En medio de la sordidez del caso Cerimedo, funcionarios del Gobierno poblaron las crónicas periodísticas de los últimos días con pormenores sobre el divorcio entre Javier Milei y su antiguo estratega del universo digital y propietario del sitio La Derecha Diario. Divorcio que, al parecer, siguió a la filtración de los audios sobre presuntas coimas en la Agencia de Discapacidad que salpican a Karina Milei, y que se le atribuye al mismo Cerimedo.
Esas fuentes tuvieron la prudencia de no identificarse. Como si lo hubieran previsto, ayer el Presidente replicó posteos de las redes sociales que cuestionan la versión de la abogada Nadia Beller sobre el ataque del que fue víctima en Bolivia, y que apunta como responsable a Cerimedo. El consultor permanece detenido en Santa Cruz de la Sierra, imputado por intento de homicidio.
El comportamiento de Milei en este episodio responde a un patrón que el Presidente ya había seguido en los largos meses de crisis del caso Adorni: su obstinación por defender lo que parece indefendible. Defendiendo lo indefendible, es un provocador libro del estadounidense Walter Block, un economista de la Escuela Austríaca y teórico del anarcocapitalismo, que Milei alguna vez les regaló a sus ministros.
Es prematuro adjudicar a Cerimedo la autoría del ataque contra Beller -su actual o expareja, no está demasiado clara la temporalidad del vínculo-, quien lo acusa de haber encargado su asesinato a manos de sicarios. Esa es una responsabilidad que deberá dilucidar la Justicia. Es igual de precipitado, sin embargo, adherir a teorías que podrían exculparlo.
¿En base a qué elementos el Presidente adhiere a la siguiente afirmación: “Opereta estilo Hollywood con becas del kirchnerismo internacional. Actriz protagónica: Nadia Beller”, que posteó el usuario de X Olga? ¿O al tuit de la inclasificable Lidia Lemoine, diputada libertaria: “El método es siempre el mismo: víctima + cámara + acusación al alguien del entorno de Milei + lágrimas a pedido”?
No es fácil aventurar cuál es el objetivo que persigue Milei con este tipo de ejercicios digitales. En principio, como muchas de sus conductas, escapan a la racionalidad. Alcanza con recordar el cargo con el que la ciudadanía lo honró para concluir que todo lo que estamos viviendo es un desvío, un desvarío general, una gran anomalía. Aunque si se observa mejor, si se le otorgara alguna racionalidad, el comportamiento del Presidente también responde en este caso a un modelo, el que el propio Cerimedo practica en las redes y lo llevó a su cuestionable gloria digital en el cono sur.
“Inundar la zona” (flood the zone), se ha dicho ya, es un concepto que se atribuye al estratega y ejecutivo de medios republicano Steve Bannon, pieza clave del ascenso de Donald Trump, director de su campaña electoral de 2016 y padre del nacionalismo populista trumpiano que aún gobierna los Estados Unidos, concentrado en el sintagma “America First”. Bannon es el ideólogo de cuanto vemos en materia de saturación del espacio mediático/campañas de desinformación. La práctica es conocida también como “fatiga informativa”, no importa la apariencia de verdad o la verosimilitud de lo que se comunique. Lo que se persigue es el dominio de la agenda.
“Los demócratas no importan... La verdadera oposición son los medios. Y la forma de lidiar con ellos es inundar la zona de mierda”, es una de las frases célebres que consagraron a Bannon.
Este tipo de estrategias ya habían contribuido al surgimiento y consolidación de Viktor Orban en Hungría y de Benjamin Netanyahu en Israel. Las impuso otro consultor político norteamericano, Arthur Finkelstein, que propuso “crear un enemigo” para estimular la polarización. Lo cuenta con maestría Giuliano Da Empoli en su conocida trilogía de ensayos sobre política y comunicación.
Especialista en campañas negativas y de desinformación, Cerimedo tiene una deuda intelectual con aquellos pensadores. Milei habló ayer en el encuentro de Council of Americas, reunido en Buenos Aires con la conocida participación de su presidenta Susan Segal, una entusiasta de la Argentina y América latina, desde siempre y cualesquiera sean los gobiernos, desde luego, los kirchneristas incluidos.
Sería interesante saber qué piensa la siempre elegante Segal sobre la posibilidad de un nuevo cambio de signo político en la Argentina, cuestión que muchos han comenzado a contemplar con seriedad. O bien, sobre algunos de los términos que empleó el Presidente en su discurso de cierre, pero se entiende que Segal deberá excusarse de opinar.
Consejo de las Américas
En línea con la estrategia de saturación de Bannon, Milei buscó ayer atraer toda la atención, con sus posteos (los hubo más) en la red y desde el escenario, descalificando todo cuestionamiento al rumbo económico; diciendo que la economía creció 10% en dos años; desmintiendo que la población sufra pesares como no llegar a fin de mes o al acusar a organizaciones de la sociedad civil (“el pañuelito verde”) de promover el asesinato de niños. Llegó incluso a prometer un nuevo “recital” musical en celebración de la inflación mayorista de julio, un indicador que determina el precio de los bienes, no el de los servicios, y que marcó 0,8% en julio (contra el 2,1% del IPC, que también contempla servicios).
Es notable cómo Milei muestra escasa coherencia en su discurso en un rango de pocas horas. Resulta desconcertante. En su mensaje del lunes por el 17 de agosto, había insinuado una señal de autocrítica cuando afirmó que la libertad es un valor que podría caer en el olvido si no ofrece a los ciudadanos sus frutos de bienestar y prosperidad (o algo así), y hasta defendió la democracia plural (o así se entendió), cuestión tanto o más inusual que lo anterior.
Poco después del mensaje del Presidente, el Indec informó que la actividad económica creció un 2,7% interanual en junio (acumuló un 1,9% en el primer semestre) impulsada por la minería, la energía y el campo, los sectores ganadores del modelo. Un dato alentador es que la economía volvió a crecer en junio (0,8%) tras dos caídas consecutivas (que hicieron que finalmente retrocediera en el tercer trimestre) y que doce de los quince sectores relevados por el estimador subieron, incluidos industria (1,9%), construcción (2,8%) y comercio (0,8%).
Aún cuando en junio el ingreso registrado cayó un 0,2%, y en julio volvió a caer el índice de confianza en el consumidor de la Universidad Di Tella, los de actividad son datos con los que el Gobierno podría argumentar que el modelo, a su manera, progresa. Pero desde su propia constitución, por lo que mismo Milei encarna, no tiene quién lo haga con un mínimo de empatía por el esfuerzo que ese progreso conlleva.