BERLÍN— El ataque de EE. UU. e Israel que acabó con la vida del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, y lanzó la aventura más trascendental de Estados Unidos en Oriente Medio desde la guerra de Irak, tomó por sorpresa a muchos en Europa. Enfrentados a una serie de crisis en cascada —desde un choque petrolero al estilo de los años 70 hasta una ruptura transatlántica que amenaza la arquitectura de seguridad de Europa—, muchos analistas han llegado a la misma conclusión: el conflicto representa una ruptura del sistema multilateral y anuncia una era de desorden global.
Sin embargo, esta interpretación omite algo más profundo. La guerra de Irán muestra cómo es la geopolítica cuando la idea misma de orden se ha derrumbado, un estado de cosas que yo denomino “No-Orden” (Un-Order).
La distinción es importante. El desorden ocurre cuando se rompen deliberadamente las reglas establecidas. Describir una situación como desordenada es, paradójicamente, afirmar que las normas compartidas todavía existen, aunque sean violadas. El no-orden, por el contrario, surge cuando esas normas se ven superadas por los acontecimientos y ya no existe un entendimiento compartido de lo que está bien o mal. En su lugar queda una incertidumbre más profunda e irreductible.
En lugar de regirse por reglas comunes, el sistema internacional se ve ahora asediado por ráfagas episódicas de coerción y represalia. La guerra de Irán es un ejemplo de ello: el ataque del 28 de febrero que mató a Jamenei tuvo lugar mientras las negociaciones aún estaban en marcha, evocando el ataque sorpresa a Pearl Harbor en 1941, cuando los negociadores japoneses aún estaban en Washington.
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Peor aún, el derecho y las instituciones internacionales han demostrado ser en gran medida ineficaces para evitar que EE. UU., Israel e Irán ignoren abiertamente normas fundamentales contra el asesinato o el secuestro de líderes políticos y ataques a infraestructuras civiles.
Crucialmente, los actores principales de la guerra no parecen ser conscientes de que están rompiendo regla alguna. Cuando los tanques de Vladimir Putin entraron en Ucrania en 2022, el Kremlin produjo volúmenes de justificaciones legales, un reconocimiento implícito de que se estaba cometiendo un crimen. Por el contrario, cuando el presidente Donald Trump amenazó con atacar la infraestructura civil de Irán, hubo pocos indicios de que supiera o le importara que estaba abogando por la comisión de crímenes de guerra.
Ninguna arquitectura institucional puede funcionar cuando los actores principales dejan de jugar según las reglas. Esa es la esencia de la distinción entre desorden y no-orden: uno implica romper las reglas; el otro significa que no existen reglas acordadas.
La policrisis es la nueva normalidad
La nueva era de no-orden no puede atribuirse únicamente a Trump. Él es mejor comprendido como un síntoma, más que como la causa principal, de un mundo que ha perdido sus principios organizadores. Las fuerzas profundas que impulsan esta transformación son estructurales: interrupciones económicas, cambio climático, avances tecnológicos y cambios demográficos.
Como resultado, las crisis se están volviendo más complejas y menos predecibles. En un mundo hiperconectado, el contagio y la volatilidad extrema se convierten en la norma. El economista Ian Goldin ha denominado a esta dinámica el "defecto mariposa", ilustrando el potencial destructivo de la interdependencia global donde una pequeña perturbación genera un tornado al otro lado del mundo.
Una versión más leve de esta dinámica se vio durante la pandemia de COVID-19. El cambio dramático suele provenir del impacto acumulativo de perturbaciones menores.
La guerra de Irán ejemplifica el tipo de policrisis permanente que probablemente definirá las próximas décadas. No es una sola crisis, sino cinco: un choque de suministro energético, una amenaza de proliferación nuclear, un colapso de la seguridad regional, una perturbación económica global y una ruptura transatlántica.
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En respuesta a los ataques, Irán cerró el Estrecho de Ormuz, disparando los precios mundiales de la energía y los alimentos. Incluso si el Estrecho se reabre, el choque tendrá efectos dañinos a largo plazo en los presupuestos asiáticos y las tasas de interés europeas. Las presiones resultantes sobre el costo de vida podrían impulsar movimientos populistas en toda Europa antes de elecciones críticas.
Para entender por qué las respuestas occidentales siguen fallando, ayuda distinguir entre dos formas de pensar sobre el orden. La primera podría llamarse el "Enfoque del Arquitecto". Tras la caída del Muro de Berlín, los líderes de Occidente creyeron haber descubierto el modelo definitivo, depositando su fe en un conjunto de reglas e instituciones diseñadas para mantener la estabilidad global.
El destino de ese sistema pende ahora de un hilo. Desde la invasión de Ucrania, la preservación del "orden basado en reglas" se ha convertido en el leitmotiv de la política exterior occidental. Los líderes europeos, en particular, tienden a desconfiar del cambio, asumiendo que este debilitará el sistema. Piensan como arquitectos, centrándose en la estructura institucional del mundo.
El ascenso de los Estados Artesanos
La segunda forma de pensar podría llamarse el "Enfoque del Artesano". Sostiene que, en una era de no-orden, la tarea primordial de los gobiernos es sobrevivir mientras se posicionan para beneficiarse de la interrupción. China es el principal exponente, pero la misma lógica impulsa a potencias como India, Turquía o Arabia Saudita.
Estos estados no estuvieron entre los arquitectos del orden actual y se han acostumbrado a adaptar marcos ideados por otros. Muestran la pragmática y flexibilidad de los artesanos: reparando, reutilizando y recombinando elementos existentes para crear algo nuevo.
Aunque estos modelos no siempre se corresponden con la realidad política, capturan la brecha entre quienes hacen grandes planes y quienes abrazan el cambio. Mientras los arquitectos se ven paralizados por la brecha entre el diseño y la realidad, los artesanos buscan entender hacia dónde se dirige el mundo para aprovechar las contingencias emergentes.
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Los arquitectos suelen prosperar en un mundo predecible, pero en un panorama geopolítico cambiante, los artesanos tienen ventaja. Los artesanos están mejor equipados para navegar la incertidumbre radical de un mundo en el que nadie parece reconocer las reglas.
La conducta de Irán es un ejemplo de un estado artesano en acción. Despojada de superioridad aérea o aliados fiables, la República Islámica no intentó luchar en los términos de EE. UU. En su lugar, identificó un punto de apalancamiento asimétrico: el Estrecho de Ormuz.
Al cerrar el Estrecho, Irán transformó el conflicto de una contienda militar a una de resistencia económica, donde claramente tiene ventaja. Por el contrario, EE. UU. se encuentra cada vez más limitado por sus propios supuestos arquitectónicos, incapaz de reconciliar sus grandes ambiciones con la realidad de la defensa improvisada de Irán.
El manual obsoleto de Europa
Se podría pensar que los europeos, arquitectos por excelencia, no son aptos para una era de no-orden. Han sufrido desproporcionadamente por la volatilidad del mercado energético y su política se ha vuelto sinónimo de exceso de regulación y burocracia.
Sin embargo, Europa está mejor equipada de lo que cree. El proyecto europeo evolucionó mediante el ensayo y error continuo. Lo que comenzó como la Comunidad del Carbón y del Acero creció gradualmente hasta ser una unión monetaria. Muchas iniciativas surgieron como respuesta a crisis: cooperación en seguridad tras las guerras de los Balcanes o integración de defensa tras la invasión de Ucrania.
El desafío para Europa hoy es desarrollar un "código de artesano". Los responsables políticos deben centrarse en tres prioridades clave.
Primero, deben aceptar la realidad del no-orden. Cuanto antes dejen de buscar marcos grandiosos y se centren en objetivos concretos, antes podrán desarrollar estrategias eficaces. Deben reconocer que crisis como la de Irán ya no son problemas a resolver, sino condiciones que gestionar.
Segundo, deben replantear su enfoque hacia la interdependencia. El cierre de Ormuz ha subrayado los riesgos de depender de un solo proveedor. Europa debe diversificar sus cadenas de suministro y perder el reparo a ejercer presión sobre otros, ya sea Rusia, China o incluso EE. UU.
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Por último, los países europeos deben asumir la responsabilidad de su propia seguridad. Durante demasiado tiempo han subcontratado funciones esenciales a estructuras externas como la OTAN o la ONU. Para sobrevivir al no-orden, Europa necesitará aumentar el gasto en defensa y fortalecer su resiliencia social para actuar sin EE. UU. cuando sea necesario.
El mayor peligro reside en el manual obsoleto de Europa. Aferrarse a planos y reglas en este momento corre el riesgo de cegar a los líderes ante las duras realidades actuales. La guerra en Irán no es una aberración; es la primera de muchas pruebas.
(*) Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, es autor, más recientemente, de Surviving Chaos: Geopolitics When the Rules Fail (Polity Press, 2026).