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El show del conflicto

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Lijo y pulo. | Pablo Temes

“Son muy particulares en el ejercicio del poder”. Un funcionario actual, que no se estrenó en el Estado durante la gestión libertaria, todavía intenta desentrañar la lógica política de los hermanos Milei.

Con sumo cuidado, describe que lo que más le llama la atención es la capacidad para activar conflictos. En especial cuando resulta innecesario. O hasta riesgoso para encarar situaciones problemáticas. “Como que el quilombo da una energía extra”, argumenta con menos eufemismos.

Al respecto, a comienzos del mes pasado, aquí mismo en PERFIL, el sociólogo Luis Costa reflexionaba sobre el discurso “moral” del Presidente en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso.

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“Milei está en lo cierto cuando refiere a que su gobierno llevará adelante a la moral como política de Estado, aunque se debe aclarar que no por las razones que supuestamente permiten diferenciar acciones universalmente buenas de otras universalmente malas. La moral en el mundo moderno no es la guía para ser una buena persona, sino la herramienta fundamental para asentar tensiones y conflictos entre partes: la moral, en su caso, funciona como la técnica ideal para intentar sostener una base de votantes relacionados con su proyecto, contenidos sobre la condición constante del odio irrestricto a enemigos presentados como esencialmente malos y amorales. Así es en realidad una política de Estado, pero del conflicto”, analizaba Costa. (https://www.perfil.com/noticias/columnistas/conflicto-como-politica-de-estado-por-luis-costa.phtml)

Convengamos que el conflicto como política de Estado no es un invento argentino ni mileísta. Donald Trump resulta apenas un botón de muestra de ese fenómeno global. Y a nivel local, vale recordar que el kirchnerismo construyó gran parte de su identidad con métodos parecidos, para enfrentarse al campo, a la prensa crítica, a la Justicia o a la oposición. Y, a veces, peores.

Pero ahora gobierna Milei, que exacerba los enfrentamientos “morales” acaso cuanto más sea necesario diluir cualquier dificultad social de su plan económico. Los indicadores oficiales dan cuenta de la caída persistente del poder adquisitivo, del aumento de la desocupación y de la retracción en los sectores dinamizadores del empleo, como industria, comercio y construcción.

A eso hay que sumar el impacto por las irregularidades detectadas en el nivel de vida y patrimonial de Manuel Adorni, aún a cargo de la Jefatura de Gabinete. Solo esta última semana trascendió en Comodoro Py el pago en dólares cash de un viaje familiar a Aruba, un nuevo “regalo” inmobiliario en formato de préstamos sin interés de US$ 60 mil y la falta de uso de las tarjetas de crédito del matrimonio en Nueva York (viaje oficial por el que fue sobreseído). En la Justicia siguen sin cerrar sus ingresos en blanco e investigan más gastos y vuelos.

Milei ya anunció que junto a su hermana acompañarán a Adorni a la Cámara de Diputados este miércoles 29, cuando tenga que dar su informe de gestión. En verdad, se convertirá en una suerte de interpelación legislativa, con promesa de escándalo y todo el show posible. De ambos lados.

El caso Adorni exacerbó otro tipo de conflictividad en el mundo violeta: la interna. La aceleración judicial en las averiguaciones sobre cómo vive y de dónde saca la plata el jefe de Gabinete renovó las intrigas entre las filas de la hermanísima Karina y el asesor Santiago Caputo.

Una parte del Gobierno cree que el accionar del juez Ariel Lijo y del fiscal Gerardo Pollicita es un virtual pase de facturas por la promoción de Juan Mahiques como ministro de Justicia. Un recomendado de los primos Menem para un área que era controlada por el caputismo.

Otra parte piensa que Caputo agita estas aguas para conseguir que Lijo –tras su frustrado ascenso a la Corte Suprema– llegue a la Procuración. El mismo destino en el que se autopercibe Mahiques, quien apenas se tomó licencia como fiscal general de CABA. Nadie renuncia.

Contra las órdenes de la hermanísima al elenco ministerial, la jauría digital caputista evitó salir en defensa de Adorni. Pero sí le saltaron al cuello a Sebastián Pareja, el alfil karinista bonaerense y presidente provincial de LLA, que demandó a activistas libertarios por las críticas a sus controvertidos armados territoriales, muy parecidos a los de la casta que supieron denunciar. Los cruces endógenos de color violeta también suelen ser impiadosos.

Sin embargo, qué mejor cortina de humo que emprenderla contra el periodismo. Otra vez. Y van… En esta oportunidad, la excusa fue un informe de TN en el que se usaron anteojos inteligentes para grabar imágenes del interior de la Casa Rosada.

Resultado: una denuncia penal contra dos periodistas por poner en riesgo la seguridad nacional y la cancelación provisoria de permisos para que todos los acreditados puedan ingresar a la sede gubernamental. La causa recayó en Lijo. Tiene un imán el hombre.

El antagonismo oficial con el periodismo es casi permanente. Días atrás había tenido otro episodio estrambótico, por decirlo de manera elegante, también en Balcarce 50. A propósito de un más que frágil informe internacional sobre supuestos pagos rusos a medios argentinos para que publiquen notas críticas a Milei, el Gobierno también suspendió la acreditación a varios periodistas. La fascinación por silenciar cuestionamientos, o apenas preguntas incómodas, a veces es ensordecedora.

Es cierto que hay que alzar la voz frente a las tentaciones autoritarias, principalmente cuando se llevan a la práctica. Llama la atención la doble vara de la militancia republicana intermitente, que elige indignarse según de quién se trate y no de qué se trata. Sobran ejemplos recientes, en la política y en los medios.

El mayor peligro es ingresar, queriendo o no, a ese sistema impulsado por los que ganan con la furia. “No hay nada mejor para expandir el conflicto que la moralización de una comunicación, ya que aplica una forma conveniente a una condición de complejidad de problemas que requieren solución (...) La promesa del Gobierno es llevar a todos hacia un conflicto armado de sentimientos morales, no a un paraíso de lo bueno excluyendo lo malo”, explica el sociólogo Costa.

Esquivar caer en esa trampa es, acaso, uno de los principales desafíos que tiene por estos tiempos la dirigencia política. Y el periodismo crítico. Nadie dice que resulte fácil.