La discusión sobre el próximo ciclo político empezará a insinuarse unos meses antes de elegir al nuevo Presidente, pero desde hace dos años Pablo Knopoff sostiene una tesis que ofrece una clave para pensar el escenario que viene: “Milei es más un interregno que otra cosa”.
“El presidente Milei es la manifestación de una transformación social más profunda que su propio liderazgo”, sostiene Knopoff.
Si la hipótesis es correcta, la pregunta relevante pasa a ser: ¿qué aspectos de la experiencia Milei sobrevivirán a Milei?
Probablemente, lo que perdure son algunas de las demandas estructurales que hicieron posible su llegada al poder: la intolerancia frente a la inflación crónica, el rechazo al déficit permanente, la demanda de orden, la exigencia de mayor eficiencia estatal y la crítica a los privilegios de la política.
Esos requerimientos podrían seguir condicionando a cualquier fuerza que aspire a gobernar, aun cuando la sociedad decida modificar profundamente el modelo económico actual. Milei podría incluso perder la Presidencia sin perder la discusión política, porque resultará difícil reconstruir una mayoría proponiendo simplemente regresar al mundo anterior a 2023.
Esto no significa que la Argentina haya adoptado definitivamente una identidad “de derecha”. Puede significar algo diferente: que determinadas demandas que Milei capturó hayan pasado a integrar el nuevo piso desde el cual se discute la política. En ese escenario aparecen cuatro posibilidades.
Una derecha empática
La primera sería una fuerza capaz de sostener que Milei tenía razón sobre buena parte del diagnóstico económico e institucional, pero no necesariamente sobre la manera de construir sociedad.
Una derecha que conserve el equilibrio fiscal, la iniciativa privada, la desregulación, el mérito, el orden y los límites al Estado, pero incorpore cohesión social, protección frente a las transiciones económicas, educación y salud públicas eficientes y sensibilidad hacia los desplazados.
Pablo Gerchunoff advierte que, en un proceso de “destrucción creativa”, no ofrecer una salida a quienes pierden no constituye solamente un problema social: es un error político.
También aparecen límites a la confrontación permanente. Mario Riorda y Patricia Nigro han estudiado este fenómeno bajo el concepto de “incivilidad”: un discurso que busca excluir, humillar o estigmatizar al adversario. Cerca del 40% de los propios simpatizantes de Milei rechaza su estilo discursivo.
La incivilidad pudo resultar tolerable como instrumento de ruptura. No sabemos si lo será como método permanente de gobierno.
Una izquierda republicana
La segunda posibilidad partiría del extremo contrario: Javier Milei tenía razón en algunas de sus impugnaciones al sistema anterior, pero equivocó la respuesta.
Sería una izquierda preocupada por la desigualdad, el trabajo, la movilidad social, la educación, la salud y la protección social, pero que rompa explícitamente con el déficit crónico, la inflación como mecanismo de financiamiento, el corporativismo, el clientelismo, la corrupción y la relativización de las reglas republicanas.
Para el progresismo argentino esto supone una dificultad: no le alcanzaría con prometer recuperar aquello que Milei destruyó. Tendría que demostrar que entendió por qué Milei llegó al poder.
Una izquierda postmileísta no podría limitarse a restaurar. Tendría que revisarse.
Una síntesis democrática
Hay datos que obligan a mirar el escenario con categorías menos convencionales.
Según Creencias Sociales 2026, de Pulsar.UBA, el 42% de los encuestados no se identifica con ningún partido o espacio político y el 63% declara poco o ningún interés por la política. El centro es la posición individual más elegida, aunque sería apresurado interpretarlo como una demanda por un centro político tradicional: puede estar funcionando como refugio frente a identidades que dejaron de representar.
La tercera posibilidad, entonces, no sería una moderación entre derecha e izquierda ni un regreso al centro, sino una síntesis construida a partir de aprendizajes provenientes de tradiciones diferentes.
Una fuerza que asumiera que no hay política social sostenible sin estabilidad económica, pero tampoco estabilidad política duradera sin movilidad social; que reconociera al equilibrio fiscal como una restricción y no como una ideología, al mercado como instrumento indispensable para generar riqueza pero no como único mecanismo para organizar una sociedad, y al Estado por su capacidad para hacer bien aquello que la sociedad necesita.
Esa síntesis incorporaría además la reconstrucción republicana: convivencia democrática, previsibilidad institucional, respeto por quien piensa diferente y capacidad de construir acuerdos.
La izquierda socialista
Existe una cuarta posibilidad: que el próximo ciclo no intente corregir ni sintetizar la experiencia Milei, sino impugnarla.
Una izquierda socialista podría interpretar el deterioro salarial, las dificultades laborales, el endeudamiento de los hogares y la pérdida de protección social como demostración de los límites de una economía organizada alrededor del mercado y proponer mayor intervención estatal y redistribución.
Los procesos políticos no siempre evolucionan mediante síntesis. También pueden hacerlo mediante movimientos pendulares. Una experiencia radical hacia la derecha podría generar una respuesta igualmente radical desde la izquierda.
Las señales del postmileísmo
Los datos muestran un escenario más complejo que una división entre quienes apoyan o rechazan al Gobierno.
AtlasIntel registró en julio que el 70% consideraba mala la situación económica y el 73% evaluaba negativamente el mercado de trabajo. OPSA-UBA encontraba que el 61% prefería un cambio de gobierno en 2027. Sin embargo, La Libertad Avanza continuaba siendo la fuerza individual con mayor intención de voto, con 34%, frente al 21% del peronismo kirchnerista.
Esa coexistencia es fundamental: el deterioro de Milei no significa necesariamente la restauración automática de aquello que Milei vino a reemplazar.
Hugo Haime & Asociados agrega otra dimensión. El 65% quiere algún tipo de cambio del modelo económico y sólo el 34% mantenerlo. Pero dentro de quienes reclaman cambios aparece una categoría particularmente sugerente: quienes quieren “cambiarlo manteniendo algunas cosas”.
También las formas encuentran límites. Ante los ataques de Milei al presidente brasileño Lula da Silva, una encuesta de Zuban Córdoba registró 70,5% de desaprobación. Eso no implica adhesión a Lula: puede indicar una distancia creciente entre acompañar determinadas políticas del Gobierno y acompañar el estilo confrontativo con el que Milei las representa.
La sociedad puede simultáneamente reconocer la importancia de reducir la inflación, considerar necesario ordenar las cuentas públicas y rechazar privilegios políticos; y exigir mejores salarios, empleo, protección de determinados bienes públicos, mayor diálogo y menos agresión.
Si eso estuviera ocurriendo, el postmileísmo no surgiría necesariamente de una negación completa de Milei. Surgiría de una selección.
Hoy, no parece constituida todavía una mayoría que quiera regresar al país anterior a 2023, pero tampoco una mayoría dispuesta a aceptar indefinidamente el presente exactamente como está.
Entre ambas posiciones comienza a abrirse un espacio político que todavía no tiene nombre: una derecha empática, una izquierda republicana, una síntesis democrática o una izquierda socialista.
Tal vez ese espacio pertenezca a quien logre comprender qué cosas de Milei la sociedad ya no está dispuesta a abandonar y qué cosas de Milei ya no está dispuesta a soportar.
Lo que parece persistir es un conjunto de demandas estructurales que antecedieron a Milei, explicaron su llegada al poder y probablemente continúen condicionando la política argentina cuando Milei ya no gobierne.
Lo que todavía no sabemos es qué forma política terminarán adoptando.
*Consultor Político, Especialista en Gestión Pública y Comunicación de Gobierno