Sedentarismo cognitivo: la batalla del siglo XXI
Práctica, confiable, disponible y gentil, sin que lo notemos la IA progresivamente “va borrando la frontera entre lo que ella misma hace y lo que el sujeto percibe como propio”. Así lo que parece una colaboración puntual, se reitera hasta que las capacidades humanas van cediendo espacio a las construcciones algorítmicas.
Pensar es un acto profundamente humano, que le ha permitido al ser humano sobrevivir, desarrollarse y ser administrador de la creación. Inmerso en un contexto histórico de millones de años de transformaciones y procesos, ha sabido conquistar un lugar en el ecosistema terrestre y modificarlo siendo protagonista de las grandes evoluciones que se conocen.
Esa racionalidad, la capacidad de generar lenguaje, de abstraerse, de crear, de mutar las formas de sus acciones, no solo lo ha diferenciado del resto de la creación, sino que le ha permitido disputar sentido y buscar la trascendencia de su existencia.
En esa búsqueda de sentido ha creado la inteligencia artificial, capaz de emular el funcionamiento de las redes neuronales del cerebro humano, pero dotada de algunas características distintivas. Se trata de redes neuronales profundas, que pueden procesar grandes cantidades de datos, detectar patrones de comportamiento y preferencias inconscientes, desnudar el deseo y los gustos del sujeto y modelar sus conductas de manera imperceptible y, por ese mismo motivo, muy eficaz.
Se trata de una herramienta que no se parece a otra, por la simple razón de que la IA tiene agencia, es decir, la capacidad de tomar decisiones dentro de aquellos parámetros con los que fue diseñada. Adquiere ante el usuario un perfil amistoso y un lenguaje natural que vence las barreras infranqueables de la desconfianza.
La herramienta y empieza a generarse una erosión en el proceso de pensar, reflexionar y razonar"
Su disponibilidad permanente y su configuración para ser servicial la convierte en una alternativa inmediata para ofrecer soluciones y facilitar tareas, no sólo de envergadura, sino también las rutinarias o aquellas en las que no se quiere perder demasiado tiempo.
De forma colaborativa está siempre disponible y atenta, dando respuestas con un nivel de estructuración, sentido y estética discursiva que aumenta la credibilidad en la herramienta y empieza a generarse una erosión en el proceso de pensar, reflexionar y razonar.
El cerebro humano busca atajos y se pregunta de manera inconsciente: en este caso, ¿es necesario pensar? Cuando encuentra respuestas que le son brindadas de manera instantánea, ordenadas lógicamente, con lenguaje natural y que, en apariencia, están construidas sobre saberes empíricos, como las que propone la IA, tiende a adoptarlas muchas veces sin haberlas evaluado previamente.
No se trata de un renunciamiento voluntario sino de un avance silencioso que va cooptando la manera de significar el mundo, sedimenta la razón humana y va monopolizando el ejercicio de las tareas intelectuales que pasan a ser ejercidas, a veces sutilmente y otras no tanto, por la IA.
Una de sus estrategias principales es la adulación, que mina el pensamiento crítico y predispone al sujeto a reforzar aquello que cree, lo anestesia del dolor de la incomprensión y de la necesidad de contrastar sus argumentos con la evidencia que nace de la realidad. Conquista la voluntad del usuario hasta tenerlo rendido, sin que ni siquiera esto resulte problemático para el sujeto que queda atrapado en sus redes.
Se trata de una transformación progresiva en donde la herramienta va configurando realidades a medida del usuario y le permite obtener un resultado sin que este transite el proceso de la construcción de ese desarrollo. De manera inadvertida y sigilosa genera dependencia, modelando criterios, comportamientos y formas de interpretar la realidad. Se va borrando la frontera entre lo que la IA hace y lo que el sujeto percibe como propio, transformándose en una colaboración simbiótica en apariencia, donde las capacidades humanas van cediendo espacio a las construcciones algorítmicas.
Frente a cambios tan profundos, la incertidumbre y la vorágine plantean múltiples escenarios, algunos alarmistas y tecnófobos, otros con un optimismo irracional que no contempla los peligros. Lo cierto es que el futuro no está escrito, y es el ser humano en comunidad quien debe conservar, promover, proteger, ejercitar y profundizar aquellas habilidades cognitivas que le otorgan libertad para interpelar la realidad en la que está inmerso y ser un agente de transformación.
El desafío es claro: el ser humano como protagonista y no como un simple usuario y repetidor de una herramienta que originalmente se creó para potenciarlo y no para reemplazarlo y subyugarlo en su esencia en nombre de la innovación tecnológica y de la eficiencia.
*Abogada (UBA) especializada en Inteligencia Artificial en la Gestión Pública; asesora legal de la Subsecretaría Parlamentaria de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
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