la despedida de messi

Los finales felices también se lloran

Adiós. Algunas cosas fueron tan buenas que nos hicieron olvidar que iban a terminar. Foto: AFP

Estamos acostumbrados a pensar en el duelo cuando ocurren separaciones o muertes, cuando llega una desgracia, un accidente, aquello que salió mal. Quizás por eso nos desconcierta que también duela lo que terminó bien: lo que se disfrutó y nos hizo felices. 

Messi se despidió de la Selección Argentina y no murió nadie, no hubo tragedia ni traición. Se fue como lo que es: un campeón. Y, sin embargo, mucha gente se quebró. Sabíamos que este momento iba a llegar. Pero saber que algo va a terminar no es lo mismo que haberlo perdido. El saber no siempre nos protege de la angustia ni nos evita el duelo.

No es la primera vez que Messi se va. En 2016, después de perder una final, dijo que la Selección se había terminado para él y el país entero salió a pedirle que vuelva. Aquella despedida dolía de otra manera: era una herida abierta, injusta, algo que todavía se podía discutir, reclamar, revertir. Y se revirtió. Esta vez no hay nada que pedir. El final llegó con todos los pedidos cumplidos. Y quizás esto sea lo más extraño: es un duelo sin reproches, sin culpable, sin la posibilidad de imaginar que algo debería haber sido distinto. Cuando una pérdida es injusta, el enojo le da una razón de ser al dolor. Pero ¿qué hacemos con el dolor cuando no hay nada que reclamar?

Hacer un duelo es mucho más que despedir a una persona. Se hace un duelo por una época, una rutina, una versión de uno mismo, y por todo aquello que durante mucho tiempo creimos que iba a seguir ahí.

Durante veinte años tuvimos algo que formó parte del “paisaje” natural de la argentinidad: Messi con la camiseta de la Selección. Cambiaron presidentes, parejas, trabajos, casas, nacieron hijos, murieron personas, crecimos, envejecimos, y él seguía ahí.

Lo que se pierde, entonces, no es exactamente a Messi, sino el lugar que él ocupaba. Funcionaba como un punto fijo, una referencia con la cual muchos medían, sin darse cuenta, su propio movimiento. Mientras él seguía ahí, el tiempo parecía en suspenso. Cuando ese punto fijo se corrió, descubrimos que los que nos estuvimos moviendo todo este tiempo éramos nosotros. Por eso una despedida así excede al fútbol: de golpe aparece el paso del tiempo, todo junto, como una cuenta que se venía acumulando sin que nadie la estuviera contando.

Entonces la memoria se pone a trabajar sola: dónde estábamos en tal partido, con quién lo vimos, quién estaba sentado al lado nuestro y ya no está, qué edad teníamos, quiénes éramos. No despedimos solamente al jugador, despedimos también a los que fuimos mirándolo.

Hay finales que funcionan como esas rayitas en el marco de una puerta con las que medimos cuanto crecen los chicos: no dicen únicamente algo de lo que pasó, sino que también muestran cuánto cambiamos nosotros. 

Una fantasía muy humana consiste en saber que las cosas terminan y, sin embargo, vivimos como si algunas no fueran a terminar nunca. Nuestros padres van a estar. Nuestros amigos van a estar. El cuerpo va a responder de la misma manera. Messi va a seguir jugando. No es ingenuidad. Quizás sea una condición para poder vivir. No podríamos estar todo el tiempo pensando que cada cosa que amamos puede terminar.

Hasta que un día algo se mueve y reconocemos que el tiempo pasó. Tal vez lo que despedimos estos días sea la fantasía de que Messi podía jugar para siempre.

Que algo termine no quiere decir que haya fracasado, y que nos provoque tristeza no necesariamente significa que queremos cambiar el final. Hay dolores que no piden reparación: piden lugar. El agradecimiento y la nostalgia ahora ocurren al mismo tiempo. 

Se puede estar profundamente agradecido por algo y, a la vez, sufrir porque ya no va a estar. De hecho, muchas veces la tristeza no es otra cosa que la medida de la importancia que eso tuvo para nosotros.

Los finales felices también se lloran. No porque quisiéramos otro final, sino porque algunas cosas fueron tan buenas que por un rato largo nos hicieron olvidar que también iban a terminar.

*Psicoanalista. Cofundadora de RedPsi y del podcast Mejor Hablar, disponible en Spotify y YouTube.