Match Point
“En un partido hay momentos donde la pelota golpea el borde de la red y durante una fracción de segundos puede seguir hacia adelante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia adelante y ganas. O no lo hace, y pierdes”.
Match Point. Woody Allen, 2005.
Hablé con mucha gente en las últimas 48 horas. Ninguna de ellas jugó nunca al tenis, pero eso sólo lo sabía yo.
Decidí hacerles la misma pregunta a 32 personas.
De distintas ciudades del país e incluso a varias que viven fuera. Amigos de la primaria, compañeros de la facultad, vecinos, parientes, desconocidos.
A todos les hice la misma pregunta: ¿Qué sentiste?
Y me puse una limitación: no iba a repreguntar. Sólo preguntar y esperar la respuesta genuina, sin chicanas ni condicionamientos.
Las respuestas fueron muy variadas. Comparto algunas de manera aleatoria.
- “Tremendo. Piel de gallina. Deberíamos reflexionar, no podemos seguir así”.
- “No entiendo lo del feriado. Un país no sale adelante si no trabaja”.
- “Primero pensé que estaba armado, después caí en la cuenta de la gravedad de lo que pasó”.
- “Es que yo no les creo nada. Son capaces de cualquier cosa con tal de seguir en el poder”.
- “Un horror lo que pasó, pero me pareció todo muy forzado: la custodia que falló, las cámaras justo que captaron el momento, la bala que no salió. No sé, no me cierra”.
Quienes me respondieron tenían entre 15 y 75 años. Había estudiantes, jubilados, abogados, dentistas, comerciantes, empleados públicos, electricistas, amas de casa, docentes, etc.
Digamos que todos los consultados se consideran parte de ese traje deshilachado llamado clase media que todos nos queremos poner aunque no nos entre. Y desde ahí hablan. Desde ahí hablamos.
Algunos se atajan antes de arrancar y dicen: “no estoy a favor ni en contra, pero…”, “la división la empezaron ellos”, etc.
El odio, siempre, es el otro.
Quise tener una muestra lo más variada posible porque lo que quería era entender. No buscaba polemizar, tener razón, ni convencer.
Quería descifrar qué nos pasa por la cabeza cuando a la política más importante del país le ponen una pistola
en la sien y, por esas cosas de la vida, la bala no sale.
Quise hacer un mini experimento sociológico sin ningún rigor científico pero de gran utilidad práctica.
Fueron 32 voces que decidieron contarme qué les pasó cuando vieron en loop por la tele una y otra vez esa mano suelta que gatilla y no mata, que amenaza y no agujerea.
La última respuesta del experimento fue difícil de encasillar. Una docente jubilada me contestó: “Sin palabras”.
A veces el silencio disfrazado de laconismo es una herramienta demasiado poderosa porque su polisemia hace que nos sigamos haciendo preguntas.
¿Qué me habrá querido decir? ¿De qué lado estará? ¿Verá TN o C5N? ¿Habrá ido a la plaza de su ciudad o habrá preferido hundirse en el sofá y mirar la tele?
No podía repreguntar. Hasta ahí podía llegar.
Todos, como verán, caemos en la misma trampa. Queremos saber cómo clasificar a las personas con las que interactuamos porque nos acostumbramos a vivir en un ecosistema mediático y cultural donde las personas tienen etiquetas como las latas en los supermercados. Es gorila, es trosko, es K, es M.
Cada uno va por su confortable andarivel mental sin siquiera mirar al costado para saber si el de al lado está flotando o se está hundiendo.
Naturalizamos vivir en cámaras de eco donde sólo escuchamos nuestra voz. No nos conmueve lo que le pasa al otro, porque ese “otro” es el que odia, yo no odio.
Y, así, como en un bucle insoportable repetimos nuestras “verdades”, dejamos de escuchar y nos vamos aislando, y en lugar de construir comunidad armamos guetos ideológicos cada vez más blindados donde sólo nos vinculamos con los que comparten nuestros prejuicios.
Para muchos, la bala que casi asesina a la Vicepresidenta de la Nación iba en dirección a “la chorra”, “la yegua”, “la jefa de la banda”.
Para muchos otros, hubiese matado a su madre, a su presidenta, a su líder. Simplemente, a Cristina.
Como en Match Point, pero en este caso la pelota de tenis fue una bala que decidió no escaparse del calor de su hogar.
Fue el azar lo que nos salvó esta vez. Y no perdíamos un partido. Perdíamos la democracia.
Toca reflexionar, hacer autocrítica y abrazar al de al lado.
Para que la próxima vez no nos salve el azar.
*Consultor en comunicación política. Director del Posgrado en Literatura y Discurso Político de FLACSO.
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