Como toda obra genial, es mucho lo que se ha dicho y lo que podrá seguir diciéndose -como de todo clásico- acera del Otello de Verdi, ópera estrenada en el Teatro alla Scala de Milán en febrero de 1888, que por estos días sube a escena en el Teatro Colón.
En efecto, mucho se dijo -y acertadamente-, de que ese milagro lo es, entre otras cosas, por la conjunción de la maestría de dos creadores que tuvieron, a la vez, talentos distintos pero confluyentes: Arrigo Boito (1842-1918), el libretista que además de poeta, fue también músico; Giuseppe Verdi (1813-1901), el compositor, que fue alguien que a lo largo de su vida productiva supo intervenir con decisión firme pero con una gran visión teatral, sobre el trabajo de sus libretistas, porque tuvo esa capacidad extraordinaria reservada solo a los genios: la de "ver" la obra antes de su concreción definitiva.
Pero en la historia de esta ópera única y sorprendente, suele pasarse por alto la comprensión del rol decisivo de alguien cuyo oficio consiste, y casi por definición, sobre todo en "ver" la obra: el editor.
Giulio Ricordi, el segundo de los miembros de la familia con la que se identificaría para siempre la edición musical del teatro lírico, no solo vio y entrevió la obra.
Giulio Ricordi lograría que Verdi saliera del auto-ostrasismo productivo en el que se encontraba desde el estreno de Aída en 1871 y, luego de más una década sin componer, a los 74 años de edad, produjera este milagro.
Sus méritos son aún mayores en la medida en que "entrevió" a su vez quiénes serían los nombres más adecuados y capaces de lograr meterle mano nada más y nada menos que al drama de Shakespeare. Pero hay más en la visión y también en la determinación y -por qué no en la sagacidad de Ricordi- para fraguar esta obra.
No solo fue el artífice de reunir a estos dos talentos, sino que detrás de esa iniciativa se esconde la extraordinaria insistencia y persuasión -también aptitudes que se le suelen asignar al editor- que lograría que Verdi saliera del auto-ostrasismo productivo en el que se encontraba desde el estreno de Aída en 1871 y, luego de más una década sin componer, a los 74 años de edad, produjera este milagro.
Que sin duda es una ópera y es Verdi, qué duda cabe, pero que, a la vez, es otra cosa. Como lo volvería a demostrar en Falstaff (1893), testimonio final de su vida, a los 80 años y que no por casualidad volvería a encontrar a Verdi con Boito viéndoselas una vez más con Shakespeare (Las alegres comadres de Windsor).
Que Ricordi haya "visto" Otello y a la dupla creativa ideal para llevarla adelante da cuenta de la intuición, tantas veces asociada al trabajo del editor a la hora de "cultivar" su catálogo.
Pero también -y cuando aquel oficio marchaba inexorablemente a su consolidación definitiva de la mano de su profesionalización-, de esa indispensable actitud que le debe ser propia: la de ser de alguna manera “lector del mundo”.
Este Ricordi, hijo de un padre que "vio" nacer a Verdi y padre de un hijo que "vería" emerger y consagrarse a Giacomo Puccini, fueron, los tres, de modos distintos, verdaderos lectores del mundo.
Todo eso, mucho antes de que otro italiano, el escritor y también editor Italo Calvino, definiera de modo tan claro aquello que sentía era la labor -pero también la responsabilidad- del trabajo editorial: "… Soy alguien que trabaja (además de en sus propios libros) en hacer que la cultura de su tiempo tenga ese carácter y no otro" (Carta a Antonella Santacroce 22 de abril de 1964 en Los libros de los otros).
Como lo hicieron, claro, Verdi y Boito.