desempeña un papel clave en la formación de asentamientos: los hogares con pocos años de estudio quieren que sus hijos tengan vidas mejores, pero no pueden permitirse vivir en las ciudades.

Estos hallazgos ayudan a explicar por qué los asentamientos persisten a pesar de las oportunidades económicas que brindan. No son comunidades estáticas. Las favelas son sistemas dinámicos que se renuevan continuamente. En lugar de intentar eliminarlas mediante demoliciones y reubicaciones forzosas —una receta para el fracaso—, los responsables políticos deberían abordar los desajustes más profundos entre la proximidad al empleo, la asequibilidad de la vivienda y el acceso a una educación de calidad.

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Para ello, es esencial mejorar las escuelas dentro de los asentamientos, aunque esto pueda atraer a nuevos migrantes, haciendo que crezcan. Los países en etapas tempranas de desarrollo deberían, por tanto, dar alta prioridad a la mejora de las escuelas rurales, para que la migración a las ciudades refleje oportunidad y no desesperación. Los migrantes mejor preparados tienen más probabilidades de entrar en mercados de vivienda formales.

A medida que progresa la urbanización, el énfasis debe pasar a integrar a los residentes de los asentamientos en la economía formal, especialmente logrando que sus hijos accedan a escuelas de mayor calidad. Tales políticas deben mantenerse a través de las generaciones para permitir que los hogares acumulen suficiente capital humano para sostener la movilidad ascendente.

Pero la educación es solo el primer paso. Si la vivienda urbana formal sigue teniendo precios prohibitivos, incluso las familias con movilidad ascendente tendrán dificultades para dejar atrás los asentamientos. Debido a que el mercado no suministra viviendas asequibles donde se necesitan, los gobiernos deben intervenir con una estrategia coherente que tenga en cuenta tanto la educación como la vivienda.

Los asentamientos persisten no porque sean deseables, sino porque son necesarios. Mientras la gente carezca de mejores opciones, seguirán floreciendo. La tarea de los responsables políticos no es eliminar las favelas por decreto, sino lograr que queden obsoletas con el tiempo promoviendo las oportunidades educativas y la integración espacial que sus residentes necesitan.

(*) Luciene Pereira es profesora adjunta de Economía en la Escuela de Economía de São Paulo de la Fundación Getulio Vargas.