Patricia Bullrich y Los que se van de Omelas
En el cuento fantástico de Úrsula K. Le Guin, Omelas es una ciudad casi utópica en algún rincón del universo. Allí, la libertad depende de que continúe el encierro de un niño de 6 años, que nunca recibió afecto, pero al que nadie quiere liberar. Cómo termina esa historia.
Perteneciente a una de las familias más ricas y distinguidas de la Argentina, la vida política de la actual senadora nacional de La Libertad Avanza por la Ciudad de Buenos Aires está llena de transformaciones tan oportunas como escandalosas.
No sería la primera ni la última vez que se va de algún espacio político y asume de inmediato las posiciones diametralmente opuestas a las que venía sosteniendo. Desde tomar las armas y pasar a la clandestinidad para denunciar a la oligarquía como enemigo social e imponer un gobierno de corte socialista en los setenta, hasta levantar la bandera libertaria de la supremacía capitalista y los “zurdes de mierda” como responsables de todos nuestros males, “La piba” -como le decían sus primeros compañeros de militancia -, no dejó principios por abandonar, dando siempre un pasito o un gran saltomás a la derecha, según demande el momento histórico.
Sin embargo, no será este el caso. La senadora no se irá del espacio actual enarbolando banderas diferentes. No todavía.
Pero irse de Omelas es otra cosa. Nunca lo había hecho hasta el momento. Tampoco había tenido la oportunidad. Son varios los que se van de Omelas, liberales ortodoxos, economistas menos fanáticos, dirigentes variopintos que fueron aliados estratégicos, militantes territoriales y digitales y tantos otros engrosan la fila de los que se marchan, sin alzar demasiado la voz, por el momento.
Los que se van de Omelas es un cuento fantástico y corto de Úrsula K. Le Guin. De los más oscuros que he leído.
Omelas es una ciudad casi utópica en algún rincón del universo. Como todo lugar que se roza con lo ideal y con lo eterno, es atravesada por una encrucijada irresoluble e inevitable que la autora lleva de forma violenta a un límite extremo, casi a pedido del paladar de Patricia.
Omelas es la ciudad de la libertad, la belleza y la alegría. La abundancia también visita la mesa de las familias que allí viven. No falta nada. El pueblo vive en armonía. No existen las clases sociales porque no existen mecanismos de dominación. No es un pueblo sencillo, de brutos o con poco desarrollo. Todo lo contrario, es una sociedad superdesarrollada, de formas muy delicadas, tecnología avanzada, arte, cultura y placeres carnales y espirituales indescriptibles.
Toda esa felicidad inagotable que emana de Omelas y de sus hermosos habitantes presenta, sin embargo, un pequeño inconveniente.
En un cuarto cerrado y oscuro, sin ventilación ni luz natural tienen encerrado a un niño pequeño, de unos 6 años. Es débil mental, ya no saben si de nacimiento o como producto del trato y las torturas recibidas. Está sentado sobre sus propias heces la mayoría del tiempo, se lo alimenta lo mínimo e indispensable para que sobreviva.
Balbucea monosílabos, nadie nunca le dio un abrazo o un beso. Está prohibido. Esta prohibido tener siquiera una palabra de cariño hacia él.
La existencia del niño no se oculta a nadie, no es un secreto, todos saben de él. Algunos comprenden la razón y otros no. Pero todos entienden que su felicidad, la belleza, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus intelectuales, la solidaridad de sus amistades, la pasión de sus amantes, la abundancia de sus cosechas y hasta el clima en los cielos, dependen totalmente del abominable destino de ese niño.
A los otros niños se les cuenta de él. Algunos, -niños y adultos- van a verlo. Esas personas suelen regresar a casa llorando o invadidos por la furia. Con el tiempo, no obstante, comienzan a comprender que, aunque fuese posible liberarlo, el niño ya no podría ser feliz. Entonces se les pasa. O se acostumbran a la idea.
Pero en ocasiones, algunos de los que van a ver al niño no regresan furiosos o tristes a sus hogares. Directamente no regresan. Siguen caminado, atraviesan las puertas y salen por completo de la ciudad. Cada una de esas personas camina sola. Nadie sabe a dónde van, cada uno por su lado. Sólo se van, abandonan Omelas. No van a ningún lugar imaginable.
¿Qué pasaría si Bullrich decidiera ser candidata?
Patricia se va de Omelas. Me niego a gastar una sola gota de tinta y tiempo para analizar razonablemente si lo hace por su sensibilidad social con los ajustes en discapacidad contemplados en el presupuesto del gobierno que integra o por puro oportunismo político como parte de una construcción personal que excede y se diferencia de los hermanos Milei a las puertas del recambio presidencial de 2027. Eso queda a gusto de cada comensal.
Lo que queda claro es que los que se van de Omelas no liberan al niño, no organizan una revolución, no destruyen Omelas, no fundan una nueva sociedad basada en fundamentos justos, no lideran a nadie, no conducen, se van a cuenta individual.
Por poseer un capital político propio, experiencia y caudal electoral, otro que se viene yendo de Omelas es el Jefe de gabinete. Por eso, no sorprende que los primeros chispazos de Patricia sean con el “Colo” Santilli.
La salida de Omelas se va a poner picante, estén pillos y agárrense la billetera, dicen que es tierra liberada.
*Sociólogo (UBA)
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