OPINIóN
Relaciones Internacionales

La diplomacia del caos, el modelo K que Donald Trump exportó al mundo

El bloqueo a Irán y la retórica de la agresión permanente exponen una estrategia basada en la crispación constante. Promesas incumplidas, amenazas a aliados históricos y un espectáculo diario que degrada la política global.

Donald Trump
Donald Trump, presidente de EE UU | AFP

El escenario internacional atraviesa un momento de desconcierto inédito, impulsado por una dinámica geopolítica que sustituye la estrategia diplomática por el efectismo y el conflicto permanente. La reciente declaración de un bloqueo "sin precedentes" contra Irán por parte de la administración de Donald Trump no hace más que reconfirmar un patrón de conducta: la sustitución de la diplomacia formal por una lógica de provocación diaria y resultados ambiguos.

La decisión de declarar la zona del Estrecho de Ormuz bajo influencia directa norteamericana y virar formalmente hacia una "guerra económica" es la admisión implícita de un estancamiento militar. Sin embargo, la presión indiscriminada no ha logrado desactivar la amenaza regional; por el contrario, ha contribuido a endurecer las posiciones del régimen iraní. Las promesas de "consecuencias tremendas", habituales en la oratoria de Trump, carecen de especificaciones operativas y se suman a un catálogo de advertencias que terminan por diluir su propio peso disuasivo.

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Esta metodología no es ajena al análisis político local. Guarda una simetría conceptual directa con la dinámica de confrontación permanente que caracterizó la gestión de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina: la producción deliberada de crispación, la polarización como herramienta de control de la agenda pública y el conflicto cotidiano elevado a doctrina de gobierno. La diferencia radica en que, esta vez, el esquema se proyecta a escala global desde la mayor potencia del planeta.

El impacto de esta impredecibilidad se evidencia con mayor claridad en el trato hacia los aliados históricos. El episodio reciente con Canadá resulta ilustrativo: tras una escalada dialéctica violenta —acompañada por declaraciones desmedidas de la representación diplomática en Ottawa— y la imposición retaliativa de un arancel del 50%, la medida fue finalmente levantada sin mayores explicaciones ni concesiones sustanciales. La amenaza a potencias globales como Rusia por comerciar con Teherán abre un interrogante sobre los límites reales de esta política de coerción.

El resultado de aplicar el conflicto como método es un escenario de inestabilidad jurídica y geopolítica global. Cuando la amenaza intermitente y el repliegue intempestivo reemplazan a la previsibilidad institucional, la política exterior deja de ser un instrumento de orden para convertirse en un espectáculo desorganizado.

MEG