Sin caja, la oportunidad está en la gestión y en la obra privada
La directora del FMI “sostuvo que la estabilización macroeconómica constituye apenas el primer paso del camino y ubicó a la infraestructura entre los pilares indispensables para que la Argentina se desarrolle”, sostiene el autor. Qué posibilidades reales existen.
La política económica argentina enfrenta una restricción severa a la hora de buscar impulsar la actividad. Sin espacio para incrementar el gasto público ni para recortar impuestos de manera significativa, las dos palancas fiscales clásicas de estímulo quedaron, en los hechos, inutilizadas.
El superávit primario acumulado en los últimos doce meses se redujo a apenas un 1% del producto, muy por debajo del 1,8% con que había cerrado 2024, un deterioro explicado por la debilidad de la recaudación y por las propias rebajas impositivas dispuestas por la gestión. En ese contexto, el principal desafío deja de ser cuánto gastar y pasa a ser cómo gestionar mejor lo que ya existe.
Es en ese terreno donde aparece la oportunidad más concreta. Después de más de treinta meses de mandato, la actual administración todavía no logró poner en marcha un programa ambicioso de infraestructura financiado mediante concesiones, asociaciones público-privadas, organismos multilaterales y el mercado de capitales.
La distinción es fundamental para no confundir el planteo. No se trata de resucitar el viejo esquema de obra pública financiada con recursos del Estado, que fue una fuente histórica de déficit, sino de movilizar inversión privada sin comprometer el equilibrio fiscal. La diferencia entre uno y otro modelo es la que separa un pasivo de un activo para las cuentas públicas.
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Un programa de esas características tendría un doble beneficio que conviene subrayar. Por un lado, apuntalaría la construcción y el empleo, dos de los eslabones más golpeados de la economía interna, en un momento en que el nivel de actividad es precisamente el flanco más débil de la gestión. Por el otro, y con un alcance de más largo plazo, eliminaría los cuellos de botella que hoy estrangulan la productividad en rutas, puertos, ferrocarriles, energía y logística.
Ese segundo efecto es el verdaderamente estructural, porque una economía puede tener recursos naturales de clase mundial y aun así desperdiciarlos si carece de la infraestructura para transportarlos y exportarlos con eficiencia.
Este diagnóstico no es una elaboración local aislada, sino que coincide con el mensaje que transmitió la conducción del Fondo Monetario Internacional. Su directora gerente sostuvo que la estabilización macroeconómica constituye apenas el primer paso del camino y ubicó a la infraestructura entre los pilares indispensables para que la Argentina pueda transformarse en una economía desarrollada.
Su planteo fue nítido, y es que el enorme potencial de Vaca Muerta, la minería y el agro solo podrá traducirse plenamente en producción, exportaciones, empleo y desarrollo si el país dispone de infraestructura moderna, logística eficiente y reglas previsibles que estimulen la inversión de largo plazo. Esa agenda, agregó, debe completarse con educación y formación de capital humano, respeto por el Estado de derecho y los derechos de propiedad, y un sistema financiero capaz de convertir el ahorro en crédito para la inversión.
El caso de la energía ofrece la ilustración más elocuente de por qué la infraestructura es determinante. La expansión de la capacidad de transporte de Vaca Muerta ya está transformando el perfil exportador del país. El oleoducto Duplicar Plus, hoy operativo, elevó la capacidad de evacuación hacia el Atlántico de 225 a 540 mil barriles diarios.
En construcción se encuentra la obra que eliminará los cuellos de botella en el norte de la cuenca, y una etapa posterior llevaría el sistema cerca de los 900 mil barriles diarios. A ello se suma el proyecto que hacia 2027 abrirá una nueva vía de exportación con capacidad para 550 mil barriles diarios, conectando la cuenca neuquina con la costa atlántica.
La magnitud del potencial que esa infraestructura permite capturar es considerable. Las proyecciones del sector energético indican que sus exportaciones podrían superar al complejo cerealero y oleaginoso hacia 2030 y alcanzar los 47.000 millones de dólares en 2035, partiendo de niveles muy inferiores en la actualidad.
Pero ese horizonte no está garantizado, sino que depende críticamente de que se concreten las obras pendientes, entre ellas los oleoductos troncales, las estaciones de bombeo, las terminales, los tanques y los sistemas de medición. Sin esas inversiones, buena parte de la producción quedaría entrampada, incapaz de llegar a los mercados internacionales y de convertirse en las divisas que el país necesita.
El razonamiento que enlaza ambos planos es directo. La Argentina cuenta con una dotación de recursos naturales que el mundo demanda con intensidad creciente, desde el petróleo y el gas no convencionales hasta el cobre, el litio y la plata. Pero la ventaja comparativa en el subsuelo no se transforma automáticamente en prosperidad.
Requiere de una red física que la conecte con la demanda global, y esa red exige inversiones de una escala que el Estado, con su margen fiscal agotado, no está en condiciones de financiar por sí solo. De ahí que la asociación con el capital privado no sea una opción ideológica, sino una necesidad práctica impuesta por las circunstancias.
El desafío, en definitiva, es de ejecución más que de diagnóstico. La dirección correcta parece clara y goza de un consenso amplio, que abarca desde el propio Ejecutivo hasta los organismos internacionales.
Lo que falta es la instrumentación concreta, es decir, el diseño de los marcos regulatorios, los esquemas de riesgo compartido y las garantías que vuelvan atractiva la inversión privada de largo plazo en un país que arrastra una historia de incumplimientos.
Si lograran destrabar ese programa, obtendrían un doble dividendo difícil de conseguir por otras vías, el de estimular la actividad en el corto plazo sin gastar recursos que no tiene, y el de sentar las bases de la productividad que la Argentina necesitará para sostener su desarrollo en las próximas décadas.
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